sábado, 14 de julio de 2012


¡Claro que ya es tiempo de cambiar!!!...pero date la oportunidad de fallar, de caer, de errar en el camino. No te desanimes... si caes una y otra vez es porque estás en marcha, caminando. ¡No bajes los brazos! Cada paso que das estás más cerca... ¡Ánimo! ¡Arriba!... no hay tiempo para los lamentos.. ¡Ponte de pie y caminar...!!

Señor, en este día simplemente volveremos a intentarlo... Poco a poco iremos aprendiendo a amar a los demás sin imponer nuestros modos pensar. Intentaremos ser un poco más paciente con aquellas cosas que no podemos cambiar según nuestros propios criterios. Hoy, Señor, saldremos un poco más de nosotros mismos para encontrarnos con los demás. Dejaremos la queja y la prisa a un lado y trataré de mirar el mundo con tus ojos. Hoy, Señor, queremos abrir el corazón sin miedo... con libertad.

P. Javier Rojas, sj

¿Qué te gustaría intentar hoy para ser mejor?

viernes, 13 de julio de 2012


La capacidad humana para el autoengaño es increíble.
La Escritura (Jr 17,9) así nos lo enseña, y la psicología nos lo confirma. Algunas personas son muy hábiles a la hora de engañar a los demás; sin embargo, su duplicidad parece una nimiedad en comparación con las formas constantemente creativas que todos y cada uno de nosotros tenemos de engañar a nuestro yo.
El autoengaño tiene lugar de manera automática. Esto forma parte de aquello a lo que hacen referencia los psicólogos cuando afirman que los mecanismos de defensa operan en el inconsciente. También forma parte de lo aducen los teólogos cuando hablan del pecado original. En realidad, no tenemos por qué elegir el autoengaño. Es -por usar la jerga informática actual- la opción por defecto.
Normalmente, somos bastante hábiles a la hora de identificar el autoengaño en los demás, en quienes vemos fácilmente un rígido abrazo de amabilidad, en detrimento de cualquier reconocimiento de ira o de resentimiento. Éste es el mecanismo de defensa de la formación reactiva: un sentimiento o impulso inaceptable es eliminado de la conciencia por la expresión de su opuesto. En las otras personas identificamos una racionalización cuando nos ofrecen una buena razón para su comportamiento, pero no es la razón verdadera. E incluso en los demás, una simple negación de los sentimientos que obviamente están presentes ilustra la forma más básica de autoengaño que existe.
Reconocer estos mismos aspectos en nosotros mismos es mucho más difícil. La infiltración de nuestras falsas ilusiones supone un enorme reto y requiere un incesante compromiso con la verdad, así como un profundo sentido de la libertad con respecto al miedo al rechazo. Nada facilita esto como el hecho de saber que somos amados intensamente.
La transformación espiritual implica la purificación de la visión. Jesús afirmó que si nuestro ojo está sano, todo nuestro cuerpo estará lleno de luz (Lc 11,34). Tenemos que aprender a ver -y aceptar-lo que realmente hay. El libramos de nuestras ilusiones forma parte de este proceso, porque nos reorienta hacia la realidad. Ver a Dios tal como es -no tal como nosotros queremos que sea- requiere que veamos nuestra propia identidad tal como es realmente, ya que la misma nube de ilusiones oscurece nuestra visión, tanto de Dios como de nosotros mismos. (David G. Benner - El don ser tu mismo)



