sábado, 9 de noviembre de 2013

«El Dios de los vivos»

« 27 Se acercaron algunos de los saduceos, que niegan que haya resurrección, y le preguntaron  28 diciendo: --Maestro, Moisés nos escribió: Si el hermano de alguno muere dejando mujer, y él no deja hijos, su hermano tome la mujer y levante descendencia a su hermano.  29 Había, pues, siete hermanos. El primero tomó mujer, y murió sin dejar hijos.  30 También el segundo.  31 Y la tomó el tercero, y de la misma manera también todos los siete, y murieron sin tener hijos.  32 Por último, murió también la mujer.  33 En la resurrección, puesto que los siete la tuvieron por mujer, ¿de cuál de ellos será mujer?  34 Entonces respondiendo Jesús les dijo: --Los hijos de este mundo se casan y se dan en casamiento.  35 Pero los que son tenidos por dignos de alcanzar aquel mundo venidero y la resurrección de los muertos no se casan, ni se dan en casamiento.  36 Porque ya no pueden morir, pues son como los ángeles, y son también hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección.  37 Y con respecto a que los muertos han de resucitar, también Moisés lo mostró en el relato de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob.  38 Pues Dios no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos viven.»

                      Lc 20, 27-38

¿Cómo entendemos los cristianos la resurrección? ¿Qué imagen nos hacemos de ella? ¿Sigue siendo la resurrección el núcleo esencial de nuestra fe?
San Pablo dice que sin la certeza de la resurrección nuestra fe sería vana (1Cor 15, 10) y creo que en gran parte es la falta de fe en la resurrección lo que ha convertido en ocasiones nuestra religión y nuestras iglesias en un museo de antigüedades. Frío, y pálido.
La resurrección nos convierte en verdaderos discípulos de Jesucristo. Esto es tan decisivo para nosotros que divide las aguas entre los que creemos en la vida nueva que nos ha dado Jesús  y aquellos que aún no lo experimentan ni lo creen.
Mientras no dejemos de pensar que la resurrección es algo que viviremos del otro lado de la muerte, no habremos aprendido a vivir como hijos de la resurrección… Hay gente resucitada por todos lados. Tal vez lo que hace falta es tener ojos resucitados para poder reconocerlos. ¿Podemos decir que somos todos nosotros personas resucitadas?
¡Y qué es la resurrección sino «vivir» más y con mayor conciencia la vida que tenemos! La resurrección es un don que Dios da a todo aquel que la pide, con el firme convencimiento de seguir adelante en la lucha de cada día por amar más y servir mejor. El don de la resurrección no puede quedar encerrado entre las paredes del egoísmo personal, sino  necesita abrirse a los demás y transmitir esa vida nueva que hemos recibido.
La resurrección es, realmente, como dice Bessiere, «un fuego que corre por la sangre de nuestra humanidad. Un fuego que nada ni nadie puede apagar». Resurrección es vida nueva o, si se quiere, un nuevo modo de vivir.
Cuando los discípulos se encontraron con Jesús resucitado, sus vidas cambiaron para siempre, y a partir de allí llevaron en el alma el sello de la resurrección sin haber conocido aún la muerte.
Sólo nuestra propia mediocridad y aburrimiento pueden ahogar la vida nueva que corre por las venas… Y puede convertir nuestra fe, en un cúmulo de leyes y preceptos que no dan vida a nadie.  
Los hombres y las mujeres resucitados son aquellos en quienes se percibe un «plus» de vida que es perceptible en sus ojos brillantes, en su sonrisa contagiosa y en sus manos siempre extendidas.
Son personas que saben que pueden reverdecer cada mañana esas ilusiones y esperanzas que le fueron podadas por la noche. Son personas que se levantan cada día convencidas de que lo hacen para vivir y no para vegetar. Son personas que se miran al espejo y se regalan una sonrisa de aceptación y reconciliación, renovando su espíritu para comenzar cada mañana con nuevas fuerzas.
Si hay algo que realmente da cuenta de la resurrección es la sonrisa. Si nos convenciéramos de lo hermoso que hace a una persona sonreír, nos preocuparíamos de que no se borrara nunca de nuestro rostro.
Con tu sonrisa regalas resurrección e iluminas las vidas tristes y apagadas de quienes aún no han conocido a Jesucristo. Ahora pregúntate ¿A quién vas a sonreír? ¿A quién vas a regalar resurrección? No dejes que nada ni nadie te quite la expresión de resurrección de tu vida.
Dediquémonos a repartir resurrección y a hacer del lugar que vivimos un verdadero Tiberíades, un lugar de encuentro profundo con la vida.
Si te animas a sonreír, a expresar resurrección verás como todo en ti rejuvenece. Basta con que te zambullas en el río de la propia vida resucitada para salir de él chorreando amor a los demás.
La resurrección la vivimos de alguna manera en esta vida y en la futura la gozaremos eternamente. Vive la resurrección, contagia resurrección y dale a esta vida que tienes la oportunidad de resplandecer.
Que el Dios de los vivos, nos conceda la gracia de no envejecer antes de tiempo y de que sepamos abrirnos con generosidad a la vida que él nos quiere regalar.

P. Javier Rojas sj

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