sábado, 14 de enero de 2012

«Los deseos marcan el rumbo »


     
La sola voluntad no basta

Jesús al comenzar su ministerio realizó una de las preguntas más profundas que se puede hacer al hombre y la mujer de todos los tiempos. “¿Qué buscas?”
Y esta pregunta no se dirige solamente a clarificar o tomar conciencia de aquello que quiero y deseo, sino que también interroga por el horizonte hacia dónde nos dirigimos.
En este sentido la pregunta de Jesús es doble. Por un lado la pregunta “¿Qué buscas?” es un cuestionamiento que está dirigido al corazón. Y por otro, de esa misma pregunta se desprende esta otra; “¿Hacia dónde te diriges?” Esta interroga por el camino que estás tomando. Es decir, es una pregunta que en su doble dimensión trata de aclarar si el corazón y voluntad están en armonía, en comunión. Porque a veces dirigimos nuestra marcha hacia un horizonte totalmente contrario a nuestros deseos más nobles.
                Caminado Jesús sólo por las márgenes del río Jordán, percibió que dos hombres lo seguían. ¿Qué buscan estos hombres? ¿Hacia dónde se dirigen? Jesús, consciente de que lo seguían preguntó ¿Qué buscan?
Es significativo el modo en que Juan y Andrés responden,  porque lo hacen con otra pregunta ¿Dónde vives? Jesús pregunta por los deseos del corazón y ellos responden preguntando por el lugar en donde vive, que es otra manera de querer saber “¿Hacia dónde te diriges?”
                En este breve diálogo hay más preguntas que respuestas. Y cuando pareciera que Jesús responde, en realidad lo que está haciendo es invitando a que ellos mismos encuentren respuestas a su cuestionamiento, por eso responde «Vengan y lo verán».
Jesús deseaba saber qué deseos llevaban aquellos hombres es su corazón que hacia abandonar a su antiguo maestro y con ellos sus seguridades para embarcarse en seguir a alguien sin saber primero ¿Qué busco?.  Y es que en realidad,  el seguimiento a Jesús no es un acto que se impone a la voluntad. El seguimiento a Jesús no puede darse desde la obligación  o el miedo. El verdadero seguimiento comienza en el corazón, en el deseo profundo de configurar la propia vida con la vida de Jesús. Y en este sentido vemos porqué muchos se embarcan en seguirlo con grandes manifestaciones de renuncia e incluso de heroísmo, pero a mitad de marcha sucumben y caen. El seguimiento a Dios es un acto de la voluntad enamorada. Una voluntad que encuentra “su motor secreto” en el amor…
Y tú, ¿Qué buscas?
Esta pregunta de Jesús en el Evangelio se vuelve hoy también hacia nosotros porque quiere saber tras qué cosas andamos. ¿Qué queremos realmente? En nuestro trabajo, en nuestra familia, con nosotros mismos ¿Qué vamos buscando? ¿Vale la pena hacer lo que estamos haciendo? ¿Nuestro caminar nos conduce a alguna parte?. Porque podemos hacer muchas cosas, y dentro de la amplia gama de posibilidades podemos estar viviendo contrariamente a lo que estamos buscando. Es decir, podemos hacer cosas contrarias a lo que deseamos.
Tal vez con un par de ejemplos logre clarificar mejor lo que intento decir. Hoy escuchamos por todos lados que “lo mejor es la familia” pero generalmente damos más tiempo al trabajo. Decimos que nos gusta que “la gente sea sincera y franca”, pero cuando lo son no nos agrada. Anhelamos “relaciones profundas” pero de hecho hablamos frivolidades. Queremos que nuestros “hijos sean hombres y mujeres de bien” pero les enseñamos a discriminar a los demás y a buscar siempre el propio bien. Sabemos que “necesitamos del amor de los demás” pero nuestras palabras y acciones expresan todo lo contrario. El hombre es el único que puede llegar a destruir o perder justamente aquello que más desea y necesita.