¿Por qué no interviene Dios para impedir que la gente haga el mal? ¿Cómo puede Dios permitir los desastres naturales y los crímenes humanos, como el tsunami de diciembre de 2004, el huracán Katrina, el asesinato de niños, etc., que causan tantas víctimas?
Las personas que sufren esos desastres y males podrían preguntarse qué significa ser amigos de Dios si no nos salva de esos horrores. ¿Cómo podemos llegar a un entendimiento con el mal en un mundo creado por un Dios compasivo que busca nuestra amistad?
Dios no puede forzar a los seres humanos para que vivan a imagen suya. Tenemos libertad y podemos rechazar una vida conforme a los más altos ideales y esperanzas de Dios. 
Nuestra negativa a prestar atención a los movimientos de nuestro corazón inspirados por Dios nos permite hacer mal a los otros.
Todos nosotros, si somos sinceros sabemos que hemos hecho o dicho cosas que han herido a otros, aun cuando antes de llevarlas a cabo no nos hayan faltado escrúpulos.
Sabemos lo que significa no prestar atención a la Presencia.
Cuando leo los periódicos o veo las noticias, con frecuencia hago esta oración: «Si no fuera por la gracia de Dios, ahí estaría yo». Todos somos capaces de pecar.
El sueño de Dios de un mundo en el que nadie hará daño; «nadie hará mal en todo mi santo Monte» (Is 11,9), no será posible sin la cooperación de todos nosotros; y ninguno de nosotros llegará a realizar del todo las esperanzas y deseos de Dios. Al crear a los seres humanos dotados de libertad, y al llamarlos a su amistad, Dios se hace vulnerable a nuestras debilidades y temores.
Entonces, ¿por qué no elimina Dios a los malos? La respuesta de Jesús a esta pregunta la encontramos en la parábola de la cizaña crecida con el trigo.
No sé que pensaréis vosotros; por mi parte, esta parábola me hace suspirar de alivio, porque frecuentemente yo he sido cizaña en medio del trigo. También es verdad que, considerando que el universo entero está interconectado, la destrucción de cualquier cosa podría llevar a la aniquilación
de todo. De nuevo, me siento aliviado al pensar que Dios no haya abandonado a nuestro mundo a pesar de la cizaña que todos nosotros hemos sembrado. ¿Qué piensas? (William A. Barry, SJ -  Una amistad como ninguna.)




En ocasiones, nuestros comportamientos son más semejante a los lobos que a las ovejas... y nuestras palabras no reflejan la sencillez de la paloma sino más bien la "astucia" de la serpiente. La astucia a la que hace referencia Jesús en el evangelio de hoy es aquella en la que se muestra la habilidad para sacar bien del mal... y no sembrar el mal "bajo especie de bien". Para construir el Reino de Dios no sólo hace falta deseo y voluntad, sino también capacidad de apreciar el buen trigo en un campo lleno de cizaña... 
Hoy podríamos reflexionar sobre la relación que tenemos con la "cizaña". O mejor aún, con los "lobos" que acechan el rebaño de Dios. ¿Cómo te relacionas con el mal? ¿Eres consciente que en ocasiones siembras el mal (discordia, división, etc) en lugar de rescatar lo bueno que existe? ¿Quieres arrancar la cizaña enseguida como los obreros de aquel campo? ¿Te resistes o pactas con el mal? ¿Transformas el mal con el bien? ¿Eres astuto para rescatar del "mal" lo bueno? ¿Condenas a las personas que no piensan como tú?.... ¿Eres oveja o te comportas como lobo?

Reflexionemos juntos....  ¿Qué sentimientos y pensamientos te suscita esta reflexión?


P. Javier Rojas, sj



jueves, 12 de julio de 2012



“A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: “¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?” Pero en cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?” Solamente con estos detalles creen conocerle.” El Principito, de Saint- Exupéry.



