sábado, 12 de octubre de 2013

«Gestar relaciones gratuitas »

« 11Y sucedió que, de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaria y Galilea, 12y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia 13y, levantando la voz, dijeron: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! 14Al verlos, les dijo: Vayan  y preséntense a los sacerdotes. Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. 15Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; 16y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. 17Tomó la palabra Jesús y dijo: ¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? 18¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero? 19Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado. »
Lc. 17, 11-19

¡Es verdad que Jesús dijo que son los enfermos los que necesitan médico, pero ello no significa que rechace la relación con los sanos! (Cf. Mc 2, 17) Cuando nos sentimos enfermos recurrimos a su presencia y pedimos recuperar la salud. Pero pocas veces reconocemos que estando sanos también necesitamos tener un vínculo con Dios para mantener nuestra salud espiritual.
Porque si sólo recurriéramos a Jesús cuando nos sentimos enfermos, preocupados, agobiados, para recibir consuelo y alivio, ¿no estaríamos convirtiéndolo en un objeto que se usa y luego se abandona? ¿No estaríamos construyendo una relación fundada solamente en el interés personal? ¿Es Jesús acaso un “mecánico” a quién solo se visita cuando el coche se ha roto? ¡Ni siquiera al reconocerlo como médico del alma se justifica que sea solo el interés personal lo que organice nuestra relación con Él!
Cuando escuchamos que Jesús pregunta «¿No quedaron limpios los diez?» podemos imaginar que se sorprende cuán fácil y rápido podemos olvidarnos de ser agradecidos con el que nos devolvió la salud, una vez que nos sentimos sanos. ¿Por qué aquellos hombres que a la distancia pidieron ser curados de lepra no regresaron?
A veces creo que no somos lo suficientemente agradecidos con los demás porque consideramos  que están obligados a darnos lo que les pedimos. Y en parte puede que tengan razón, pero no en todos los ámbitos o en todas las relaciones.  Por ejemplo, de nuestros mandatarios podemos exigir que cumplan con su obligación de velar por el bien común y que no sean corruptos. Al igual que estamos en todo nuestro derecho de exigir un sueldo digno y condiciones de trabajo óptimos a los empleadores. Pero aún en éstas situaciones podemos ser agradecidos.
Pero hay otras relaciones y ámbitos en los que exigimos que se ocupen de nosotros como si estuvieran obligados a hacerlo, sin darnos cuenta de que el agradecimiento es un factor importante.
Con frecuencia los esposos dejan de agradecerse mutuamente por lo que tienen. El reproche por lo que falta o no alcanza inunda las conversaciones que terminan convirtiéndose en reproche mutuo. Los hijos que no terminan de entender que los padres hacen todo lo que buenamente pueden y está a su alcance. Se olvidan con frecuencia que el agradecimiento tiene una fuerza, y transmite una vitalidad  que a veces es fundamental para no vivir amargados. Pero a veces son los padres los que no comprenden que los hijos son distintos, y pretenden medir a todos con la talla de uno solo. Los hijos no son todos idénticos aunque hayan nacido del mismo vientre y criados bajo el mismo techo. Cada uno necesita de una motivación diferente, y no existe manera más fácil de fastidiar a uno de ellos que cuando se dice “no te pareces a tu hermano” ¿Por qué? ¿No es mejor saber recibir lo que cada uno puede dar con agradecimiento y seguir motivándolo?. Pero también pasa entre los novios.
Esta es una de las relaciones más interesantes y en las que más fácilmente se pierde la capacidad de agradecer.  Cuando dos personas se ponen de novios lo hacen porque ambos creen que la otra persona es la que estaban buscando…, y es aquí donde comienza el primer inconveniente. Cuando crees que la otra persona encarna todo lo que imaginaste  lo más probable es que lo primero en manifestarse sea el reclamo y no el agradecimiento. ¿Por qué? Porque se espera que el otro se comporte como se lo ha imaginado. Se reclama cuando la otra persona no se da por enterado de algo que tal vez no se dijo. O que se adivine lo que el otro pueda estar pensando y deseando.
En resumen, cuando las relaciones que establecemos con los demás se fundan en la convicción de que están obligados a dar algo que creemos que nos merecemos, se pierde la capacidad de agradecer... Esto que nos acontece en la vida diaria nos ocurre también con Dios. Y para mantener nuestra salud espiritual y gestar relaciones sanas hemos de aprender a ser agradecidos. Es decir, saber apreciar el gesto de amor, de servicio, de ayuda como un gesto gratuito.
Pidamos a Dios no convertir a Jesús en nuestro médico y salvador que está obligado a librarnos de todos los peligros, sino ver en el Hijo del amor gratuito de un Padre.
P. Javier Rojas sj