La verdad nos despierta

Ya sabemos que el “hombre” es maestro en esconder, maquillar o camuflar sus anhelos.  Por eso no es extraño que Dios use la pregunta para interrogarnos con el deseo enorme de que despertemos a la propia realidad. Luego del pecado, Dios  salió al encuentro de Adán con una pregunta: “Adán, ¿dónde estás?” (Gen. 3,9). Lo invitó a dejar su escondite y a enfrentar su propia realidad.
Por ello tras la pregunta “¿Qué buscas?” hay un llamado a conocernos mejor. A tomar conciencia de lo que llevamos en el corazón y de la dirección que toma nuestra vida. Tal vez está haciendo  falta un “golpe de timón”. Tal vez es necesario cambiar de rumbo y empezar a armonizar deseos y voluntad. La división interna destruye al ser humano porque no le permite ser pleno.
Tomar en serio la pregunta de Jesús, es abrir los oídos para escuchar los deseos del corazón y corroborar si la voluntad se encuentra alienada u ordenada hacia la consecución de esos deseos. Pero por supuesto, esto no termina aquí. Porque no basta que los deseos y la voluntad se alineen en un solo horizonte, sino que también es necesario discernir si el camino que estoy transitando está en consonancia con la enseñanza del evangelio.
Los intereses personales, las ideologías, las media verdades, las pasiones humanas hacen difícil el discernimiento, pero es necesario confrontar nuestra vida con la de Jesús, para saber si el camino que elijo me hace más libre y por lo tanto más capaz de amar verdaderamente.
En definitiva, aquello que buscamos terminará definiendo el camino que recorremos y de algún modo anuncia lo que encontraremos. Al final del camino no encontraremos amor, si no desterramos el odio del propio corazón. Al final del camino no tendremos familia si preferimos el trabajo y el dinero. No tendremos paz si conservamos el rencor, y no seremos libres si nos esclavizamos a nosotros mismos.
Pidamos a Jesús la gracia de poder despertar la conciencia y comprender el camino y la dirección que lleva la propia vida. Que aprendamos  a armonizar los propios deseos y la voluntad en el seguimiento.
© P. Javier  Rojas sj
A quien no sabe se le puede enseñar, a quien no obtiene se le puede ayudar y a quien no quiere se lo deja en libertad...
El fariseo es un observante escrupuloso de la ley y un practicante fiel de su religión. Se siente seguro en el templo. Ora de pie y con la cabeza erguida. Su oración es la más hermosa: una plegaria de alabanza y acción de gracias a Dios. Pero no le da gracias por su grandeza, su bondad o misericordia, sino por lo bueno y grande que es él mismo.
En seguida se observa algo falso en esta oración. Más que orar, este hombre se contempla a sí mismo. Se cuenta su propia historia llena de méritos. Necesita sentirse en regla ante Dios y exhibirse como superior a los demás.
Este hombre no sabe lo que es orar. No reconoce la grandeza misteriosa de Dios ni confiesa su propia pequeñez. Buscar a Dios para enumerar ante él nuestras buenas obras y despreciar a los demás es de imbéciles. Tras su aparente piedad se esconde una oración "atea". Este hombre no necesita a Dios. No le pide nada. Se basta a sí mismo.
La oración del publicano es muy diferente. Sabe que su presencia en el templo es mal vista por todos. Su oficio de recaudador es odiado y despreciado. No se excusa. Reconoce que es pecador. Sus golpes de pecho y las pocas palabras que susurra lo dicen todo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».
Este hombre sabe que no puede vanagloriarse. No tiene nada que ofrecer a Dios, pero sí mucho que recibir de él: su perdón y su misericordia. En su oración hay autenticidad. Este hombre es pecador, pero está en el camino de la verdad.
El fariseo no se ha encontrado con Dios. Este recaudador, por el contrario, encuentra en seguida la postura correcta ante él: la actitud del que no tiene nada y lo necesita todo. No se detiene siquiera a confesar con detalle sus culpas. Se reconoce pecador…

José Antonio Pagola

viernes, 13 de enero de 2012

Dios nunca ha visto... una persona que no haya pecado.
Dios nunca ha visto... un pecador al que Él no ame.
Dios nunca ha visto... un pecador al que Él no pueda perdonar.

