domingo, 28 de septiembre de 2014


« En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: ‘Voy, Señor’, y no fue. »¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en Él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en Él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en Él».

Mt 21, 28-32


“Obedecer” y “amar” son dos verbos que hemos escuchado conjugar desde que somos muy pequeños. Y aprendimos su significado al mismo tiempo que comprendimos  el miedo al castigo y al abandono. Es decir, nuestro universo conceptual fue tomando densidad significativa a medida que fuimos sumando experiencias. O dicho de otra manera, vamos comprendiendo el significado de las cosas a medida que vivimos o padecemos.
Pero ¿hemos aprendido bien el sentido de lo que significa obedecer y amar?
  Es común oír decir a los padres « ¡Quiero que seas obediente!», « ¡Cuando te pido algo quiero que lo hagas inmediatamente!», « ¡No quiero repetirte las cosas dos veces!»; « ¡Eres muy desobediente, no te quiero así!»; « ¡A mamá/papá no le gustan los niños desobedientes!», «A los que son desobedientes se los lleva…!»; «¡Nadie te va a querer si eres desobediente!»
¿Cuántas veces hacemos referencia, directa o indirectamente, a la obediencia en el diálogo con los hijos? ¿Cuántas de esas veces van acompañadas, sutil o groseramente, de una amenaza? ¿Cuántas veces la desobediencia se corrige con castigos?
 Y del amor ¿hablas? ¿En tus diálogos expresas el amor hablas de él? Y si la desobediencia se corrige con el castigo, el amor ¿tiene premio? ¿Eres lo suficientemente adulto para saber que lo bueno se afianza mejor en los demás cuando vienen acompañados de un reconocimiento, de una palabra de ánimo, de un gesto de comprensión?
Es más que evidente que acabamos entendiendo que es más importante conjugar el verbo “obedecer” que “amar”. Tanto se nos ha insistido en obedecer que tal vez, seamos más obedientes, pero sin lugar a dudas que no somos más “amantes”… Es posible que hayas logrado que tus hijos te obedezcan, pero eso no significa que te amen. Puedes obligar a otro a obedecer, pero no a amar….Amar es un acto de nuestra libertad, nadie nos puede obligar a ello…
El miedo al castigo o al abandono ha logrado que aprendamos a reprimir nuestros sentimientos cuando son contrarios a lo que se nos pide.  Sin embargo esto no ha engrandecido necesariamente nuestro corazón para amar... Desde que se divorciaron en nuestro lenguaje el amor de la obediencia hemos aprendido a acatar los mandatos y a respetar las prohibiciones, pero no hemos aprendido a amar.
Y esto que sucede en el seno de muchas familias acontece también en la Iglesia. Tanto se nos ha inculcado  obedecer, respetar, cumplir que tal vez seamos más obedientes, pero ¿amamos en realidad?
 Se nos ha reiterado tanto  que el castigo de Dios viene sobre aquellos que no le obedecen, que cumplimos lo que se nos pide por miedo y no por amor…Acatamos órdenes, cumplimos reglas, pero nuestros corazones, en muchas ocasiones, siguen con la dureza de una piedra. Aquí se nos impone una pregunta, que debemos respondernos con toda sinceridad: ¿nos relacionamos con Dios más por miedo a su castigo que por su amor?
Los publicanos y las prostitutas, a los que hace referencia Jesús en su evangelio, representan a aquellos a quienes el castigo de Dios nunca les importó. No dejaron de ser lo que eran por miedo al castigo. Sus cambios de conducta llegaron  por agradecimiento a Su amor. No fue el miedo a Dios lo que hizo que transformaran sus vidas o eligieran un nuevo camino, sino el amor incondicional que experimentaron… El agradecimiento al amor nos hace obedientes.
Cuando Jesús dice « En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes que vosotros al Reino de Dios », no está diciendo que la obediencia a sus mandatos no sea importante, sino que en el Reino del Amor entran primero los que aprendieron a amar. El Reino de Dios, es el país de la Ley del amor y no del miedo al castigo.
La Iglesia no debe convertirse en el “Club de los Reprimidos”, sino en el lugar donde se aprende lo que significa amar con todas las letras. Abundan los que llenan las Iglesias y recurren a Dios no porque lo amen, sino porque le temen. Temen su castigo, temen su abandono, temen su condena eterna… ¡Cuándo comprenderemos que somos amados por nosotros mismos o, más exactamente, a pesar de nosotros mismos, por ese Dios que sólo conjuga el verbo amar con sus hijos...!
No eduquemos en la obediencia, por miedo al castigo…sino en el  amor que nos hace agradecidos.
Pidamos a Dios la gracia de saber relacionarnos con Él y con los demás desde el amor y el agradecimiento y no desde el «temor al castigo».



P. Javier  Rojas sj

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