sábado, 28 de septiembre de 2013


En ocasiones se une indisolublemente el camino hacia Dios con el sacrificio que duele. San Ignacio, por ejemplo, entiende el sacrificio como salir de "nuestro propio sentir y querer", como un camino del amor propio al amor a Dios y a los demás. El sacrificio, en ocasiones,  es necesario si queremos amar verdaderamente a alguien porque significa renunciar al  propio bienestar. Pero no creemos que el sacrificio sin más sea algo necesario para amar. Los cristianos no creemos que el sacrificio geste el amor, como tampoco creemos que el castigo haga a una persona obediente. No, por lo menos de modo tan tajante. Cuando recordamos a María de los Dolores, de pie ante la cruz, intuimos el desgarrador desconsuelo de la Madre. En ese dolor que hasta puede exceder toda comprensión humana, solo se nos hace comprensible cuando entendemos que lo sostiene un amor tan grande a Dios y una entrega absoluta a su voluntad. Pero debemos tener cuidado del razonamiento que dice que “Dios hace sufrir a los que más quiere” porque eso es una blasfemia y una mentira enorme. ¡Que Padre quiere el sufrimiento de su hijo! El dolor y los sacrificios sólo se comprenden si los sostiene el amor y un deseo enorme por salir de las propias comodidades. Si nos quedamos con la imagen de que el sacrificio es algo por lo que se accede a la santidad o a la vida espiritual más “noble” estamos construyendo una espiritualidad sostenida desde propio ego.  ¡Claro que amar exige que nos sacrifiquemos, pero no se trata del tipo de sacrificio masoquista! Y sino ¿cómo entendemos el sacrificio y dolor de María? El alma que sufre cimentado en el amor que lo inspira  tiene esperanza porque sabe que el dolor se transforma en gozo infinito después. Acaso la Madre Teresa no sufría al ver la miseria y la pobreza de “sus pobres”. Con seguridad que así era…pero el gozo que le producía aliviar el dolor ajeno era mayor, porque sabía que si ayudaba a uno solo a recuperar la sonrisa la misión estaba cumplida…

P. Javier Rojas, sj  - Alejandra Vallina

En realidad, ¿qué define quiénes somos? O si se quiere, ¿por medio de qué deseamos que nos definan?.
¿Acaso por lo que hacemos?  ¿Tal vez por nuestros valores? ¿Será por las relaciones que frecuentamos, con quiénes nos “codeamos”?  ¿Será por  los bienes que poseemos o por los lugares que visitamos?...
Cuando Jesús pregunta a sus discípulos “¿Quién dice la gente que soy Yo?”, no lo hace porque tenga problemas de identidad, y necesite que desde afuera le llegue la respuesta a este vital interrogante. Lo hace porque desea conocer cómo se definen los discípulos a sí mismos. Hay muchas personas que se han olvidado de quiénes son porque están todo el tiempo buscando que se reconozca lo que hacen.  Se buscan en la mirada ajena, y no en la propia…Cuando creemos que somos lo que hacemos, corremos el riesgo de perder nuestra verdadera identidad…Es cuando el ego “se come” al alma.

 No somos lo que hacemos. Somos mucho más. Somos hijos, hermanos, amigos. Nuestras relaciones nos ayudan a tomar conciencia de nuestra verdadera identidad. Cuando nos olvidamos de que somos padres, amigos  o hermanos nos alejamos de lo fundamental. Y cuando lo que es esencial para vivir deja de ser un valor perdemos el horizonte para discernir qué  decisiones tomar y cuál es el verdadero rumbo de nuestras vidas…Muchos son los que  afirman que las horas que les insume el trabajo es para dar lo mejor a su familia…olvidándose de que la familia tiene además otras necesidades que el dinero no puede comprar… ¡Date un tiempo para estar con los tuyos! Antes que un empleado eres padre, hermano y amigo. No dejes que la desmesura y la ambición por poseer  te pasen por arriba, aplastando tu verdadera esencia…

