domingo, 2 de marzo de 2014

«Enriquecer la vida »

« 24 "Ninguno puede servir a dos señores, porque odiará al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.  25 "Por tanto os digo: No os angustiéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido?  26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y, sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?  27 ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se angustie, añadir a su estatura un codo?  28 Y por el vestido, ¿por qué os angustiáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan;  29 pero os digo que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos.  30 Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe?  31 No os angustiéis, pues, diciendo: "¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?",  32 porque los gentiles se angustian por todas estas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas ellas.  33 Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.  34 "Así que no os angustiéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propia preocupación. Baste a cada día su propio mal »

Mt 6, 24-34


        Cada vez que escuchamos este evangelio u otro pasaje semejante pensamos enseguida que Jesús está en contra del dinero y que lo condena. En realidad no es así. A Jesús no le preocupa el dinero, sino lo que ocasiona en el corazón del hombre cuando éste se apega o desordena por su causa.
        De lo que trata de advertir es del empobrecimiento que produce en el alma cuando se pone la confianza solo en el dinero. Estas palabras de Jesús pretenden que examinemos cuidadosamente « ¿dónde tenemos puesto el corazón?» o dicho de otro modo, « ¿Qué o quién gobierna nuestra vida?»
Según este evangelio aquel que tiene el corazón puesto en el dinero anda inquieto. Inquieto por el día de mañana, cuando no puede agregar un solo día más a su existencia. Inquieto por lo que va a comer, beber o vestir. Inquieto porque teme perder lo que pretende acumular. Inquieto, en definitiva, por miedo a la pobreza, que para el evangelio tiene una significación distinta. Jesús no alaba la pobreza que es consecuencia o resultado de la mezquindad de los particulares o de la corrupción de los gobiernos…
          La pobreza que alaba es la del hombre que ha puesto su corazón en Dios. Ya sea que tenga dinero o no. Porque el dinero no es el problema, sino el afán por convertirlo en el «señor» de nuestra vida. Cuando el dinero es el «amo» de nuestra existencia, andamos inquietos porque siempre podemos perderlo y quedar desamparados. Y éste es el miedo que tenemos. Miedo a quedar desamparados.
Jesús desea que comprendamos que aunque una madre abandone al hijo de sus entrañas, Dios jamás nos abandonará ni nos dejará desamparados. Porque valemos más que todo lo que existe  y cuida de nosotros más que a toda la creación.
         El dinero ofrece muchas posibilidades pero también exige mucho a los que se convierten en sus vasallos. Cuando el dinero, aunque también puede ser el poder, la imagen, el prestigio, etc., se convierte en el amo o señor de nuestra vida es porque nos sentimos inseguros y necesitamos algo en que apoyarnos o confiar. Y lo que Jesús quiere enseñarnos es que la manera más segura de vivir es confiar en Dios. Porque el dinero se acaba, se devalúa, se retiene, le ponen un “cepo” o queda encerrado en un “corralito”.
           Son muy ciertas aquellas palabras del P. Pedro Arrupe cuando decía «aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando su huella en todo». Aquello en lo que pones tu confianza atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando su huella en todo... Por eso «Nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de Él de una manera definitiva y absoluta.»
        En lo que pongamos nuestra confianza terminará por gobernar nuestra vida, nuestras palabras y conducirán nuestras acciones. Y puede que nuestros corazones estén llenos de buenas intenciones pero sin el ejercicio de cultivar la relación con Dios por medio de la oración y de los sacramentos difícilmente podamos poner nuestra confianza en Él. Cuando el corazón reposa en Dios y encuentra en Él seguridad nuestra vida se enriquece.
        Necesitamos retornar  a Dios y que sea nuestro amor a Él quién nos brinde confianza y seguridad para vivir sin temor al futuro.

 P. Javier  Rojas sj

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