domingo, 16 de noviembre de 2014

«Perderse por muy poco»

« 14 ``Porque el reino de los cielos es como un hombre que al emprender un viaje, llamó a sus siervos y les encomendó sus bienes.  15 ``Y a uno le dio cinco talentos 16 ``El que había recibido los cinco talentos, enseguida fue y negoció con ellos y ganó otros cinco talentos. 17 ``Asimismo el que había recibido los dos talentos ganó otros dos. 18 ``Pero el que había recibido uno, fue y cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor. 19 ``Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos.20 ``Y llegando el que había recibido los cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: `Señor, usted me entregó cinco talentos; mire, he ganado otros cinco talentos.' 21 ``Su señor le dijo: `Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.' 22 ``Llegando también el de los dos talentos, dijo: `Señor, usted me entregó dos talentos; mire, he ganado otros dos talentos.' 23 ``Su señor le dijo: `Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.' 24 ``Pero llegando también el que había recibido un talento  25 y tuve miedo, y fui y escondí su talento en la tierra; mire, aquí tiene lo que es suyo.' 26 ``Pero su señor le dijo: `Siervo malo y perezoso, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. 27 `Debías entonces haber puesto mi dinero en el banco, y al llegar yo hubiera recibido mi dinero con intereses.  28 `Por tanto, quítenle el talento y dénselo al que tiene los diez talentos.»

Mt 25, 14-30

  
«El tiempo corre» y ¿Yo?

El tiempo pasa de prisa. Los cambios se dan tan velozmente que apenas son perceptibles. Los hijos crecen, los padres envejecen, nuestros seres queridos parten. Las relaciones se rompen, los vínculos se restablecen. Lo esperado por fin llega, y lo que no imaginamos sucede. Lo que nunca buscamos acontece y lo que queríamos evitar, termina sucediendo. El tiempo corre, y, frente a este panorama ¿cómo estás tú? ¿Dónde te encuentras? ¿Cómo defines el momento que estás viviendo? ¿Tienes conciencia de quién eres? ¿Te conoces? ¿Sabes de lo que eres capaz?
A veces sucede que el alma se paraliza antes tantos cambios exteriores. Decimos con frecuencia «No queda tiempo para nada» o lo que es aún más gracioso «No tengo tiempo». El tiempo no se “tiene”. El tiempo pasa y no se puede retener. No se puede aprisionar ni acorralar el tiempo caprichosamente. El tiempo fluye y si se siente que «no queda tiempo» o no se «tiene tiempo» es porque no se está viviendo. Vivir, no es “estar parado”, sino caminar. No es detenerse, sino aprender a fluir. Animarse a cambiar. Dejase transformar. Renovarse por dentro. Buscar siempre que el alma peregrine hacia ese horizonte donde entrará la paz.
Si la vida se estanca como el agua, se pudre y ya no sirve para refrescar ni para calmar la sed. Y así como el agua que se retiene en un estanque sirve para que las larvas se desarrollen y crezcan… así también una vida que no fluye y no se renueva por dentro, corre del riesgo de ser “incubadora” de sentimientos y emociones que terminan amargando la vida.

Distinguir es propio del hombre sabio

El miedo al riesgo y la desconfianza en uno mismo y por supuesto en Dios, es lo que detiene o estanca una vida. Si bien el miedo no es malo necesariamente, es uno de los sentimientos que necesitan de toda nuestra atención porque con frecuencia nos lleva a confundir prudencia con cobardía.
Hay cosas que son significativas en nuestra vida y que deben permanecer y ser cultivada constantemente, pero también hay cosas que necesitan ser renovadas, cambiadas, transformadas. El miedo y la desconfianza son realidades internas que aprisionan con frecuencia el deseo grande de renovar la vida. Y así como lo esencial debe permanecer en nuestra vida, lo superfluo debe ser cambiando.
Escucho con frecuencia que la gente dice «se ha perdido lo esencial de la vida», pero creo que en realidad lo que hemos hecho es acaparar cosas inútiles. No es que nos falte lo esencial sino que nos sobran cosas inútiles.

