sábado, 24 de mayo de 2014

¿El hijo pródigo por qué? Si no es el evangelio correspondiente a este domingo.
Porque sí...Es que,acaso, ¿tiene que existir siempre un por qué?
Es que todos somos hijos pródigos y cada vez que nos desviamos del camino, añoramos volver a casa y recibir el perdón del Padre.
Por eso esta pequeña reflexión.

Lo maravilloso del Padre es que no espera a que su hijo se arrepienta. Apenas lo ve, corre a su encuentro. Con ansias se precipita para llegar hasta él…Su único deseo es fundirse con ese hijo en un abrazo interminable. Decirle cuánto lo ama y cuánto lo ha echado de menos.
Corre desesperadamente a pesar de los achaques de la edad y cuando lo ve acercarse tan cansado y sucio, por el camino polvoriento, lo abraza, lo cubre de besos...y lo acaricia hasta con la mirada.
Sabe de sobra que ese hijo es débil y esto lo hace amarlo más todavía.
Ha vuelto a la vida el hijo que estaba muerto…Hay clima de fiesta. Hay mucho amor para compartir…y tanto para agradecer.
@Ale Vallina

viernes, 23 de mayo de 2014

Luz de Dios, 
disipa la tiniebla de mis dudas 
y guíame. 
Fuego de Dios, 
derrite el hielo de mi indiferencia 
y abrásame. 
Torrente de Dios, 
fecunda los desiertos de mi vida 
y renuévame. 
Fuerza de Dios, 
rompe las cadenas de mis esclavitudes 
y libérame. 
Alegría de Dios, 
aleja los fantasmas de mis miedos 
y confórtame. 
Aliento de Dios, 
despliega las alas de mi espíritu 
y lánzame. 
Vida de Dios, 
destruye las sombras de mi muerte 
y resucítame. 
Ven, Espíritu Paráclito, 
Espíritu creador y santificador, 
Espíritu renovador y consolador, 
Espíritu sanador y pacificador. 
Ven y concede hoy a tu Iglesia, 
reunida en el Cenáculo con María, 
la experiencia de Pentecostés

Ángel Sanz Arribas

María, nombre de mujer, nombre de madre,
porque un día, una joven muchacha de Palestina,
acogió el deseo de Dios,
sin cálculos ni discusiones,
movida por el tremendo impulso
del amor sin condiciones.
María, tú dices en ti lo mejor que yo tengo.

María, una mujer como todas las mujeres del mundo,
hecha de lágrimas, de sudor y de sangre.
En tu cuerpo, limpio de toda maldad,
Dios ha venido a hacer su nido
para escribir con letras de carne la promesa tan esperada.
María, tú vives en ti lo mejor que yo vivo en mí.

María, madre del sufrimiento y del dolor,
madre de las rupturas y de las separaciones,
madre rota en lo más profundo del corazón,
tú nos haces nacer en la cruz,
cruz que da, como un árbol,
el fruto maduro de Dios, el fruto de tus entrañas.
María, enséñame a nacer a la vida.

Mujer entre todas las mujeres,
reaviva en mí la esperanza que se adormece.
Fritz Westphal




jueves, 22 de mayo de 2014

Dios está por encima tuyo para bendecirte, 
debajo para sostenerte,
delante para orientarte
detrás para protegerte...
y a tu lado siempre para acompañarte...

Hoy, más quizá que en un cercano pasado, se nos ha hecho claro que la fe no es algo adquirido de una vez para siempre, sino que puede debilitarse y hasta perderse, y necesita ser renovada, alimentada y fortalecida constantemente. De ahí que vivir nuestra fe y nuestra esperanza a la intemperie "expuestos a la prueba de la increencia y de la injusticia", requiera de nosotros más que nunca la oración que pide esa fe, que tiene que sernos dada en cada momento. La oración nos da a nosotros nuestra propia medida, destierra seguridades puramente humanas y dogmatismos polarizantes y nos prepara así, en humildad y sencillez, a que nos sea comunicada la revelación que se hace únicamente a los pequeños.
Pedro Arrupe S.J.
Hacer silencio, ponerse a la escucha, y quizás hablar. A la escucha y hablar: esto es sin duda un resumen de lo que es la oración. El diálogo es una palabra actualmente muy de moda. Y, en realidad, la oración es un diálogo. Se dialoga con alguien. Alguien vivo. Alguien que es Dios. Alguien vivo pero que es invisible y que es preciso descubrir en la fe.
Témoignage d’une Clarisse, Promesses 19, 37