El cuento de los dos montañeros

Hank y Jake son dos montañeros apasionados por la escalada; los dos son igual de buenos, pero tienen actitudes muy distintas con respecto a dicha escalada. Hank se centra por completo en la meta. Lo único que le importa es alcanzar la cima de la montaña lo antes posible. En cada paso que da, lo único que le importa es alcanzar la cumbre.
Está tan concentrado en subir a la cima que difícilmente tolera tener que efectuar una parada para descansar. Y cuando se obliga a sí mismo a tomarse un descanso, no puede dejar de pensar en el tic-tac del reloj y en lo mucho que le falta todavía. Mientras escala, apenas experimenta alegría o satisfacción; siempre está presionándose a sí mismo para llegar a la cima y diciéndose continuamente que aún no ha llegado.
Cuando, por fin, alcanza la cumbre, se siente encantado: lo ha logrado. ¡Huau! Un instante de gloria. Solo durante un breve instante, mientras contempla el panorama, la presión desaparece. Pero la satisfacción no le dura mucho. En el momento en que empieza el descenso, de nuevo es la meta lo que está por encima de todo lo demás: lo único que importa es llegar lo antes posible.
En cambio, la manera de escalar de Jake está centrada en los valores. El tiene el mismo objetivo que Hank: alcanzar la cima en poco tiempo. Sin embargo, él está mucho más en contacto con los valores que se encuentran por debajo de esta meta: desarrollar sus habilidades, apreciar la naturaleza, actuar con valor, plantearse un reto, ejercitar su cuerpo, explorar y aventurarse. Mientras escala, va saboreando cada momento del ascenso. El no está pensando continuamente en la cima ni se deja presionar por el deseo de llegar; él vive el presente, implicándose plenamente en lo que está haciendo. Con independencia del punto de la montaña en que se encuentre -la base, la parte central o la cima-, está actuando de acuerdo con sus valores. Cuando efectúa la primera parada, contempla el paisaje y observa lo lejos que ha llegado. Cuando alcanza la cima, se llena de júbilo: la vista es impresionante. Y tanto en el ascenso como en el descenso, él saborea cada momento del viaje.
Ahora, imagina que el tiempo empeora y que no pueden alcanzar la cima de la montaña, por lo que se ven obligados a regresar. Ambos escaladores están decepcionados: no han conseguido alcanzar su objetivo. Pero Jake se las arregla mucho mejor que Hank. ¿Por qué? Porque Jake ha descubierto que la escalada es placentera en sí misma; él ha conseguido desarrollar y aplicar sus habilidades, explorar y aventurarse, ponerse a prueba a sí mismo y apreciar la naturaleza. Por eso, aun cuando las cosas no salgan como él desea, Jake lo considera un resultado de éxito y satisfactorio. Hank, por el contrario, se reconcome de insatisfacción y lo considera un fracaso.
¿Por qué? Porque no ha alcanzado su objetivo. Lo único en lo que puede pensar es cuándo podrá volver a intentarlo de nuevo.
Esa es la diferencia entre una vida centrada en valores y una vida centrada en objetivos. Jake consigue alcanzar sus objetivos y valorar cada paso del camino. Y aun cuando no alcance su meta, aún puede sentir una enorme satisfacción en el hecho de vivir de acuerdo con sus valores.
En cambio, Hank vive en un estado de presión autoimpuesta y de frustración crónica. Todo está en función de sus objetivos, y no encuentra satisfacción a menos que los satisfaga.
Pero, aunque consiga sus objetivos, tan solo experimenta un breve momento de alegría, para inmediatamente volver a sentir la presión y la posible frustración. Obviamente, hay personas que se las arreglan para conseguir muchas cosas con este enfoque extremo en objetivos; pero el coste suele ser muy alto en términos de estrés, insatisfacción y, finalmente, «agotamiento» psíquico o trastornos emocionales.
Los valores son algo maravilloso. No sólo nos proporcionan la manera de obtener un éxito inmediato, sino que además nos ayudan a vivir disfrutando el camino....
¡CONVIERTE TU VIDA EN EVANGELIO!

Te propongo hacer un ejercicio. 
Imagina por un momento que te han ofrecido unos anteojos que te permiten leer la mente de cualquier persona. Imagina ahora una persona a la que quieres y estimas de manera especial. A la vez, esa persona a la que imaginas tiene contigo también un cariño especial y eres importante para esa persona. ¿Listo? Ya elegiste la persona... bien, ahora giras el sintonizador y de pronto puedes leer los pensamientos de la otra persona como si estuvieran escritos en un papel.
Resulta que esa persona que elegiste esta pensando en tu carácter, en tu manera de ser, de actuar, de relacionarte... en resumen, está pensando en la clase de persona que tú eres y en lo que tú representas en tu vida. ¿Cómo crees que te imagina? ¿Con qué valores te imagina? 
La manera como te imagina ¿coincide con la clase de persona que te gustaría ser? ¿Te imagina con los valores cristianos que quieres vivir? ¿Te relacionas con los demás según la fe que profesas? ¿Actúas conforme a tus creencias?. 

