sábado, 29 de marzo de 2014

«¿Cómo se te han abierto los ojos?»

Domingo 30 de marzo - IV  de Cuaresma

« En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?». Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo». Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo. Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?». Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece». Pero él decía: «Soy yo». Le dijeron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?». Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ‘Vete a Siloé y lávate’. Yo fui, me lavé y vi». Ellos le dijeron: «¿Dónde está ése?». El respondió: «No lo sé». Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. Él les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?». Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de Él, ya que te ha abierto los ojos?». Él respondió: «Que es un profeta». No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?». Sus padres respondieron: «Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo». Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene; preguntádselo a él». Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Les respondió: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo». Le dijeron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?». Él replicó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?». Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es». El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos da lecciones a nosotros?». Y le echaron fuera. Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». Él entonces dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante Él. Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos». Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «Es que también nosotros somos ciegos?». Jesús les respondió: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ‘Vemos’ vuestro pecado permanece».

Jn 9, 1-41

Este relato del ciego de nacimiento es uno de los textos del evangelio con el que podríamos pasar largos ratos meditando y reflexionando. Estoy seguro que no acabaríamos de sacar toda la riqueza que tiene. Es un episodio de la vida de Jesús que manifiesta lo difícil y complicado que puede resultar creer y tener fe en Dios si no recibimos de Él la gracia. Tener fe es una gracia de Dios que se recibe gratuitamente y para crecer en ella necesitamos cultivarla, cuidarla, alimentarla.
Hay quienes afirman que la fe nos permite ver más allá de lo que perciben nuestros ojos. Sin embargo, creo que esta afirmación resulta incompleta si no decimos también que tener fe es confiar en la palabra (promesa) de otra persona. Y esa persona es Jesús. Por la fe recibida podemos reconocerlo viviendo en medio de nosotros… pero cuando por situaciones de dolor y tristeza nuestros ojos quedan ciegos y nos cuesta encontrarlo, nos queda la certeza de que permanece siempre a nuestro lado.
El ciego de nacimiento no vio el rostro de la persona que lo curó. Sólo escuchó su voz y comprobó que al lavarse comenzó a ver. El reconocimiento de que  Jesús era el Hijo del hombre llegó después. ¿Qué puede enseñarnos este evangelio hoy?
Muchas personas dicen tener fe porque ven, pero la fe más que ver es confiar en la palabra de Jesús. Porque la fe nace del corazón que –parafraseando a Pascal- tiene razones que la «razón no entiende».
A menudo nos encontramos con personas que andan obsesionadas por verse bien o porque los vean bien, que es una manera suave de decir que andan carenciados de afecto sincero, hambreados de cariño gratuito y pordioseros de atención. Pero al no conseguirlo, buscan la manera de «venderse a sí mismos». Y por eso están ciegos. Y no me refiero solamente al aspecto físico sino también al social y espiritual. Con esta actitud lo que hacen en realidad es poner fuera la confianza que no tienen en ellos mismos. No pueden reconocer el valor que tienen por ser ellos mismos que necesitan que otros les diga, pero a costa de aparentar o engañar a los demás.
Martín Descalzo en su libro «Razones para el amor» describiendo la situación actual de las personas dice que le sorprende ver tanta gente que se odia a sí misma.  Hay una constatación de lo que quiero conseguir no se me da, porque soy gorda, feo, petiso... y dice así: 

“Cada vez me impresiona más el número de muchachos que me encuentro en la vida que se odian a sí mismos.  No digo que estén descontentos de sí mismos sino muchachos que no se soportan tal y como son, que se rechazan a sí mismos, y, lo que es mucho peor, se odian y se desprecian cruelmente.  ¿De dónde viene este desprecio?  A veces llega de hechos objetivos, reales, aunque no invencibles, cómo podría ser que el haberse encontrado atrapado por la droga o el desunir en si tendencias sexuales menos normales. Otras el desprecio surge por una situación transitoria, pero para ellos tremendas; un fracaso amoroso, un trabajo que tarda en encontrarse, pero con frecuencia viene también de dolores imaginarios, gente que no se acepta porque es gorda o porque es fea, y que hubiera querido añadir un palmo más a su estatura, o porque se experimentan cobardes y perezosos.  Yo sé, naturalmente que cada caso es cada caso, y que es absurdo generalizar.  Pero por si alguien le sirve me gustaría contar algunas cosas: la primera es que nadie es un bicho raro.  Sí, todo hombre debe dar dos pasos: el primero es aceptarse a sí mismo, el segundo: exigirse a sí mismo.  Sin el primero caminamos hacia la amargura, sin el segundo, hacia la mediocridad.  Tengo que añadir una segunda aclaración: que cuando hablo de ser lo que soy, no olvido que soy para los demás o para algo.  Todo menos encerrarme en la madriguera del alma.  Todo, menos mecerse como un feto en nuestro propio vinagre.  Todo, menos pasarnos la vida lamiendo nuestras heridas, recordando que el mandamiento que dice “amarás al prójimo como a ti mismo” lo que manda es empezar a amarnos a nosotros mismos para luego tener más amor que repartir”.

