sábado, 12 de abril de 2014

Te sientes triste y cansado, sin motivaciones....
Mira este video. Un maestro te desea enseñar algo sobre la vida...
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viernes, 11 de abril de 2014



Papa Francisco: El aborto es un crimen abominable y la vida debe protegerse en todas sus fases

Papa Francisco: El aborto es un crimen abominable y la vida debe protegerse en todas sus fases
Viernes de dolores. Muchos dolores que atraviesan hoy nuestro mundo. Duelen las ausencias, la soledad de algunos, las palabras hirientes..

J.M. Rodríguez Olaizola SJ
Anoche cuando dormía, soñé ¡bendita ilusión! que de la muerte salía agarrado del Señor.
Anoche cuando dormía soñé ¡bendita ilusión! que una colmena tenía dentro de mi corazón; y las doradas abejas iban fabricando en él, con las amarguras viejas, blanca cera y dulce miel.
Anoche cuando dormía soñé ¡bendita ilusión! que un ardiente sol lucía dentro de mi corazón. Era ardiente porque daba calores de rojo hogar, era sol porque alumbraba y porque me hacía llorar.
Anoche cuando dormía, soñé ¡bendita ilusión! que era Jesús quien llamaba dentro de mi corazón.

Antonio Machado

jueves, 10 de abril de 2014

Hay un rumor de conversión en la entraña de la realidad, pugnando por emerger... y la primera grieta ha de producirse en uno mismo.
José María Rodríguez Olaizola sj

Madre, vengo del tumulto de la vida.
El cansancio me invade todo mi ser.
Es tan difícil aceptar con paz todo
lo que sucede alrededor de uno durante
una jornada de trabajo y lucha.
Las cosas en las que habíamos depositado
tanta ilusión, decepcionan.
Las personas a las que queremos entregar
bondad, nos rechazan, Y aquellas otras
a las que acudimos en una necesidad,
intentan sacar provecho.
Por eso vengo a ti, Oh Madre, porque
dentro de mí camina un niño inseguro,
pero junto a ti me siento fuerte y
confiado. Solo el pensar que tengo una
madre como tú, me da ánimo. Me siento
apoyado en tu brazo y guiado por tu mano.
De esta manera puedo con tranquilidad,
retomar el camino.
Renuévame por completo para que consiga
ver lo hermoso de la vida. Levántame para
que pueda caminar sin miedo, dame tu mano
para que acierte siempre con mi camino.
Dame tu bendición, para que mi presencia
sea, en medio del mundo, un signo de tu
bendición.
Amén.
P. Ignacio Larrañaga



martes, 8 de abril de 2014

La fe sería algo a medias si afectara sólo al entendimiento y a la razón del hombre y no al hombre completo, incluido el corazón.

Hans Küng

Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco, escúchame en seguida.
Las naciones temerán tu Nombre, Señor,
y los reyes de la tierra se rendirán ante tu gloria:
cuando el Señor reedifique a Sión
y aparezca glorioso en medio de ella;
cuando acepte la oración del desvalido
y no desprecie su plegaria.
Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor:
que Él se inclinó desde su alto Santuario
y miró a la tierra desde el cielo,
para escuchar el lamento de los cautivos
y librar a los condenados a muerte.
Del salmo de hoy. Salmo 101 (102)
Este mensaje tiene 2000 años, y sin embargo sigue "pendiente" entre los hombres...

lunes, 7 de abril de 2014

LOS PERSONAJES BÍBLICOS DE LA CUARESMA Y DEL TIEMPO DE PASCUA.
Lectio divina
Autor: Pier GIORDANO CABRA

El padre misericordioso
Lucas 15,1-3.11-32
En aquel tiempo, 1 todos los publícanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle. 2 Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». 3 Entonces les dijo esta parábola: 11 «Un hombre tenía dos hijos. 12 El menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde". Y él les repartió la herencia. 13 Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su herencia viviendo como un libertino. 14 Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad.
15 Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus campos a apacentar cerdos. 16 Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie la daba nada. 17 Y recapacitando, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! 18 Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; 19 ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros". 20 Y, levantándose, partió hacia su padre.
Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó. 21 El hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo”.
22 Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. 23 Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;
24 porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse. 25 Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; 26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27 Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. 28 Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. 29 Más él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. 30 Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. 31 Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. 32 Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.”
       