¿Cuál es el reclamo en el que caigo más frecuentemente y que me lleva al desencuentro con mis seres cercanos? ¿Qué miedo, dolor, carencia tengo detrás de ese reclamo?
¿Qué detalles gratuitos han tenido últimamente conmigo y no he advertido?
…Y ahora que los veo… ¿con qué detalle gratuito puedo retribuir?



En el libro de los Ejercicios Espirituales san Ignacio de Loyola afirma que el mal espíritu tiene distintas formas de tentar a las personas. En pocas palabras, y simplificando mucho,  afirma que las que andan despreocupadas de las cosas de Dios y centradas en los asuntos del mundo son tentados de manera “grosera y abiertamente”[EE 9]. Con ello quiere expresar que las tentaciones son más fáciles de reconocer o, por lo menos, de identificarlas como tales. Pero en el caso de las personas a las que podríamos llamar espirituales, porque han tomado en serio su deseo de seguir a Jesucristo, afirma que son tentados “bajo especie de bien” [EE10]. ¿Qué quiere decir con ello? Que las tentaciones del mal espíritu más difíciles de identificar  son aquellas en las que no percibimos «haya nada malo». En la enseñanza que hace san Ignacio sobre el modo de obrar del mal espíritu en distintas personas, encontramos la sutileza y la genialidad de un maestro en el Espíritu y la perspicacia psicológica.

¿Cómo conocer si la motivación a hacer algo bueno es inspiración de Dios o una trampa del mal espíritu? Aprendiendo a distinguir el anhelo por el reconocimiento personal, de la búsqueda del bien comunitario. ¿Qué significa esto? Veamos si con un ejemplo resulta más claro. Quizás te sucedió -o fuiste testigo-, de que con la mejor buena intención y disposición a ayudar, se gesta un gran problema en el que abundan las peleas y las divisiones. Y también de lo difícil que resulta reconocer un error cuando se tiene conciencia de haber obrado con muy buena intención.  El problema surge cuando no se distingue suficientemente entre hacer el bien, y el tiempo y el modo de hacerlo.... Hay quienes creen que con tener deseos de ayudar están habilitados para obrar, y ocurre que a veces las buenas intenciones no bastan para hacer bien las cosas. Hace falta también discernimiento. El discernimiento no se utiliza para separar lo bueno de lo malo. Porque para ello solamente hace falta sentido común y valores cristianos. El discernimiento es un instrumento que considera las motivaciones más profundas del ser humano allí donde lo bueno parece garantizar la inspiración de Dios. Por lo tanto, al momento de hacer el bien es importante tener conciencia de no estar buscando un reconocimiento personal.... Ello ni siquiera resulta ser algo malo en sí mismo. Pero ocurre que cuando se trata de ayudar o hacer el bien con la intención de sobresalir por sobre los demás, a veces de manera sutil, o de compensar necesidades afectivas de algún tipo, las relaciones con los demás se convierte en una batalla campal por ocupar espacios de trabajo y por adquirir «cercanías personales», especialmente con personas influyentes. Cuando una acción que se considera buena, caritativa y hasta solidaria en una comunidad, no incentiva la participación y la comunión de otros, es probable que haya más “olor a azufre” que “sonido de arpa”....  Todo cristiano está llamado a obrar el bien, pero ello incluye tener presente el modo y momento oportuno

