lunes, 17 de marzo de 2014

Continuamos el recorrido a partir del libro “Los personajes bíblicos de la Cuaresma y del tiempo de Pascua. Lectio Divina” de Pier GIORDANO CABRA, conociendo a distintos personajes de este tiempo litúrgico.

En el día de hoy rezaremos con “PEDRO, SANTIAGO Y JUAN. LA TRANSFIGURACIÓN”
Meditatio
Pedro, Santiago y Juan son verdaderamente compañeros de camino en el seguimiento de Jesús hacia la Pascua. Llenos de contradicciones, son capaces de reconocer en su Maestro al mesías y, al mismo tiempo, no comprenderlo. Dentro de ellos se entrelazan y se confunden el conocimiento auténtico de él con sus expectativas y su idea de mesías. Jesús es inexorable al reeducar sus concepciones humanas y, al mismo tiempo, es paciente al crear en ellos el espacio para acoger y comprender la verdad en su totalidad mediante la experiencia de la transfiguración, de la cruz y, finalmente, de la resurrección.
Cuántas veces también nosotros, afectados por el sufrimiento o por pruebas que nos parecen incomprensibles y superiores a nuestras fuerzas, nos interrogamos sobre aquella fe que en otros tiempos parecía darnos la razón de todo con extrema claridad. Cuántas veces revestimos al Señor con nuestras ideas, nuestras expectativas y nuestros (pre)juicios; llega después la confrontación con la cruz y quedamos consternados. Se hace entonces importante saber habitar la soledad como lugar de encuentro auténtico y profundo con Dios, sin perder de vista el hecho de que la luz es don gratuito que no podemos manipular ni programar, sino solamente acoger. Así hicieron los discípulos que, a pesar de todo, se dejaron conducir por Jesús al monte, en soledad, y después continuaron su seguimiento hasta la cruz aun sin entender, aun con la dificultad y el esfuerzo de un seguimiento tan exigente.
En tiempo de duda y de desorientación se nos puede dar, como a ellos, una luz que nos confirme en la fe, y puede llegar a través de una persona, o en la oración, o escondida en la trama de la vida cotidiana. Probablemente no se tratará de una experiencia llamativa y será necesario prestarle atención para captarla; tal vez no intuyamos inmediatamente su sentido y su valor, pero se mantiene en nuestro interior y nos sostiene, como les sucedió a los apóstoles, que pudieron comprender el significado de la transfiguración solo después de la cruz y la resurrección. Como ellos, nosotros podemos ya ahora seguir a Jesús tal como somos, con nuestras contradicciones, aunque al aproximarnos a Dios experimentemos el temor al mismo tiempo que la belleza, como Pedro. A cada uno de nosotros nos dice el Padre: «Este es mi Hijo amado, escuchadle».
Oratio
Señor Jesús, Hijo amado del Padre, en la noche de la prueba, en la duda y en la incomprensión, cuando aumenta la angustia y seguirte se hace difícil, concédeme saber dejarte a ti la iniciativa. Concédeme continuar siguiéndote, aunque todo me parezca absurdo e incomprensible. Ayúdame a buscar no tanto el entender cuanto el reconocer y acoger las luces que me ofreces escuchando tu Palabra, dejándome interpelar por tu misterio. Dame un corazón humilde, que no tenga la presunción de conocerte tan bien que dé por descontado lo que eres. Fortalece en mí la valentía de volver a ponerme en juego cada vez que destruyas mis convicciones para hacer cada vez más profundo y verdadero el conocimiento de ti. La experiencia dulce y confortante de tu presencia y la percepción de un destello de tu belleza, que se trasluce por las cortinas de mis nieblas, sea dentro de mi luz resplandeciente que no me haga encerrarme en mí mismo, sino que me dé fuerza para recorrer las curvas de la existencia con la certeza de tu resurrección. Amén.
Contemplatio
«Era necesario que los apóstoles albergaran con todo el corazón aquella fuerte y bienaventurada entereza y no temblaran ante la dureza de la cruz que tenían que tomar. Era necesario que no se ruborizaran del suplicio de Cristo ni consideraran que era una vergüenza para él la paciencia con la que tenía que padecer los sufrimientos de la Pasión sin perder la gloria de su poder. Así, “Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan” (Me 9,2), subió con ellos a un monte, aparte, y les manifestó el esplendor de su gloria [...].
Sin duda, la transfiguración tenía como primer objetivo remover del corazón de sus discípulos el escándalo de la cruz, para que la humildad de la Pasión, libremente sufrida, no perturbara la fe de aquellos a los que se les había revelado(…)
Lo que la lectura de este evangelio, que nos muestra a Dios, a Cristo Hijo de Dios, quiere expresar es lo siguiente: «Los hombres lo golpearán, los hombres le escupirán, pero no es un derrotado; es él el que se abandona a los hombres por amor. Es un bien deslumbrante de victoria en la aparente derrota». Pero entiendo que en el fondo Pedro y los demás no hayan comprendido nada. Es humano, porque es muy difícil entender y comprender lo que es el punto de vista más difícil de todos: el punto de vista de Dios. Por consiguiente, entiendo cómo ante este Cristo transfigurado, misteriosamente terrible, majestuosamente grande, ante él, Pedro dijera: «Qué bien se está aquí; es hermoso estar aquí». [...], Transfiguraba en realidad objetiva lo que era realmente una transfiguración humana. Se queda tan deslumbrado por la revelación que casi quiere apartar a Cristo de su misión, de su camino a Jerusalén, y querría que cambiara de camino y de meta. También por él, pobre Pedro, siente temor; escucha de nuevo las palabras de Cristo que anuncian la Pasión y, temblando, dice: «Maestro, quedémonos aquí» [...].
Pero cuando Cristo lleva la cruz, ¡qué difícil, duro e inaceptable es seguirle! Y, sin embargo, Cristo baja del Tabor porque su misión no está allí, sino en otro lugar; está allí donde hay hombres que tienen hambre y sed; allí está su misión y la de todo cristiano.
(La voce di don Bensi. Vangeli a 5. Michelino, Librería Editrice Florenti¬na, Firenze 1986, pp. 93-95).


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