lunes, 24 de marzo de 2014

Como los anteriores lunes continuamos meditando con los personajes de la cuaresma. Hoy meditaremos con Ester
Libro: Los personajes bíblicos de la Cuaresma y del tiempo de Pascua. Lectio divina.
Autor: Pier Giordano Cabra

Ester hace una petición de ayuda porque está sola, solo encuentra socorro en el Señor y tiene que exponerse al miedo de hacer frente al rey: de hecho, la pena de muerte estaba reservada a la reina si se presentaba ante el rey sin ser llamada (4,11). Ester ha recibido una educación religiosa desde pequeña y sabe que su pueblo es aquel con el que Dios ha hecho una alianza cumpliendo todo lo que hasta entonces le había prometido. Su pueblo ha caído presa del enemigo en condiciones de esclavitud, como consecuencia de la adoración de otros dioses. Ella se arriesga por su pueblo, intercede por él porque es su vida, su historia, y está identificada también con la mala suerte a la que es sometido, es decir, la destrucción. La reina pide al Señor el valor de afrontar también la muerte con tal de presentarse ante el rey antes de que este la llame.
Ester se atreve a recordarle a Dios que se haga presente en el dolor de su pueblo y que le dé el valor para hacer frente «al león» (4,17gg), es decir, al rey, su esposo, no solo alentándola a presentarse ante él, sino sugiriéndole las palabras exactas para su causa justa. La súplica está inspirada por la soledad humana que la arrolla y no le permite llevar sola el peso de la tragedia anunciada.
Meditatio
En situaciones dramáticas, en la desesperación, en la soledad más profunda, cuando el desaliento y la desolación toman la delantera en todo, no hay consolación. Ni siquiera el amigo más íntimo llega a sobrepasar la barrera del dolor; uno está como prisionero de la tristeza. No hay nada que ayude a entender. Estamos perdidos, abatidos, separados de todo y de todos. Nos sentimos solos con la carga pesada de la angustia.
De un modo único y verdadero, puede ser este el momento del encuentro con el Dios a quien hemos sido confiados desde el comienzo de nuestra vida: el Padre creador, el Hijo redentor, el Espíritu consolador. Puede ser la ocasión única para reconocer que nuestra condición, imperfecta y limitada a causa del pecado, necesita con urgencia la gracia del Señor para seguir adelante en el camino emprendido.
¡Quién sabe que también nosotros vivimos situaciones de profundo malestar para hacernos cargo de lo que falta a los padecimientos de Cristo! La Cuaresma nos induce y nos llama a volver la mirada y el corazón a Aquel que fue traspasado por nosotros en la cruz, nuestro amigo y Señor Jesús. Por consiguiente, no tenemos que avergonzarnos al afirmar que pertenecemos al reino de la humillación, de la pobreza y de la libertad, porque solo con Dios hay futuro seguro, solo con él se abren los resquicios.
La oración se hace intercesión, don para los demás, cirineo invisible de muchas personas que no son capaces de llevar su cruz; la oración se hace el tutor espiritual de quien es espiritualmente incapaz de caminar solo. De la oración florece una palabra sencilla y apropiada que, en el diálogo con el otro, hace que se maraville la misma persona que la dice y, al mismo tiempo, es acogida por quien la escucha.
La certeza de ser salvados se convierte en un «ya» que abre al «todavía no». Nuestra condición es la del «para siempre», porque Dios nos ha pensado y querido eternamente.
Oratio
¡Oh Señor! ¡Tú nunca nos abandonas!
Cuando estamos desorientados, escondidos por la melancolía, perdidos y llenos de miedo, tú estás ahí para darnos tu gracia. Tú eres amor siempre, tanto en lo bueno como en lo malo, en la alegría como en el dolor. Y cuando nos dirigimos a ti, nos das lo que eres, es decir, amor.
Sin saberlo y, a veces, sin ni siquiera desearlo, vivimos en este océano de tu paz y tú vienes siempre a socorrernos. Modelados por tus manos y vivificados por tu soplo, tú conoces nuestras fragilidades y durezas, tú sabes hasta dónde podemos llegar. Y, una vez que hemos llegado al final de nuestras posibilidades, tú nos esperas a fin de ayudarnos y sostenernos para que sigamos adelante, donde contigo lo imposible se hace posible. Amén.
Contemplatio