P. Javier Rojas, sj
Los que transitamos la mediana edad, además de las canas que comienzan a poblar nuestras cabezas y de ciertas limitaciones físicas incipientes, gozamos de muchos beneficios que son producto de la experiencia de vida.  Apreciamos más la belleza que nos circunda, damos más tiempo para degustar una rica comida, una charla con amigos o la lectura de un buen libro. Nos regocijamos con algún tema musical  que nos sobrecoge y entusiasma.  Ya no corremos con tanta prisa intentando cumplir metas o perseguir resultados exitosos.
Si por éxito entendemos poseer dinero, puestos de poder, y tener trato con personas influyentes o acaudaladas es mejor “pasar de largo”.
El verdadero éxito en esta vida es ser coherentes entre lo que pensamos, sentimos y actuamos. Éxito es tener un hogar cálido y una familia unida, amigos verdaderos en los que podemos confiar.  Es caernos mil veces y levantarnos mil y una vez más. Es compartir lo mucho o poco que poseemos…El verdadero éxito no se encuentra en una cuenta bancaria abultada, ni tampoco en acumular diplomas, posgrados y premios que dormirán en una repisa…El éxito es trabajar con ahínco y que ese trabajo nos alegre porque está al servicio de los demás. La fama, la notoriedad, la gloria personal nos vuelven vanidosos y engreídos. El poder desmedido se contrapone a los valores que nos legó Jesús. O no es acaso cierto que el deseo desmesurado de poder y de riquezas desatan las guerras, las peleas entre familiares y hasta divisiones en comunidades religiosas. La humildad es la cara opuesta al poder. Los humildes “hacen mucho” pero con discreción.
Que nuestro ruego de hoy tenga que ver con que los ejemplos de personas humildes nos sirvan de inspiración y se hagan carne en nosotros.
Caminemos más despacio, disfrutando del paisaje y alejándonos de todo lo que  nos corrompe y  nos vuelve insensibles. Jesús se distanció de la opulencia y  vivió por y para los sencillos, los pobres, y los enfermos…
Que los que recorremos la mediana edad descubramos dónde poner el corazón y las manos... Así como entre los que nos antecedieron hubo personajes que nos marcaron para bien, a los que deseamos emular…que los que vienen detrás consideren que lo realizado por nosotros es base firme y buena donde seguir edificando…

@Ale Vallina

jueves, 10 de octubre de 2013

Ya ves qué tontería,
me gusta escribir tu nombre,
llenar papeles con tu nombre,
llenar el aire con tu nombre;
decir a los niños tu nombre,
escribir a mi padre muerto
y contarle que te llamas así.
Me creo que siempre que lo digo me oyes.
Me creo que da buena suerte.
Voy por las calles tan contenta
y no llevo encima más que tu nombre.
  • Gloria Fuertes



El "Padre nuestro" es la oración más conocida. La que rezamos, quizás, con más frecuencia. Pero de tanto repetirla ¿hemos dejado de considerar lo que decimos? Deténte un momento para rezarlo conscientemente. No pienses en otra cosa más que en cada palabra que repites. Cierra los ojos, respira profundamente y reza, sin prisa, sintiendo cada palabra....¿Qué parte de la oración del padrenuestro necesitas hacer realidad en ti? 

miércoles, 9 de octubre de 2013

No sientas temor de buscarte. Y menos aún de encontrarte. De hecho te buscas desde siempre y esa es una de las metas de esta vida. 
Buscarnos, hallarnos y compartir lo bueno y amoroso que hemos hallado. De qué nos vale encontrarnos solo para gozarnos de ello en un universo de cuatro paredes. Cuando nos reconocemos hemos hallado a nuestro mejor amigo. Ahora necesitamos salir al encuentro de los otros. Los primeros con los que debemos “encontrarnos” son las personas con las que convivimos…y de apoco ampliar la lista… Eso, nos llevará otra porción de la vida: la más generosa, sin dudas, que complementa y da sentido a la anterior.
@Ale Vallina.