miércoles, 21 de mayo de 2014

Todo nos llega de Dios. Las caricias, la bondad, los dones y los talentos. Todo es regalo que llega de lo alto y cae sobre nosotros como llovizna que acaricia. El buen Dios trabaja en cada uno de nosotros con una dedicación impecable, moviéndonos al bien, a la justicia y al amor esperanzado. Si no alcanzamos a vivir en esas virtudes es siempre por habernos “corrido” de su camino…
Nos ha regalado un planeta, con mares y ríos, con montañas, desiertos, llanuras e inmensas playas. Ha puesto a nuestra disposición flores multicolores, árboles que albergan pájaros, animales pequeños y enormes que surcan las aguas, los cielos y la tierra. Está en nuestras mañanas, en los atardeceres y en las noches. Habita nuestra mente, sensibilidad y voluntad. Nos quieres vivos hoy y siempre, deseosos de que amemos y sirvamos al prójimo…
Tiene para cada uno una historia de salvación que descubrimos cuando nos ponemos a orarle con genuinos deseos de encuentro. Su amor se manifiesta en todo lo que nos dona.
¿Cuánto para agradecerte Señor! ¡Cuántos regalos! ¡Cuánta vida puesta a nuestra disposición para hacerla crecer, para que fructifique y de abundantes frutos!…
Te sugiero ahora que por unos instantes cierres los ojos y te quedes contemplando con tu corazón todo lo que has recibido de Dios: tus talentos, tu familia, tus deseos, la fe, los amigos, el trabajo, la vocación y tanto más…
Tómate tiempo para descubrirlo en todo y en todos.
Termina dando gracias por tanto bien recibido.
Culmina con un Padre Nuestro pronunciado con lentitud para saborear cada frase y cada palabra.
@Ale Vallina
“... la verdad fundamental sobre el ser humano no es tanto su condición de creatura cuanto que esta creatura es infinitamente amada por Dios”.
P. Tony Mifsud S.J.
Tan sencillo y tan misterioso a la vez.

martes, 20 de mayo de 2014


"¿Qué tienes que no hayas recibido?".
1, Cor 8, 1



Orar significa abrirnos siempre a la sorpresa de un Dios siempre nuevo que nos hace -cuando le dejamos encontrarnos- nacer otra vez, no con menos dolor e intensidad que la primera.
Piensa, pregúntate y ora....¿Recibes a Dios tal como Él quiere hacerse cercano o le vistes tú de los trajes que más te complacen? ¿Estás dispuesto a recibir un Dios todo amor, pero también todo sorpresa y desconcierto?

Miguel Márquez 

lunes, 19 de mayo de 2014

Es la paciencia de la araña que vuelve a empezar indefinidamente su tela cada vez que la ve destruída. Es una tenacidad, íntima, secreta y dócil, en los antípodas de la testarudez, de la rigidez o del entusiasmo. Es una virtud profundamente humilde, y recíprocamente la humildad es profundamente perseverante, no se desanima nunca. Sólo el orgullo y solo él es el que se desamina.
M. Molinié
El Evangelio dice más bien que no tiene vida en sí mismo - vida verdadera -, quien no sale de su camino - de su modo de vida -, para aproximarse a quien tiene necesidad de ser ayudado, herido al borde de los caminos (Lc 10,25,37).
Peter Hans Kolvenbach S.J., "La Opción por los Pobres Ante el Reto de la Superación de la Pobreza”

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Jesús dice en el evangelio que el mayor mandamiento de la ley es «amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo como a uno mismo». Este mandato de Jesús no siempre se vive en total armonía... En demasiadas ocasiones confundimos o mal interpretamos el mandato único que haces Jesús. El mandato es a «amar» en una triple relación: a Dios, al prójimo y a uno mismo.
Me sorprende cuando escucho que algunos dicen que aman a Dios “por sobre todas las cosas” pero son incapaces de manifestar amor al prójimo... O quiénes dicen o se muestran muy caritativos y solidarios con los demás, pero consigo mismo son lapidarios y despiadados. La polarización de una de las relaciones en detrimento de las otras dos quiebra y contradice el mandamiento del amor del que habla Jesús en el evangelio.

P. Javier Rojas, sj

domingo, 18 de mayo de 2014



«No “pierdas” el tiempo»


«No se turbe su corazón; crean en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, se lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para ustedes. Y si me voy y les preparo un lugar, vendré otra vez y los tomaré adonde Yo voy; para que donde Yo esté, allí estén ustedes también. Ya conocen el camino a donde voy. Señor, si no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino? Le dijo Tomás. Jesús le dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí”. Si ustedes me hubieran conocido, también hubieran conocido a mi Padre; desde ahora lo conocen y lo han visto. Señor, muéstranos al Padre y nos basta," Le dijo Felipe. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo he estado con ustedes, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre'? ¿No crees que Yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo les digo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí es el que hace las obras. Créanme que Yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, crean por las obras mismas. En verdad les digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores que éstas hará, porque Yo voy al Padre».

