lunes, 10 de marzo de 2014

Cada uno de nosotros, con una pizca de sinceridad, un ápice de autoconocimiento y francos deseos de mejorar como personas, debemos formularnos una pregunta que resulta ineludible: ¿cuál es mi falta o mis faltas reiteradas?, ¿cuáles son mis debilidades, allí por donde suele colarse el mal espíritu y penetrar en mi vida para destruirme y destruir mis relaciones?, ¿con qué piedra suelo tropezar continuamente?
Es bien sabido que, quién decide seguir los designios del Espíritu, será tentado por las fuerzas del mal. No hay nada que le moleste más al mal espíritu que una persona que crece y se va configurando con Cristo…
Deberemos, pues, estar muy atentos; caminar con humildad -sabiendo que pueden ser muchas las caídas- y recurrir a la oración perseverante y confiada. Orar, sin desfallecer, aconsejan los místicos. Siempre y en todo lugar.
Durante el transcurso de nuestra vida serán muchas las tentaciones que pretenderán alejarnos del camino de Jesús. Por ello es primordial conocer esas zonas grises de debilidad, aquellos errores frecuentes, esos pecados recurrentes que nos hunden. Si los conocemos, pues manos a la obra: trabajar para vencernos a nosotros mismos y pedir la gracia… Si aún no percibimos claro cuál es el resquicio por donde se introduce el mal en nuestra vida, también pedir la gracia…
En definitiva, el esfuerzo personal siempre es sustentado por la gracia divina.
@Ale Vallina.

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