Los seres humanos pasamos todo el tiempo deseando recibir consideración de los demás. Y no hay motivo para creer que en ello exista algo malo. No hay nada de reprobable en sentir anhelos de ser tenidos en cuenta o en experimentar que somos aceptados como seres únicos. Pero debemos tener cuidado de no confundir esto con exigir aprobación en todo lo que hacemos. Porque ser considerados por los demás equivale a ser respetados como persona, y ellos es algo distinto de exigir que se apruebe todo lo que hacemos. En el pasaje del evangelio de Marta y María, encontramos dos situaciones que pueden ayudarnos a comprender mejor el mensaje de Jesucristo. Son dos escenas bien contrapuestas. En una vemos a María sentada a los pies del Maestro escuchando su palabra, mientras que en la otra contemplamos a Marta atareada con las tareas de la casa. Mientras una escucha, la otra trabaja. ¿Cuál es la enseñanza que trasmite Jesús al escuchar el reclamo de Marta? Es aquí donde encontramos la riqueza de este episodio de la vida cotidiana que muy bien puede ser también el nuestro. El servicio no puede ser tomado como un medio para exigir que los demás aprueben sin más lo que uno dice o hace. Marta reclama diciendo a Jesús "Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trajín de la casa? Dile que venga a echarme una mano". (Lc 10:40B). Ella espera que Jesús apruebe su exigencia porque está convencida de que su servicio le otorga autoridad para pedirlo. Pero Jesús no piensa así. Si haces algo por los demás es porque los consideras dignas de respeto, y porque reconoces que lo que puedes ofrecer les resultará beneficioso. Pero ello no equivale a que se apruebe cualquier otra conducta que realices. Porque perfectamente puedes ser muy caritativo y servicial, y a la vez ser una persona que genera división y enfrentamiento. Y mientras en lo primero eres considerado como una persona que vive su fe con convicción, en lo segundo aún necesitas conversión. En ocasiones, encontramos en nuestras iglesias personas que aun siendo muy serviciales tienen la extraña capacidad de que no dejan crecer a nadie cerca suyo. Hay muchas “Marta” que necesitan ser educadas. Jesús considera a ambas por igual. Respeta que Marta haya elegido no estar sentada a sus pies compartiendo con él, y también que María si haya querido estarlo, pero no aprueba la actitud de reclamo de Marta.


P. Javier Rojas, sj 
Así imagino cómo nos lleva Jesús cuando nuestras fuerzas menguan. Y no solamente cuando nuestras fuerzas disminuyen, así nos carga el Señor cuando andamos distraídos o adormilados por la vida. Confundidos o perplejos, Él nos carga. Amorosamente. Y nos conduce, si lo dejamos, de nuevo al camino de la paz y del orden que sana.
Jesús, Camino, Verdad y Vida...
@Ale Vallina.

martes, 8 de octubre de 2013

"Lo que el hombre realmente necesita no es vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena. Lo que precisa no es eliminar la tensión a toda costa, sino sentir la llamada de un sentido potencial que está esperando a que él lo cumpla"Ese esfuerzo y esa lucha que merece nuestro existir, es motivado por el amor y sólo en razón de ella y por ella, podremos alcanzar nuestra trascendencia. Es, por ejemplo, el caso de una persona que sufre algún mal incurable; sus esfuerzos y esperanzas por luchar por tal enfermedad, sólo puede ser justificado por el amor que siente dicha persona ya sea a Dios, a su esposa, a sus hijos, a él mismo etc. Esta es la radical importancia y naturaleza del amor: olvidarse de sí mismo buscando, en los otros y en obras, la trascendencia de uno mismo la cual, es motivada y fundada por el amor hacia los demás. Y es que el hombre se encuentra a sí mismo, como tal, cuando se entrega a otro.

