miércoles, 17 de septiembre de 2014

El Amor de Dios es incondicional. A tal punto lo es, que jamás lo podemos perder, ni siquiera por nuestras malas obras. Cuesta entenderlo, cuesta aceptarlo. Los hombres tenemos amores más mezquinos, más limitados. Nos damos a medias…
El de Dios es un amor inmenso e inagotable, que no tiene gestación porque es desde siempre y para siempre. Un amor eterno, perenne, constante.  
Lo maravilloso de este gran Amor es que nos acepta como somos, no como creemos que deberíamos ser. Podemos cerrarle las puertas y las ventanas pero permanecerá a la vera del camino, como un mendigo, como un pordiosero buscándonos, deseoso de que lo reconozcamos y de que no nos apartemos nunca de Él.
Muchas veces cuando las tormentas arrecian dudamos de este Amor. Creemos que ha desaparecido, que nos ha abandonado…sin embargo permanece más firme que nunca, cual una roca inamovible.
El Evangelista Juan nos dice: “Vean qué amor singular nos ha dado el Padre: que no solamente nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos”. 1 Jn 3, 1.
Hoy tus hijos te alabamos Padre… por darte de este modo.

@Ale Vallina

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