Tómate un tiempo para reflexionar...


Ahora bien, si la otra persona no te imagina como tú quieres ser, ni con los valores con los cuales quieres vivir ¿qué pasos quieres dar? ¿Qué decisión deseas tomar?


El evangelio de hoy dice,  "proclamen que el Reino de los cielos está cerca". Tu manera de ser y actuar ¿hacen presente los valores del Reino de los cielos?

P. Javier Rojas, sj

Hemos oído muchas veces aquella frase que dice; "haz el bien sin mirar a quién"... pero la verdad que los tiempos que vivimos nos dicen; "Fíjate bien a quien ayudas para recibir luego algún favor" o "sé bueno y amable con... porque tal vez necesites luego de él". Si perdemos la capacidad de dar gratuitamente, Dios se nos hará un total desconocido... porque Dios es Don gratuito. No busques recompensa, reconocimiento de los demás cuando haces el bien... siembra gratuitamente. En ello reconocerán los demás que tu amor viene de lo alto, en la gratuidad que pones en tus actos. Si te aferrar al reconocimiento de los demás por los favores que haces, tu corazón quedará anclado en las recompensas pasajeras... y allí no encontrará tu corazón reposo. ¡Avanza! Haz el bien.. ¿Recuerdas quiénes han sido gratuitos contigo? ¿Conoces a personas que son "gratuitas"?

P. Javier Rojas, sj

miércoles, 11 de julio de 2012


¡Señor, estamos en tu compañía porque nos has llamado! Somos tus amigos porque has tomado la iniciativa. Tú, nos has invitado a militar bajo tu bandera...

Pasamos muchos tiempo preguntándole a Dios; "Señor, ¿Qué quieres de mí?" o "¿Cuál es mi misión?. Buscamos respuestas... anhelamos conocer la voluntad de Dios, pero... no prestamos atención. Vivimos sin percatarnos de lo que hacemos, ni de las personas con las que nos cruzamos diariamente. Realizamos nuestras tareas pensando en otras cosas... y cuando estamos aquí, queremos estar más "allá". ¡No estamos donde pisan nuestros pies! ¡Vivimos distraídos! Si queremos escuchar a Dios, tenemos que implicarnos en lo que hacemos. Estar con las personas... sentir lo que hacemos, vibrar con cada acontecimiento, contemplar lo que nos ocurre deseando encontrar a Dios... 
¡Descubrirás a Dios cuando estés dispuesto a encontrarlo! 

P. Javier Rojas, sj


¡Señor, estoy seguro que llevarás a buen término la obra que has comenzado en mí!.Nada temo porque Tú vas conmigo. Renuevo mi confianza y me abandono a tu amor. 




¿Recuerdas ese momento? ¿Tienes memoria de ese instante en que te sentiste profundamente amado? Cuando te enamoras recuerdas... La memoria puede guardar los detalles de ese momento que se vuelve único.. ¡Dios, te ha enamorado! ¡Dios, te ha seducido! En este día vamos a rezar con ese momento en que te sentiste llamado por Dios a una relación íntima con Él. Pide cuenta a tu alma para que traiga a la memoria ese momento maravilloso en que Dios se hacía presente de una manera especial en tu vida. ¿Te animas a compartirlo con nosotros?

martes, 10 de julio de 2012


¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? 
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, 
que a mi puerta, cubierto de rocío, 
pasas las noches del invierno oscuras?


¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, 
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío, 
si de mi ingratitud el hielo frío 
secó las llagas de tus plantas puras!


¡Cuántas veces el ángel me decía: 
«Alma, asómate ahora a la ventana, 
verás con cuánto amor llamar porfía»!


¡Y cuántas, hermosura soberana, 
«Mañana le abriremos», respondía, 
para lo mismo responder mañana!


