sábado, 31 de marzo de 2012

«El final feliz»


     
Domingo de Ramos 1 deAbril

               
Relato de la Pasión según San Marcos.
Mc 14, 1—15, 47


No podemos negar que las películas de Hollywood son reconocibles por los discursos humanistas y los finales felices.
Nos damos cuenta de que una película es una producción de Hollywood por el amplio despliegue de recursos que tiene. No se escatiman los gastos cuando el objetivo es sorprender al espectador. Y solemos decir que es una buena película cuando la trama parece llevarnos hacia una dirección pero sorpresivamente, un nuevo giro en la historia, nos desembarca en un final feliz.
Las historias con  final feliz forman parte del sueño de todo ser humano. Ninguno de nosotros planifica su vida barajando la posibilidad de que al final no venza el bien y reine la felicidad. Este anhelo de una historia de vida feliz ha sido protagonista de nuestros desvelos y compañera de nuestras soledades.
Es casi imposible no preguntarnos ¿cómo terminará esto? O ¿Dónde vamos a ir a parar?
La trama de nuestras vidas no está escrita pero queremos que el final sea feliz… Deseamos profundamente que al final de nuestro camino, la felicidad nos esté esperando con los brazos abiertos.
Pero nuestra vida no es una producción de Hollywood y tal vez el criterio de felicidad que buscamos no tenga nada de ver con una realización cinematográfica.
Al escuchar el relato de la pasión, podemos visualizar la trama de esta historia. Podemos reconocer claramente los intereses que se juegan y somos testigos de que Jesús también pensó en la posibilidad de que la historia de su vida terminara de otra manera… ¿cómo Hollywood?
 Tal vez, hasta nosotros mismos hemos imaginado una manera distinta de que Jesús pudiera llevar a cabo su misión de rescatar al hombre de una vida sin sentido.
Pero el final de la vida de Jesús, no fue a lo Hollywood, aunque no podemos negar que cumplió su misión en esta vida. Frente a la posibilidad o tentación de luchar por cambiar la historia de su vida, prefirió ponerse en las manos de su Padre y dejar que Él llevará a buen término  lo que había comenzado.
Te has preguntado ¿Qué misión tienes en tu vida? ¿Para qué vives?
Si pudiéramos hacer más consciente aún cuál es el principio y el fin de nuestra vida: de dónde venimos y hacia dónde vamos, podríamos resistir a la tentación de aferrarnos compulsivamente a los finales felices.
El final de la vida de Jesús no fue feliz…o por lo menos, no como la hubiéramos imaginado. Pero no podemos negar que esa muerte, ese fracaso, nos haya hecho vivir…
Hay muchas personas que esperan que Dios llene sus vidas y sus almas, porque sienten que el dolor y el fracaso es ausencia de Dios y no acaban de descubrir que Dios ya está en lo que viven día a día.
Deberíamos recordar los hombres que Jesús conoce el dolor. Sabe por experiencia propia lo que es atravesar por la sensación de ausencia de Dios. Y no debemos olvidar que aun cuando nuestra vida esté envuelta en una oscuridad siempre Dios, como el sol, es capaz de alumbrar nuestra vida con su gracia.

P. Javier  Rojas sj



María es protagonista junto a su Hijo en esta Semana Santa. Protagonista sin desearlo. Protagonista porque es su propia sangre la que se derrama. La  que ella alimentó y protegió desde su vientre. Protagonista silenciosa y discreta. Co redentora junto al Redentor.
Protagonista que acepta, sin entender, y que sufre sin reclamar…
A la Madre le duele el alma el contemplar los dolores de su Hijo. Pero no incomoda ni interviene. No tuerce la ley del Padre. Sólo acepta…
Ante la escena de la Cruz implacable, me urge un pedido María: regálame tan sólo un poco de tu fidelidad. Algo de tu entereza ante los dolores y parte de tu devoción en las pruebas. Dame tus modos María, tu estilo y tu talante. Y concédeme parecerme a ti, aunque sólo sea en algo. Pues “ese algo” para mí lo es todo…
@Ale Vallina
¿Cómo te estás preparando para la Semana Santa? ¿Cómo has vivido la propuesta de retiro on line?

jueves, 29 de marzo de 2012

"No el ESCEPTICISMO de Poncio Pilatos, no la IRRACIONALIDAD de los fanáticos; sólo "la verdad os hará libres". 
Benedicto XVI, La Habana, 2012.

