jueves, 30 de mayo de 2013



Siempre se nos ha dicho que es importante amar a Dios y, por supuesto, es la pura verdad. ¡Pero es mucho más importante el que Dios nos ame a nosotros! Nuestro amor a Dios es algo secundario. Primero es el amor de Dios a nosotros: “El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros” ( 1 Jn. 4, 19). Esto es lo fundamental. Karl Rahner decía cierta vez que estamos viviendo una época en la que se presta mucho interés a la “política” de la Iglesia (v gr, la píldora, la reforma de la Curia Romana, el celibato sacerdotal, etc). Ahora bien, esto puede ser señal de una fe profunda, pero también puede ser señal de una falta de fe profunda. Lo fundamental de la fe es saber que Dios me acepta: “Así hemos llegado a saber que Dios nos ama” (1 Jn 4, 16). Este es, pues, el contenido de nuestra fe: el amor de Dios hacia nosotros. Todo el Credo de los Apóstoles no es sino una declaración, doce veces repetida, de la creencia en este amor que Dios nos tiene.
Peter G. Van Breemen S.J.

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