«Un hombre tenía dos hijos» (v. 11) y un día el menor le pidió la parte de su herencia porque había decidido irse lejos. Como respuesta a la petición, el padre aceptó dividir sus bienes entre los hijos. Al primogénito, según la ley judía (cf. Dt 21,17), le correspondían dos partes de la herencia; por lo tanto, si los hijos eran dos, el menor habría recibido una tercera parte. Habitualmente se recibía la parte de la herencia al morir el padre, pero también existía la posibilidad de pedirla en vida del padre, con el riesgo de que este se viera reducido a la pobreza (cf. Eclo 33,2 ls).
La condición miserable en la que, en un cierto momento, se halló el hijo que se había ido lejos, se expresa por la ocupación que encontró para sobrevivir: cuidar cerdos (v. 15; animales impuros para los judíos, que no los criaban: cf. Lv 11,7 y Le 8,32s). En esta situación extrema de pobreza e impureza se acordó del bienestar de la casa paterna y pensó que la realidad que estaba viviendo era evidentemente distinta de la deseada; y, así, preparó un discurso para pronunciarlo ante el padre de modo que volviera a acogerlo en la casa (w. 17-20).
El padre se dio cuenta de su regreso cuando aún estaba lejos y, con rapidez, corrió a su encuentro, rehabilitándole inmediatamente en su condición de hijo (v. 22): lo vistió, de hecho, con el mejor vestido, habitualmente reservado para los huéspedes, le puso el anillo, símbolo del poder, y las sandalias en los pies, que solo podían llevar los hombres libres; y, como si no fuera suficiente, organizó una fiesta, en la que fue servido el novillo cebado, que se tenía guardado para las grandes ocasiones (w. 22-24).
La parábola no termina aquí: en este momento entra en escena el hijo mayor (v. 25), aquel que siempre había trabajado y nunca había transgredido ninguna norma. Justo mientras regresaba del trabajo, oyó la celebración bulliciosa y, al conocer el motivo, no quiso participar. Al padre, que también fue a su encuentro (v. 28b), le expuso un elenco de méritos personales y de acusaciones dirigidas contra él y contra el herma-no, mencionado como «ese hijo tuyo» (v. 30). La parábola,
con un final abierto, invita al lector a implicarse y a dar su respuesta personal al gesto acogedor del padre.
Meditatio
El relato en cuestión narra con mucha sobriedad la vivencia familiar de estos tres hombres en un momento extremadamente crítico y doloroso: el hijo menor ha decidido irse; quiere, por lo tanto, cortar los vínculos familiares, y hacerlo de un modo definitivo, puesto que pide incluso su parte de la herencia. No sabemos el motivo que lo impulsa a irse: ¿está movido por un necesario deseo de emigrar? ¿Es la exasperación de ver todos los bienes siempre y exclusivamente vinculados al padre? ¿O es mero deseo de aventura y libertad? No sabemos ni siquiera dónde despilfarra todo aquel dinero. Sin embargo, lo que es cierto es que el alejamiento de la casa paterna lo lleva a la ruina, a un estado de miseria tal que habría sido irreversible si no hubiera regresado junto al padre.
Paradójicamente, esta elección insensata se convierte en la ocasión para encontrar la verdad, para conocer finalmente el verdadero rostro del padre. Es un rostro que revela el amor de Dios. El padre parece, en efecto, no conocer sentimientos diversos a aquellos dictados por la misericordia, lo que se hace particularmente evidente en su actitud cuando regresa el hijo menor.
El difícil camino que el hijo menor ha tenido que recorrer es el de cambiar de idea sobre su padre. También esta es nuestra misma dificultad. Cuántas veces, de hecho, también nosotros nos alejamos del Señor, de su verdadera imagen. También nosotros podemos dejar de sentirnos hijos e irnos lejos, tan lejos que, inevitablemente, nos encontramos sin lo necesario para vivir, y terminamos por perdernos también a nosotros mismos, el sentido de nuestra vida.
Los hijos de la parábola han experimentado también la separación entre ellos. Esta es una consecuencia del pecado: si nos alejamos de Dios, nos hallamos también separados entre nosotros, nos encontramos lejos de los hermanos, de la comunidad. La idea errónea sobre Dios tiene, por consiguiente, consecuencias graves.
El Padre es realmente misericordioso. Es grande en el amor: perdona y lo hace sin humillar, sin herir, y nos hace sentir en seguida que somos nuevamente acogidos en su morada. Él nos espera: no fuerza nuestras elecciones, sino que espera que seamos nosotros quienes demos el primer paso -el paso para volver, el paso para participar en la fiesta-. ¡No hay que temer la vergüenza!