«Vivir con el Padre»

Cuando terminó este discurso, Jesús elevó los ojos al cielo y dijo: «Padre, ha llegado la hora: Da gloria a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria a ti. Ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo para que tengan la plenitud de mi alegría. Les he dado tu palabra y por eso los odia el mundo; porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Así como tú me enviaste al mundo. Y por ellos yo voy al sacrificio, para que ellos también sean verdaderamente santos. No ruego sólo por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos. Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste se las di a ellos, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Así seré yo en ellos, y tú en mí, y alcanzarán la unidad perfecta. Entonces el mundo sabrá que tú me enviaste, y que los amaste tal como me has amado a mí. Padre, quiero que los que me has dado; yo quiero que allí donde yo estoy, estén también conmigo. Y vean mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Padre justo, el mundo no te conoce, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo seré en ellos.
Jn 17, 1. 13-26

Pido: «Jesús, condúceme al encuentro con el Padre»

En este texto del evangelio de San Juan encontramos a Jesús dirigiéndose al Padre en estos términos: « para que sean uno, así como nosotros somos uno. Así seré yo en ellos, y tú en mí, y alcanzarán la unidad perfecta. Entonces el mundo sabrá que tú me enviaste, y que los amaste tal como me has amado a mí» ¿Qué descubrimos en esta petición que Jesús hace a su Padre, antes de iniciar el ascenso a la cruz?
Jesús propone la unidad con el Padre como modelo para la experiencia de nuestra unidad. Es necesario que haya unidad en nuestra vida. El primer paso, en el seguimiento de Jesús, está en alcanzar la unidad a la que nos invita. Ello radica en descender al propio abismo, al propio “chiquero”, al reino de la oscuridad de la propia alma, donde hemos relegado todo lo que no queremos aceptar.
Sólo podremos ascender hasta Dios si antes, como Jesús, hemos descendido a la realidad de nuestra vida. Sólo lograremos experimentar nuestra plenitud interior si podemos reconocer el abismo de nuestra alma en relación con Dios. Sólo en la unidad con el Cristo humano, podremos saborear y gozar la unidad con el Padre.
Jesús, no sólo pide al Padre que alcancemos la unidad interior, sino que además dice; « Así seré yo en ellos, y tú en mí». El mismo Cristo le pide Padre estar en nosotros. Jesús desea morar en nosotros. Sólo si sé que a través de mi realidad puedo descubrir a Cristo como el verdadero fundamento de mi vida puedo mirar sin miedo lo que vive en mi interior. Cristo es el que sostiene mi frágil condición humana y el que mantiene la unidad aún en medio de las incoherencias personales.
Si Jesús ha venido para mostrarnos el camino de regreso al Padre, no podía dejar de expresarlo de esta manera: «y alcanzarán la unidad perfecta». Para San Juan, el amor que Jesucristo ha consumado en la Cruz es el que nos conduce a la verdadera unidad. La Cruz es el símbolo para la unidad de todas las contradicciones. Si contemplo a Cristo en la Cruz, puedo entender lo que significa que el amor perfecto de Dios une en mi todas las contradicciones: el cielo y la tierra, la luz y las tinieblas, la bondad y la maldad, todo está en mi empapado del amor de Cristo.
Jesús es quien nos conduce a la unidad con el Padre y nos permite llegar así a ser uno con nosotros mismos. Él nos ha demostrado en Cristo su amor hasta la consumación. Dios Padre, para conducirnos hacia él de nuevo, lo hace por medio de la unidad del amor a los que nos habíamos dividido por el propio odio. Ésta en la buena nueva del evangelio de San Juan: que Dios descendió hasta nosotros, hasta la miseria de nuestra naturaleza humana y no lavó lo pies, nos curó las heridas, y ahora nos invita a la unidad con Él.
Pero antes de iniciar este camino de regreso al Padre tenemos que integrar nuestro propio barro, descender hasta el propio infierno, despedirnos y dejar morir en nosotros las ilusiones engañosas y cargar con la cruz que nos toca llevar. Es iluso pensar que podríamos llegar a ser santo sin necesidad de cultivar y amar la fragilidad que llevó conmigo. Santo, en el sentido de Jesús, significa llevar consigo la Cruz…
P. Javier Rojas
Pregúntate:¿Cuál es la cruz con la que seguirás a Jesús?