Viktor Frankl
¿Te imaginaste alguna vez  ser libre de «esa» fragilidad que te complica la vida?  ¿De «eso» que te hace tropezar y que termina siendo la parte que más te molesta de ti mismo? ¿Sientes que luchas en vano y que no puedes vencer?
Aunque parezca mentira, muchos cristianos han convertido sus «caídas» en el tema central de su vida espiritual. Su vida se divide entre antes y después de cometer algún «desorden». Llevan cuentas del tiempo en que no se dejan vencer, para luego comenzar a contar los días que faltan para encontrarse con su confesor. Y así el ciclo vuelve a empezar. A esto llamo «bautizar a Narciso». Es bien conocida la historia de aquel joven apuesto que hizo sufrir cruelmente a la ninfa Eco al rechazar su amor. Némesis, la diosa de la venganza, al ser testigo del engreimiento de Narciso, provocó que él  se enamorara de su propia imagen reflejada en una fuente de agua. De esta manera, al contemplarse a sí mismo e incapaz de apartarse de su imagen, acabó arrojándose al agua. «Bautizar a Narciso» significa haber recubierto de virtud el antiguo vicio de ser “perfectos” como Dios. Son hombres y mujeres que desarrollan una obsesión manifiesta por estar “pulcros”, “inmaculados”, “irreprochables” y “ hacer todo bien”…con el ingrediente de «ser fieles» a Dios. Sin ánimo de juzgar creo que estas personas se olvidan de que la fragilidad no es el «agujero negro» del universo, sino justamente el lugar de encuentro con Dios. Resulta precioso leer la confesión que hace san Pablo cuando afirma « Pedí al Señor tres veces que apartara de mí este aguijón. Pero él me dijo: "Te basta mi gracia; pues mi poder se manifiesta en la flaqueza". Muy a gusto, pues, me gloriaré de mis flaquezas, para que en mí resida el poder de Cristo»  (2Co 12:8-9). La fragilidad es como el pozo donde Jesús encuentra a la Samaritana, o el árbol en donde contempla a Zaqueo. Es la orilla del lago en donde llama Santiago y Juan, y el lugar donde mira con amor el rostro vergonzoso de María Magdalena. Nuestras fragilidades no son un impedimento para seguir a Cristo, sino los  momentos en los que mejor podemos apreciar su poder.
La presencia de una fragilidad no nos hace infieles sino que nos vuelve dependientes de su gracia. Por momentos dudo de que las personas que inician verdaderas batallas contra sí mismos busquen en realidad seguir a Cristo. Más bien creo que se encuentran sutilmente enredados en su propia vanidad y esclavos de la soberbia de querer ser perfectos como Dios. Se contemplan a sí mismos todo el tiempo, y como Narciso, incapaces de apartar la mirada de ellos mismos se ahogan en el autodesprecio. La fragilidad es ese «extraño» lugar donde encontramos apoyo en Dios. Si verdaderamente quieres vencerte a ti mismo, en lugar de castigarte enardecidamente, pon en práctica la virtud que se opone a tu pasión. De esta manera en lugar de compórtate como Narciso estarás actuando como Cristo que «pasó haciendo el bien» (Cf. Hch 10, 38)
P. Javier Rojas sj
La crisis religiosa de nuestros días no respeta ni si quiera a los practicantes. Nosotros hablamos de creyentes y no creyentes, como si fueran dos grupos bien definidos: unos tienen fe, otros no. En realidad, no es así. Casi siempre, en el corazón humano hay, a la vez, un creyente y un no creyente. Por eso, también los que nos llamamos “cristianos” nos hemos de preguntar: ¿Somos realmente creyentes? ¿Quién es Dios para nosotros? ¿Lo amamos? ¿Es él quien dirige nuestra vida?
José Antonio Pagola