La vida es más grande o más pequeña según las ganas que le eches y el amor que le pongas.
Si no te gusta lo que estas cosechando, este es el día para cambiar lo que estas sembrando...Es así de sencillo.
La pinta es lo de menos 

La semana pasada me tocó presenciar una triste escena que lamentablemente se da en más lugares del planeta de los que yo quisiera. 
Llegaron a casa dos amigos de mi hija. Adolescentes más o menos de la misma edad, alrededor de los 20 años…Los tres estaban hablando muy amigablemente, cuando se incorporó al grupo una cuarta jovencita de la misma edad. Ésta ultima, hija de una reconocida familia de la ciudad, de familia muy religiosa por otra parte. Aunque yo no estaba en la misma habitación que ellos, tuve que pasar varias veces por allí, ya que estaba trasladando libros de una biblioteca a otra. Cada vez que pasaba por el lugar con las cajas en mis brazos, y después de desalentar la ayuda que los muchachos querían ofrecerme con los libros, pude advertir que la chica estaba más y más incómoda, y que miraba a su alrededor con cara de desconcierto.
En mi última pasada por el lugar, le pedí a la amiga de mi hija que me ayudara a preparar unas gaseosas para llevarles. La idea era sacarla del lugar y preguntarle el motivo de su incomodidad.
Cuando estábamos en la cocina preparando los vasos y el budín, y mientras se oían las risas de los chicos en la habitación contigua, le pregunté si necesitaba ayuda porque la encontraba muy disgustada. Al principio me negó que se sintiera mal, pero ante mi insistencia me respondió muy irritada que no entendía como dejaba a mi hija tener amigos tan distintos entre sí. La verdad, es que allí la desconcertada fui yo. A mi pregunta sobre a qué llamaba ella “amigos distintos”, me contestó que uno era visiblemente educado y de “buena familia” y el otro era un chico “pobre”, de mala pinta, “un negrito” según su apreciación, y que se notaban sus pocos estudios... Debo reconocer que tal comentario me heló la sangre.
En la otra sala estaban conversando los tres muy bien, podía oír sus risas y comentarios... pero a esta jovencita no le parecía buena la idea que mi hija interactuara con personas “tan distintas” según su visión. No sabiendo que contestarle en ese momento le entregué la bandeja con la merienda y le pedí que la llevara a la mesa.
Pasadas las horas y cuando la madre de la chica la pasó a buscar al anochecer, le comenté lo que había ocurrido en la cocina mientras chalábamos. Mi desconcierto fue aún mayor cuando noté la incomodidad de la madre, diciéndome que “cierta clase de personas” a ellos no les gustaba que se vinculara con su hija. Que ellos se esmeraban en que su hija fuera a excelentes colegios y que se relacionara sólo con gentes de “buena familia” porque vaya a saber Dios a qué se dedicaba ese muchachito humilde..."Seguramente a nada bueno"-remató.
Cuando estábamos lavando los platos, mi hija y yo nos quedamos solas en la cocina y aproveché para preguntarle por sus amigos. Ella me contestó que eran muy buenos y que se habían hecho muy amigos entre sí. A tal punto, que el chico de más edad al saber que el otro estaba buscando desesperadamente trabajo para ayudar a su mamá viuda y a sus cinco hermanitos le había ofrecido trabajo como ayudante de administración en la empresa de su padre. Justamente estaban buscando un muchacho que los ayudase algunas horas por la tarde en la empresa.
-No sabés mamá- me dijo mi hija- qué buena gente son los dos, muy solidarios y alegres, estudiosos y ambos trabajan en distintas organizaciones no gubernamentales ayudando a familias carenciadas y de bajos recursos. Sino fuera porque uno es tan rubio y el otro tan morocho, diría que son parientes y hasta hermanos mellizos- concluyó mi hija. "No pueden ser más parecidos, mamá"- agregó.
Esa noche me alegré por los criterios de mi hija para ver la realidad con sus apenas 17 años. No se fija en lo superfluo a la hora de relacionarse con otras personas, para ella lo importante son los valores. Mis otros hijos comentaron también lo “buenos pibes” que eran los dos chicos ya que sabían lo comprometidos con los más necesitados que eran ambos, y se alegraron de que se hubiesen conocido seres tan parecidos…
Si eso lo hubiera escuchado la otra chica y su mamá!!!
Sentí que íbamos educando en verdaderos valores cristianos tanto mi esposo como yo a nuestros hijos. Y agradecí a Dios porque en mi familia, "la pinta es lo de menos"…
©Ale Vallina