Perderse por tan poco

Aquel hombre del evangelio antes de salir de viaje reunió a sus servidores y les encargó sus bienes. A cada uno les dio «según su capacidad» y se marchó. Después de mucho tiempo volvió y les pidió cuentas. Dos de los tres siervos entregaron, duplicado, lo que habían recibido y el último que recibió menos dijo «Señor, yo sé que eres un hombre duro, que quieres cosechar donde no has plantado y recoger donde no has sembrado. Por eso tuve miedo y escondí en tierra tu dinero; aquí tienes lo tuyo» (Mt 24, 24-26)
 El miedo lleva a confundir prudencia con cobardía. Seguridad con desconfianza, custodia con estancamiento.
Cuando leemos que el patrón dice «Quítenle, por eso, el talento y entréguenle al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no tiene se le quietará hasta lo que tiene», solemos pensar «¡Qué injusto!», «¡Pobre hombre, él no quería perder lo que había recibido de su Señor!», «¡El cuido lo que recibió!».
Cuando Jesús encontró a Marta llorando por su hermano Lázaro le dijo «Tu hermano resucitará» y le preguntó «¿crees esto?». Cuando Pedro gritó porque se hundía en el agua, Jesús extendió su mano, lo tomo y le pregunto «¿Por qué dudaste?», Cuando Jesús oyó que dijeron a Jairo «Tu hija ya murió, ¿para qué molestas ahora al maestro?», él dijo a Jairo «No temas, basta que creas»
Y es que el milagro sucederá porque creemos en Él. Lo imposible para el hombre, acontecerá ante sus ojos porque Dios lo hará posible. Él cosechará donde nosotros no hemos sembrado, pero necesita fe de nuestra parte. Necesita confianza, abandono, entrega. Porque creer es arriesgarse, es abandonar las propias seguridades y dar el paso… Es transitar por un camino nuevo, cuando lo viejo todavía no se ha abandonado por completo. Es tener certeza en lo que no se ve. Seguridad en lo que no se tiene. Y confianza en Aquel que llama, que entrega y que pide.
Este es el dilema del servidor que recibió un talento. Si hubiera recibido, 2 o 5 talento como los otros ¿se hubiera arriesgado? No sabemos. Pero lo que sí sabemos es que la confianza en sí mismo y en el Patrón, que «cosecha donde no plantó y recoge donde no sembró», no era fuerte. Le tenía miedo, no amor.

Descubrirse es valorarse

La situación del hombre actual es semejante a este último siervo que por miedo y desconfianza, entierra el talento. Hay gente que piensa «Si yo estuviera en la posición de aquel», «Si tuviera los medios que aquel posee», Si tuviera, si estuviera, si podría, etc., etc., etc., ¡Mentiroso! ¡Cobarde! Igual enterrarías tu talento. Y aún si tuvieras todo, no harías nada…
Tenemos que convencernos a nosotros mismo que «tenemos lo suficiente y lo necesario» para vivir felices. Todo lo que necesitamos no radica en lo que poseemos, sino en lo que llevamos dentro. Tu valor no está en lo que posees, sino en lo que eres. Si no confías en ti y en Dios, jamás descubrirás tus capacidades. Creer que para conseguir mucho hay que tener mucho, en no valorarse lo suficiente.
Dice el evangelio de Mateo, que el Patrón «dio a cada uno según su capacidad» lo cual no significa que el que recibió más tenía más capacidad que el que recibió uno. Esta interpretación es nuestra que identificamos el valor de las personas en relación a lo que tienen. El mensaje del evangelio es más audaz y profundo. Porque el Patrón sabía de las capacidades que cada uno es repartió los talentos. Deseaba que cada uno descubriera por sí mismo de lo que era capaz de conseguir.  Quería que tuvieran confianza en ellos y en la generosidad del patrón. Deseaba que descubrieran la propia riqueza interior en la pobreza de lo tenían. Pero, el servido tuvo miedo y desconfianza. Estaba convencidos de que «un» talento es muy poco y se identificó con lo poco. ¿Cuántas veces nos medimos por lo que poseemos y no por lo que somos! ¡Cuánta riqueza interior nos queda sin descubrir! ¿Qué pobre es nuestra confianza en Dios y en nosotros, creación de sus manos!
Pidamos a Dios, tener una mirada de trascendencia hacia nosotros. Animarnos a  descubrir la propia riqueza interior en la pobreza de lo que tenemos. Reconocer a Dios, en lo profundo de nuestro ser y confiar en Él.



P. Javier  Rojas sj

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