P. Javier Rojas, sj - Ale Vallina

viernes, 27 de septiembre de 2013

Hoy tuve la bendición de ser testigo de un encuentro del más puro amor entre dos niños de 5 o 6 años aproximadamente. Uno de ellos tenía clavadas varias astillas de madera en una de sus manitos. Entre lágrimas y sollozos intentaba, sin éxito, retirarse las astillas. Con cada intento una nueva lágrima corría por su regordeta mejilla. Otro niño que lo estuvo observando intrigado durante algunos minutos, se levantó del arenero y se le acercó resueltamente.. No se conocían. Estaban ocasionalmente juntos en una plazoleta de juegos. Yo los tenía a ambos a no más de dos metros de donde estaba sentada. El primero lloraba y su mamá desde lejos le decía que se marcharan a casa donde le lavaría las manos y le retiraría las astillas. El segundo, venciendo cierta timidez calculo yo, de pronto se acercó al niño lastimado y le dijo con autoridad: “Dame la mano, te voy a ayudar”. Así, sin esperar la respuesta del otro niño, le tomó la mano y con mucha delicadeza fue apretándole la piel en los lugares donde estaban clavadas las diminutas maderitas. Con paciencia fue retirándolas una por una de a poco, ante el llanto cada vez más tenue del primero. Al final el “salvador” le dijo a su mamá: “Ya está mami, ya podemos irnos”, tras lo cual luego de una indicación al otro niño, que no alcancé a escuchar, saludó al herido y se fue caminando tranquilamente de la mano de su madre. El chiquito que quedó en la plazoleta estuvo un rato mirándose los dedos y después se arropó en su mamá que comenzó a acariciarlo…
Todavía estoy procesando la enseñanza que me dieron esos niños. Sin dudas fui espectadora de un acto de amor sin condiciones. En esos minutos aprecié lo que significan la solidaridad, la paciencia, el interés por el otro, la empatía…También fui sorprendida por una calidez y dulzura sin igual.
Cuánto que aprender del amor desinteresado y genuino por un “otro” que está sufriendo y llora!!
Ser testigo de una situación de tanto afecto, protagonizado por dos pequeñitos me hizo recordar las palabras de Jesús: “Si no se hacen como niños no entrarán en el Reino de los cielos…” (Mt 18, 3)… Por eso le pedí al Padre que me diera un corazón tan sencillo y dulce como el del pequeño que dejó de jugar y atendió al otro, que sufría verdaderamente …
Cuántas veces nosotros los adultos obramos como este niño? Con qué frecuencia dejamos de mirar nuestro propio ombligo y salimos al encuentro del que está triste, solo o sufre?
@Ale Vallina.

La doctrina de Jesús no es un rejunte de principios teóricos o abstractos sino una invitación a vivir conforme al anuncio de su mensaje. Nuestro “modo de proceder” debe ir conformándose cada vez más con la Buena Noticia que hemos recibido. Nuestro modo de vivir debe ser el reflejo de nuestras plegarias. Y nuestras oraciones iluminar y transformar nuestras actitudes. Las verdaderas actitudes cristiana nacen del encuentro con el Padre y no del arte de saber justificarse como el fariseo que se creía justo por cumplir la ley. Nuestro compromiso como cristianos con Jesús es unirnos a la misión que recibió del Padre; convertir éste mundo un lugar de fraternidad.
Al juzgar por lo que vivimos pareciera que muchos cristianos prefieren vivir su fe en un “ámbito muy privado” y no comprometerse demasiado. Hay quienes prefieren mostrarse compasivos y misericordiosos ante los demás, antes que serlo realmente. Maquiavelo decía; es más “útil” aparentar tener que poseer. ¿Triste, no?
Debemos tomar conciencia de que nuestra fe no es una relación intimista que se vive en los templos y grupos religiosos, sino la expresión de un amor gratuito que Dios espera sepamos comunicarlo. La fe se cultiva y alimenta en los templos pero se vive en la calle. Con el vecino, en la cola de los bancos, en los supermercados, en el lugar de trabajo, en las reuniones sociales, etc. Sin altanería ni prepotencia, sino con humildad y convicción. La fe que llevamos en el corazón es luz no  «para ocultarla sino para ponerla en un candelero, a fin de que alumbre a todos los de la casa» (Mt. 5, 15). ¡Déja que tu fe se exprese en tus gestos y palabras para que todos vean el amor que llevas dentro! 



