domingo, 2 de noviembre de 2014



« Pero el primer día de la semana, al rayar el alba, las mujeres vinieron al sepulcro trayendo las especias aromáticas que habían preparado. 2 Encontraron que la piedra había sido removida del sepulcro, 3 y cuando entraron, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. 4 Aconteció que estando ellas perplejas por esto, de pronto se pusieron junto a ellas dos varones en vestiduras resplandecientes. 5 Estando ellas aterrorizadas e inclinados sus rostros a tierra, ellos les dijeron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?  6 “No está aquí, sino que ha resucitado. Acuérdense cómo les habló cuando estaba aún en Galilea,  7 diciendo que el Hijo del Hombre debía ser entregado en manos de hombres pecadores, y ser crucificado, y al tercer día resucitar.” 8 Entonces ellas se acordaron de Sus palabras».


Lc 24, 1-8

Todos sabemos desde muy temprano que hemos de morir. Pero vivimos como si la muerte no fuera con nosotros. Nos parece natural que mueran os demás, incluso esos seres queridos cuya desaparición nos apenará profundamente. Pero nos cuesta “imaginar” que también nosotros moriremos. No negamos con nuestra cabeza que algún día lejano e incierto será así. Es otra cosa. El prestigioso psiquiatra Carlos Castilla del Pino dice que se trata de una singular “negación emocional” que nos permite vivir y proyectar el futuro como si, de hecho, no fuéramos a morir nunca.
Sin embargo, el desarrollo de la medicina moderna está provocando cada vez más situaciones e personas que se ven obligadas a vivir la experiencia de saber que, en un plazo más o menos breve, van a vivir su propia muerte. Cualquiera de nosotros puede sufrir hoy una intervención “de vida o muerte” o verse sometido a los tratamientos de una enfermedad terminal.
Las reacciones pueden ser diversas. Es normal que de pronto se despierte el miedo. La persona se siente “atrapada”. Impotente ante un mal que puede acabar con su vida. En seguida comienzan a brotar preguntas inquietantes: ¿He de morir ya? ¿Cuándo y cómo será? ¿Qué sentiré en esos momentos? ¿Qué sucederá después? ¿Terminará todo con la muerte? ¿Será verdad que me encontraré con Dios?
Estas preguntas, planteadas desde una actitud de angustia reprimida o formulada una y otra vez en lo secreto de uno mismo no hacen bien. La postura ha de ser otra. Es el momento de vivir más intensamente que nunca el regalo de cada día. Es ahora cuando se puede vivir con más verdad y también con más amor. Sin perder la confianza en Dios, comunicándonos con la persona amiga, colaborando con los médicos para vivir con dignidad y no sufrir mucho.
El doctor Reil, eminente médico del pasado siglo, decía que  los incurables pierden la vida pero no la esperanza. Pero, ¿esperanza en qué? ¿Esperanza en quién? (…) Una esperanza secreta que no se orienta hacia este mundo ni hacia las cosas de esta vida, sino que tiende hacia algo indeterminado y apunta a la vida como aspiración firme y segura del ser humano.
El incurable creyente confía todo este anhelo de vida en manos de Dios. Todo lo demás se hace secundario. No importan los errores pasados, la infidelidad o la vida mediocre. Ahora solo cuenta la bondad y la fuerza salvadora de Dios. Por eso, de su corazón brota una oración semejante a la del malhechor moribundo en la cruz: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Una oración que es invocación confiada, petición de perdón y, sobre todo, acto de fe vida en un Dios Salvador.

P. José Antonio Pagola

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