Este ciego no se veía ni a sí mismo ni a los demás. Jesús lo sabe. Por eso lo cura. Elige elementos humildes como son la saliva y la tierra para hacer  barro y lo manda a lavarse. Con esto lo invita a que su mirada se vuelva más humilde y más humana. Para tener fe de verdad hay que comenzar por ser más humanos con nosotros mismos y con los demás.
Dejar de creer que somos súper hombres o mujeres que podemos controlarlo todo y obtener todo a nuestro antojo, convirtiendo incluso a los demás en objetos que utilizamos y luego los abandonamos cuando ya no nos sirven.
Tener fe es una gracia maravillosa, pero ser más humanos entre nosotros se ha convertido en algo urgente que debemos recuperar. Tenemos que dejar de tratarnos entre nosotros como se fuéramos cosas que al no servir más se desechan. Hemos de aprender que el valor de lo que somos está dentro de nosotros y no en lo que llevamos en nuestros bolsillos o acumulamos en nuestra cuenta bancaria. Lo fundamental, lo que nos hace hombre y mujeres de verdad debemos descubrirlo dentro de nosotros. Allí en lo profundo de nuestro corazón vive Dios, y al entrar en comunicación con Él descubrimos la creación que somos y la belleza que existe a nuestro alrededor.
La peor ceguera que podemos poseer es no reconocernos como seres valiosos y amados por Dios. No descubrir que lo más importante no es lo que tenemos sino quiénes somos. A pesar de estar en la era de las comunicaciones y de la imagen, ya nadie se deja engañar por el palabrerío adulador, estéril e infecundo ni por la acumulación de botox.
Pidamos a Dios la gracia de aprender a reencontrarnos en su mirada. Mirarnos a nosotros mismos sin la asistencia de su amor y misericordia corremos el riesgo de mentirnos para evitar ver la realidad, o convertirnos en nuestros propios verdugos. En su mirada amable y compasiva recuperamos nuestra propia dignidad y cuando lo hacemos, dejamos de ser ciegos.

P. Javier  Rojas sj


BENDICE A DIOS, ALMA MIA,
del fondo de mi ser su santo nombre,
bendice a Dios, alma mía,
no olvides sus muchos beneficios.

El, que todas tus culpas perdona,
que cura todas tus dolencias,
rescata tu vida de la fosa,
te corona de amor y de ternura,
él, que harta de bienes tu existencia,
mientras tu juventud se renueva como el águila.

Dios, el que hace obras de justicia,
y otorga el derecho a todos los oprimidos,
manifestó sus caminos a Moisés,
a los hijos de Israel sus hazañas.

Clemente y compasivo es Dios,
tardo a la cólera y lleno de amor;
no se querella eternamente
ni para siempre guarda su rencor;
no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas.

Como se alzan los cielos por encima de la tierra,
así de grande es su amor para quienes le temen;
tan lejos como está el oriente del ocaso
aleja él de nosotros nuestras rebeldías.

Cual la ternura de un padre para con sus hijos,
así de tierno es Dios para quienes le temen;
que él sabe de qué estamos plasmados,
se acuerda de que somos polvo.

¡El hombre! Como la hierba sus días,
como la flor del campo, así florece;
pasa por él un soplo, y ya no existe,
ni el lugar donde estuvo le vuelve a conocer.

Mas el Amor de Dios desde siempre hasta siempre
para los que le temen,
y su Justicia para los hijos de sus hijos,
para aquellos que guardan su alianza,
y se acuerdan de cumplir sus ordenanzas.

Dios en los cielos asentó su trono,
y su soberanía en todo señorea.
Bendecid a Dios, todos sus ángeles,
héroes potentes, agentes de sus órdenes,
en cuanto oís la voz de su palabra.