P. Javier Rojas, sj
Cuando rezas con esperanza, te inclinas hacia Dios, confiando plenamente en que Él es leal y cumple sus promesas.
Esta esperanza te brinda una nueva libertad que te permite ver la vida en forma realista, sin sentirte desanimado. Esta libertad se pone de relieve en las palabras de otro estudiante que escribió:
Esperanza significa seguir viviendo
en medio de la desesperación,
y mantenerse animoso
en la oscuridad.

Esperanza es saber que existe el amor,
es confiar en el mañana,
es irse a dormir
y volver a despertar
cuando sale el sol.

En medio de un ventarrón en el mar,
es descubrir tierra firme.
En los ojos del otro,
es ver que eres comprendido.

Siempre que quede esperanza,
habrá también oración...

Y serás sostenido
por las manos de Dios.

Henri Nouwen

jueves, 26 de septiembre de 2013

Nuestra primera tarea es romper la indiferencia. Resistirnos a seguir disfrutando de un bienestar vacío de compasión. No continuar aislándonos mentalmente para desplazar la miseria y el hambre que hay en el mundo hacia una lejanía abstracta, para poder así vivir sin oír ningún clamor, gemido o llanto.
El Evangelio nos puede ayudar a vivir vigilantes, sin volvernos cada vez más insensibles a los sufrimientos de los abandonados, sin perder el sentido de la responsabilidad fraterna y sin permanecer pasivos cuando podemos actuar.
José Antonio Pagola

EL PAPA FRANCISCO EXPLICA CÓMO PODEMOS CONOCER A JESÚS


" Se puede conocer verdaderamente a Jesús mediante la mente, el corazón y la acción. “Se debe conocer a Jesús en el Catecismo. Pero no es suficiente conocerlo con la mente: es un paso. A Jesús es necesario conocerlo en el diálogo con Él, hablando con Él, en la oración, de rodillas. Si tú no rezas, si tú no hablas con Jesús, no lo conoces. Tú sabes cosas de Jesús, pero no vas con el conocimiento que te da el corazón en la oración. Conocer a Jesús con la mente, el estudio del Catecismo; conocer a Jesús con el corazón, en la oración, en el diálogo con Él. Esto nos ayuda bastante, pero tampoco es suficiente... Hay un tercer camino para conocer a Jesús: es el seguimiento. Ir con Él, caminar con Él”.
Es necesario “andar, recorrer sus caminos, conocer a Jesús con el lenguaje de la acción”. “Si yo conozco a Jesús así, me implico con Él”: “No se puede conocer a Jesús sin implicarse con Él, sin jugarse la vida por Él. Cuando tanta gente – también nosotros – se hace esta pregunta: ‘¿Pero quién es Jesús?’, la Palabra de Dios nos responde: ‘¿Tú quieres conocer quién es Éste? Lee lo que la Iglesia te dice de Él, habla con Él en la oración y camina por su camino con Él. De este modo conocerás quién es’. ¡Éste es el camino! ¡Cada uno debe hacer su elección!”.
De la homilía del Papa Francisco de hoy en Santa Marta.


Hoy elijo transitar el día con paciencia y con la lentitud necesaria para no perderme ninguno de los regalos que me ofreces a diario, Señor. 
Elijo confiar en tus designios, aunque me resulten incomprensibles.
Elijo ponerme bajo el manto de María, porque no hay otro lugar mejor para el cobijo y la esperanza.
Hoy elijo orar por todos los que conozco, pertenezcan a mi círculo de afectos o no.
Elijo leer y saborear tu Palabra, Señor y sacar provecho de ello.

