sábado, 11 de enero de 2014

Tener identidad


13 Llegó entonces Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. 14 Juan quería impedírselo, diciendo: "Soy yo quien debería ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?". 15 Pero Jesús le contestó: "Permítelo así; porque es conveniente que de este modo cumplamos las disposiciones divinas". Entonces Juan se lo permitió. 16 Apenas bautizado Jesús, salió en seguida del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios descender, como una paloma, y venir sobre él, 17 mientras de los cielos salió una voz que decía: "Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco".

Mt 3, 13-17


¿Te ocurrió alguna vez que al levantarte por la mañana sentiste ganas de expresar cariño a los demás? ¡Ganas de amar más y ser mejor persona! Algo parecido a «sentir necesidad» de comunicar a tus seres queridos cuánto los quieres y los necesitas. En esos días sientes que estás en comunión con toda la creación. Como si todo nuestro ser estuviera armonizado por una fuerza de amor y de gratitud. Son momentos especiales en que percibes que tienes “más” amor que de costumbre.
No me refiero a los momentos en que te sientes bien porque no tienes problemas con nadie, o porque no existen preocupaciones por las que alarmarte. No.  Me refiero a ese “plus” de amor que se extiende a los demás, a los “ajenos”, a los que no pertenecen al entorno familiar, independientemente de si tienes problemas pendientes que resolver. Cuando esto acontece te sientes bien por dentro y ves la realidad de manera muy diferente a la de costumbre.
Es como si “algo” se hubiera apoderado de ti y te hiciera hacer cosas que comúnmente no harías. Hace que te expreses y te comportes de manera “extraña”, o al menos, así lo perciben los demás.
Pero, ¿Te ha pasado alguna vez que no te “soportas” ni a ti mismo? Esos días en que parece que el mundo entero está confabulado en tu contra? Todo sale mal. Percibes que te irritas por cualquier cosa y, ante el menor detalle, “explotas”… Incluso tú mismo te notas “extraño”. Como si estuvieras molesto por algún motivo concreto. Aún si lo tuvieras, no parece ser suficiente para tamaña reacción.
Tanto en una como en otra situación los demás quedan sorprendidos. A veces están más habituados a vernos de mal humor, pero incluso en esos momentos nos observan como si no nos reconocieran.
Se preguntan ¿qué le pasó? O ¿qué le ocurre?, o en el mejor de los casos ¿Qué “bicho” le ha picado?. En realidad, ha ocurrido algo.
Creo, personalmente, que cuando una persona siente que posee ese sentimiento de amor por los demás, cuando percibe ese deseo de ser bueno a raíz del  “plus” de amor que experimenta, es porque ha recuperado su identidad. Sí, su identidad más honda. Ese amor que siente por dentro es su verdadera identidad, la que tal vez estaba perdida y ha recuperado. El amor nos dice quiénes somos y a qué estamos llamados.
El amor da identidad y misión en la vida. Otorga un sentido a la propia existencia.
Cuando nos ocurre esto dejamos de compararnos con los demás. Olvidamos o situamos los problemas en el lugar adecuado. Miramos a los demás con mayor benevolencia y sin ánimo de exigir ni criticar nada. Es como si la identidad recuperada nos ofreciera un nuevo modo de mirar a los demás y la realidad, y comprenderlos.
En la escena del bautismo de Jesús se oye una voz que dice; “Éste es mi Hijo muy querido”. Estas palabras son las que nos hacen recuperar nuestra verdadera identidad. Cuando dejamos de oír otras voces que pretenden decirnos quiénes somos, y prestamos oídos a la voz de Dios, nuestra existencia cambia por completo. Sentirse hijo amado de Dios no es un premio, es parte de nuestra condición humana. Fuimos creados en el amor, por amor fuimos redimidos,  y en el amor somos conducidos y cuidados.
Si perdemos nuestra identidad de hijos amados de Dios, vamos por la vida “vagando” sin rumbo fijo, pidiendo a todos que nos digan quiénes somos.
La fiesta del Bautismo de Jesús, es una invitación a reflexionar sobre la propia identidad. Tu identidad es la de ser amado por Alguien. Eres amado por Dios, y en ello radica tu identidad y tu misión en la vida; aprender a amar a los demás.
Deja que Dios pronuncie también sobre ti aquellas mismas palabras que dirigió a Jesús. Siente sus palabras en ti y deja que ellas inunden todo tu ser. Deja que el Amor te posea por completo. Y verás cuán bello es vivir sabiendo quién eres y cuál es tu misión.

P. Javier Rojas, sj

Tu pensamiento en Dios




Aceptar lo que nos toca vivir sin juzgar apresuradamente es fundamental para aprender a relacionarnos con todo lo que nos ocurre.Si nos esforzamos por dejar de lado esa fascinación por retener y alargar los momentos placenteros tratando de evitar el sufrimiento, la tristeza y el aburrimiento, desarrollamos mayor capacidad para afrontar las situaciones difíciles. Hemos desarrollado tal adicción a los momentos agradables que no hemos cultivado la capacidad para afrontar sufrimientos, fracasos o desengaños. Somos una generación sin soporte para las pruebas. Es por eso que cualquier frustración nos hunde en el abismo del sin sentido y hasta la depresión. La presencia del dolor, la tristeza, el miedo, la ira, nos hablan de situaciones que debemos atender. Si buscamos acallarlos siempre no sabremos nunca que tienen para decirnos. 

P. Javier Rojas, sj

viernes, 10 de enero de 2014




Tener compasión hacia nosotros mismos significa desarrollar la bondad hacia nosotros, y comprender que muchas de las decisiones que hemos tomado, y sobre todo aquellas de las que comúnmente nos acusamos en el pasado, fueron las que pudimos tomar en función de lo que entendíamos era lo mejor.
La falta de compasión hacia nosotros mismo se reconoce cuando miramos nuestro pasado desde una conciencia más madura, y nos exigimos y reclamamos no haber actuado de manera diferente.  Cada vez que se juzgan los acontecimientos del pasado con la conciencia actual se puede ser profundamente injusto. En aquel momento, tal vez no se poseía ni la claridad ni el discernimiento que se tiene en el presente. Cada vez que hacemos esto, sin ningún tipo de discernimiento, nos convertimos en nuestros propios verdugos. Y si nos convertimos en verdugos de nosotros mismo, ya no hay cabida para que Jesús sea nuestro juez misericordioso. Él se convertirá en nuestro salvador si aceptamos humildemente que sea Él, y no nuestros reclamos lo que tengan la última palabra sobre nuestro pasado.

P. Javier Rojas, sj

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