Foto: tomada de la web
La realidad me ha hecho caer en la cuenta de que a veces no son las situaciones felices las que nos hacen tomar decisiones fuertes y profundas en nuestra vida, sino las situaciones límites, las “fuertes”, aquellas que estremecen las estructuras…. Cada vez me encuentro con más personas cuyas vidas se han transformado por completo a raíz de una situación límite como es la muerte, por ejemplo. Son cada vez más las personas que al sentir su cercanía o al haber vivido la muerte de un ser querido, han cambiado por completo la visión de la vida y por consecuencia su modo de vivir. A veces, incluso, fue la cercanía de la muerte la que les enseñó el “valor de la vida”.
Es así, la muerte nos da el verdadero valor de la vida.
Al final de nuestro caminar nos espera la muerte, ése es el límite de esta vida. Una muerte que para nosotros es el paso a una vida nueva pero el término de esta que conocemos.
Y si en el futuro el destino es igual para todos ¿Por qué te afanas por vivir tan deprisa? Cuanto más acelerado vives, menos tiempo tienes para disfrutar con las personas que amas.
© Padre Javier Rojas sj
Cuando recurrimos a representar papeles o llevar máscara, no existe ninguna posibilidad de crecimiento humano o personal. Sencillamente, no somos nosotros mismos y, por lo tanto, no podemos evolucionar como deberíamos en una atmósfera de crecimiento. 
J. Powell sj

“Donde hay vida, hay movimiento y crecimiento. Donde la vida se manifiesta, debemos estar preparados para las sorpresas, los cambios inesperados y la renovación constante. Ningún ser vivo es el mismo en dos momentos diferentes. Vivir es afrontar una y otra vez lo desconocido. Nunca sabemos exactamente cómo nos sentiremos, pensaremos y nos comportaremos la próxima semana, el próximo año o dentro de una década. Para vivir es esencial confiar en un futuro desconocido que exige una rendición al misterio de lo impredecible”.
 Henri Nouwen, “El trabajo por la paz”

jueves, 12 de enero de 2012

Cuando oramos Dios se fija en nuestro corazón, no en nuestra historia.
Anthony de Mello
El verbo para la oración de hoy es “COMPADECER.”
Saber padecer puede aprenderse de algún modo con el verbo perder. Pero a compadecernos no nos puede enseñar nadie, sino Aquel que, compadecido de nosotros, por nosotros padeció. Compadecer es padecer con el otro. Algunas veces se confunde la compasión con la simple filantropía. Ésta es etimológicamente «amor al ser humano». Se parece a la compasión cristiana, pero no es lo mismo. Una persona sabe de una catástrofe natural y destina unos pesos en una cuenta de ahorros para ayudar a los damnificados. Este es un ejemplo de filantropía. Y no cabe duda de que haya en ella rasgos hondamente humanos, de los cuales a menudo carece nuestra sociedad…
La compasión es universal desde la raíz, y no tiene límites como la filantropía. No es vanidosa ni ostentosa. . A todos, en mayor o menor medida, nos gusta tener fama de bienhechores. La compasión, por el contrario, siempre siente que la medida del amor no es mi bolsillo de rico sino el estómago del pobre.
La verdadera compasión sabe más lo que no ha hecho que lo que ha podido hacer. No descansa hasta ver sanado y restablecido el bien íntegro del otro.
En Cristo, en su Cruz y sólo en ella, podemos aprender que amar y compadecer es eso: dar la vida.
Preguntas para tu oración: 
1. ) Quiénes y qué te compadecen?
2. ) Cómo sientes y expresas tu compasión?
3. ) A qué crees que debería llevar la compasión?
4. ) Qué compadeces de tu familia y qué compadeces con tu familia?
5. ) Te compadeces a ti mismo?, Cuándo, Cómo y Por qué?
Jesús es el rostro de la misericordia y la compasión del Padre Dios. Prefiere a los pobres (Lc 4,18; 7,22) y se codea con publicanos y pecadores (Mt 9,10). Es compasivo con las muchedumbres (Mt 9,36; 14,14; 15,32) con la viuda desconsolada (Lc 7,13) o el padre afligido (Lc 8,42; 9,38-42). De modo insuperable nos ha transmitido la piedad del Padre Dios hacia el hijo que retorna (Lc 15). Ni siquiera excluye de su compasión a sus propios enemigos, por los que ruega (Lc 23,34).