Bendecid a Dios, todas sus huestes,
servidores suyos, ejecutores de su voluntad.
Bendecid a Dios, todas sus obras,
en todos los lugares de su imperio.

¡BENDICE A DIOS, ALMA MIA

SALMO 103
No se trata de ir mucho o poco a misa, sino de hacer de las vidas una eucaristía.
J. M. Rdríguez Oliazola sj

Jesús identifica religión y vida, experiencia de Dios y humanidad, en amor compartido, al servicio de los pobres. Por eso, la misión cristiana no es crear un trasmundo de sacralidad, sino hallar y cultivar la vida de Dios en este mundo.
Xabier Pikaza
Del evangelio de hoy.
Lucas 18,9-14: « el que se humilla será enaltecido.»

Tomado del Libro la Humildad de Dios de Benjamin Gonzalez Buelta sj
La persona humilde:
•Ha hecho la experiencia de la bondad inagotable de Dios, que se da El mismo en los dones que nos hace.
•Afinca su confianza en Dios
•Se ve a si misma con la misión de ser ella misma
•Ha hecho la experiencia de su límite y ha superado la tentación de poner el límite en el centro
•Abre el límite, la herida a la comunión con Dios y con los demás
•Y se deja curar
•Es profundamente lucida de su límite pero apuesta por la aventura de reinventarse
•La humildad que asume sus heridas también puede asumir la de los demás

viernes, 28 de marzo de 2014

Un jesuita en el corazón del Amazonia - Fernando López (1/3)

Ama a Jesucristo.  Hasta tu último suspiro ve apasionándote cada día más por su adorable persona.  Estudia, escruta, indaga, expón sin descanso a ti mismo y a los demás, hasta saberlo de memoria, mejor dicho, hasta asimilarte a El, perderte en El.  Que El sea enteramente y cada día más el centro de tus pensamientos, el vínculo de tus conocimientos, el fin práctico de cualquiera de tus estudios.  Hazlo el objeto moralmente único, el argumento soberano, el arma triunfadora de tu apostolado...  como el hombre lleno y poseído de Jesucristo, como el hombre que a propósito o fuera de él, si fuera posible, hable sin cansarse de Jesucristo y hable de la abundancia de Corazón.
San Alberto Hurtado
El hombre de fe es el hombre que se sabe amado y que responde con amor porque está centrado en Dios. Siente el clamor de Dios. El fariseo no se sabe amado, cumple con la ley para salvarse y no responde con amor porque está centrado en sí.
P. Segundo Galilea

Desafío de hoy para este tiempo de cuaresma.

jueves, 27 de marzo de 2014

EN LO PROFUNDO (Luis Guitarra)

Jesús estaba expulsando a un demonio que era mudo. Apenas salió el demonio, el mudo empezó a hablar. La muchedumbre quedó admirada, 
pero algunos de ellos decían: "Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios".
Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo.
Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: "Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra.
Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque -como ustedes dicen- yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul.
Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces.
Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.
Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras,
pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes.
El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.
Lucas 11,14-23.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Si logras adquirir alguna experiencia en la oración, no tardarás mucho en descubrir la postura que mejor se te adapte, y casi invariablemente adoptarás dicha postura cada vez que ores. Además, la experiencia te enseñará cuán acertado es que te atengas a esa postura y no la cambies con demasiada facilidad. Parecerá extraño que nos resulte más fácil amar a Dios o entrar en contacto con El por el hecho de adoptar una postura y no otra, pero esto es precisamente lo que nos dice Richard Rolle, un célebre místico inglés.
Sea cual sea la postura que mejor te resulte para orar (de rodillas, de pie, sentado o postrado), te recomiendo que no la cambies fácilmente, aun cuando al comienzo te parezca ligeramente difícil o dolorosa. Ten paciencia con el dolor, porque el fruto que obtengas de la oración merecerá la pena. Sólo en el caso de que el dolor sea tan intenso que sirva únicamente para distraerte, deberás cambiar de postura. Pero hazlo siempre muy suave y lentamente, «como los pétalos de una flor al abrirse o al cerrarse», en palabras de un maestro indio de espiritualidad.
La postura ideal será la que logre combinar el debido respeto a la presencia de Dios con el reposo y la paz del cuerpo. Sólo la práctica te proporcionará esa paz, ese sosiego y ese respeto; y entonces descubrirás en tu cuerpo un valioso aliado para tu oración e incluso, a veces, un estímulo positivo para orar.
ANTHONY DE MELLO sj


