sábado, 29 de septiembre de 2012


La revolución del amor comienza con una sonrisa. Sonríe cinco veces al día a quien en realidad no quisieras sonreír. Debes hacerlo por la paz.

Madre Teresa de Calcuta



La fuente más importante, sin embargo, de conocimiento de Dios, no es lo recibido cultural u oficialmente, sino la propia experiencia que de Él-Ella se pueda tener en la propia vida. La experiencia de Dios siempre ocurre. Es ineludible. Sucede, ocurre, acontece, de muy diversas maneras y por muy diferentes conductos. Pero sucede que la gente da cuenta de esa experiencia desde sus propios marcos culturales y desde sus propias creencias declaradas. Es decir, un ateo puede vivir y de hecho vive la experiencia de Dios, pero le va a llamar de distinto modo que un creyente: dirá que se trata de una experiencia estética, o de un sentimiento de compasión y solidaridad, o de una alegría profunda e incontrolable; un budista hablará quizá de avances en el camino del Tao o bien del Nirvana; y un católico ilustrado probablemente se referirá a su experiencia como visión extática, y así con todos los seres humanos.


David Fernández, SJ 

«Algunas personas desean ver a Dios con los ojos con que miran a una vaca y quieren amarlo del mismo modo en que aman a dicha vaca. A ésta se la ama por la leche y el queso y el beneficio que le reporta a uno. Nada distinto hacen quienes aman a Dios por la riqueza exterior o por el consuelo interior; pero éstos no aman a Dios debidamente, sino que lo aman por su propio interés»

Maestro Eckhart

viernes, 28 de septiembre de 2012


«Hay dos clases de cristianos: el seguidor y una versión más barata de éste, el admirador» 
Sören Kierkegaard.

“Sed buenos. Buenos en vuestro rostro, que deberá ser distendido, sereno y sonriente; buenos en vuestra mirada, una mirada que primero sorprende y luego atrae. Buena, divinamente buena, fue siempre la mirada de Jesús [...] Sed buenos en vuestra forma de escuchar. 
Sed buenos en vuestras manos: manos que dan, que ayudan, que enjugan las lágrimas, que estrechan la mano del pobre y del enfermo para infundir valor, que abrazan al adversario y le inducen al acuerdo, que escriben una hermosa carta a quien sufre por nuestra culpa [...].
Sed buenos en el hablar y en el juzgar; sed buenos, si sois jóvenes con los ancianos; y si sois ancianos, sed buenos con los jóvenes.
Mirando a Jesús, para ser imagen de Él, sed, en este mundo y en esta Iglesia, contemplativos en la acción; transformad vuestra actividad ministerial en un medio de unión con Dios.

Sed buenos. El sacerdote debe ser ciertamente el hombre de la santidad, de la fe, de la esperanza, de la alegría de la palabra, del silencio, del dolor. Pero debe, sobre todo, ser bueno: debe ser el hombre del amor”

Pedro Arrupe, SJ

La oración es “un trato de amistad”, en la que aprendemos a mirarnos como nos mira Dios, en la que aprendemos a amarnos como nos ama Dios y a amar como Él, en la que descubrimos dónde está nuestro verdadero valer. Dios es un amigo que nos quiere, nos cuida, nos interpela y confronta, nos sana y saca de nosotros nuestro mejor “yo” para que nosotros podamos hacer lo mismo y ayudar a otros.

                                                Rosa Elena Cálcena, stj

jueves, 27 de septiembre de 2012



Felices los que saben reírse de sí mismos,
             porque nunca terminarán de divertirse.
Felices los que saben distinguir una montaña de una piedrita,
            porque evitarán muchos inconvenientes.
Felices los que saben descansar y dormir sin buscar excusas
            porque llegarán a ser sabios.
Felices los que saben escuchar y callar,
            porque aprenderán cosas nuevas.
Felices los que son suficientemente inteligentes, como para no tomarse en serio,
            porque serán apreciados por quienes los rodean.
Felices los que están atentos a las necesidades de los demás, sin sentirse indispensables,
            porque serán distribuidores de alegría.
Felices los que saben mirar con seriedad las pequeñas cosas y tranquilidad las cosas grandes,
            porque irán lejos en la vida.
Felices los que saben apreciar una sonrisa y olvidar un desprecio,
            porque su camino será pleno de sol.
Felices los que piensan antes de actuar y rezan antes de pensar,
            porque no se turbarán por los imprevisible.
Felices ustedes si saben callar y ojalá sonreír cuando se les quita la palabra, se los contradice o cuando les pisan los pies,
            porque el Evangelio comienza a penetrar en su corazón.
Felices ustedes si son capaces de interpretar siempre con benevolencia las actitudes de los demás aún cuando las apariencias sean contrarias.
            Pasarán por ingenuos: es el precio de la caridad.
Felices sobretodo, ustedes, si saben reconocer al Señor en todos los que encuentran
            entonces habrán hallado la paz y la verdadera sabiduría.

