sábado, 27 de septiembre de 2014

Es muy triste verificar que estamos sumidos en una cultura de consumismo verdaderamente alienante. Hoy leía una nota sobre un millonario que había comprado a su hija, aún no nacida, una serie de elementos excéntricos, superficiales, impensables para que los use un bebé.
¿Qué necesitan los bebés cuando nacen? Amor, muestras de cariño, alimento, abrigo, cuidados médicos. No necesitan ni ropa de marca, ni cunas lujosas, ni mucho menos viajes a lugares exóticos.
Me pregunto qué lleva a unos padres con amplio poder adquisitivo a comprar “cosas que un niño usará, si es que le interesa, dentro de 15 o 20 años”.  ¿Tiranía de la moda? ¿Competencia por ver quién regala más obsequios costosos en un ambiente donde prima la pura vanidad? ¿Búsqueda a cualquier costo de obtener prestigio social?
Nuestra necesidad es la de amar y ser amados. No la de poseer carteras y zapatos de tal o cual marca. Menos todavía cuando un altísimo porcentaje de la población mundial vive con mucho menos de lo que se necesita para tener una vida digna. Esto no quiere decir, que quién posea todos los medios económicos viva holgadamente, procurándole bellas y útiles cosas a sus seres queridos. Pero una cosa es el buen uso del dinero y otro, la estupidez.
Sencillez, prudencia y humildad ante todo. Tengamos o no dinero. Y sobre todo, compromiso solidario con los que menos tienen.
Recordemos que a la tumba no nos llevaremos nada material. “Del otro lado” no se usa ni dinero, ni tarjetas de crédito y mucho menos perlas preciosas…
@Ale Vallina

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