Los seres humanos, como las plantas, crecen en la tierra de la aceptación, no en el ambiente del rechazo.
John Powell SJ
Desafío de hoy para este tiempo de cuaresma.

martes, 25 de marzo de 2014

En nuestra sociedad sobran los así llamados realistas y escasean los soñadores. El idealismo ya no se encuentra de moda; aún más, hoy ha llegado a ser más bien una crítica, ya que el ser idealista significa el ser desubicado. Pero esta tendencia es muy peligrosa porque cuando uno no está dispuesto a cambiar la realidad, entonces la realidad lo cambia a uno. No hay alternativa: o empeñarse a cambiar la realidad o dejarse cambiar por ella.
Tony Mifsud sj

Día de la Anunciación a María y de los derechos del niño por nacer.


En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 
a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo: "¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo". 
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. 
Pero el Angel le dijo: "No temas, María, porque Dios te ha favorecido. 
Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; 
él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, 
reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin". 
María dijo al Angel: "¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?". 
El Angel le respondió: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. 
También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, 
porque no hay nada imposible para Dios". 
María dijo entonces: "Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho". Y el Angel se alejó. 
 Lucas 1,26-38. 

lunes, 24 de marzo de 2014


Como los anteriores lunes continuamos meditando con los personajes de la cuaresma. Hoy meditaremos con Ester
Libro: Los personajes bíblicos de la Cuaresma y del tiempo de Pascua. Lectio divina.
Autor: Pier Giordano Cabra