“Cuando nos cueste trabajo conmovernos, preguntémonos cómo nos iría si así de inexorables fueran los demás con nosotros.” Séneca.
Todo, absolutamente todo lo que nos ocurre en la vida, pueden ser benditos caminos para un encuentro sincero, de corazón, con el Señor. Este texto del P. Larrañaga nos ilustra al respecto:
"Frente al mundo ignoto de las eventualidades, es mucho mejor detenerse y permanecer en silencio, abandonados en las manos del Padre, asumiendo con gratitud el condicionamiento personal y el misterio de la vida. Yo he conocido gentes para las que una enfermedad que de improviso apareció y les acompañó hasta la muerte, resultó ser la mayor bendición de su vida.
Estoy seguro: si tuviéramos la perspectiva de eternidad que tiene el Padre, todas las cosas adversas que nos suceden cada día las habríamos de considerar como cariños especiales del Padre para con nosotros, sus hijos, para liberar, sanar, despertar, purificar..."
Ignacio Larrañaga. “Muéstrame Tu Rostro”

miércoles, 11 de enero de 2012


“Rezar significa abrir las manos ante Dios. Implica relajar lentamente la tensión que oprime tus manos juntas y aceptar tu existencia con una predisposición cada vez mas favorable, no como una posesión que hay que defender, sino como un don que hay que recibir”
Henri Nouwen

Una antigua canción irlandesa dice así: «Vivir arriba con los santos que amamos es una pura gloria. Pero vivir abajo con los santos que conocemos es otra historia».
¿Cómo te llevas con los "santos" cotidianos ( hijos, esposo/a, vecinos y amigos)?
Yo creo que los seres humanos tomamos algo de la condena que Dios hizo a la serpiente.... "arrastarnos por el suelo y comer polvo" ¿no les parece? Tenemos esa tendencia los seres humanos...especialmente cuando hablamos o pensamos mal de nuestro prójimo, cuando no hacemos el bien que deberíamos. Y sí el mal que no deseamos…
¿Por qué elegimos arrastrarnos a veces, en lugar de caminar erguidos y con la cabeza en alto?
P. Javier Rojas sj
Un buen cristiano se distingue por el hecho de que cree en Dios, de que confía; se distingue por el hecho de que conoce a Cristo, de que lo conoce cada vez mejor y presta oídos a él. Conocer significa leer la Biblia, hablar con Cristo, dejarse llamar por él, asemejarse a él.
De ese modo, el cristiano se siente cada vez más apremiado a actuar socialmente, a comprometerse por otros como lo hizo Jesús, que curó a los hombres, llamó a sus discípulos, criticó a los poderosos, lanzó advertencias a los ricos y recibió a los extranjeros.
Así se llega a ser un hombre que se siente sostenido e impulsado por Dios. En el momento de la muerte —y quiera Dios que así sea—, podrás decir: tú me sostienes, en ti estoy cobijado, tú me aceptas.
(Carlo María Martini, "Coloquios Nocturnos en Jerusalén")

