domingo, 17 de noviembre de 2013

Edificar la vida por dentro



« 5 Hablando algunos acerca del templo decían que estaba adornado con hermosas piedras y con ofrendas votivas, él dijo: 6 --En cuanto a estas cosas que veis, vendrán días cuando no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada.  7 Entonces le preguntaron diciendo: --Maestro, ¿cuándo será esto? ¿Qué señal habrá cuando estas cosas estén por suceder?  8 Entonces él dijo: --Mirad que no seáis engañados, porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: "Yo soy", y "El tiempo está cerca." No vayáis en pos de ellos.  9 Y cuando oigáis de guerras y de revoluciones, no os atemoricéis. Porque es necesario que estas cosas acontezcan primero, pero el fin no será de inmediato.  10 --Entonces dijo--: Se levantará nación contra nación y reino contra reino.  11 Habrá grandes terremotos, hambres y pestilencias en varios lugares. Habrá terror y grandes señales del cielo.  12 Pero antes de estas cosas os echarán mano y os perseguirán. Os entregarán a las sinagogas y os meterán en las cárceles, y seréis llevados delante de los reyes y gobernantes por causa de mi nombre.  13 Esto os servirá para dar testimonio.  14 Decidid, pues, en vuestros corazones no pensar de antemano cómo habéis de responder.  15 Porque yo os daré boca y sabiduría, a la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se os opongan.  16 Y seréis entregados aun por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos; y harán morir a algunos de vosotros.  17 Seréis aborrecidos por todos a causa de mi nombre,  18 pero ni un solo cabello de vuestra cabeza perecerá.  19 Por vuestra perseverancia ganaréis vuestras almas.»


                      Lc 21, 5-19

Si hay algo que tenemos que evitar con todas nuestras fuerzas es a vivir sin alma. Sin conciencia de quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos, nuestra existencia pierde sentido. Sin la capacidad de prestar atención a lo que sucede a nuestro alrededor, nuestra vida es una constante inconsciencia. Ya existen demasiadas personas viviendo así. Tanto, que si hiciéramos un censo caeríamos en la cuenta de que una inmensa mayoría no tiene conciencia de lo que transcurre a su alrededor, ni registra lo que le sucede internamente. El gran soporte de nuestra vida es nuestro mundo interior. Muchas cosas podemos alcanzar, lograr, conseguir si logramos construir nuestra vida desde dentro.
La cultura del “parecer” o “aparentar” se ha instalado en nuestra sociedad, y quiénes caen en la tentación terminan construyendo relaciones y vínculos personales que flotan en la superficialidad. Resulta paradójico que anhelando profundamente establecer vínculos hondos y auténticos con los demás, no nos preocupemos por darle hondura a nuestra propia vida.  Anhelamos ser amados por los que somos, pero no relacionamos desde el “aparentar”. No queremos que los demás se relacionen con nosotros por interés, pero andamos «pavoneándonos» de lo que poseemos. Deseamos que los demás no nos mientan, pero tampoco somos auténticos con ellos.
El que se lanza a vivir apoyado en la cultura del parecer, se arriesga a que un día no quede «piedra sobre piedra». Porque todo lo que se edifica sobre la arena del «parecer» se derrumba con el correr del tiempo. Al final, sólo lo auténtico y verdadero prevalece, lo demás, luego de un tiempo, se termina.
¿Con qué llenas tu vida? ¿Cuáles son tus intereses? ¿En qué inviertes tus días? ¿Qué persigues en tu vida?
Hay quienes creen que la vida es una carrera, en el que gana aquel que ha logrado colgarse más logros y éxitos al cuello. No estoy seguro de si lo hacen por explotar al máximo sus talentos o capacidades o por una necesidad desmedida de admiración, aprobación o necesidad de afecto. Pero lo cierto es que quienes inician esta maratón sufren enormemente cuando comprueban que la mitad de sus metan no las alcanzarán, y que sólo una porción muy pequeña de éxitos, de la otra mitad, serán conquistados.
No estoy en contra de los logros ni de los éxitos tan necesarios para el desarrollo de una buena estima, pero cuando una persona edifica su propia vida en función de sus logros y éxitos externos corre el peligro de abandonar el cultivo de su mundo interior. También es verdad que muchos ponen toda su energía en cosechar éxitos porque temen conocerse a sí mismo.
Lo que sostiene nuestra vida, no son las cosas externas que podemos conseguir. Nos motivan, nos hacen sentir vivos, ¡es verdad! Pero si estamos vacíos por dentro, nada de ello se termina por disfrutar adecuadamente.
Cuando Jesús escuchó a aquellos que «hablaban del templo y decían que estaban adornados con hermosas piedras y ofrendas votivas», les responde que «un día no quedará piedra sobre piedra».
Jesús no está en contra de la belleza del templo. Lo que pretende dejar en claro es que el esplendor del templo, no está en lo que muestran sus paredes, muros, o columnas, sino en el Espíritu que habita en él.
De igual modo la belleza de una persona no se encuentra en los títulos, éxitos, o logros que haya alcanzado, sino en el Espíritu con el que vive las cosas.
Dios no está en contra del esfuerzo ni de los logros personales, pero sí tiene en cuenta el amor con que hacemos las cosas. El alma de los hombres se enciende y resplandece por la capacidad de amor que posee. La belleza de nuestra vida radica en el Espíritu de amor que ponemos en las cosas que hacemos.
Llenar nuestra vida de contenido significa sumergirnos en nosotros para escuchar la voz de Dios que ilumina la vida del hombre. En cada uno de nosotros existe una palabra de Dios que espera ser escuchada.  
Pidamos a Dios la gracia de valorar nuestra vida por lo que somos y por lo que logramos, por lo que anida en nuestro interior y por lo que somos capaces de conquistar.




P. Javier Rojas sj

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