Ester hace una petición de ayuda porque está sola, solo encuentra socorro en el Señor y tiene que exponerse al miedo de hacer frente al rey: de hecho, la pena de muerte estaba reservada a la reina si se presentaba ante el rey sin ser llamada (4,11). Ester ha recibido una educación religiosa desde pequeña y sabe que su pueblo es aquel con el que Dios ha hecho una alianza cumpliendo todo lo que hasta entonces le había prometido. Su pueblo ha caído presa del enemigo en condiciones de esclavitud, como consecuencia de la adoración de otros dioses. Ella se arriesga por su pueblo, intercede por él porque es su vida, su historia, y está identificada también con la mala suerte a la que es sometido, es decir, la destrucción. La reina pide al Señor el valor de afrontar también la muerte con tal de presentarse ante el rey antes de que este la llame.
Ester se atreve a recordarle a Dios que se haga presente en el dolor de su pueblo y que le dé el valor para hacer frente «al león» (4,17gg), es decir, al rey, su esposo, no solo alentándola a presentarse ante él, sino sugiriéndole las palabras exactas para su causa justa. La súplica está inspirada por la soledad humana que la arrolla y no le permite llevar sola el peso de la tragedia anunciada.
Meditatio
En situaciones dramáticas, en la desesperación, en la soledad más profunda, cuando el desaliento y la desolación toman la delantera en todo, no hay consolación. Ni siquiera el amigo más íntimo llega a sobrepasar la barrera del dolor; uno está como prisionero de la tristeza. No hay nada que ayude a entender. Estamos perdidos, abatidos, separados de todo y de todos. Nos sentimos solos con la carga pesada de la angustia.
De un modo único y verdadero, puede ser este el momento del encuentro con el Dios a quien hemos sido confiados desde el comienzo de nuestra vida: el Padre creador, el Hijo redentor, el Espíritu consolador. Puede ser la ocasión única para reconocer que nuestra condición, imperfecta y limitada a causa del pecado, necesita con urgencia la gracia del Señor para seguir adelante en el camino emprendido.
¡Quién sabe que también nosotros vivimos situaciones de profundo malestar para hacernos cargo de lo que falta a los padecimientos de Cristo! La Cuaresma nos induce y nos llama a volver la mirada y el corazón a Aquel que fue traspasado por nosotros en la cruz, nuestro amigo y Señor Jesús. Por consiguiente, no tenemos que avergonzarnos al afirmar que pertenecemos al reino de la humillación, de la pobreza y de la libertad, porque solo con Dios hay futuro seguro, solo con él se abren los resquicios.
La oración se hace intercesión, don para los demás, cirineo invisible de muchas personas que no son capaces de llevar su cruz; la oración se hace el tutor espiritual de quien es espiritualmente incapaz de caminar solo. De la oración florece una palabra sencilla y apropiada que, en el diálogo con el otro, hace que se maraville la misma persona que la dice y, al mismo tiempo, es acogida por quien la escucha.
La certeza de ser salvados se convierte en un «ya» que abre al «todavía no». Nuestra condición es la del «para siempre», porque Dios nos ha pensado y querido eternamente.
Oratio
¡Oh Señor! ¡Tú nunca nos abandonas!
Cuando estamos desorientados, escondidos por la melancolía, perdidos y llenos de miedo, tú estás ahí para darnos tu gracia. Tú eres amor siempre, tanto en lo bueno como en lo malo, en la alegría como en el dolor. Y cuando nos dirigimos a ti, nos das lo que eres, es decir, amor.
Sin saberlo y, a veces, sin ni siquiera desearlo, vivimos en este océano de tu paz y tú vienes siempre a socorrernos. Modelados por tus manos y vivificados por tu soplo, tú conoces nuestras fragilidades y durezas, tú sabes hasta dónde podemos llegar. Y, una vez que hemos llegado al final de nuestras posibilidades, tú nos esperas a fin de ayudarnos y sostenernos para que sigamos adelante, donde contigo lo imposible se hace posible. Amén.
Contemplatio
«¿Y para qué presentar una larga lista de los que alcanzaron de Dios los mayores favores orando de la manera que deben? Cada cual puede por sí mismo hacer una selección de ejemplos tomados de la Biblia. Ana, cuando todos la creían estéril, oró al Señor (1 Sm 1,9) y por ello dio a luz a Samuel, a quien se compara con Moisés (Jr 15,1; Sal 99,6). Ezequías, todavía sin hijos cuando Isaías le anunció que iba a morir, oró y fue contado en la genealogía del salvador (Mt 1,9-10; 2 Re 20,1; Is 38,1). Cuando el pueblo estaba a punto de perecer por decreto, debido a las intrigas de Amán, la oración de Mardoqueo y Ester con el ayuno fue escuchada y dio lugar a un nuevo día de fiesta, además de las solemnidades que había mandado Moisés (Est 3,6.7; 4,16.17; 9,26-28). Judit, habiendo hecho oración, con la ayuda de Dios venció a Holofernes. Así, una mujer hebrea humilló a la casa de Nabucodonosor (Jdt 13,49). Un viento fresco impidió que las llamas encendidas quemaran a Ananías, Azarías y Misael, porque fue escuchada su oración (Cántico de los tres jóvenes: Dn 3,50). Por la oración de Daniel, los leones de la cueva de Babilonia no abrieron la boca (Dn 6,22). Jonás no perdió la esperanza de ser escuchado cuando estaba en el vientre de la ballena que le había tragado.
Salió luego y cumplió entre los ninivitas la misión que apenas había empezado (Jon 2,34).
¡Cuántos beneficios tendríamos que contar cada uno de nosotros si quisiéramos recordarlos para glorificar a Dios...! Almas que fueron estériles la mayor parte del tiempo en su vida, cuando cayeron en cuenta de que no habían producido nada y eran espiritualmente estériles alcanzaron con la oración perseverante que el Espíritu Santo las hiciera concebir palabras de salvación llenas de conocimiento de la verdad, que salieron luego a luz. ¡Cuántos son los enemigos que marchan contra nosotros! Son muchas, efectivamente, las huestes de poderes adversos en lucha, deseando arrancar de nosotros la fe en Dios. Pero notemos que ellos confían en carros y caballos mientras que nosotros confiamos en el nombre del Señor (Sal 20,8). [...] El que confía en alabar a Dios (el nombre Judit quiere decir “alabanza”) despedaza incluso al jefe de los ejércitos del enemigo, que con su palabra falaz y engañosa acobarda a muchos incluso de los que ya se tienen por creyentes. ¿Qué decir de aquellos que, sometidos repetidas veces a la tentación, difícil de superar y más ardiente que la llama, nada sufrieron, pasando por las tentaciones totalmente ilesos? Ni les afectaron en lo más mínimo los daños corrientes de quemaduras y olor de hoguera [Cántico de los tres jóvenes 27]».
(ORÍGENES, La preghiera XIII, 2s, Cittá Nuova, Roma 1997, pp. 74¬76 [trad. esp.: Tratado sobre la oración, Rialp, Madrid 1994]).
Actio
Repite con frecuencia y vive la Palabra:
«¡Señor mío!¡Ven en mi ayuda., que estoy sola!»
(Est 4,17bb). "
Para la lectura espiritual
Ante el misterio de la muerte es difícil dar explicaciones lógicas, sobre todo cuando llega de un modo inesperado y trágico, como para la pequeña Marta. En estas circunstancias, nuestras palabras no son suficientes para colmar e! dolor de los familiares; el silencio es mucho más elocuente y eficaz. Aquel silencio que reinó sobre el Calvario en la hora de la muerte de Jesús, un silencio cargado de dolor para María, la madre de Jesús, para el apóstol Juan y para María Magdalena.
La única palabra verdadera y eficaz es la de Dios: dejémonos guiar y consolar por ella. Pensando en esta celebración, para dar el último saludo cristiano a la pequeña Marta, os confieso que me ha costado encontrar pasajes de la Escritura que fueran idóneos para esta circunstancia. Así que me puse a ver las lecturas que la Iglesia nos propone para la liturgia del jueves pasado, día nefasto para la familia Tenani, para ¡os maestros de Marta, sus compañeros y para todos nosotros.
En la lectura del libro de Ester he encontrado alivio y consuelo, porque, al mismo tiempo que Marta dejaba repentinamente esta vida, Dios hablaba a la Iglesia universal, esparcida por la faz de la tierra. Por consiguiente, nos hablaba también a nosotros, bautizados o no, creyentes y ateos, practicantes o no. Ester, una reina muy joven y bella, «presa de una gran angustia mortal por el peligro que se cernía sobre ella y sobre su pueblo, buscó refugio en el Señor. Se puso a suplicar a Dios diciendo: "Señor mío... ¡tú eres el único! Ven en mi ayuda, que estoy sola y no tengo otro socorro sino tú"». El grito de Ester es el de los familiares de Marta y el de todos nosotros. Es un grito de oración, de ayuda, de socorro, para tener fe en estos momentos trágicos, cuando parece que Dios está ausente. En cambio, él escucha la oración del pobre, del humilde, del abandonado, de! rechazado, del inocente, como escuchó ¡a oración de su Hijo unigénito desde la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? En tus manos entrego mi espíritu», es decir, mi vida [...].
Queridos familiares de Marta, termino dejándoos con la última frase de la reina Ester, que hemos escuchado: «En cuanto a nosotros, sálvanos con tu mano y socórrenos, porque estoy sola y no tengo otra ayuda que la tuya, Señor, que todo lo conoces».