«Aprender a vivir»

Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Porque en ángel bajaba de vez en cuando y removía el agua. Y el primero que se metía cuando el agua se agitaba, quedaba sano de cualquier enfermedad. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.
Jn 5,1-16 

Petición: «Señor, dame la gracia de reconciliarme con mi historia» ( repetimos lentamente esta petición al ritmo de la respiración)

Leo el texto y advierto las palabras y frases que despiertan  movimientos  internos en mi.

Cuando nos enfrentamos por primera vez al mundo, salimos con toda la fuerza como si fuéramos a conquistarlo. Pero, muy pronto, nos encontramos con que llegar a la cima que soñábamos es más difícil de lo que imaginábamos. La realidad es más compleja de lo que podemos percibir y además la propia realidad personal lo aún más difícil.
Así, quedamos  sobornados por la tristeza, a la espera de un “ángel” que venga a darnos una oportunidad…
Todo hace pensar que la vida no le había dado oportunidades al paralítico. Ahora ¿era la parálisis realmente el motivo de su dejadez? ¿Es posible echar toda la culpa a las faltas de posibilidades, por el estancamiento de su vida?
 Para vivir hace falta que “llenemos nuestra vida de "VIDA" y así dar muerte a la muerte". ..
Mucho de nosotros a veces vamos tropezando entre la vida y la muerte, con largos períodos de mediocridad  en nuestra existencia. Vivir cristianamente significa peregrinar con todo lo que somos abriendo espacios en nuestra vida para conciliar la humanidad débil y la gracia de Dios siempre existente. Sólo, si dejamos de esperar que todas las condiciones estén dadas, empezaremos a caminar. De lo contrario quedaremos resignados aguardando a que el ángel venga de los cielos a agitar el agua. ¿Y cuál es la vida de Dios que Jesús nos comunica? Aquella que nos alienta a vivir con todo lo que hay en nuestra vida, con sus heridas y fracasos. No afecta tanto si tu vida ha sido dura como la piedra, fría como el mármol o frágil como el barro, importa  que te decidas a forjar algo con ella…
                El gran milagro que Jesús obró en el paralítico fue haberlo confrontado con su historia y animarlo a ser una sola “cosa” consigo mismo, con todo lo opuesto y limitado que había en él. Estimar la  propia vida significa confiar en que Dios volverá a realizar su encarnación en mí, aquella conjunción de lo extremos opuestos en una sola naturaleza y en la unidad de la persona. Debemos liberarnos de las ilusiones engañosas que nosotros mismo nos forjamos. El propio valor viene por medio del reconocimiento de nuestra dignidad de ser forjado a imagen del Hijo amado de Dios. Es un mandamiento de Jesús, amar al prójimo como a uno mismo y ello significa reconciliarnos  con nuestra  propia historia de vida.
P. Javier Rojas sj
Preguntas que nos ayudan en la oración:
1.¿Te sientes reconciliado con tu historia personal? ¿Qué situaciones de tu vida te cuestan aceptar?
2.¿Te lamentas por lo vivido? ¿Te animas a ponerte de pie?
3.¿Crees de verdad que Dios puede sanarte?

miércoles, 28 de marzo de 2012

La mentira nos atrapa en sus redes de engaños y tinieblas.La verdad siempre nos libera...
Jesús nos quiere libres.

«Conciliar la vida»

 «Jesús dijo además esta comparación por algunos que estaban muy convencidos de ser  justos, y  que despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: "Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; o como ese publicano. "Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano." El publicano, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "Dios, ten piedad de mí, pecador." Les aseguro que éste descendió a su casa justificado pero aquél no; porque todo el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado.»
Lc 18, 9-14
En esta oración pido:   “Señor, renuévame por dentro con espíritu firme, crea en mí un corazón puro” (Puedes elegir esta oración para repetirla todo el día)