Recordemos las veces en que hemos experimentado concretamente este amor del padre en nuestra vida, y preguntémonos si hemos amado alguna vez como él, si a veces hemos perdonado sin humillar ni herir. Preguntémonos también si somos capaces de participar en las fiestas, en las preparadas para nosotros y para los demás; preguntémonos si nos alegramos con la alegría de los demás. Podemos aprender a hacerlo... es un buen modo para verificar nuestra fe, es un recorrido fecundo para celebrar la Pascua.
Oratio
Padre de las misericordias, que nunca alejas tu mirada de nosotros tus hijos, concédenos sentir el calor de tus brazos cada vez que el pecado nos distancia de ti y de los hermanos.
Enséñanos a amar como tú amas, a poner el amor en primer lugar y a no perder el tiempo en razonamientos inútiles.
Enséñanos a perdonar sin humillar y sin herir, y danos la alegría de participar en la fiesta de la reconciliación, donde cada hermano pueda tener la experiencia de sentirse acogido y esperado. Que reconciliado contigo, Padre santo, sea también reconciliado con cada uno, y que todos podamos participar así en las alegrías de los demás.
Contemplatio
«No hay lugar más remoto que aquel al que va quien se aleja de sí, y no solo espacialmente, sino por las costumbres; se separa no por la distancia, sino por los deseos. Quien se separa de Cristo es un exiliado de su patria.
En verdad, quien se aleja de la palabra de Dios está hambriento, uno se empobrece si se aleja del tesoro, se hace necio quien se aleja de la sabiduría, se destruye, en fin, a sí mismo alejándose de la virtud. Es, por consiguiente, natural que comenzara a sentirse en graves estrecheces, puesto que había abandonado los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios. Comenzó a sentir la miseria y a sufrir el hambre. Bien es verdad que después vuelve en sí, ya que se había alejado de sí. En efecto, quien vuelve al Señor, vuelve en sí.
Pero es tiempo de regresar junto al padre. Él se reconcilia con mucho gusto. Te sale al encuentro Aquel que te ha oído hablar en lo íntimo de tu alma; y mientras aún estás lejos, él te ve y sale corriendo a tu encuentro. El ve en tu corazón, y corre hacia ti y también te abraza. Cristo se echa a tu cuello, para liberar tu nuca del yugo de la esclavitud y ponerte su yugo suave. Después se mata el novillo cebado; de este modo nos ha querido mostrar que el alimento del Padre es nuestra salvación y que la alegría del Padre es la redención de nuestras culpas.
Ahora bien, el padre es feliz porque “el hijo estaba perdido y ha sido encontrado, estaba muerto y ha vuelto a la vida”. En este joven puede verse también la imagen del género humano: el que fue hecho a imagen y semejanza de Dios es restaurado gracias a la paciencia y a la magnanimidad de Dios».
(AMBROSIO DE MILÁN, Commento al Vangelo di Luca, Cittá Nuova, Roma 1968, pp. 123-136, passim [trad. esp.: Obras de san Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de san Lucas, BAC, Madrid 1966]).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«Padre, ya no merezco ser llamado hijo tuyo» (Le 15,18a. 19).
Para la lectura espiritual
Difícilmente, en la Biblia o en otro lugar, se encontrará un padre tan bueno como el de la parábola. Alguien podría definirlo también como demasiado bueno. Cuando el hijo exige su parte, no protesta, no dice nada; lo acepta: «Y el padre les repartió la herencia» (Le 15,12). Esta actitud del padre es simplemente incomprensible, incluso roza en la irresponsabilidad; un padre normal, en un caso similar, no puede callarse.
Y, sin embargo, Dios se calla: nos deja hacer. El respeto por nuestra libertad es tan grande que acepta todos los riesgos, ya que podemos usarla para servirle, pero también para darle las espaldas e irnos a un país lejano. Y Dios calla; a veces también por largos años. Mucho tiempo después de su conversión, san Agustín no lograba aún explicarse el largo silencio de Dios durante el tiempo de su pecado. Durante su turbulenta juventud en Tagaste, Cartago y Milán, Dios no le había hecho ni un solo reproche: «Y tú, Señor, no hacías sino callar». Desde entonces. Dios no ha cambiado: sigue la misma pedagogía sobrecogedora del silencio ante el pecado del mundo. «El país está lleno de asesinos y la ciudad está llena de violencia» (Ez 7,23). Dios, ciertamente, envía a los profetas, pero él se mantiene en silencio. Y los hijos recogen la herencia para irse a un país lejano. Y tú, Señor, ¿no tienes nada que decir?
(G. Danneels, La venta vi renderá iiberi. Tre parabole delta misericordia, EDB, Roma 1997, pp. 18s).


