sábado, 21 de junio de 2014


«Si Dios es un portador del miedo en vez del amor, estamos usando lo más santo de la forma más temible y degradante. Tenemos que luchar a brazo partido contra esta imagen negra y amenazadora de Dios. Al Dios del miedo y del temor solo lo podemos combatir y sanar con su opuesto, que es el Dios del amor, que es el Dios de Jesús por excelencia».

 José María Mardones (Matar a nuestros dioses)

viernes, 20 de junio de 2014

Homilía del Santo Padre en Corpus Christi 
"El Señor tu Dios… te nutrió con el maná, que tú no conocías” (Dt 8,2).

Estas palabras del Deuteronomio hacen referencia a la historia de Israel, al que Dios hizo salir de Egipto, de la condición de esclavitud, y al que durante cuarenta años guió en el desierto hacia la tierra prometida. Una vez establecido en la tierra, el pueblo elegido alcanza una cierta autonomía, un cierto bienestar, y corre el riesgo de olvidar los tristes acontecimientos del pasado, superados gracias a la intervención de Dios y a su infinita bondad. Entonces, las Escrituras exhortan a recordar, a hacer memoria de todo el camino hecho en el desierto, en el tiempo de la carestía y de la incomodidad. La invitación es a volver a lo esencial, a la experiencia de la total dependencia de Dios, cuando la supervivencia estaba confiada a su mano, para que el hombre comprendiera que “no vive sólo de pan, sino de cuanto sale de la boca del Señor” (Dt 8,3).

Además del hambre física, el hombre lleva consigo otra hambre, un hambre que no puede ser saciada con el alimento ordinario. Es hambre de vida, hambre de amor, hambre de eternidad. Y el signo del maná – como toda la experiencia del éxodo – contenía en sí también esta dimensión: era figura de un alimento que satisface esta hambre profunda que hay en el hombre. Jesús nos da este alimento, más aún, es Él mismo el pan vivo que da la vida al mundo (cfr Jn 6,51).

Su Cuerpo es la verdadera comida bajo la especie del pan; su Sangre es la verdadera bebida bajo la especie del vino. No es un simple alimento con que saciar nuestros cuerpos, como el maná; el Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque la sustancia de este pan es Amor.

En la Eucaristía se comunica el amor del Señor por nosotros: un amor tan grande que nos nutre con Él mismo; un amor gratuito, siempre a disposición de cada persona hambrienta y necesitada de regenerar las propias fuerzas. Vivir la experiencia de la fe significa dejarse nutrir por el Señor y construir la propia existencia no sobre los bienes materiales, sino sobre la realidad que no perece: los dones de Dios, su Palabra y su Cuerpo.

Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que hay muchas ofertas de alimento que no vienen del Señor y que aparentemente satisfacen más. Algunos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad, otros con el poder y el orgullo. Pero el alimento que nos nutre verdaderamente y que nos sacia es sólo el que nos da el Señor. El alimento que nos ofrece el Señor es distinto de los demás, y quizás no nos parece tan sabroso como ciertos víveres que nos ofrece el mundo. Entonces soñamos con otros alimentos, como los hebreos en el desierto, que echaban de menos la carne y las cebollas que comían en Egipto, pero olvidaban que esos alimentos los comían en la mesa de la esclavitud. Ellos, en esos momentos de tentación, tenían memoria, pero una memoria enferma, una memoria selectiva. Una memoria esclava, no libre.

Cada uno de nosotros, hoy, puede preguntarse: ¿y yo? ¿Dónde quiero comer? ¿En qué mesa quiero nutrirme? ¿En la mesa del Señor? ¿O sueño con comer alimentos sabrosos pero en la esclavitud? También cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi memoria? ¿La del Señor que me salva, o la del ajo y las cebollas de la esclavitud? ¿Con qué memoria yo sacio mi alma?

El Padre nos dice: “Te he nutrido con el maná que no conocías”. Recuperemos la memoria, esta es la tarea, recuperar la memoria, y aprendamos a reconocer el pan falso que defrauda y corrompe, porque es fruto del egoísmo, de la autosuficiencia y del pecado.

Dentro de poco, en la procesión, seguiremos a Jesús realmente presente en la Eucaristía. La Hostia es nuestro maná, mediante el cual el Señor se nos da a sí mismo. A Él nos dirigimos con confianza: Jesús, defiéndenos de las tentaciones del alimento mundano que nos hace esclavos, del alimento envenenado; purifica nuestra memoria, para que no quede prisionera de la selectividad egoísta y mundana, sino que sea memoria viva de tu presencia a lo largo de la historia de tu pueblo, memoria que se hace "memorial" de tu gesto de amor redentor. Amén.+
 

jueves, 19 de junio de 2014

8.