@Ale Vallina

miércoles, 25 de septiembre de 2013


No me grites. Te respeto menos cuando lo haces. Y me enseñas a gritar a mí también y yo no quiero hacerlo.
Trátame con amabilidad y cordialidad igual que a tus amigos. Que seamos familia, no significa que no podamos ser amigos.
Si hago algo malo, no me preguntes por qué lo hice. A veces, ni yo mismo lo sé.
No digas mentiras delante de mí, ni me pidas que las diga por ti (aunque sea para sacarte de un apuro). Haces que pierda la fe en lo que dices y me siento mal.
Cuando te equivoques en algo, admítelo. Mejorará mi opinión de ti y me enseñarás a admitir también mis errores.
No me compares con nadie, especialmente con mis hermanos.Si me haces parecer mejor que los demás, alguien va a sufrir (y si me haces parecer peor, seré yo quién sufra).
Déjame valerme por mí mismo. Si tú lo haces todo por mí, yo no podré aprender.
No me des siempre órdenes.Si en vez de ordenarme hacer algo, me lo pidieras, lo haría más rápido y más a gusto.
No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer. Decide y mantén esa posición.
Cumple las promesas, buenas o malas. Si me prometes un premio, dámelo, pero también si es un castigo.
Trata de comprenderme y ayudarme. Cuando te cuente un problema no me digas: "eso no tiene importancia..." porque para mí sí la tiene.
No me digas que haga algo que tú no haces. Yo aprenderé y haré siempre lo que tú hagas, aunque no me lo digas. Pero nunca haré lo que tú digas y no hagas.
No me des todo lo que te pido. A veces, sólo pido para ver cuánto puedo recibir.

Quiéreme y dímelo. A mí me gusta oírtelo decir, aunque tú no creas necesario decírmelo.



Dios está mucho más presente de lo que te puedas imaginar en todo lo que vives. Sólo tienes que desear encontrarlo y Él se hará presente en tu vida. ¡Eso si! Deja que sea Dios quien se manifieste a su manera... y tú estáte atento.
¡Te necesito a Ti, sólo a Ti!

Deja que lo repita sin cansarse mi corazón.

Los demás deseos que día y noche me embargan

son falsos y vanos hasta sus entrañas.

Como la noche esconde en su oscuridad

la súplica de la luz,

así en la oscuridad de mi inconsciencia

resuena este grito:

¡Te necesito a Ti, sólo a Ti!

Como la tormenta está buscando la paz

cuando golpea la paz con su poderío,

así mi rebelión golpea tu amor y grita:

¡Te necesito a Ti, sólo a Ti!

martes, 24 de septiembre de 2013

El poder de la bondad.




Por momentos, cuando te detienes a pensar en la inmensa cantidad de gente que ha pasado por tu  vida, y de la manera en cómo han influido, te quedas con la sensación de que llevas un tesoro en vasija de barro. ¡Tenemos tanto de los demás! Es verdad que no todos los encuentros has sido igualmente beneficiosos o sanos, pero aún de aquellos de los que te quieres olvidar te han aportado algo. Puedes afirmar que estas en paz y reconciliado con lo que te ha tocado vivir, cuando puedes capitalizar tus experiencias, aun las que calificas de negativas,  y extraer sabiduría y bondad. Hay personas que han pasado por nuestra vida regalando alegría y con ello nos han dado esperanza de un mundo mejor. Cuando descubres a alguien que te ilumina con su bondad, son su alegría, con su simpatía, crees profundamente en que vivir es un don maravilloso. ¡No existe mayor motivación para ser bueno que cuando ves sonreír al pobre, al que sufre, al que han abandonado, al que encontró en ti una mirada compasiva y palabras amables!. Cuando te ocurre esto recuerdas que también lloraste...Si alguna vez has sido dañado por alguien, y todavía llevas impresas en tu alma la cicatriz de una herida, no mires hacia atrás reclamando…mira hacia adelante. El dolor padecido te acerca al que sufre. Las experiencias dolorosas aportan una enseñanza que nunca debemos olvidar; “cuando maltratas a alguien dejas heridas que son imborrables”. Libérate del rencor y el resentimiento y vuélcate de lleno a acoger con compasión el dolor de los demás y convierte para ellos en la mano amable y el oído atento. Nuestras heridas se sanan cuando acogemos las heridas de los demás y sienten que nuestra bondad les  cura.  ¿Ves? Llevamos en nosotros un tesoro que exige que sea repartido… Cuando pienso en las personas que me han regalado de su bondad, recuerdo que tengo que comunicar esa bondad,... y que el mundo está esperando.

