lunes, 7 de abril de 2014

LOS PERSONAJES BÍBLICOS DE LA CUARESMA Y DEL TIEMPO DE PASCUA.
Lectio divina
Autor: Pier GIORDANO CABRA

El padre misericordioso
Lucas 15,1-3.11-32
En aquel tiempo, 1 todos los publícanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle. 2 Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». 3 Entonces les dijo esta parábola: 11 «Un hombre tenía dos hijos. 12 El menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde". Y él les repartió la herencia. 13 Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su herencia viviendo como un libertino. 14 Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad.
15 Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus campos a apacentar cerdos. 16 Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie la daba nada. 17 Y recapacitando, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! 18 Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; 19 ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros". 20 Y, levantándose, partió hacia su padre.
Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó. 21 El hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo”.
22 Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. 23 Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;
24 porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse. 25 Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; 26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27 Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. 28 Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. 29 Más él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. 30 Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. 31 Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. 32 Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.”
       
«Un hombre tenía dos hijos» (v. 11) y un día el menor le pidió la parte de su herencia porque había decidido irse lejos. Como respuesta a la petición, el padre aceptó dividir sus bienes entre los hijos. Al primogénito, según la ley judía (cf. Dt 21,17), le correspondían dos partes de la herencia; por lo tanto, si los hijos eran dos, el menor habría recibido una tercera parte. Habitualmente se recibía la parte de la herencia al morir el padre, pero también existía la posibilidad de pedirla en vida del padre, con el riesgo de que este se viera reducido a la pobreza (cf. Eclo 33,2 ls).
La condición miserable en la que, en un cierto momento, se halló el hijo que se había ido lejos, se expresa por la ocupación que encontró para sobrevivir: cuidar cerdos (v. 15; animales impuros para los judíos, que no los criaban: cf. Lv 11,7 y Le 8,32s). En esta situación extrema de pobreza e impureza se acordó del bienestar de la casa paterna y pensó que la realidad que estaba viviendo era evidentemente distinta de la deseada; y, así, preparó un discurso para pronunciarlo ante el padre de modo que volviera a acogerlo en la casa (w. 17-20).
El padre se dio cuenta de su regreso cuando aún estaba lejos y, con rapidez, corrió a su encuentro, rehabilitándole inmediatamente en su condición de hijo (v. 22): lo vistió, de hecho, con el mejor vestido, habitualmente reservado para los huéspedes, le puso el anillo, símbolo del poder, y las sandalias en los pies, que solo podían llevar los hombres libres; y, como si no fuera suficiente, organizó una fiesta, en la que fue servido el novillo cebado, que se tenía guardado para las grandes ocasiones (w. 22-24).
La parábola no termina aquí: en este momento entra en escena el hijo mayor (v. 25), aquel que siempre había trabajado y nunca había transgredido ninguna norma. Justo mientras regresaba del trabajo, oyó la celebración bulliciosa y, al conocer el motivo, no quiso participar. Al padre, que también fue a su encuentro (v. 28b), le expuso un elenco de méritos personales y de acusaciones dirigidas contra él y contra el herma-no, mencionado como «ese hijo tuyo» (v. 30). La parábola,
con un final abierto, invita al lector a implicarse y a dar su respuesta personal al gesto acogedor del padre.
Meditatio
El relato en cuestión narra con mucha sobriedad la vivencia familiar de estos tres hombres en un momento extremadamente crítico y doloroso: el hijo menor ha decidido irse; quiere, por lo tanto, cortar los vínculos familiares, y hacerlo de un modo definitivo, puesto que pide incluso su parte de la herencia. No sabemos el motivo que lo impulsa a irse: ¿está movido por un necesario deseo de emigrar? ¿Es la exasperación de ver todos los bienes siempre y exclusivamente vinculados al padre? ¿O es mero deseo de aventura y libertad? No sabemos ni siquiera dónde despilfarra todo aquel dinero. Sin embargo, lo que es cierto es que el alejamiento de la casa paterna lo lleva a la ruina, a un estado de miseria tal que habría sido irreversible si no hubiera regresado junto al padre.
Paradójicamente, esta elección insensata se convierte en la ocasión para encontrar la verdad, para conocer finalmente el verdadero rostro del padre. Es un rostro que revela el amor de Dios. El padre parece, en efecto, no conocer sentimientos diversos a aquellos dictados por la misericordia, lo que se hace particularmente evidente en su actitud cuando regresa el hijo menor.
El difícil camino que el hijo menor ha tenido que recorrer es el de cambiar de idea sobre su padre. También esta es nuestra misma dificultad. Cuántas veces, de hecho, también nosotros nos alejamos del Señor, de su verdadera imagen. También nosotros podemos dejar de sentirnos hijos e irnos lejos, tan lejos que, inevitablemente, nos encontramos sin lo necesario para vivir, y terminamos por perdernos también a nosotros mismos, el sentido de nuestra vida.
