lunes, 3 de marzo de 2014

Personaje “El Tentador”
El pasaje de las tentaciones ( Mt 4, 1-11) nos recuerda algo importante y que a todos nos resulta muy difícil asumir: esta batalla no se combate casi nunca contra criaturas de carne y sangre, sino contra el mal, contra la mentira. El verdadero combate es solamente interior: acontece en mi corazón, en el que dejo que habiten potencias invisibles, mentiras y tinieblas. ¿Tendré la lucidez para acordarme de que mientras me limite a combatir a los demás me estoy equivocando de objetivo? Si no admito esto, todo lo que soy y lo que hago es «ensuciado» por la mentira que llevo dentro de mí. El tentador es muy hábil al insinuarse justo allí donde surgen las intuiciones más profundas, las pulsiones más íntimas, lo que es visceral: el corazón, justamente, el lugar donde tienen su sedelas emociones y los sentimientos, que, bíblicamente, es el lugar de la decisión. Este es nuestro verdadero campo de batalla. Revistiéndonos con la armadura de Dios (cf. Ef 6,10 12), permitimos a su Espíritu llegar a la sede más auténtica de nuestro ser, donde cada uno genera la verdad de sus actos, para producir un cambio. En este sentido, la tentación es una oportunidad para llegar a la verdad. El texto mateano de las tentaciones es, por lo tanto, una invitación a estar siempre dispuestos para el impacto con la verdad, es decir, a estar siempre preparados para un cambio, a ir más allá de lo que pensamos para descubrir una verdad más grande, escondida, siempre más allá de aquella apariencia que el tentador quiere hacer que parezca verdadera.
Oratio
Padre, acepto el desafío que la realidad me presenta y con la ayuda de tu Espíritu entablo la única batalla que merece la pena combatir, la única que puede hacerme redescubrir y reencontrar.
Ayúdame a recomponer la unidad de los fragmentos de mis años, los días perdidos en batallas inútiles, las horas dejadas en poder del enemigo. Ya no temo. Con las armas de la luz afronto la tiniebla que hay en mi corazón para combatir la batalla de la autenticidad, para quitarme de encima mis ambigüedades, para ridiculizar al tentador, desenmascarar sus trampas y mofarme de sus mentiras. Ya no quiero ser una mala copia de mí mismo; no seré ya lo contrario de lo que realmente soy. Y, dejando renovar mi corazón, reconduciéndolo a la autenticidad, podré estar en plena comunión contigo y con los hermanos, en Cristo, tu Hijo. Amén.
Contemplatio
«El hombre no se conoce a sí mismo como Dios lo conoce, al igual que el enfermo no se conoce a sí mismo como lo conoce el médico. El hombre es un enfermo. El enfermo sufre, no el médico, que espera oír de él qué le hace sufrir. Por eso, en el salmo grita el hombre: "Purifícame, Señor, de las cosas ocultas" (Sal 19, 13). Porque, en efecto, hay en el hombre cosas que le están ocultas a sí mismo, y no salen fuera, no se abren, no se descubren sino con las tentaciones. Si Dios deja de tentar, el maestro deja de enseñar. Dios tienta para enseñar, mientras que el diablo tienta para engañar. Si quien es tentado no le da la ocasión, el diablo puede ser rechazado y verse, así, con las manos vacías y ridiculizado. Por eso recomienda el apóstol: "No deis ocasión al diablo" (Ef 4,27).
Repite con frecuencia esta invocación (cf. Mt 4,1) y vívela: «Que tu Espíritu, Señor, me guíe en la verdad».


Libro:  Pier Giordano Cabra " Los personajes bíblicos de la Cuaresma y del tiempo de Pascua". España, Sal Terrae, 2013.

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