domingo, 23 de marzo de 2014

Eduardo Meana - Esto que soy, eso te doy

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. 
Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber".
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?". Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva".
"Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva?
¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?".
Jesús le respondió: "El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed,
pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna".
"Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla".
Jesús le respondió: "Ve, llama a tu marido y vuelve aquí".
La mujer respondió: "No tengo marido". Jesús continuó: "Tienes razón al decir que no tienes marido,
porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad".
La mujer le dijo: "Señor, veo que eres un profeta.
Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar".
Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre.
Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre.
Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad".
La mujer le dijo: "Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo".
Jesús le respondió: "Soy yo, el que habla contigo".
En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: "¿Qué quieres de ella?" o "¿Por qué hablas con ella?".
La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:
"Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?".
Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: "Come, Maestro".
Pero él les dijo: "Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen".
Los discípulos se preguntaban entre sí: "¿Alguien le habrá traído de comer?".
Jesús les respondió: "Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.
Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega.
Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría.
Porque en esto se cumple el proverbio: 'no siembra y otro cosecha'
Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos".
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: "Me ha dicho todo lo que hice".
Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días.
Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra.
Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo".

Jn 4,5-42.
A veces los cristianos somos personas
con cara triste,
que vestimos 
con ropas oscuras
y celebramos la fe en iglesias grises.
A veces los cristianos
sacamos ‘ideas negras’:
pesimistas, culpabilizadoras,
negativas, feas.
¡Luego nos quejamos
de que no nos quieren!
¿Qué tal si hiciéramos
de la Cuaresma
una fiesta de encuentro
con Dios y con los hermanos?
¿Qué tal si el ayuno fuera
dar de comer a los pobres,
y la limosna decir en voz alta
que nuestra riqueza es Dios-Amor,
y la oración un lujo
que nos podemos permitir?
Dios no es aburrido, ni oscuro,
ni oscurantista, ni gruñón.
Dios tiene colores, vivos,
sorprendentes, en movimiento.
A Dios no le gustan
los que pintan el mundo
de negros y oscuros nubarrones.
Pedro Ignacio Fraile

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