P. Javier Rojas, sj

Me preguntaba mientras leía el diario digital en la mañana, por qué no hay lugar para las buenas noticias. Por qué vende lo malo cuando existen tantas buenas novedades y sucesos. Claro que exíste la maldad, los  asesinatos y los atentados. De hecho ayer hubo un feroz ataque en un centro comercial en Kenia, que dejó el triste saldo de decenas de muertos y heridos…y así la lista de maldad sigue.
Pero me pregunto: es que acaso no hay buenas nuevas que publicar?. Cada día en nuestro bendito planeta nacen miles de miles de niños. La mayoría de ellos se convertirán en adultos, hombres y mujeres de bien. Personas que se levantarán cada uno de sus días para trabajar, estudiar, cuidar a sus familias y crear un mundo mejor… Cada día cientos de miles de personas actúan en favor de sus hermanos, curan heridas del cuerpo y del alma, protegen la fauna y la flora del planeta, luchan contra el aborto y la trata de personas, atienden solícitamente a sus familias y educan e instruyen a muchos miles. Cada día se despiertan soñadores y creativos, visionarios e idealistas que conciben “ideas madre” de proyectos maravillosos para el bien común. Cada mañana hay gente que se cae y otra que la ayuda a levantarse…
No me resigno a leer y a deglutir solamente malas noticias. También hay de las otras, más abundantes aún…pero nos hemos acostumbrado a las catástrofes, al delirio y a la locura; y nos hemos olvidado de mirar lo bueno, lo bello, lo candoroso y "divino" que nos habita y que nos rodea…
Que hoy Señor, veamos lo noble e intentemos serlo…Con tu ayuda.

