domingo, 14 de septiembre de 2014

«Las cruces que construimos»


«En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él».

Jn 3, 13-17
  En esta tarde, Cristo del Calvario, 
vine a rogarte por mi carne enferma; 
pero, al verte, mis ojos van y vienen 
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
¿Cómo quejarme de mis pies cansados, 
cuando veo los tuyos destrozados? 
¿Cómo mostrarte mis manos vacías, 
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad, 
cuando en la cruz alzado y solo estás? 



¿Cómo explicarte que no tengo amor, 
cuando tienes rasgado el corazón?
Ahora ya no me acuerdo de nada, 
huyeron de mí todas mis dolencias.
 
El ímpetu del ruego que traía
 
se me ahoga en la boca pedigüeña.
Y sólo pido no pedirte nada, 
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
 
ir aprendiendo que el dolor es sólo
 
la llave santa de tu santa puerta.
Amén.

Gabriela Mistral


Es precioso comprobar que vamos aprendiendo a compadecernos y acompañar el dolor y las cruces de los demás. Es alentador darnos cuenta de que estamos cultivando una conciencia más solidaria y comunitaria. Que nos arriesgamos a salir de nosotros mismos hacia el encuentro del dolor ajeno para ayudar a sobrellevarlo o a disminuirlo en cuanto nos sea posible.
Sin embargo, ni hemos terminado de “fabricar cruces”, propias o ajenas, ni hemos dejado de colgar en ellas a personas inocentes.
 Habituados a ver la cruz de los demás y a convertirnos en verdaderos y generosos “Cireneos” no nos hemos detenido lo suficiente ante la cruz de Cristo. Ante ella deberíamos  reflexionar para darnos cuenta de si seguimos generando cruces por doquier y condenando a personas a permanecer allí…
Gabriela Mistral, en forma magnífica, nos sitúa ante la cruz para mirar al crucificado y para mirarnos a nosotros mismos en Él. En la acción de ir y venir de Jesús a nosotros y de nosotros a Él espera que nuestra consciencia despierte y que nuestro espíritu se nutra de la gracia que desciende de allí.
Nos hace contemplar nuestros pies cansados y ver los de Jesús destrozados. Nos invita a mirar nuestras manos vacías para ver luego las suyas clavadas. Quiere que tomemos conciencia de nuestras propia soledad para ver luego la soledad en la que se encuentra Jesús. Nos desafía a que miremos nuestro corazón y su capacidad de amar para que luego contemplemos el corazón rasgado del crucificado. En definitiva, nos invita a contemplar sus dolencias para que se acallen nuestros reclamos.
En la cruz hay luz, claridad, revelación, toma de conciencia. Del crucificado desciende una verdad que sólo es audible para quienes saben acallar su “boca pedigüeña”.
Nuestras maneras de proceder o de actuar, de hablar, y de  relacionarnos con los demás pueden condenar a personas inocentes a cargar con cruces difíciles de sobrellevar.
No basta con abrirnos a acoger el dolor ajeno, debemos dejar de fabricar crucificados. Necesitamos darnos cuenta de que la solidaridad no significa solamente atender y socorrer al pobre y desvalido, al que carece de lo necesario, con espíritu evangélico, sino dejar de generar dolor y pobreza en los demás.
Dolor y pobreza las hay de todo tipo y para todas las clases sociales. Al igual que hay solidaridad y caridad también para los que sólo tienen dinero… La avaricia de los que más tienen es la responsable de generar más pobreza y dolor entre los inocentes.
Cada uno de nosotros es responsable, en el ámbito en el que vive, de cesar de fabricar cruces y destinar a inocentes a subirse a ellas. Hemos de prestar más atención a nuestra manera de proceder para darnos cuenta si el modo de vivir que tenemos no está generando crucificados.
Al contemplar a Jesús en la cruz nos damos cuenta del dolor que podemos generar en los demás y cuán profundo es el amor que Dios nos tiene.
Si nos detuviéramos más a menudo a contemplar  la cruz para ver los brazos abiertos y las manos y pies clavados de Jesús, comprenderíamos con mayor profundidad cuánto necesita de nosotros para que el amor del Padre llegue a los demás.
Dios no envío a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve. Al contemplar al crucificado tenemos que descubrir que el camino que nos conduce al Padre no pasa por  generar cruces para colgar de ellas a los hermanos, sino  de dejar de fabricarlas.   

 P. Javier  Rojas sj

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