Para reflexionar:
Muchas veces cuando nos disponemos a amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma, solemos descuidar el mandamiento del amor al prójimo.  A menudo, cuando queremos sentirnos dentro de la ley de Moisés que nos manda amar a Dios, olvidamos que Jesús nos dijo «amarás a tu prójimo como a ti mismo»
Sin lugar a dudas que el fariseo del evangelio, hincado de rodillas en el templo rogando a Dios, deseaba con todo el alma no quebrantar la ley de amar a Dios por sobre todos las cosas, pero ¿por qué en su oración enumera sus triunfos espirituales dejando a fuera el amor al prójimo?  ¿Cuál es la verdadera ley que Dios nos pide cumplir?  ¿En qué radica quebrantar la ley? ¿Dónde está el pecado del fariseo y el mío?
A veces nos sentimos culpables sin necesariamente reconocernos como pecadores, porque no todo sentimiento de culpa nos abre a la conciencia de pecado. Existe un sentimiento de culpa constructivo, esencial para madurar y crecer. Y hay un sentimiento de culpa destructivo e infantil, que cierra al yo sobre sí mismo y le impide madurar. La culpa constructiva es la que nace de un hombre que ha tomado en serio su vida como una serie de opciones personales de amor a Dios y al prójimo, y que ha anclado su propia existencia en valores fundamentales de su fe. La culpa positiva es la que nace del cotejo entre mi yo y los valores: el conocimiento de haber transgredido un estilo de vida libremente escogido.
                Por el contrario la culpa destructiva es la que esconde conflictos interiores que bloquean y frenan el crecimiento. Ella no deriva de la consideración reflexiva de la propia situación en relación al ideal perseguido, sino es un sentimiento inmediato e irracional. Éste sentimiento de culpa no surge de haber errado el ideal sino que surge de no haber realizado nuestro deseo de ser amados, reconocido, dotados de valores. La culpa destructiva se identifica por el remordimiento interno que surge de no haber estado a la altura de reconocimiento y la estima del otro. Éste sentimiento interno de enojo, reproche, se dirigen también contra uno mismo. Muchas veces nos guía más el miedo y la vergüenza que el amor y el convencimiento del valor de lo perdido que reconoce el error. La conciencia del pecado (error) nos libera para descubrir la belleza del valor perdido.
Dijo Jesús «Les aseguro que éste descendió a su casa justificado pero aquél no; porque todo el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado.»
                Muchas veces nuestro ser cristiano no radica en el convencimiento de los valores que deseo vivir, sino en el miedo al castigo y en el temor a no estar a la altura del reconocimiento y de la estima de Dios.
El sentimiento de culpa con el que muchas veces nos acercamos a reconciliarnos con Dios, no reside en el dolor por haber errado un estilo de vida sino en no haber realizado nuestro deseo de ser amados y  reconocido, por los demás.
P. Javier Rojas sj
Lee las preguntas y reflexiona sobre ellas.
1.            ¿En qué medida mi buena conducta está inspirada en los valores evangélicos?
2.            ¿Mi relación con Dios se basa en el premio a mis buenas obras  o en el valor de su amistad?
3.            ¿Cuál es tu verdadera relación con Dios? ¿Te reconoces pecador?

martes, 27 de marzo de 2012

«Sed por vivir»

«Jesús  dijo a la Samaritana: «Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva. Ella le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿dónde, vas a conseguir agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo del cual bebió él mismo, y sus hijos, y sus ganados? Jesús le respondió: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed,  pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga sed ni venga hasta aquí a sacarla. Él le dijo: Ve, llama a tu marido y ven acá. Respondió la mujer y le dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Es verdad lo que dices que no tienes marido, has tenido cinco y el que ahora tienes  tampoco es tu marido. La mujer le dijo: Señor, me parece que tú eres profeta.»

En esta oración pido: « Señor, dame la gracia de conocer el amor que me tienes para que crezca en mi el deseo de perdón y la misericordia» (Puedes elegir esta oración para repetirla todo el día)