Santo Tomás Moro

"En cada momento de nuestra vida en que nos acercamos a recibir el sacramento que no salva, se nos va quedando impreso un rasgo de la entrega de Jesús. El conjunto de todos ellos va escribiendo en nuestro rostro el suyo, va formando en nosotros una anatomía de comunión, su mismo cuerpo amoroso y entregado." Xavier Quinzá Lleó, SJ

miércoles, 26 de septiembre de 2012


Quien no acaba de saber claramente lo que quiere en y para su vida no es posible que elija con acierto. (Luis Cencillo)


Se pide perdón a Dios de las cosas reconocidas como mal intencionadas o que no han sido apropiadas, pues cada vez que tomamos esas decisiones debilitamos nuestra relación con Él y comprometemos nuestra identidad radical de hijos. Dios nos perdona antes de que nosotros formulemos nuestra petición; pero, por nuestra parte, pedir perdón es también un acto de responsabilidad, de aceptación de la propia verdad, de lucidez y autenticidad personal. (Luis Mª García Dominguez, sj)

martes, 25 de septiembre de 2012



Cuando uno llega a una edad en que va a optar por su futuro, si tiene en cuenta la dimensión religiosa como el valor que viene a vertebrar toda su vida cualquiera que sea su realización concreta, lo primero que tiene que plantearse es qué es lo que Dios quiere de uno. Y cuando uno se lo plantea con sinceridad, Dios le responde. Eso es precisamente lo que llamamos vocación. (José Gea Escolano)



Al encontrarnos con los hambrientos, desnudos, emigrantes, enfermos y encarcelados, hemos visto al Señor. A la luz de esta desconcertante manera de juzgar el valor de la vida humana, que no es medida por el encuentro con los primeros, como solemos hacer habitualmente, sino con los últimos, intentamos afinar nuestra mirada para ver ya hoy lo que en ese momento definitivo veremos con absoluta nitidez. (Benjamín González Buelta, SJ)

lunes, 24 de septiembre de 2012




Yo soñaba en clasificar

el Bien y el Mal, como los sabios
clasifican las mariposas:
Yo soñaba en clavar el Bien y el Mal
en el oscuro terciopelo
de una vitrina de cristal...
Debajo de la mariposa
blanca, un letrero que dijera:"EL BIEN"
Debajo de la mariposa
negra, un letrero que dijera: "EL MAL"
Pero la mariposa blanca
no era el bien, ni la mariposa negra
era el mal...¡Y entre mis dos mariposas,
volaban verdes, áureas, infinitas,
todas las mariposas de la tierra!...

Dulce María Loynaz

domingo, 23 de septiembre de 2012

Convertirse en el último.



« 30 Saliendo de allí, iban pasando por Galilea, y Él no quería que nadie lo supiera.  31 Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres y le matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará.  32 Pero ellos no entendían lo que decía, y tenían miedo de preguntarle.  33 Y llegaron a Cafarnaúm; y estando ya en la casa, les preguntaba: ¿Qué discutíais por el camino?  34 Pero ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién de ellos era el mayor.  35 Sentándose, llamó a los doce y les dijo: Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos.  36 Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos; y tomándolo en sus brazos les dijo:  37 El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me envió. »
Mc 9, 30-37




