lunes, 10 de marzo de 2014

Seguimos meditando con los personajes de la cuaresma.
Tal como lo hicimos con el "tentador" la semana pasada, hoy rezaremos con "el rico y el pobre Lázaro". Aunque un poco extenso este capítulo nos permitirá meditar durante todo el día la Palabra...

El libro es " Los personajes bíblicos de la Cuaresma y del tiempo de Pascua. Lectio divina." de PIER GIORDANO CABRA.
El rico y el pobre Lázaro
Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico... pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el infierno entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: "Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama". Pero Abraham le dijo: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros". Replicó: "Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento". Le dijo Abraham: "Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan". Él dijo: "No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán". Le contestó: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite". Lc 16, 19-31

La parábola refleja la concepción judía de la época, según la cual los muertos, en espera del juicio final y de la resurrección, permanecían en la ultratumba -un lugar dividido en espacios distintos para los pecadores y para los justos.
El segundo punto principal de la parábola emerge de la respuesta que da Abrahám a la petición que le hace el rico de mandar a Lázaro a sus hermanos para que los llame a la conversión antes de que sea demasiado tarde (w. 27-31) y concierne a la necesidad de creer y obedecer la palabra de Dios contenida en las Escrituras (cf. 24,27.44). En efecto, solo si se está dispuesto a correr el riesgo de la fe, se puede creer también en el milagro de la resurrección. Lucas alude aquí también a la reacción de incredulidad de algunos judíos, hijos de Abrahám solo por la sangre pero no por la fe (cf. 3,8), ante los signos mesiánicos realizados por Jesús.
Meditatio
El rico lo ha experimentado: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios»; pero ahora sabe que «lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios» (Le 18,25.27) -si los hombres están dispuestos a tomar en serio su palabra y a abrirse al don de la fe-. Es la fe la que crea en nosotros las condiciones para la conversión del corazón, la que nos hace acoger la misericordia del Padre y nos hace percatarnos del hermano que está a nuestro lado impulsándonos a amarlo.
Más que condenar la riqueza, Jesús pone en guardia contra el poder que tiene para poseer y ocupar todo el corazón del ser humano, subyugándolo a ella y no consintiéndole que le haga espacio a nadie más, ni siquiera a Dios. También nosotros tenemos esta misma experiencia cuando razonamos y nos comportamos como si todo fuera solucionable con el dinero y,
en definitiva, ponemos toda nuestra confianza en él, en vez de ponerla en Dios. Al final nos encontramos tal vez satisfechos en la superficie, pero en el fondo nos sentimos decepcionados y vacíos, infelices.
El problema, para nosotros como para el rico de la parábola, no es el dinero en sí, sino el uso que hacemos de él. La palabra de Dios nos dice que no basta con abstenerse de acciones malas, sino que también hay que hacer el bien, porque solo en el amor se encuentra la alegría del evangelio y solamente amando nos asemejamos al Padre. La conversión exigida es, por consiguiente, la de la confianza en el dinero y en todas las multiformes riquezas que pueden llenar nuestro corazón, a la confianza real en Dios. Más concretamente: ir al encuentro de las necesidades de los hermanos, aliviar sus sufrimientos, compartiendo con ellos también nuestros bienes y haciendo de nuestra vida un don.
Es difícil, porque en realidad apegamos con frecuencia el corazón a las riquezas; sin embargo, se hace posible en la medida en que estamos dispuestos a reconocer que nosotros somos los primeros que necesitamos la misericordia del Padre y la acogemos. El rico de la parábola, nuestro compañero de viaje particularmente en el tiempo de la Cuaresma, nos recuerda que ahora es el momento propicio', este es el tiempo en el que dejarse saciar por la única Palabra que salva y que nos hace capaces de vivir en el amor.
