jueves, 31 de octubre de 2013

San Pablo nos dice que no debemos “extinguir el Espíritu” que es la presencia viva de Dios en nosotros y esa presencia de Espíritu está dada por la capacidad  de “alegría” que podemos albergar en nuestra alma, alegría que en definitiva es la que se contagia a los demás.

P. Javier Rojas sj
“La loca de la casa” como llamaba Santa Teresa a la mente, no cesa de jugarnos malas pasadas. O nos atrapa en el pasado, sumergiéndonos en lo que fue y ya no es (o no pudo ser). O nos lleva a un futuro ilusorio, terrible o maravilloso…pero siempre irreal.
Nuestro deber, como hijos de Dios, es permanecer en el instante presente. “Ahora” es el momento propicio para escuchar lo que Él tiene para decirnos.
Para que “la loca de la casa”, ruidosa y distractora no tome las riendas y se convierta en la rectora de las decisiones de nuestra vida es menester discernir a la luz del Espíritu. Para ello nada más propicio que el silencio…Entremos en él como quien penetra en un santuario ( de hecho así es)
Necesitamos acallar los ruidos para escuchar en la soledad que fecunda, la voz del Amor.
"Venga el Silencio en nuestra ayuda"
@Ale Vallina

Me maravillo al imaginar la capacidad de escucha que poseía Jesús y que lo hacía estar atento a todos los que se encontraban en su camino. Escuchaba con los oídos pero sobre todo con su corazón. Escuchaba lo que le manifestaban con palabras y también lo que sus interlocutores callaban. Pero fue fundamentalmente un Hombre que escuchó con atención la voluntad del Padre e hizo lo que Dios deseaba...
En muchas ocasiones le ruego a Jesús que me regale tan siquiera un puñadito de su capacidad de escucha. Y en mi alma recreo la escena del sordomudo que se encontró con Él. Entonces me le acerco para que me imponga las manos y lave mis oídos con su saliva. Y necesito que tal cual como con el sordomudo me diga: "Efatá" (Ábrete) y pueda escucharlo en todo y en todos...
@Ale Vallina
Con Jesús todo es posible. No lo hemos de olvidar nadie. El ha venido para buscar y salvar lo que nosotros podemos estar echando a perder. Para Jesús no hay casos perdidos.
José Antonio Pagola

miércoles, 30 de octubre de 2013

Amen con todo el corazón, sorpréndanse, agradezcan y alaben, y así descubrirán la plenitud de la vida.
Hermano David Steindl-Rast, O.S.B

Gracias a la vida que me ha dado tanto....

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martes, 29 de octubre de 2013




La primera tarea de una Iglesia fiel a Jesús no es condenar a los pecadores sino comprenderlos y acogerlos amistosamente. En Roma pude comprobar hace unos meses que, siempre que el Papa Francisco insistía en que Dios perdona siempre, perdona todo, perdona a todos..., la gente aplaudía con entusiasmo. Seguramente es lo que mucha gente de fe pequeña y vacilante necesita escuchar hoy con claridad de la Iglesia.
José Antonio Pagola

lunes, 28 de octubre de 2013


No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío.

Quiere lo que Dios quiere. Ofrécele, en medio de inquietudes y dificultades, el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo, acepta los designios de su providencia. Poco importa que te consideres un frustrado si Dios te considera plenamente realizado; a su gusto. Piérdete confiado ciegamente en ese Dios que te quiere para sí. Y que llegará hasta ti, aunque jamás lo veas. Piensa que estás en sus manos, tanto más fuertemente agarrado, cuanto más decaído y triste te encuentres.

Vive feliz. Te lo suplico. Vive en paz. Que nada te altere. Que nada sea capaz de quitarte tu paz.

Ni la fatiga psíquica, ni tus fallos morales. Haz que brote, y conserva siempre sobre tu rostro, una dulce sonrisa, reflejo de la que Dios continuamente te dirige.

Y en el fondo de tu ser coloca, antes que nada, como fuente de energía y criterio de verdad, todo aquello que te llene de la paz de Dios.

