sábado, 16 de noviembre de 2013

"¿Cómo puede decir Jesús que son felices los pobres, los que lloran, los perseguidos, los desprestigiados..., cuando el sentido común califica de felices a los millonarios, a los que ríen, a los que disfrutan de prestigio y libertad? Se sobrentiende que si alguien no tiene dinero, libertad, prestigio, etcétera, pero tiene a Dios, entonces lo tiene todo, bienaventurado, plenitud de bien porque 'a quien tiene a Dios, nada le falta'.
Estas cosas, entendidas intelectualmente, resultan insostenibles y hasta absurdas. Pero ¿qué sabe la cabeza? Sólo se sabe lo que se experimenta. Para entender el Evangelio, hay que vivirlo. Para entender a Dios, hay que 'vivirlo'. Sí, las cosas de Dios sólo se entienden viviendo, y es entonces cuando dejan de ser paradojas.
Nunca la gente de la sociedad de consumo había tenido tantas satisfacciones como hoy, y nunca, sin embargo, se sintió tan insatisfecha.
Si santa Teresa dice que 'quien a Dios tiene, nada le falta', cualquiera de nosotros puede observar que quien a Dios no 'tiene', sentirá que todo le falta aunque tenga el mundo entero en sus manos. En este sentido, son elocuentes las estadísticas de los suicidios. ¿Quienes son los que se autoeliminan de la vida? Principalmente los ricos aburridos a quienes nada les falta y, no obstante, el vacío de la vida los oprime como un peso insoportable.
Son verdades experimentales. Basta asomarse a las raíces eternas del hombre, y cualquiera de nosotros percibirá que cada persona es un pozo infinito. Y un pozo infinito no se puede llenar con infinitos finitos, sólo un Infinito puede llenarlo. Solamente Dios podrá plenificar el corazón humano y aquietar sus profundas vibraciones. La frase de santa Teresa encierra una gran dimensión antropológica: sólo Dios basta. Este es el verdadero parámetro para medir y cubrir los abismos humanos".
Ignacio Larrañaga

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Blogroll