«¿Y para qué presentar una larga lista de los que alcanzaron de Dios los mayores favores orando de la manera que deben? Cada cual puede por sí mismo hacer una selección de ejemplos tomados de la Biblia. Ana, cuando todos la creían estéril, oró al Señor (1 Sm 1,9) y por ello dio a luz a Samuel, a quien se compara con Moisés (Jr 15,1; Sal 99,6). Ezequías, todavía sin hijos cuando Isaías le anunció que iba a morir, oró y fue contado en la genealogía del salvador (Mt 1,9-10; 2 Re 20,1; Is 38,1). Cuando el pueblo estaba a punto de perecer por decreto, debido a las intrigas de Amán, la oración de Mardoqueo y Ester con el ayuno fue escuchada y dio lugar a un nuevo día de fiesta, además de las solemnidades que había mandado Moisés (Est 3,6.7; 4,16.17; 9,26-28). Judit, habiendo hecho oración, con la ayuda de Dios venció a Holofernes. Así, una mujer hebrea humilló a la casa de Nabucodonosor (Jdt 13,49). Un viento fresco impidió que las llamas encendidas quemaran a Ananías, Azarías y Misael, porque fue escuchada su oración (Cántico de los tres jóvenes: Dn 3,50). Por la oración de Daniel, los leones de la cueva de Babilonia no abrieron la boca (Dn 6,22). Jonás no perdió la esperanza de ser escuchado cuando estaba en el vientre de la ballena que le había tragado.
Salió luego y cumplió entre los ninivitas la misión que apenas había empezado (Jon 2,34).
¡Cuántos beneficios tendríamos que contar cada uno de nosotros si quisiéramos recordarlos para glorificar a Dios...! Almas que fueron estériles la mayor parte del tiempo en su vida, cuando cayeron en cuenta de que no habían producido nada y eran espiritualmente estériles alcanzaron con la oración perseverante que el Espíritu Santo las hiciera concebir palabras de salvación llenas de conocimiento de la verdad, que salieron luego a luz. ¡Cuántos son los enemigos que marchan contra nosotros! Son muchas, efectivamente, las huestes de poderes adversos en lucha, deseando arrancar de nosotros la fe en Dios. Pero notemos que ellos confían en carros y caballos mientras que nosotros confiamos en el nombre del Señor (Sal 20,8). [...] El que confía en alabar a Dios (el nombre Judit quiere decir “alabanza”) despedaza incluso al jefe de los ejércitos del enemigo, que con su palabra falaz y engañosa acobarda a muchos incluso de los que ya se tienen por creyentes. ¿Qué decir de aquellos que, sometidos repetidas veces a la tentación, difícil de superar y más ardiente que la llama, nada sufrieron, pasando por las tentaciones totalmente ilesos? Ni les afectaron en lo más mínimo los daños corrientes de quemaduras y olor de hoguera [Cántico de los tres jóvenes 27]».
(ORÍGENES, La preghiera XIII, 2s, Cittá Nuova, Roma 1997, pp. 74¬76 [trad. esp.: Tratado sobre la oración, Rialp, Madrid 1994]).
Actio
Repite con frecuencia y vive la Palabra:
«¡Señor mío!¡Ven en mi ayuda., que estoy sola!»
(Est 4,17bb). "
Para la lectura espiritual
Ante el misterio de la muerte es difícil dar explicaciones lógicas, sobre todo cuando llega de un modo inesperado y trágico, como para la pequeña Marta. En estas circunstancias, nuestras palabras no son suficientes para colmar e! dolor de los familiares; el silencio es mucho más elocuente y eficaz. Aquel silencio que reinó sobre el Calvario en la hora de la muerte de Jesús, un silencio cargado de dolor para María, la madre de Jesús, para el apóstol Juan y para María Magdalena.
La única palabra verdadera y eficaz es la de Dios: dejémonos guiar y consolar por ella. Pensando en esta celebración, para dar el último saludo cristiano a la pequeña Marta, os confieso que me ha costado encontrar pasajes de la Escritura que fueran idóneos para esta circunstancia. Así que me puse a ver las lecturas que la Iglesia nos propone para la liturgia del jueves pasado, día nefasto para la familia Tenani, para ¡os maestros de Marta, sus compañeros y para todos nosotros.
En la lectura del libro de Ester he encontrado alivio y consuelo, porque, al mismo tiempo que Marta dejaba repentinamente esta vida, Dios hablaba a la Iglesia universal, esparcida por la faz de la tierra. Por consiguiente, nos hablaba también a nosotros, bautizados o no, creyentes y ateos, practicantes o no. Ester, una reina muy joven y bella, «presa de una gran angustia mortal por el peligro que se cernía sobre ella y sobre su pueblo, buscó refugio en el Señor. Se puso a suplicar a Dios diciendo: "Señor mío... ¡tú eres el único! Ven en mi ayuda, que estoy sola y no tengo otro socorro sino tú"». El grito de Ester es el de los familiares de Marta y el de todos nosotros. Es un grito de oración, de ayuda, de socorro, para tener fe en estos momentos trágicos, cuando parece que Dios está ausente. En cambio, él escucha la oración del pobre, del humilde, del abandonado, de! rechazado, del inocente, como escuchó ¡a oración de su Hijo unigénito desde la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? En tus manos entrego mi espíritu», es decir, mi vida [...].
Queridos familiares de Marta, termino dejándoos con la última frase de la reina Ester, que hemos escuchado: «En cuanto a nosotros, sálvanos con tu mano y socórrenos, porque estoy sola y no tengo otra ayuda que la tuya, Señor, que todo lo conoces».

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