Recuerda: cuanto te reprima e inquiete es falso. Te lo aseguro en nombre de las leyes de la vida y de las promesas de Dios. Por eso, cuando te sientas apesadumbrado, triste…, adora y confía”.
Pierre Teilhard de Chardin 

domingo, 27 de octubre de 2013


«El último salió justificado»

       

«Jesús contó esta otra parábola para algunos que, creyéndose buenos, despreciaban a los demás: Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro uno de esos que cobra impuestos para Roma. El fariseo, de pie, oraba así: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, malvados y adúlteros. Ni tampoco soy como ese cobrador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y te doy la décima parte de todo lo que gano.” Pero el cobrador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” Os digo que este cobrador de impuestos volvió a su casa perdonado por Dios; pero no el fariseo. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido.»

                      Lc 18, 9-14


En todas partes hay personas a las que les gusta ser consideradas como buenas y justas, como que  sobresalen por encima de todas las demás.
Jesús cuenta una parábola para aquellas a las que no les gusta que lo bueno que hacen pasen desapercibido sin el debido reconocimiento.  A estas personas les encanta que su mano izquierda se entere de lo que hizo la derecha (Cf. Mt 6, 3)
El pedido de Jesús a estar en constante vigilancia y oración, nos exige repasar debidamente nuestras actitudes y modos de rezar. Emprender “grandes o pequeñas” empresas por amor a Dios y el bien del prójimo es un gesto de amor comprometido, pero hemos de tener cuidado de que no se filtren anhelos ególatras de reconocimiento.
Jesús plantea una ecuación maravillosa. Aquel que dice amar a Dios y emprende grandes tareas en su nombre pero desprecia a los demás, no es bueno. La bondad de una persona no se deriva del  servicio a Dios solamente. No basta, según el evangelio, que alguien realice grandes sacrificios y ofrendas a Dios si no ama y respeta a su hermano.
Pero además, el desprecio al que hace alusión Jesús en la parábola es la de un hombre que se considera justo ante Dios pero a costa de humillar y despreciar a otro.
¿Qué actitud tenemos frente a las personas que nos rodean? ¿Te sientes mejor que muchos cristianos simplemente porque no cometes pecados “públicos”?
A los cristianos nos han enseñado que no se debe "condenar a la persona sino al pecado”,  pero en realidad muchas veces no nos interesa siquiera el otro, sino el propio reconocimiento ante los demás, considerándonos como modelos ante ellos…
En algunas comunidades, en ocasiones, se amontonan personas a las que les gusta ir con cuento al sacerdote de turno. Tratan por todos los medios de que se la considere indispensable y servicial, a costa de ventilar los defectos de todos los demás. Un sacerdote poco avispado o muy preocupado por otras cosas, fácilmente caerá en la trampa de creer que tan  “sublime” colaborador sólo está preocupado por ayudar en el servicio de Dios. 
El fariseo y el publicano estaban haciendo algo objetivamente bueno: los dos estaban orando. Pero la actitud interna los diferencia. Mientras el primero anhelaba que se le reconozca lo bueno que era cumpliendo la ley y entregando el diezmo, el publicano simplemente suplicaba a Dios que tuviera compasión de él. Los diferencia la actitud interior con la que se dirigen a Dios.
Las actitudes que pide Jesús que vivamos no se logran simplemente hincándonos de rodillas en los templos. Se requiere reconocer que Dios es el único justo, y que su amor es el que nos hace buenos. Es su amor el que nos renueva por dentro.
A veces andamos tan atacados de celos, de afán de reconocimiento, de complejos  e inseguridades por compararnos con los demás, que nuestra oración se convierte en una necesidad imperiosa porque Dios nos considere buenos.
El fariseo cumple lo prescrito y por eso se cree justo. Piensa que por hacer lo que debe es bueno, y que por eso puede despreciar a los demás.
Dice el evangelio que el fariseo no fue perdonado por enumerar sus deberes y cumplimientos. El publicano, en cambio, oraba pidiendo a Dios misericordia. El fariseo no necesitaba que Dios lo salvara porque ya se sentía salvado por cumplir con sus deberes.
Termina el Evangelio recordándonos que la humidad ante Dios y ante los demás es lo que engrandece al hombre. Porque nada hay de qué presumir quien sabe que todo lo que tiene es don  gratuito de Dios.


P. Javier Rojas sj

           
¿Cómo miro a mis amigos, vecinos, parientes que no practican los rituales religiosos?
¿Cómo creo que los mira Jesús?

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