Cuando reconocemos en las actitudes y los modos de actuar de los discípulos nuestros propios modos de proceder, visualizamos también el camino de conversión y renovación del corazón. Cada uno de ellos transitó su propio camino espiritual. Con cada uno de ellos, Jesús, tuvo paciencia y amor suficientes para permitirles crecer según la medida de su fe y confianza. Corrigió oportunamente los errores y alentó el potencial de cada uno. Y cuando ya estuvieron lo suficientemente maduros para comprender la naturaleza de su misión, comenzó a revelarles la manera en que iba a poner fin a su paso por este mundo.
El evangelio de hoy nos sitúa en uno de esos momentos claves en que Jesús corrige y enseña a sus discípulos.
 Mientras se dirigían a Cafarnaúm los discípulos iban discutiendo sobre quién era el mayor, el más importante entre ellos.
No debemos olvidar que los discípulos discutían “casi” todo el tiempo. Siempre tenían un tema de conversación en el que dejaban traslucir sus propios intereses y anhelos. Se peleaban por ocupar un lugar “…sentarse a la derecha o a la izquierda…”; discutían por saber “…quién era el mayor…”; se peleaban porque “…no tenían pan…”; discutían con los demás “…si alguien curaba en nombre de Jesús…” y, después de la muerte de Jesús, los discípulos que iban a Emaús también iban discutiendo “…sobre lo que había pasado en Jerusalén…”.
Los evangelistas no tienen reparo en mostrar a los discípulos de Jesús como hombre de carne y hueso. Hombres con una capacidad de amar y de servir a los demás, pero hombres también necesitados de conversión. Estos hombres “peleadores, individualistas y hasta un poco sectarios” fueron sorprendidos por un amor tan inmensamente gratuito que ya no quisieron otra cosa que vivir con el corazón sólo para amar a Dios y a su creación.
Pero para llegar a tener un corazón nuevo, y según el evangelio, es necesario primero reconocer la miseria que anhelamos como riqueza.
Estos hombres veían apetecible el poder, la posición, el renombre y la situación social. Estos hombres de fe, al igual que muchos de nosotros, pretendían guardar el “vino nuevo” en “odres viejos”. Pretendían remendar sus viejas actitudes y comportamientos con el nuevo mensaje. Pero el mensaje de Jesucristo no admite remiendos, «porque lo nuevo tira de lo viejo y la rotura es más grande.» (Mt. 9, 16)
Comprender y vivir el evangelio no son dos cosas distintas. Quien bebe del agua viva de la palabra de Dios encuentra que su vida cambia por completo. Ya advirtió Jesus en el evangelio diciendo que a los árboles se le reconocerán «por los frutos» (Mt. 7, 20). A un verdadero cristiano se lo reconoce por sus frutos, por sus actitudes, por la manera en que se relaciona.
Es cierto, y no podemos negar, que el evangelio se va haciendo vida en nosotros poco a poco, pero no es menos verdad, que al igual que los discípulos pretendemos “remendar” nuestra vida en lugar de renacer de nuevo.
Jesús, vio oportuno corregir y enseñar a sus discípulos. Creyó que era el momento de confrontarlos y desengañarlos; no se puede ser discípulos suyo sin convertirse en el «último de todos y servidores de todos».
Por lo tanto, para ser discípulos de Jesús, es necesario despojarse de todo aquello que el “mundo ama y abraza”. Hay que abandonar los viejos anhelos de autoglorificación y disponerse a salir al encuentro del hermano que necesita. Resulta urgente terminar de una buena vez con el círculo vicioso de estar constantemente “lamiéndose las heridas”.
Ese niño que Jesús toma en sus brazos y abraza es el signo del hombre nuevo que ha puesto su confianza en el Padre. Es la nueva criatura que confía en la palabra y en el mensaje de vida que Jesús ha venido a comunicar.
Ese niño, es signo del hombre que espera en Dios. “Recibir” al niño, es recibir y aceptar el mensaje nuevo, fresco, que cada uno debe hacer crecer dentro suyo. Este mensaje lleva una “clausula” y es la siguiente; No se podrá acoger verdaderamente el mensaje del evangelio hasta que el cristiano no se despoje del anhelo de ser el primero de todos y ser servido por todos.
Lamentablemente todavía nos encontramos con personas en el seno de nuestra propia Iglesia que siguen anhelando el poder para recibir pleitesía de los demás. Esto nos hace tomar conciencia que aún estamos en camino de conversión y purificación del corazón.
Pidamos a Dios, recibir el mensaje del evangelio con corazón de niños. Que seamos capaces de abrir el alma de par en par para que la luz de Cristo renueve el corazón y nos haga más dispuestos a servir y amar.  Porque cuando amamos de verdad nuestras actitudes cambian.
P. Javier  Rojas sj





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