lunes, 7 de octubre de 2013



Rezar el Rosario a muchos puede resultarle aburrido, repetitivo, cansador y desusado. Pero para mí es una experiencia de Encuentro. Con mayúsculas. Con María, que me lleva a su Hijo. Y con el Hijo que me ofrece a Su Madre.
Contemplar los misterios. Dejarme atrapar por ellos. Recorrer el camino sagrado. A modo de mantra. Me rindo a Sus pies. Y siento su vida. Y acompaño momentos. Y medito renovando fuerzas…
Cada cuenta de madera conforma un ritual sensible. Pasan unas tras otras las cuentas rozando las yemas de mis dedos…Todo acontece tan rápido! Sin embargo le da hondura a mi día. Tras 30 minutos sé que el Padre me abraza, que el Hijo me sostiene y que la Madre ruega por mí,…por todos nosotros; ahora y en la hora de mi muerte. Amén.
El Rosario es amable. Como amable es la Vida del que se presenta al encuentro…
@Ale Vallina

Amados y/o valiosos

Hay momentos en los que me pregunto, ¿es posible que Dios exprese más amor a unos que a otros? ¿Quiere Dios más a los “colaboradores” que a los demás? ¿Derrama mayores gracias a los que están todo el día “metidos” en las sacristías que a los que sólo aparecen alguno que otro domingo por la iglesia?
Aún entre personas “buenas” pareciera que existen diferencias en el amor que Dios otorga. Si reparamos seriamente en este pensamiento sabemos que no puede ser así. Pues esta imagen de un Dios repartiendo caprichosamente amor a unos tanto y a otros tan poco… no es el Padre de Jesucristo manifestado en los evangelios. Entonces, ¿por qué hay personas que han encontrado en Dios plenitud en sus vida tan solo apareciendo los domingos  de vez en cuando…y, sin embargo, hay otras que estando todo el día “metidos” en la iglesia parece que luchan día a día por sentir algo de ese amor divino? He conocido a buenas personas que me han hecho recordar a aquella mujer sirio-fenicia que respondió a Jesús que los perritos comen debajo de la mesa, de las migajas que caen de la mesa de los hijos de los señores (Cf.Mc 7, 16). Estas personas sienten que el amor no es algo gratuito sino un tesoro valioso que sólo se consigue a costa de mucho esfuerzo.