¿Es posible amar a otros cuando uno se odia o desprecia a sí mismo? ¿Qué tipo de amor se puede ofrecer a Dios si nos convertimos en nuestro propio verdugo? ¿Acaso es posible amar al prójimo cuando uno se autoagrede ? Y la pregunta adquiere aún mayor profundidad: ¿Es que se puede realmente amar a otro cuando no hay amor para uno mismo?
¡Jesús responde a la pregunta del fariseo de un modo tan sencillo! El amor a Dios no puede estar divorciado del amor al prójimo y de uno mismo. O dicho de otro modo, el sano amor a uno mismo es lo que sustenta el amor al prójimo y a Dios.

P. Javier Rojas, sj

miércoles, 18 de junio de 2014

Cuando leemos en los periódicos que este es un corrupto, que aquel otro también, que ha hecho esta corruptela y que las comisiones van de un lado a otro y muchas cosas de algunos prelados, como cristianos nuestro deber es el de pedir perdón por ellos y que el Señor les dé la gracia de arrepentirse, que no mueran con el corazón corrupto…
Condenar a los corruptos ¡sí!”, concluyó el Papa, “pedir la gracia de nos convertirse en corruptos, ¡sí!” y “rezar por su conversión.

Francisco.
Quiero cantar
la vida que empieza,
tararear las dudas
que a veces me detienen,
y convertir en música
las lágrimas.

Quiero hacer
una balada de justicia
y una samba
para pronunciar
la paz en mil idiomas.

Que el perdón se cante
como un rumba
y la esperanza se anuncie
con tambor y trompeta.

Que la fe tenga
la letra de un bolero
y tu historia,
fascinante y única,
sea un villancico
para todo el año.
  • José Mª Rodríguez Olaizola, sj
“Una sola alegría hace que desaparezcan cien tristezas”.
Proverbio chino

martes, 17 de junio de 2014


No es lo que hacemos, sino el por qué y el cómo lo hacemos, lo que puede transformar nuestra actividad en un lugar sagrado en el que permitimos a Dios estar presente y dirigiéndonos activamente.
Piet van Breemen sj
Es muy saludable salir de las rutinas cotidianas, de las zonas de confort que nos rigidizan, de las falsas seguridades que, en muchas ocasiones, no nos permiten evolucionar. 
Salir al mundo y experimentar cosas nuevas, abrir los brazos a la vida y dejar que ella fluya sin la interferencia de nuestros miedos y preocupaciones nos ayuda a crecer. Abrir la ventana de par en par para que penetre la brisa fresca, que nos acaricie el rostro, que nos despeine…
Quien no se atreve a nuevas experiencias de vida se resigna a una existencia chata, sin brillo, sin aventura…Y no hay peor vida que la que teniendo todo para vivir se anquilosa por temor…
No es el odio lo que se opone al amor. Sino el miedo…
¿Qué vas a hacer hoy? Por favor: toca tu propia melodía...Dios te ha regalado los instrumentos.
@Ale Vallina

lunes, 16 de junio de 2014


Hay momentos de oración que duran solo el “instante de una respiración” pero que sin embargo poseen la profundidad de un pozo del que brota vida nueva.
La cantidad de palabras recitadas en la oración no hacen de esta una plegaria más potente o más piadosa, ni siquiera más sincera…Lo que hace que una oración llegue al cielo es la humildad del que la pronuncia, pero sobre todo el amor incondicional de Quien la recibe.
El gran San Agustín de Hipona decía que: “La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios”….Dios nos recibe “completos” cada vez que le oramos. Para Él el número de palabras de nuestro rezo carece de trascendencia.
Nuestras plegarias pueden durar lo que un suspiro o el tiempo de un latido del corazón. Y también una vida completa...
@Ale Vallina
¡OH TRINIDAD ETERNA!
“¡Oh Trinidad eterna! Tú eres un mar sin fondo en el que, cuanto más me hundo, más te encuentro; y cuanto más te encuentro, más te busco todavía. De Ti jamás se puede decir: ¡basta! El alma que se sacia en tus profundidades, te desea sin cesar, porque siempre está hambrienta de Ti, Trinidad eterna; siempre está deseosa de ver tu luz en tu luz. Como el ciervo suspira por el agua viva de las fuentes, así mi alma ansía salir de la prisión tenebrosa del cuerpo, para verte de verdad. ¿Podrás darme algo más que darte a Ti misma? Tú eres el fuego que siempre arde, sin consumirse jamás. Tú eres el fuego que consume en sí todo amor propio del alma; Tú eres la luz por encima de toda luz. Tú eres el vestido que cubre toda desnudez, el alimento que alegra con su dulzura a todos los que tienen hambre pues Tú eres dulce, sin nada de amargor. ¡Revísteme, Trinidad eterna, revísteme de Ti misma para que pase esta vida mortal en la verdadera obediencia y en la luz de la fe santísima con la que Tú has embriagado a mi alma!”.
Santa Catalina de Siena

En la Trinidad reconocemos modelo de la Iglesia, llamados a amarnos como Jesús nos amó, dice el Papa

En la Trinidad reconocemos modelo de la Iglesia, llamados a amarnos como Jesús nos amó, dice el Papa

domingo, 15 de junio de 2014

«Tanto amó Dios al mundo»


«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.»