Oratio
Oh Dios, que todo lo puedes,
convierte nuestro corazón a tu Palabra,
danos una fe sincera, profunda, arraigada en la vida.
Oh Señor, que viniste a buscar lo perdido,
abre nuestros ojos para que reconozcamos nuestra pobreza
y tu misericordia que se nos ofrece continuamente.
Espíritu de amor,
que te has derramado en nuestros corazones,
enséñanos la obediencia a la Palabra y suscita en nuestra vida
el cántico de la gratitud que nos libera de la indiferencia
y nos hace capaces compartir valiente y generosamente.
Contemplatio
«Aprende del evangelio la morada del pobre y la morada del rico: el pobre reposa en Abrahám, el rico yace en el fuego. Puesto que la justicia varía los destinos, el que aquí había llorado, goza allí, y el rico pasa necesidad mientras que el pobre vive en la abundancia.
De estas enseñanzas aprendemos a vivir para Cristo la santa justicia y a dispensar una parte a los pobres. Tú, que desprecias al pobre, que te horrorizas al ver a un miserable y consideras de mal augurio el encuentro con un piadoso suplicante, que te admiras de un traje valioso y no te das cuenta de la sordidez de tu porte interior, llevas en el corazón todo cuanto consideras horroroso en el cuerpo del pobre; aunque seas rico, eres más inmundo que las telas andrajosas y que las llagas ulcerosas; desprecias al ciego, evitas tocar al leproso, oh, rico avariento, tú mismo amas tu lepra. Aquel es miserable y débil a los ojos de los hombres; tú eres infame ante Dios por la debilidad del espíritu. Improbo, desprecias al pobre que también es partícipe de tu naturaleza y por avaricia lo privas de la parte que le corresponde. Inicuo, todo lo que a ti te sobra sin utilidad alguna, lo que escondes en un hoyo cavado en la tierra, es parte que corresponde a los pobres. ¿Por qué retienes para ti lo que es de los demás?
El tiempo ha llegado; el Señor está ya cerca; apresuraos a prepararos para el encuentro con el Rey, mientras aún tenéis un poco de tiempo. Usad con benignidad vuestros bienes y arrancad del corazón la raíz del mal. Recoged en el corazón de los pobres la recompensa de vuestra vida y ungid vuestra cabeza con dádivas piadosas y besando los santos pies de
Cristo, el Señor, enjugadlos con los cabellos y lavadlos con las lágrimas».
(PAULINO DE ÑOLA, Carme XXXI, en I carmi, Cittá Nuova, Roma 1990, pp. 440-442, passim [trad. esp.: Poemas, Gredos, Madrid 2005]).
Actio
Repite con frecuencia esta invocación (cf. Le 16,29) y vívela:
«Señor, que escuche hoy tu Palabra».
Para la lectura espiritual
Los pobres no son una «clase»; de lo contrario, Cristo no habría proclamado la primera bienaventuranza, que carecería de sentido o tendría un sentido espantoso si los pobres fueran una clase.
Pobre es el hombre, todo hombre. No por los bienes que no posee, sino por lo que es, por aquello que no le basta y que le hace mendigar en cualquier parte, tanto si tiende la mano como si la cierra. El «puño cerrado» es un derecho gritado contra alguien. Aun cuando fuera satisfecho, inmediatamente después sería como si no hubiera recibido nada, porque el corazón no se reparte si uno no lo da. Nosotros necesitamos sobre todo repartir el corazón.
Me toco y me encuentro pobre. Si al menos sé pesar el valor de las cosas y no me dejo invadir por ellas. ¿Qué gano si me dejo invadir? Me convierto en dinero y estoy peor que antes: y con tanto dinero no compro el corazón del hombre. Compraré su falso homenaje, que esconde el odio de quien no tiene, la envidia de quien tiene, también de quien tiene más que yo. Con tanto dinero enfermo igualmente, lloro igualmente, envejezco igualmente y muero como quien nada tiene.
Parece esta una meditación monástica, pero se trata de un discurso común, aunque evitamos hacerlo. Sin embargo, todos lo piensan, y en primer lugar quienes no querrían pensar en él y, para no pensar, se encierran en la brevedad del tiempo y se apoyan en la fragilidad de las cosas, como si el primero no fuera breve y las segundas no fueran inconsistentes.
(P. MAZZOLARI, II coraggio del «confronto» e del «dialogo», Edizioni Club della Famiglia, Milano 1979, pp. 9s).

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