miércoles, 27 de marzo de 2013


Mi Señor, no tengo esperanza sino en tu cruz.
Tú, por tu humildad, sufrimientos y muerte,
me has librado de toda vana esperanza.
Has suprimido en ti mismo la vanidad de la vida presente y,
al levantarte de entre los muertos, me has dado todo lo que es eterno.
¿Por qué querría ser rico, si Tú eres pobre?
¿Por qué desearía ser famoso y poderoso ante los ojos de los hombres, cuando los hijos de aquellos que exaltaron a los falsos profetas y apedrearon a los justos te rechazaron y te clavaron en la cruz?
¿Por qué debería acariciar en mi corazón una esperanza que me devora - la esperanza de una felicidad perfecta en esta vida - cuando la esperanza, condenada a la frustración, no es otra cosa que desesperación?
Mi esperanza está en lo que el ojo jamás a visto.
Por lo tanto, no me permitas confiar en recompensas visibles.
Mi esperanza está en lo que el corazón del hombre no puede sentir.
Por lo tanto, no me permitas confiar en los sentimientos de mi corazón.
Mi esperanza está en lo que la mano del hombre nunca ha tocado.
No me permitas confiar en lo que pueda retener entre mis dedos.
La muerte soltará lo aferrado, y mi vana esperanza se habrá ido.
Permite que mi confianza esté en tu misericordia, no en mí mismo.
Permite que mi esperanza esté en tu amor, no en la salud, la fuerza, el ingenio o los recursos humanos.
Si confío en ti, todo lo demás se volverá, para mí, fortaleza, salud y sostén.
Todo me conducirá a los Cielos. Si no confío en ti será mi destrucción.
Thomas Merton

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