¿Es verdad que el amor de Dios sólo se recibe como premio al esfuerzo? Me inclino a pensar que el inconveniente se debe a que hemos invertido el orden entre sentirnos «amados» y ser considerados «valiosos» o «elegidos» por Dios.  Si has aprendido a experimentar amor por medio de las destrezas de tus capacidades personales, es factible que te hayas acostumbrado a sentir amor sólo en función de lo que puedes lograr. Demostrando a otro lo «valioso» que eres, para recibir amor y sentirte elegido, al igual  que hacer «algo por alguien» para sentirte amado caes en una trampa mortal. En algún momento ya no tendrás la fuerza ni la vitalidad para hacer «algo por alguien» o, en el peor de los casos, llegará el momento en que no necesiten más de tu colaboración. ¿Y qué sucederá entonces? Que la ausencia o falta de amor de los demás será proporcional a la sensación de in-utilidad. Sentirás que te desplazan, que te hacen a un lado, que dejan de contar contigo, que ya nadie se acuerda de ti… Y detrás de toda esta avalancha de pensamientos y sensaciones te sentirás una persona profundamente abandonada y sin amor. Dios no nos ama porque seamos valiosos, ni nos elige por nuestras capacidades personales. El orden es paradójicamente inverso. Es su amor, infinitamente gratuito y sin mérito alguno de nuestra parte, el que nos convierte en personas valiosas. Es su amor el que nos elige. No nuestras ofrendas las que nos convierten en su elegido. Para experimentar el Amor que desciende de lo Alto, distinto del amor confuso que a veces nos ofrecemos entre nosotros, es necesario reconocerte in-útil, o en un lenguaje evangélico “pobre”. Esto no significa que tengas que humillarte o que entierres tus talentos, sino que comprendas que el amor que viene de Dios es infinitamente superior a tus logros. No nos ama porque le seamos útiles en la sacristía…Ese es el amor confuso que ofrecemos los hombres, sino simplemente porque somos sus hijos. Tal vez por ello el pobre puede experimentar más amor que aquellos que se consideran «ricos». El pobre es consciente de que no tiene nada que ofrecer y, por lo mismo, sabe que todo lo que recibe es gracia y no recompensa por sus logros. El amor «comprado» jamás ha convertido a una persona en un ser pleno.
P. Javier Rojas sj
Amar al propio "rebaño" no es atracarle de golosinas. Es estar diespuesto a sacrificar la propia reputación y a sacrificarse a sí mismo. Es comprometerse con él, y no esconderse tras de una ley o bajo cualquier pretexto para esquivar el compromiso.
El "rebaño" nota muy pronto si alguien se entrega a él de verdad; si está abierto y dispuesto siempre a escuchar. Un pastor que no permite a sus ovejas llamar a su puerta más que de dos a cuatro, del martes al viernes, no es un buen pastor. La gente vendrá el sábado, entre la medianoche y la una de la madrugada. Siempre vendrán cuando uno no quisiera que viniesen, cuando uno está ocupado o en medio de la noche; porque es que lo están pasando mal; y vendrán, si saben que el pastor siente una honda preocupación por ellos y por sus necesidades. El buen pastor está siempre a disposición de recibirles; abierto siempre porque siente inquietud por sus ovejas, y dispuesto a dar su vida. El buen pastor no tiene vacaciones; cuando descansa, sostiene a su pueblo.

Jean Vanier


Comienza la semana poniendo la confianza en Él.

domingo, 6 de octubre de 2013



Todo cambió cuando, un buen día, de manera absolutamente inesperada, un ángel se le apareció a Miriam y le dijo que Dios la había escogido para una tarea muy especial. La primera reacción de Miriam fue el miedo. Al notarlo, el ángel le aseguró que no había razón alguna para que estuviera asustada. El miedo se tornó en incredulidad cuando el ángel siguió hablando. Dios –le dijo el ángel- la había elegido para ser la madre de su Hijo, un niño que sería concebido por su unión con el Espíritu de Dios. Instantáneamente, la cabeza de Miriam se llenó de miles de preguntas. De nuevo apareció el miedo, al caer ella en la cuenta de algunas de las implicaciones de lo que se le había propuesto. Pero la confianza en la bondad de Dios, absolutamente fiable, fue el más profundo y seguro instinto de Miriam, la cual no necesitó más que un momento para responder: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).


David G. Benner (Entregarse al Amor)

« 5 Los apóstoles dijeron al Señor: "Auméntanos la fe".  6 Respondió el Señor: "Si tenéis una fe del tamaño de un granito de mostaza, podríais decir a este sicómoro: "Desarráigate y plántate en el mar", y os obedecería.  7 ¿Quién de vosotros que tenga un criado arando o guardando el ganado le dirá, al llegar éste del campo: "Anda, ponte en seguida a la mesa?".  8 ¿No le dirá más bien: "Prepárame de cenar, y disponte a servirme hasta que yo coma y beba; que luego comerás y beberás tú?".  9 ¿Acaso tiene que darle las gracias al criado, por haber hecho éste lo que se le manda?  10 Pues igualmente vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: "Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que teníamos que hacer"»