@Ale Vallina

lunes, 23 de septiembre de 2013


¿Te han dicho alguna vez “no me entiendes” cuando estabas convencido de que sí lo estabas haciendo?. La verdad es que resulta muy gratificante cuando te sientes entendido por otra persona. Cuando esto ocurre se experimenta un cierto alivio,  algo muy parecido a la tranquilidad, a la paz… ¿Por qué? Porque en el fondo cada persona siente que no se le está permitido ser auténticos. Tal vez porque se tuvo la desagradable experiencia de que no se le permitió expresar lo que verdaderamente sentía, o porque sencillamente percibíó que disminuía el aprecio de los demás. Pero, sin embargo, anida en todo ser humano el deseo profundo de sentirse plenamente sí mismo en presencia de otra persona y no sentir el juicio ni la reprobación.
¿Por qué reprobamos a los demás? Básicamente porque los juzgamos desde los propios parámetros... Es imposible no juzgar, además, no tiene por qué tener una connotación negativa. ¡Juzgamos todo el tiempo! Juzgar es lo mismo que decir, clasificar, distinguir, ordenar, según un modo particular de ver la realidad, y en ello no hay nada de malo. Lo verdaderamente erróneo es tratar a los demás según nuestros juicios sin conocerlos verdaderamente. Y ¿qué implica conocer “verdaderamente” a los demás? Cuando alguien te dice, “no me entiendes” lo que en realidad siente es que lo estás juzgando mal y no lo conoces verdaderamente. Aunque parezca mentira, y es lo más triste de todo, en la propia familia y con personas que creemos conocer hace varios años también nos ocurre esto. ¿Por qué?
Conocer a otra persona implica suspender por un momento los propios juicios sobre ella. Abandonar la “idea” que se tiene de la otra persona para que sea ella misma realmente. Como generalmente estamos más preocupados de nosotros mismos que de los demás, tener una “idea” de ellas nos brinda una falsa seguridad. Creemos que podemos saber a qué atenernos cuando la dibujamos en nuestra mente con dos o tres precarios trazos. Si quieres conocer a alguien de verdad tendrás que comenzar por quitarte las capas de preocupación por ti mismo, a las que generalmente estamos apegados... para recibir al otro tal y como se manifiesta sin juzgarlo. El hecho de no juzgar no significa que lo tengas que aprobar, sino que lo respetas tal y como se presenta sin más.  
Si te ofreces a la otra persona sin condiciones previas o expectativas, percibirá de ti que tienes apertura. Así, podrá manifestarse sin el temor de ser repudiado. 
Cuando la otra persona percibe que no tiene que renunciar a ser sí misma ni a hacer promesas para recibir consideración de ti, podrá manifestar su verdadero ser. ¡No hay experiencia más maravillosa que sentirse plenamente aceptado! Muchas personas sólo piden eso “ser aceptados” ¿es mucho pedir?
Deja tus juicios de lado y sumérgete en el misterio del otro. Recorre su interior considerando todos los elementos de su vida con respeto y admiración. Existen personas que no han podido llegar a ser de otro modo que lo que son... Y no porque hubieran querido, sino porque les resultó imprescindible para sobrevivir. ¿Qué hubieras hecho tú para sobrevivir? Entonces, ¡por qué juzgas con dureza a los demás cuando en realidad no conoces por lo que ha tenido que pasar para seguir viviendo!
Lo más bello del ser humano es que siempre, en lo más profundo de nuestro ser, queremos estar unidos a alguien y compartir lo que llevamos dentro. Todo ser humano añora compartir. Abrir su corazón y ser mirado con ternura y compasión. Sé tú los ojos del Dios misericordioso para quien necesita ser amado más allá de todo…

P. Javier Rojas sj
René Lenoir, en su libro Les Exclus, habla de los indios de Canadá. Si ante un grupo de niños se promete un premio al primero que responda una pregunta, todos se ponen a buscar la solución juntos y cuando están de acuerdo responden gritando todos al mismo tiempo. Para ellos sería intolerable que ganara uno y perdiera la mayoría; el que ganara se separaría del resto de sus hermanos. Habría ganado el premio pero habría perdido la comunidad.
Nuestra civilización occidental es una civilización competitiva. Desde el colegio el niño aprende a "ganar"; sus padres están encantados cuando es el primero. El progreso material individualista y el deseo de grado en el prestigio pisotean el sentido de la comunión, de la compasión, de la comunidad.
Jean Vanier
La Iglesia no tiene otra razón de ser ni otra finalidad que dar testimonio de Jesús. No lo olvidemos.
Papa Francisco

domingo, 22 de septiembre de 2013

Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.

Victor Frankl

«Vivir después de los errores»

« 1Dijo también a sus discípulos: "Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y este fue acusado ante él como derrochador de sus bienes.  2 Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo".  3 Entonces el mayordomo dijo para sí: "¿Qué haré?, porque mi amo me va a quitar la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza.  4 Ya sé lo que haré para que, cuando se me quite la mayordomía, me reciban en sus casas".  5 Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi amo?".  6 Él dijo: "Cien barriles de aceite". Le dijo: "Toma tu cuenta, siéntate pronto y escribe cincuenta".  7 Después dijo a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?". Este contestó: "Cien medidas de trigo". Él le dijo: "Toma tu cuenta y escribe ochenta".  8 Y alabó el amo al mayordomo malo por haber actuado sagazmente, porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz.  9 "Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando estas falten, os reciban en las moradas eternas.  10 "El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto.  11 Si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero?  12 Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro?  13 "Ningún siervo puede servir a dos señores, porque odiará al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas". »
Lc 16, 1-13