domingo, 6 de abril de 2014


« ¡Sal fuera! Recupera tu vida»


« En aquel tiempo, había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo». Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba. Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea». Le dicen los discípulos: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?». Jesús respondió: «¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él». Dijo esto y añadió: «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle». Le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se curará». Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él». Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con Él». Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá». Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará». Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día». Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo». Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama». Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue donde Él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí. Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?». Le responden: «Señor, ven y lo verás». Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería». Pero algunos de ellos dijeron: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?». Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús: «Quitad la piedra». Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día». Le dice Jesús: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado». Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!». Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: «Desatadlo y dejadle andar». Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él. ».


Jn. 11, 1-45

Hemos oído decir que muchas personas han recuperado el sentido de sus vidas, o que le han dado un “giro”, cuando tuvieron experiencias muy cercanas a la muerte. Y aunque puede sonar contradictorio, la vida y la muerte, son dos experiencias que se complementan y comprenden mutuamente; «Morir para tener vida y  vivir después de la muerte».
Cuando se acerca la muerte nos aferramos fuertemente a la vida. Y cuando esto ocurre generalmente nos damos cuenta de que en realidad «no era vida lo que teníamos». Tomamos conciencia de que estábamos muy ocupados en otras cosas sin preguntarnos si estábamos rindiendo honor al hecho mismo de estar vivos.
La muerte, aunque nos cueste reconocerlo, tiene la bondad de revelarnos la verdad y el valor de la vida, o dicho de otro modo, si no es vida lo que llevamos, por andar distraídos o preocupados por otras cosas, la muerte tiene maneras misteriosas para exigirnos a que vivamos de verdad. La muerte nos “reta”, nos cuestiona, nos exige, que vivamos de manera plena la vida que se nos ha regalado. ¡Porque podemos ser «tacaños y amarretes» hasta con lo que se nos regala generosamente!
¿Cómo saber si estoy viviendo de verdad o solo estoy «haciendo la plancha»?
El relato de la resurrección de Lázaro puede darnos algunas pistas. El evangelista revela abiertamente el sentimiento y el cariño que tenía Jesús por aquellos hermanos. Seguramente en más de una ocasión habrían compartido largos ratos de charlas y risas. Sus esperanzas y penas, sus alegrías y preocupaciones como hacen los buenos amigos. Y no habrán faltado momentos para decirse que podrían contar el uno con el otro cuando lo necesitaran. Ese grupo de amigos rendían culto a la vida y a la amistad.
Dice el evangelio que las hermanas de Lázaro mandaron decir a Jesús; «Señor, el que Tú amas está enfermo» y que Él dijo que «esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios…»  y permaneció «dos días más en el lugar donde estaba».
Parece contradictorio que amando a Lázaro, y sabiendo que estaba enfermo y que sus hermanas solicitaban su presencia, permaneciera «dos días más en el lugar donde se encontraba». Pero tal vez no resulte extraño si pensamos que quería hacernos comprender el valor que adquiere una vida cuando es vivida con generosidad.
Al ver aquella escena de dolor, lamento y llanto, Jesús lloró. Lloró porque lo amaba, porque era su amigo. Sintió pena al ver a aquellas mujeres privadas de la vida de su hermano. Lloró porque Lázaro con su amistad había enriquecido al Señor de la Vida. ¿Cómo no habría de resucitar a aquel hombre que con su vida daba vida a los demás? ¿Cómo no despertar del sueño a aquel hombre con quien seguramente habrían pasado gratos momentos de amistad?
¿Y tú? ¿Das vida con la vida que llevas? ¿Gestas vida en los demás con tu amistad y cercanía? Si la muerte se acercara de manera misteriosa ¿tendrías razones suficientes para exigirle que no se «lleve la vida que atesoras para ti mismo» sin comunicarla a los demás?
Jesús lloró por su amigo y con sus lágrimas rendía honor al valor de la vida de Lázaro. Y porque con su amistad alimentó al Señor de la vida, «gritó con voz fuerte: «Lázaro, ¡sal fuera!».
 También llora por nosotros cuando nuestra vida en lugar de enriquecer a otros se cierra sobres sí misma, buscando sus propios intereses. Cuando marchamos preocupados por satisfacer solamente nuestras necesidades en lugar de alimentar la vida de los demás. ¡Cuántos se han convertido en sus propios sepulcros, húmedos y fríos, encerrándose en sí mismos! Necesitamos recuperar nuestra vida. El mundo que vivimos necesita de «nuevos Lázaros» que rindan honor al valor de la vida, a la amistad, a la familia…
Pregúntate si con la vida que llevas enriqueces a los demás, o si aún permaneces en tu sepulcro. Si quieres vivir de verdad, si quieres tener vida de verdad,  tal vez tengas que admitir primero que te encuentras en el sepulcro de tus propios intereses y necesidades, atado de pies y manos en tus propias cavilaciones. Sólo entonces podrás pedir a Jesús que grite con voz potente tu nombre y te despierte del sueño.
(Pon tu nombre e imagina que Jesús dice con voz fuerte) «……….sal fuera». ¡Sal al encuentro del Señor de la vida!.  

P. Javier  Rojas sj

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