Lc 17, 5-10

Hay gente que cree en Jesús porque la fórmula “si (tal cosa….) entonces creo” les ha resultado. Es un tipo de creencia muy extendida. Estas personas creen en Dios en función de lo que es factible comprobar y luego explicar. Así, muchos dicen: “Si logro, alcanzo, escapo…entonces creo que Jesús existe”.
Puede ser que esta fórmula haya logrado que muchas personas se acercaran nuevamente a la Iglesia, pero acaso ¿perseveran?. En algún momento la fórmula mágica de creer porque me concedió el “milagro” se acaba, y entonces qué, ¿Jesús ya no es tan bueno, poderoso y amigo como antes?
Es natural y razonable que queramos comprender lo que nos sucede o acontece. Es lícito pedir explicaciones. Necesitamos entender muchas veces lo que nos pasa para poder librarnos de la ansiedad que nos produce no saber qué nos sucede. Pero, ¿se funda nuestra fe en explicaciones lógicas?.  Ello no significa que carezca de razones, pero las que posee tiene un fundamento distinto…
Cuando los discípulos piden a Jesús «Auméntanos la fe» lo hacen porque perciben que la que tienen es insuficiente. Comprueban que el Mesías que esperaban no coincide con el que habían imaginado. Y se sienten perdidos y desorientados, porque el obrar de Jesús contradice toda lógica y quebranta leyes religiosas.
Ellos perciben que si quieren seguir a Jesús necesitan “algo más” de fe. Una dosis nueva de fe porque la que tienen no les alcanza para explicar lo que ven. En pocas palabras, ante el misterio se sienten incapaces de poder encontrar explicación alguna.
Jesús les da una respuesta sorprendente. Les dice «Si tenéis una fe del tamaño de un granito de mostaza, podríais decir a este sicómoro: "Desarráigate y plántate en el mar", y os obedecería». Lo que Jesús les dice en definitiva es que no les falta un “poco” más de fe para aumentar la que tienen, sino que necesitan fe verdadera. La fe no es expresión de explicaciones lógicas. No resulta de leer, comprobar, aclarar lo que no puedes explicar, sino todo lo contrario. Fe es experiencia de encuentro con Alguien, que junto con revelarse también se oculta en el Misterio. Creer en Alguien y no en algo. Afianzar la confianza en una Persona que sostiene y acompaña en el misterioso tramo de la vida.
No es “cantidad” de fe lo que los discípulos necesitan, sino calidad. Deben abandonar sus antiguas creencias matemáticas, para apoyarse en Dios. En el verdadero Dios. Dejar de lado las estructuras externas de comprobación para hacer sitio al Misterio…
Recuerdo que en una ocasión fui a una sala de 5 años a buscar niños para realizar una tarea escolar. No tenía pensado escoger a alguno en particular, así que tan sólo pregunté “¿Quién quiere ir conmigo a….” Y antes de que me dejaran terminar la frase, y sin saber a dónde los conduciría, todo el curso levantó la mano mostrando su disposición para ir a dónde sea. En esa ocasión me dije; “Ojalá mi disponibilidad para seguir a Jesús, independientemente de adónde fuera, sea tan firme como la de estos niños”. El gesto de aquellos niños fue para mí un ejemplo de lo que es tener fe. Sin saber a dónde irían: confiaron…. Ahora bien, si haces lo mismo con los niños, no mucho más grandes, comienzan con las preguntas ¿Para qué? ¿Y dónde queda? ¿Es divertido? ¿Qué vamos a hacer?. Estoy seguro de que los adultos hacemos este tipo de cuestionamientos y que además son mucho más rebuscados.
Tener fe en Dios significa confiar en Alguien en medio del misterio insondable. Mantener la decisión firme de continuar a su lado, aun en medio de lo inexplicable que puedan ser algunas situaciones. Tener fe como un granito de mostaza es dejar toda seguridad para zambullirme en el misterioso mundo de un Dios que es Padre. ¿De qué tamaño es tu fe?


P. Javier  Rojas sj

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