¿Por qué Jesús destaca la manera de obrar del administrador corrupto? ¿Qué pretende resaltar? ¿Existe acaso algo valioso en la actitud de este hombre?
No es la mentira, ni la trampa o el engaño, lo que provoca en Jesús el reconocimiento sino el modo en que resolvió su falta. El administrador buscó reconstruir su vida después de haber sido descubierto haciendo más uso de su gestión. Y porque reconoce que ha obrado mal, quiere hacer el bien para reparar, con buenas acciones, los errores cometidos. Y encuentra una manera; beneficiar de alguna manera a los pobres.
La acción que Jesús admira en este hombre no tiene nada que ver con aprobar la trampa sino con resaltar que existen otras maneras de gestionar los errores y de vivir después del pecado…
En ocasiones te encuentras con personas que son incapaces de reconocer sus errores. Justifican de muchas maneras el daño que hacen a otros, ya sea hablando mal de los demás, sembrando división, o simplemente tratando de manera grosera e hiriente a los demás... O, lo que es peor aún, hacen responsables a los demás de las dificultades que existen. Pero también te encuentras con personas que no pueden recuperarse de los errores cometidos. Sienten que lo que han hecho es tan malo que ya no existe perdón alguno para ellos. Sus culpas los aplastan. No pueden creer que Dios pueda tenderles su mano ofreciendo su amor y misericordia.
Cuando vives con cierta incapacidad para reconocer tus errores no estás abierto a crecer como persona ni madurar espiritualmente. Porque ser consciente de tus acciones es esencial para madurar. Pero también es fundamental para crecer y madurar espiritualmente dejar a Dios que sea Él quien juzgue tus faltas y pecados, y no convertirte en juez de ti mismo. Las personas que no pueden perdonarse a sí mismas son aquellas que han convertido en sus propios verdugos. Y esto resulta doloroso y demoledor…
En este episodio del evangelio Jesús subraya la manera en que el administrador resuelve su problema. Primero reconoce su falta, no justificó sus actos ni culpa a otros. Segundo, en lugar de dirigir sobre sí mismo todo tipo castigos piensa cómo puede salir de la situación para seguir adelante. Y tercero, busca beneficiar a otros.
Jesús tiene finura pedagógica para enseñar. Y lo que rescata como bueno de este hombre es que decidió enmendar su falta es haciendo algún bien. Puede ser discutible si es una “buena acción” favorecer a otros como lo hizo este hombre a costa de engañar a su patrón. Pero lo cierto es que Jesús rescata la sagacidad, la creatividad, la inteligencia para reparar las faltas y sanar las culpas.
Todos cometemos errores. Y porque nadie nació sabiendo es importante aprender de nuestros errores. No arrastres tu culpa como si fuera tu equipaje de camino. Si has dañado a alguien, si con tu comportamiento has ocasionado el mal; si con tu manera de proceder ofendiste a otros, no te servirá de nada cerrarte sobre ti mismo y castigarte por siempre.
¡Levanta la cabeza! Ayuda a los demás. Date tiempo para acoger el dolor de los demás. Presta tu oído al que necesita ser escuchado. Tiende tu mano al que necesita algún tipo de ayuda. Regala palabras de aliento al que se siente desolado o deprimido. Si te encuentras reconociendo que has obrado mal no te cierres al perdón, ábrete a la misericordia de Dios y a la solidaridad con los que más sufren.
El pecado nos vuelve solidarios con los demás si sabemos gestionarlo con astucia. Ésta es la manera astuta que encontró el administrador de resolver su falta.
Pidamos a Dios no perder nunca la confianza en su misericordia, y aprender que la solidaridad con los demás es una manera sabia de enmendar nuestras faltas.

P. Javier Rojas sj




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