Para reflexionar: El diálogo de Jesús con la samaritana, es el prototipo de lo que podríamos llamar una “dirección espiritual”. En esa conversación, ella le va abriendo poco a poco su confianza, y va ganando en claridad y verdad. Y no es que desconociera totalmente su realidad o que estuviera ocultando algo, sino que fu accediendo poco a poco a un nivel de conciencia tal, que luego le permitirá dar un salto hacia adelante. Jesús la confronta tiernamente y la va guiando hacia ese lugar del corazón donde radican los deseos más insondables y donde se llevan a cabo las decisiones más importantes de nuestra vida. La conciencia vital. Sólo el reconocimiento de la sed profunda que tiene le daría la posibilidad de buscar la manera de saciarla.
A simple vista podríamos decir que el problema de la samaritana es su  situación moral. Si para Jesús hubiera sido importante la ley antes que las personas, no estaría  ni siquiera hablando con ella que era una mujer samaritana.  Dialogar muchas veces con aquellos acontecimientos de nuestras vidas que se contradicen o están fuera de la ley “divina” es la condición de posibilidades para re encontrarme con Dios.
A Dios no le estorban tanto nuestras debilidades, cuanto que no las reconozcamos. Porque solo reconociendo la sed de vivir que tengo, él podrá colmarla. Para Dios es más importante salvar a una persona que cuidar el cumplimento de la ley.
Esta experiencia fundante del encuentro con la fidelidad de un Dios que verdaderamente ha venido por el pecador, el enfermo, y el necesitado de perdón hace que me cuestione mi amor hacia Él… Él me dará agua viva, si yo reconozco la sed que tengo. «El que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás».
De la opción preferencial de Dios por mi mayor pobreza (mis miserias, mis pecados, mis egoísmos) nace mi verdadera opción preferencial por los pobres (por el ser humano en todas sus pobrezas).  Quizás ahora podamos comprender verdaderamente la sed que tenía esta mujer. No solamente de sentirse perdonada, sino también de perdonar a los demás. La misericordia se convierte en misión. “La misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre. Así entendida, constituye el contenido fundamental del mensaje de cristo y la fuerza constitutiva de su misión”  (Juan Pablo II, Rico en misericordia, n. 6)
El reconocimiento del error y la reconciliación con la propia realidad, hace que encontremos otros de los secretos que guarda la vida. El reconocer mis faltas y pedir perdón (natural, inconsciente, por ignorancia, voluntario) me permite no andar por la vida con la aflicción de justificarme por temor a ser descubierto.
P. Javier Rojas sj

Preguntas que nos ayudan a meditar:
1.¿Qué cosas necesitas transparentar con Dios? ¿Cuáles son las heridas que aún no presentaste a Dios para que las cure?
2.¿Eres consciente de tu pecado? ¿Has caído en la cuenta de la palabras, gestos y acciones con la que dañas a los demás?

lunes, 26 de marzo de 2012

«ENFRENTA TUS MIEDOS»

«Jesús dijo a Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo ya viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer? Jesús respondió: En verdad, en verdad te digo que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que ha nacido de la carne, es carne, y lo que es nacido del Espíritu, es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: "Necesitas nacer de nuevo, de arriba." El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede ser esto?»
Jn 3, 3-9

En esta oración pido: «Señor, dame la gracia de poder morir a aquellas cosas que no me dejan vivir» (Puedes elegir esta oración para repetirla todo el día)


Para Reflexionar: El temor a la muerte motiva gran parte de las cosas que hacemos, ya sea por nosotros o pensando en los demás. El miedo a la muerte hace que realicemos muchas cosas para prevenirla o para detenerla.
Hoy la cultura occidental dominante tiene una negación absoluta a la mortalidad. Vivimos como si no existiera, como si fuera un error. Sospecho que en el fondo, la muerte nos obsesiona y nos inquieta más de lo que creemos. Porque el pensar en ella, nos exige hacer un alto en el camino y mirar la alforja de la vida, mirar el corazón y quizás nos atemoriza encontrarnos con que esta vacía.
La negación de la muerte deja al descubierto que quizás aún no me haya decidido a vivir o que tal vez, aún no he decido dejar morir en mi ciertas cosas para nacer a otras.
Negar el morir es no haber tomado la decisión de vivir.
Mirar de frente a la muerte, que ya ha muerto porque Dios la ha vencido, nos ayuda a abrirnos camino a una vida más plena.
Esta cultura que niega la idea de la muerte, agoniza en su concepción de la vida. ¿Cómo explicar, si hemos acertado en el concepto de lo que significa vivir, que cada vez haya más vacío y sin sentido en la vida del hombre? ¿Por qué si hemos logrado alargar la vida, no sabemos muchas veces que hacer con ella? ¿Qué secreto guarda el morir del que nos habla Jesús, que es necesario para dar fruto? El morir para dar frutos, del que nos habla Jesús, es una muerte que ayuda a transformar la vida y no la que acaba con ella. No niega su existencia, sino la que le da sentido.
El morir del que nos habla Jesús es superación de la mortalidad. Es dejar que la gracia de Dios atraviese nuestra vida con su luz, para reconocer a qué tenemos que morir, para disponernos a vivir y dar fruto. La muerte ya no tiene poder sobre nosotros, pero el morir es condición para vivir según Dios. Mirar de frente a la muerte es abrirse camino a la vida. El secreto de la vida no esta en morir solamente, sino en descubrir a qué morir, por quién morir, para aprender a vivir.