Lope de Vega


Al leer el evangelio de hoy, ¿Piensas en ti?. 
Nos inclinamos a pensar que este evangelio sólo está dirigido a aquellos que desean seguir a Jesús en la vida religiosa o sacerdotal, pero pocas veces nos interrogamos seriamente ¿Estoy siendo invitado a la mies de Dios? ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Dónde siento que Dios me llama a hacer el bien? 
Tú, ¿qué opinas?


"La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos". Mt 9, 32-38


Señor, ayúdame a sembrar la paz en este pedacito de mundo en el que vivo. Si logro comunicar Tu paz por medio de mis palabras, mis gestos, mis actitudes... estoy seguro que el mundo mejorará. Que mis palabras lleven paz  donde haya división, que mi mirada transmita misericordia donde haya crítica y condenación, que mis manos se extiendan generosamente donde haya abandono y olvido... Señor, ¡Hazme tomar consciencia de mis actitudes! ¿Siembran paz o discordia? ¿Dividen o unen? ¿Condenan o perdonan? ¿Hieren o sanan?

domingo, 8 de julio de 2012

La vida del profeta



« Él se marchó de allí y llegó a su pueblo; y sus discípulos le siguieron.  2 Cuando llegó el día de reposo comenzó a enseñar en la sinagoga; y muchos que le escuchaban se asombraban, diciendo: ¿Dónde obtuvo éste tales cosas, y cuál es esta sabiduría que le ha sido dada, y estos milagros que hace con sus manos?  3 ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, y hermano de Jacobo, José, Judas y Simón? ¿No están sus hermanas aquí con nosotros? Y se escandalizaban a causa de Él.  4 Y Jesús les dijo: No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa.  5 Y no pudo hacer allí ningún milagro; sólo sanó a unos pocos enfermos sobre los cuales puso sus manos.  6 Y estaba maravillado de la incredulidad de ellos».

