viernes, 7 de noviembre de 2014

No es cuestión de regodearse en el dolor, ni de permanecer allí atenazados y mustios. Pero sí es importante reconocer en  el dolor, a un gran maestro.
En ocasiones, la desolación golpea a nuestra puerta  desestabilizándonos y confundiéndonos. Las horas amargas   parecen eternas y nos dejan exhaustos. Sin embargo no son infértiles, ya que suelen traernos enseñanzas que de otro modo no registraríamos
El dolor nos enseña a "soltar", a "no controlar", a ser "solidarios y empáticos", a “crecer” como personas y a “cambiar”.
Las crisis, las enfermedades, las heridas pueden ser las instancias, que nuestro espíritu necesitaba para su evolución y madurez. Sin embargo, ¡qué duro es transitar el dolor! ¡Y qué paradoja es reconocer que  en  las crisis es cuando más aprendemos!
Lo importante es no anestesiar el dolor, no bloquearlo (aunque sea la tentación inmediata). Atravesarlo, como si fuera nuestro Huerto de los Olivos.  No resistirse a los sentimientos de tristeza y, aunque sea muy  fuerte, sabernos en un pozo… Dejar fluir la furia, el desgarramiento interno, el temor y la angustia…
Si hacemos este camino de aceptación del dolor, y logramos completar el duelo, si lloramos todas las lágrimas que necesitamos  para limpiar el alma, si nos abandonándonos en Dios, aunque despotriquemos por las circunstancias, si buscamos las ayudas humanas y no las rechazamos…  la paz llegará. Más tarde o más temprano…
Confiemos en que el Señor enjugará nuestras lágrimas y atravesará con nosotros las oscuras quebradas, insuflándonos las fuerzas para levantarnos y seguir adelante.

@Ale Vallina

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