P. Javier Rojas sj


Preguntas que ayudan a meditar:

1. Morir, es vivir de otra manera ¿A qué te sientes invitado a morir para dar frutos?
2. ¿Qué transformación necesita tu vida? ¿Te sientes fecundo en tu vida? ¿Cuándo sientes que das verdaderos frutos?
3. ¿Qué legado de vida te gustaría dejar a los que amas?

domingo, 25 de marzo de 2012

Pequeña María,  sencilla flor, con sorpresa y humildad recibiste al ángel Gabriel. En el Misterio de la eternidad el Verbo se encarnó en Ti. Por eso te llaman la bendita entre todas las mujeres. Encuentro divino entre el ángel mensajero y la Niña que hubo de hacerse Madre en obediencia y en amor…
Madre, acércanos  a tus virtudes para que se “encarne” en nuestros corazones tu bendito Hijo. Amén.
@Ale Vallina

«El desprendimiento en la fe»

La famosa frase acuñada «ver para creer» se ha convertido en el bastón de la credibilidad. ¡Son tantas las promesas incumplidas! ¡Tantas las confianzas rotas! Tantos sueños depositados en manos de otros que terminaron en los cajones o cestos de basura, que nuestra capacidad de confianza parece haber llegado al límite. Hoy en día para creer se exige una certeza verificable empíricamente. Entonces comprobando la coherencia entre las promesas y las acciones concretas es como se llega a creer.
Ahora bien, esta realidad ¿se ha filtrado en nuestra fe? Acaso ¿es cierto que tenemos que ver lo que Dios es capaz de hacer para creer en él? ¿Dónde hemos puesto nuestra confianza? ¿Dónde tiene fundamento nuestra fe?.
El evangelio de Juan relata la entrada de Jesús a Jerusalén. Era el momento en que todo judío piadoso peregrinaba al templo para celebrar las fiestas. También va Jesús.
Por aquellos días la “fama” de Jesús se había extendido notablemente. Era conocido como un hombre que “curaba”, que hacía “milagros” extraordinarios, que realizaba “exorcismos”,  y hasta “resucitaba muertos”… ¿Había acaso motivo para no creer que éste hombre era el mesías esperado? Sus obras acreditaban creer en Él. Pero acaso ¿fueron suficientes los milagros que obró Jesús para aquellas personas que gritaron luego “¡Crucifícalo1, ¡Crucifícalo!”?
¿Creemos en Dios por los milagros que obra o por los favores que nos hace? ¿Son esos favores los que me llevan a creer en Él?  ¿Es verdad que salimos a su encuentro por lo que puede ofrecernos?
En aquella sencilla y enigmática respuesta que da Jesús a Felipe y a Andrés: « si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto» hay un mensaje para el hombre actual que ha puesto su confianza en los favores más que en las personas.
Pero para que esta siembra tenga cosechas abundantes el grano de trigo tiene que morir. La vida sólo se logra entregándola; sólo de ese modo se hace eterna. Nos hemos  acostumbrado a edificar nuestra propia vida sobre todo tipo de favores, políticos, sociales y hasta religiosos. Y nos hemos acostumbrado a dar crédito a aquellos, que con favores especiales, alimentan y favorecen la vida abundante y plena que soñamos.
Por el contrario la vida en plenitud que nos promete Cristo no proviene de aferrarse a algo o a alguien, sino de soltar… No proviene de esforzarse, sino de renunciar. No proviene tanto de tomar cuanto de dar…
Los milagros que Jesús ha obrado en otros y también en nosotros mismos nos han proporcionado un primer escalón en la fe. Pero la confianza en Él no pude quedar supeditada a lo que es capaz de entregar para mi propio favor o conveniencia. Porque de ser así ¿qué sentido tendría el despojo de Jesús en la cruz?
Si nuestra fe no es capaz de poner su fundamento en la persona de Jesús más que en sus favores, ¿seguiremos creyendo en Él cuando ya “no nos conceda lo que le pedimos”?
La entrega es la dinámica fundante de la libertad cristiana. Es necesario morir a una fe cimentada sobre los favores divinos para refundarla en la persona de Jesucristo. Vivir la fe como una “búsqueda de favores divinos” es centrar la mirada en el propio interés…
 Es, pues, imprescindible recuperar la fe como adhesión personal a Jesús. Sólo así podremos comprender con horizontes más amplios todo lo que vivimos o padecemos.
Dicho de otro modo, todo lo que nos acontece en la vida es siempre un lugar donde podemos encontrar a Dios como Padre.
P. Javier  Rojas sj

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