martes, 10 de enero de 2012

Había una vez, un pequeño niño al que desde temprana edad le había tocado pasar por situaciones terribles, en realidad este niño no sabia lo que era la felicidad y creía que jamás la encontraría.
Una tarde, en horario de clases, su maestra pregunto: - ¿Quiero que piensen bien...si no fuesen quienes son, que les gustaría ser?-
Algunos niños se apresuraron a responder: - Yo quisiera ser pájaro, para volar muy, muy alto.
- A mi me gustaría ser caballo, para poder trotar velozmente por los campos.
La maestra se dio cuenta de que el niño estaba abstraído en sus propios pensamientos y suavemente, acariciando su cabeza pregunto: -A vos, ¿que te gustaría ser si no fueses quien sos?.
El pequeño, con lagrimas en los ojos respondió: - A mi me gustaría ser Árbol.
La maestra lo miro asombrada y no dudo en preguntar por qué?.
Los arboles están muy quietos, siempre en el mismo lugar, nada los perturba, nadie los molesta, están muy solos se ven grandes, majestuosos y a la vez tristes.
Se podía interpretar claramente que así el niño veía su futuro, su vida...desolada, sola, triste.
La maestra no dudo en secar sus lágrimas, arrodillarse en el piso, tomar su pequeña carita entre sus manos y responder:
- Los arboles soportan tormentas terribles, el viento los azota, pierden todas sus hojas pero cada primavera florecen nuevamente, se llenan de pequeños brotes que pronto serán verdes hojas, en sus ramas albergan hermosos nidos con sus pájaros y bellos cantos, tienen fuertes raíces que los sujetan a la tierra, dan sombra a los caminantes y refugio en las tormentas.
Desde aquel día, el niño comprendió que la vida pudo poner muchos obstáculos en su camino, pero el seria como el árbol... soportaría de pie las mas fuertes tormentas, perdería muchas veces tratando de ganar otras cosas, se quedaría solo por momentos, pero siempre y a pesar de todo volvería a renacer... gracias a la profundidad y convicción en sus ideales y valores, como las raíces del árbol, profundas y fuertes, recuperaría las esperanzas, seria cobijo para muchos y quizás, algún día albergaría a sus propios pichones.

Señor Jesús, hoy sigues llamando a muchos jóvenes, para que estén contigo y anuncien el Evangelio. Dales la fortaleza y la generosidad para que se liberen de todas las ataduras que anudan su corazón. Sé tú mismo, Señor, su libre libertad para que puedan seguirte. Que todo lo que tienen ahora por ganancia, al conocerte a ti lo tengan por pérdida. Que atraídos por ti se animen a venderlo todo, a darlo a los pobres y entreguen su propia vida en la honda sencilla alegría de tu pobreza.
Que la esperanza de tu Reino los seduzca hasta el fondo de su ser… Que pongan sus pies donde tú pusiste tus pasos, comulgando con tu vocación y tu destino. Haz que mañana, como apóstoles humildes, lleven tu presencia a los hermanos. Envía, Señor, muchos jóvenes capaces a la Compañía de Jesús.

El discernimiento espiritual no una práctica destinada a los cristianos de “élite” sino a cualquier hombre o mujer que haya superado la etapa de la pura instintividad y que desea tomar decisiones importantes y maduras. Y tú, ¿Con qué espíritu tomas tus decisiones?
Señor, no te pido ver el horizonte lejano, un paso por día es suficiente para mi.
John Henry Newman

La fe no cambia la realidad, pero si la manera de afrontarla.

lunes, 9 de enero de 2012

Quien no reconoce su verdad, termina convirtiendo su vida en una mentira. No edifiques nada en la mentira, acepta y reconcíliate con la verdad
Hay 3 tipos de personas en el mundo: los inamovibles, los movibles y los que se mueven. De cuál tipo eres tú?
El fiel que practica todos los ritos de la religión, que acata los mandamientos y paga el diezmo y, sin embargo, es intolerante con quien no piensa o cree como él, podrá ser un religioso óptimo pero carece de espiritualidad. Es como una familia desprovista de amor.
Estate, Señor conmigo
siempre, sin jamás partirte,
y cuando decidas irte,
llévame, Señor, contigo;
porque el pensar que te irás
me causa un terrible miedo
de si yo sin ti me quedo,
de si tú sin mí te vas.
Llévame en tu compañía
donde tu vayas, Jesús,
porque bien sé que eres tú
la vida del alma mía;
si tú vida no me das
yo sé que vivir no puedo,
ni si yo sin ti me quedo
ni si tú sin mí te vas.
Por eso más que a la muerte
temo, Señor tu partida,
y quiero perder la vida
mil veces más que perderte;
pues la inmortal que me tú das,
sé que alcanzarla no puedo,
cuando yo sin ti me quedo,
cuando tú sin mí te vas.
Amén
(Himno de la Liturgia de las Horas)

domingo, 8 de enero de 2012

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