Jn 14,1-12


En el Eclesiastés leemos que «Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo: Tiempo de nacer, y tiempo de morir; Tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; Tiempo de matar, y tiempo de curar; Tiempo de derribar, y tiempo de edificar; Tiempo de llorar, y tiempo de reír; Tiempo de lamentarse, y tiempo de bailar; Tiempo de lanzar piedras, y tiempo de recoger piedras; Tiempo de abrazar, y tiempo de rechazar el abrazo; Tiempo de buscar, y tiempo de dar por perdido; Tiempo de guardar, y tiempo de desechar; Tiempo de rasgar, y tiempo de coser; Tiempo de callar, y tiempo de hablar; Tiempo de amar, y tiempo de odiar; Tiempo de guerra, y tiempo de paz. (Ecl 3,1-8 )» Sólo hay un tiempo que no acaba; el tiempo para agradecer.

Nuestra vida es un don de Dios que fluye y que se despliega. De nosotros depende que sea fecunda aun después de nuestra muerte.
Para crecer y dar frutos debemos atravesar por “distintos tiempos”, al igual que las plantas y los animales en las estaciones del año, para  llegar a ser fecundos. No habremos crecido ni madurado sanamente si nos resistimos a pasar estos tiempos. Porque de lo contrario seremos retoños pálidos o amarillentos.
Si pudiéramos aceptar lo que vivimos, o el tiempo que estamos viviendo “tal y como está aconteciendo”, dejando de lado el lamento o el reclamo tendríamos la oportunidad de descubrir lo que el tiempo que vivimos está haciendo.
¿Qué pasaría si el árbol se rehusara a perder sus hojas en otoño? ¿Qué sería de la viña si se negara a ser podada en invierno? ¿Qué ocurriría si el trigo se resistiera a entregar su espiga en verano?
No tendríamos frutos en primavera, no podríamos gustar del buen vino en la mesa con amigos, ni saborear el pan de cada mañana en familia.  Aprendemos a vivir….viviendo.
Todo lo que vivimos puede ser ocasión para crecer, madurar y fecundar. Es verdad que existen muchas personas que han atravesado por tiempos muy duros. Personas que sienten que sus vidas están destrozadas, heridas, quebradas, llenas de cicatrices. Pero no es menos verdad que de esas situaciones han surgido personas maravillosas.
Los tiempos duros saben forjar personas enriquecidas. En todo momento tenemos la posibilidad de elegir cómo vivir cada acontecimiento. Nadie está condenado por su pasado. Ninguno de nosotros está destinado a arrastrar sus propios pecados o los pecados de los demás, porque Cristo ya nos liberó. Todos somos, con la gracia de Dios que nunca nos falta, “arquitectos” de nuestra propia vida.
Cuando vivimos desde la perspectiva de que la vida es un regalo, un don, destinada a enriquecer la vida de los demás, comenzamos a entender que las “pérdidas”, las “podas”, y las “entregas” son parte de un proceso que nos convierte en personas con capacidad de sacar de nosotros un potencial mayor y contribuir en la felicidad de los demás.
Cuando Jesús pide a sus discípulos que «no se inquieten» los anima a superar la estreches de su mirada. Ellos ven fracaso en el acontecimiento de la cruz y no pueden comprender el misterio de la resurrección.
Los discípulos no podían comprender la nueva primavera que se forjaría tras el duro invierno de la cruz. El fruto nuevo que surgiría luego de que el árbol de la cruz perdiera sus hojas. Quedarían desconcertados al ver la viña de Dios podada… y quedarían sin aliento al ver el grano de trigo caer en tierra y morir para convertirse en pan. 
Vivamos cada “tiempo” como un momento único, especial, para hacer fecunda nuestra vida. Vivamos como dice aquella conocida chacarera sabiendo que «La vida me han prestado y tengo que devolverla, cuando el creador me llame para su entrega».
Nuestra vida es bella, compleja en ocasiones, pero con capacidad para convertir este mundo en un lugar mejor si no nos resistimos a las “pérdidas”, a las “podas” y a las “entregas”.
El “tiempo” que vivimos actualmente, cada uno de nosotros, forma parte de un proceso. Doloroso tal vez, pero dependerá de ti que no se convierta en un extenso otoño de pérdidas, ni en un prolongado invierno de ausencias.
¡Adelante!. No te inquietes, sigue adelante… crece, madura, pierde, renueva…y vuelve a dar frutos. Aprendamos a agradecer a Dios los “tiempos” que aun siendo de “pérdidas” y “podas” nos han hecho madurar y dar frutos.
Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de atravesar los tiempos que nos toca vivir con amplitud de corazón y de mente para descubrir en ellos la acción de su Espíritu que nos impulsa a crecer y fecundar esta tierra.


P. Javier  Rojas sj

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