domingo, 24 de febrero de 2013

El resplandor de la verdad



« 28 Aconteció, como ocho días después de estas palabras, que tomó consigo a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar.  29 Y mientras oraba, su rostro cambió de aspecto, y sus vestiduras se volvieron blancas y resplandecientes.  30 Y he aquí, dos hombres hablaban con él. Eran Moisés y Elías,  31 quienes aparecieron en gloria y hablaban de su partida, que él iba a cumplir en Jerusalén.  32 Pedro y los otros con él estaban cargados de sueño; pero se mantuvieron vigilando y vieron su gloria y a dos hombres que estaban con él.  33 Aconteció que, mientras aquéllos se apartaban de él, Pedro dijo a Jesús, sin saber lo que decía: --Maestro, nos es bueno estar aquí. Levantemos, pues, tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.  34 Mientras él estaba diciendo esto, vino una nube y les hizo sombra. Y ellos tuvieron temor cuando entraron en la nube.  35 Entonces de la nube salió una voz que decía: "Éste es mi Hijo, el Escogido. A él oíd."  36 Cuando cesó la voz, Jesús fue hallado solo. Y ellos callaron, y en aquellos días no dijeron a nadie nada de lo que habían visto. »

Lc 9, 28-36



El relato de la transfiguración contiene un mensaje profundo para este segundo domingo de cuaresma. Es el relato que nos pone de cara a la verdad. A esa verdad que en ocasiones nos atemoriza pero que terminará por hacerse evidente en nuestra vida.
¿Cuál es esa verdad que intentamos simular o encubrir pero que terminará por revelarse? Si tenemos la valentía de mirar el mundo que nos rodea con ojos limpios podríamos verlo con claridad. La situación social que vivimos nos revela que la felicidad que el mundo nos ha prometido, termina; la belleza que nos ha vendido, se desvanece; el placer que nos ha ofrecido, pasa y el bienestar que nos ha propuesto, caduca. El mundo está mostrando su verdadero rostro, el que siempre tuvo pero al que hemos ofrecido sacrificios por un poco de felicidad que tiene fecha de caducidad.
En los tiempos que vivimos sólo un inconsciente puede seguir conjugando su vida con el deseo de poseer, acumular o retener. Nada, nada de ello se llevará consigo. Y todo lo que posee lo terminará por consumir a él antes que pueda empezar a disfrutar de algo de lo que tiene. Terminará devorado por sus posesiones en soledad. El avaro muere sólo…consumido por su propio desenfreno. El mundo ha mostrado su verdadero rostro…el mundo no es malo ni pecaminoso, es lo que es…una realidad frágil y pasajera; es la arena sobre la cual no hay que edificar porque no brinda la seguridad que necesitamos para ser feliz.
En medio de esta realidad, Jesús también revela quién es en verdad.
Dice el evangelio que cuando Jesús se transfiguró y aparecieron Moisés y Elías conversando junto a él sobre lo que le iba a suceder en Jerusalén, el temor se apoderó de los discípulos. Es el mismo temor que se apodera de nosotros cuando comprobamos la finitud y precariedad de nuestra vida. Es el temor de la finitud lo que hace estremecernos. La certeza de que nuestra vida es pasar nos cuestiona en lo más hondo de nuestro. ¿Es vida lo que vives? ¿Puedes decir, con verdad, que  aquello por lo que te desvelas te hace feliz?
Comprobar que nuestra vida es frágil y limitada nos atemoriza. Experimentar qué débiles son nuestros proyectos nos inquieta, pero también nos revelan una gran verdad; todo lo que sí podremos llevarnos es aquello que cabe en el corazón.
Saber si estamos cargando el corazón de lo esencial para emprender el viaje cuando llegue el momento de partir puede una clave para vivir esta cuaresma.
Decimos que le tememos a la muerte, pero en realidad nos atemoriza la libertad con la que tenemos que aprender a vivir, pues ello nos pone en la disyuntiva de tener que vivir eligiendo entre lo superfluo y lo esencial, entre lo mundano y lo divino.
La vida es un destello de eternidad en el tiempo. Es un momento llamado a trascender la historia. No acapares tu vida, ofrécela. No la retengas, suéltala. No la mezquines, compártela, No la ocultes, descúbrela, No la apagues, deja que destelle toda la belleza que lleva oculta y alumbre la vida de los demás.
En nuestro equipaje llevaremos el amor o el desprecio de quienes nos han conocido. La sonrisa de quienes han compartido con nosotros la aventura de vivir o la indiferencia por habernos cerrado en nosotros mismos.
 Nos iremos con el corazón «lleno de rostros felices» o lo devolveremos vacío a Dios por no haberlo querido usar.
El tiempo de cuaresma pone en evidencia una verdad que solemos esconder; La vida es finita, pero merece que la vivamos de manera intensa. ¡Hoy tienes que decir y demostrar a quienes amar, cuánto los amas!
P. Javier  Rojas sj

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