Los hijos de la parábola han experimentado también la separación entre ellos. Esta es una consecuencia del pecado: si nos alejamos de Dios, nos hallamos también separados entre nosotros, nos encontramos lejos de los hermanos, de la comunidad. La idea errónea sobre Dios tiene, por consiguiente, consecuencias graves.
El Padre es realmente misericordioso. Es grande en el amor: perdona y lo hace sin humillar, sin herir, y nos hace sentir en seguida que somos nuevamente acogidos en su morada. Él nos espera: no fuerza nuestras elecciones, sino que espera que seamos nosotros quienes demos el primer paso -el paso para volver, el paso para participar en la fiesta-. ¡No hay que temer la vergüenza!
Recordemos las veces en que hemos experimentado concretamente este amor del padre en nuestra vida, y preguntémonos si hemos amado alguna vez como él, si a veces hemos perdonado sin humillar ni herir. Preguntémonos también si somos capaces de participar en las fiestas, en las preparadas para nosotros y para los demás; preguntémonos si nos alegramos con la alegría de los demás. Podemos aprender a hacerlo... es un buen modo para verificar nuestra fe, es un recorrido fecundo para celebrar la Pascua.
Oratio
Padre de las misericordias, que nunca alejas tu mirada de nosotros tus hijos, concédenos sentir el calor de tus brazos cada vez que el pecado nos distancia de ti y de los hermanos.
Enséñanos a amar como tú amas, a poner el amor en primer lugar y a no perder el tiempo en razonamientos inútiles.
Enséñanos a perdonar sin humillar y sin herir, y danos la alegría de participar en la fiesta de la reconciliación, donde cada hermano pueda tener la experiencia de sentirse acogido y esperado. Que reconciliado contigo, Padre santo, sea también reconciliado con cada uno, y que todos podamos participar así en las alegrías de los demás.
Contemplatio
«No hay lugar más remoto que aquel al que va quien se aleja de sí, y no solo espacialmente, sino por las costumbres; se separa no por la distancia, sino por los deseos. Quien se separa de Cristo es un exiliado de su patria.
En verdad, quien se aleja de la palabra de Dios está hambriento, uno se empobrece si se aleja del tesoro, se hace necio quien se aleja de la sabiduría, se destruye, en fin, a sí mismo alejándose de la virtud. Es, por consiguiente, natural que comenzara a sentirse en graves estrecheces, puesto que había abandonado los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios. Comenzó a sentir la miseria y a sufrir el hambre. Bien es verdad que después vuelve en sí, ya que se había alejado de sí. En efecto, quien vuelve al Señor, vuelve en sí.
Pero es tiempo de regresar junto al padre. Él se reconcilia con mucho gusto. Te sale al encuentro Aquel que te ha oído hablar en lo íntimo de tu alma; y mientras aún estás lejos, él te ve y sale corriendo a tu encuentro. El ve en tu corazón, y corre hacia ti y también te abraza. Cristo se echa a tu cuello, para liberar tu nuca del yugo de la esclavitud y ponerte su yugo suave. Después se mata el novillo cebado; de este modo nos ha querido mostrar que el alimento del Padre es nuestra salvación y que la alegría del Padre es la redención de nuestras culpas.
Ahora bien, el padre es feliz porque “el hijo estaba perdido y ha sido encontrado, estaba muerto y ha vuelto a la vida”. En este joven puede verse también la imagen del género humano: el que fue hecho a imagen y semejanza de Dios es restaurado gracias a la paciencia y a la magnanimidad de Dios».
(AMBROSIO DE MILÁN, Commento al Vangelo di Luca, Cittá Nuova, Roma 1968, pp. 123-136, passim [trad. esp.: Obras de san Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de san Lucas, BAC, Madrid 1966]).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Padre, ya no merezco ser llamado hijo tuyo» (Le 15,18a. 19).
Para la lectura espiritual
Difícilmente, en la Biblia o en otro lugar, se encontrará un padre tan bueno como el de la parábola. Alguien podría definirlo también como demasiado bueno. Cuando el hijo exige su parte, no protesta, no dice nada; lo acepta: «Y el padre les repartió la herencia» (Le 15,12). Esta actitud del padre es simplemente incomprensible, incluso roza en la irresponsabilidad; un padre normal, en un caso similar, no puede callarse.
Y, sin embargo, Dios se calla: nos deja hacer. El respeto por nuestra libertad es tan grande que acepta todos los riesgos, ya que podemos usarla para servirle, pero también para darle las espaldas e irnos a un país lejano. Y Dios calla; a veces también por largos años. Mucho tiempo después de su conversión, san Agustín no lograba aún explicarse el largo silencio de Dios durante el tiempo de su pecado. Durante su turbulenta juventud en Tagaste, Cartago y Milán, Dios no le había hecho ni un solo reproche: «Y tú, Señor, no hacías sino callar». Desde entonces. Dios no ha cambiado: sigue la misma pedagogía sobrecogedora del silencio ante el pecado del mundo. «El país está lleno de asesinos y la ciudad está llena de violencia» (Ez 7,23). Dios, ciertamente, envía a los profetas, pero él se mantiene en silencio. Y los hijos recogen la herencia para irse a un país lejano. Y tú, Señor, ¿no tienes nada que decir?
(G. Danneels, La venta vi renderá iiberi. Tre parabole delta misericordia, EDB, Roma 1997, pp. 18s).


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