Mc 6, 1-6


El profeta no es un adivino. No es la persona a la que se le pide que “nos diga que sucederá”. No es el mago que consulta la bola mágica para revelarnos lo que pasará. No, nada de eso. El profeta es el hombre que descubre en las cosas que acontece la presencia de Dios y lo pone de manifiesto. No inventa nada. Hace evidente la acción de Dios salvador en medio de su pueblo. Es el portador de una palabra que no es suya sino de Dios. No habla por sí mismo, sino en nombre de Dios. Es palabra de Dios en palabra humana.
Las personas que nutren su vida de la espiritualidad ignaciana habrán escuchado hablar de “ser contemplativos en la acción” o de “ver a Dios en todas las cosas”. Pues bien, el profeta es el hombre que tiene los sentidos abiertos y dispuestos a encontrar la presencia de Dios obrando en el seno del mundo. Y no sólo ve la acción de Dios en lo bueno, sino también en aquello que produce dolor y rechazo. En todo lo que vive el hombre es posible descubrir la acción de Dios.
En el antiguo testamento, los profetas eran hombres elegidos por Dios para anunciar la acción salvífica de Dios. Para ayudar al pueblo elegido a discernir el camino a seguir. Pero eran también quienes “denunciaban” las injusticias cometidas, sobre todo aquellas que se escondían bajo del cumplimiento de la ley. Los profetas denunciaron que un hombre de fe, puede cumplir fielmente la ley y a la vez ser injusto. Quien aplica la ley de Dios para condenar y no salvar contradice la misma ley de Dios, que es compasión y misericordia.
¡Quién desnuda a la ley del Espíritu de amor que la sustenta, la convierte en un arma que destruye la misma obra de Dios. Cuando vaciamos la ley de Dios, del Espíritu de compasión desgajamos el alma del hombre. Convertimos a Dios en un verdugo y no en el Padre misericordioso que nos anunció Jesús en el evangelio.
Del evangelio de hoy se desprenden varios cuestionamientos; ¿Hay profetas hoy? ¿Podemos convertirnos en profetas? ¿Es verdad que seremos rechazados por todos si nos convertimos en profetas? ¿Necesitamos de profetas en el mundo que vivimos?
Todos somos profetas por el bautismo. Todos estamos llamados a encontrar a Dios obrando su salvación en medio del mundo que vivimos. Todos somos invitados a vivir con fidelidad el evangelio del amor y la caridad, y a denunciar cuando en “nombre” de Dios se cometen injusticias y atrocidades contra la obra de Dios.
Pero, si todos somos profetas por el bautismo ¿por qué hay tan pocas personas que nos enseñen a encontrar a Dios en medio del mundo que vivimos? ¿Por qué hay tanta gente que anuncia y denuncia el mal, pero nadie ve el bien? ¿Por qué en ocasiones las “personas de iglesias” parecen interpretar la ley a su favor y no a favor de todos?.
Estoy cada vez más convencido que al cristiano de hoy no le falta coraje, fuerza o ánimo para vivir su fe, sino que le falta convicción. Profesa muchas cosas, pero vive la mitad. Es capaz de defender a “capa y espada” todo lo que anuncia la Iglesia, pero no vive ni la mitad de todo ello. Pone pasión por “defender” a la Iglesia, (como si Dios no fuera suficiente) y critica duramente a quienes la atacan, pero le falta corazón para comprender la debilidad y fragilidad de su hermano.
Falta convicción. Falta esa fe que permite ver a Dios marchando delante de su pueblo y llevando la historia del hombre hacia la salvación. Falta esa convicción, que ofrece la certeza de que aún en medio de un campo lleno de trigo y cizaña, crece el Reino de Dios. Falta esa convicción que permite interpretar la ley a favor del hombre y no en su contra. Falta esa convicción que ofrece al hombre de fe los ojos para ver a Dios obrando en el silencio. Falta esa convicción de que Dios quiere misericordia y no sacrificios. Falta esa convicción que permite armonizar los contenidos de fe que profesa con la vida cotidiana que lleva. Falta esa convicción, para vivir la santidad como el amor desinteresado por los demás en lugar de convertirse en una carrera por ser más “virtuoso”. Falta esa convicción que ofrece la libertad de corazón para discernir si las actitudes propias dividen o unen una comunidad.
A los creyentes nos falta convicción para vivir nuestra fe. Nos cuesta creer en Dios y en inmensidad gratuita de su amor. Se nos hace muy difícil creer que en las pruebas nos sostiene y que en las caídas nos tiene las manos nuevamente. Y por supuesto, que nuestros pecados por muy horrendos que sean, puedan ser verdaderamente perdonados.
El profeta que necesitamos hoy, eres tú mismo. Tú eres el hombre y la mujer de Dios que necesitamos que nos ayude a encontrar a Dios en todas las cosas. Pero sobre todo, necesitamos ver a Dios en tu vida, en tus palabras, en tus obras. Tú eres el hombre y la mujer que Dios ha elegido para hacer evidente su amor entre nosotros. Tú eres el profeta de la unidad y la armonía que necesita tu comunidad. Tú eres el profeta de la reconciliación que muchos necesitan para volver a unir sus voluntades. Tú eres el profeta que la Iglesia necesita para hacer cada vez más evidente al amor a los más pobres. Tú eres el profeta que necesita la Iglesia para recordarle que no ponga su seguridad en el poder, sino en la fuerza de su amor. Tú eres ese profeta que aún no termina por creer que Dios te haya dado una misión. Tú eres quién puede hacernos evidente el amor y la misericordia que Dios quiere expresar a los demás. ¿Lo crees? Te has puesto a pensar ¿Cuál es tu misión como profeta? ¿Crees que Dios te eligió, desde el bautismo, para ser profeta…? Si te falta convicción para creer en ello… entenderás esta reflexión….
Pidamos a Dios la gracia de disponernos a asumir nuestra vacación de bautizados. Pidamos la fuerza, y sobre todo un corazón grande para acoger la invitación de Dios. “Señor, que no sea sordo a tu llamado”.



P. Javier  Rojas sj

                 

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