                    Jn 3, 16-18

Quiero compartir con ustedes esta reflexión que escuché hace tiempo, y aunque desconozco su autoría, me parece un bello pensamiento.

«Hoy he escuchado la radio, he leído los periódicos, he pegado la oreja para saber de qué se habla en las calles, en las colas de los colectivos, en las barras de los bares y no he oído hablar de amor… He vagado de un lado para el otro con los oídos alertas, pero nadie ha pronunciado la mágica palabra. He oído hablar de impuestos, de violencia, de accidentes, de famosos, de fraudes. He oído hablar de fútbol, de política, pero no he oído hablar de amor… Me he acercado a las parejas y las he oído hablar de dinero, de coches, de ropa, de propiedades, de lo que hacen los demás, del colegio de los niños, de cine, de divorcio, de problemas, pero no he oído hablar de amor...He visto a la gente protestar por todo, porque hay baches en las calles, porque la grúa se ha llevado el coche, porque un político ha dicho algo, porque la sopa estaba fría, porque han subido el precio de no sé qué producto, pero no he visto a nadie protestar por falta de amor...Me he cruzado con una manifestación pero en ninguna pancarta he podido leer la palabra amor. Yo me pregunto y te pregunto… ¿Qué pasa? ¿Tan insignificante es el amor que nadie habla de él, que nadie le echa de menos?»

¿Qué deseamos expresar cuando decimos AMOR? ¿Qué tiene el amor que nos hace correr tras de él, tropezar y volver a levantarnos? ¿Por qué el amor puede llegar a cegarnos por completo o puede devolvernos el brillo de los ojos?
¿Qué queremos comunicar cuando decimos “¡te amo!”, “¡eres mi amor!”, “¡hagamos el amor!”?
¿Por qué podemos decir, “te amo”, con tanta facilidad, y sin embargo nos cuesta aceptar a los que amamos? Si alguien es “mi amor”, ¿por qué por momentos nos resulta extraño, e incluso llegamos a desconocer a quienes amamos? Si “hacemos el amor” ¿Por qué el mundo sigue tan vacío de él? ¿Por qué cada vez son menos las expresiones de amor entre nosotros?
El amor nos hace llorar y reír. Gritar de dolor y saltar de alegría. Todos lo buscamos, lo esperamos… nos ilumina el alma cuando llega y nos deja en profunda soledad y dolor cuanto se va. Pero ¿sabemos quién es? ¿Dónde lo buscamos? ¿Dónde esperamos encontrarlo? ¿Por qué se demora en llegar? ¿Por qué es tan frágil?
Tal vez hace falta que empecemos a sincerarnos con nosotros mismos. ¿Estoy seguro de que por el camino que voy lo encontraré? Deberíamos tomarnos un tiempo para reflexionar sobre lo que entendemos por “amor”.
Quizás sea tiempo de que tomemos en serio al amor y comencemos por respetarlo.
Podríamos comenzar este proceso planteando a nuestro propio concepto de amor lo siguiente: ¿Qué es el amor para mí? ¿Dónde encuentro yo la manifestación del amor? ¿Dónde espero encontrarlo? ¿Cómo lo expreso? ¿Qué significa para mí amar?
Siempre me llamó la atención esta expresión de san Juan, “…tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Único…”. Me parecería más clara la expresión, “cuanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Único”, porque de esa manera se me hacía más comprensible el enorme despojo de Dios.
 Pero ahora me doy cuenta que en esta “pequeña” diferencia que existe entre el “tanto” del evangelio y el “cuanto” o “mucho” de nuestra expresión, anida uno de los más grandes misterios del corazón humano: el amor ,cuando es verdadero, no se puede contar.  La entrega, como expresión de amor, no se mide, no se puede pesar en la balanza. El “tanto” de la expresión del evangelio manifiesta la grandeza y la gratuidad, mientras que nuestras expresiones que comienzan con “cuanto” esconde a veces la mezquina y avara manera de amar.
El amor es vida y porque anhelamos profundamente esa vida que se deriva del amor es que no puede ser amor verdadero el de aquel que no deja vivir a los demás. Porque si el “amor” que doy quita libertad y no respeta la diferencia, no es amor sino capricho.
Es vida los que nos entregó Dios al enviar a su Hijo y es amor lo que Cristo nos comunicó por eso el amor de Cristo se manifiesta en la aceptación del otro y en respeto por su libertad. Entonces no te engañes, si tu amor no acepta y no hace crecer al otro en la libertad, no es amor, sino capricho.
El amor y la vida, como las dos caras de la misma moneda, se conjugan sin anularse y se combinan sin mezclarse. No anula el amor la identidad del otro, ni quita libertad porque acepta la diferencia. El amor, el verdadero, respeta la diferencia. En una comunidad que no se respeta las diferencias, no hay amor, sino capricho e intereses personales y mezquinos.
Cuando decidimos amar a alguien, iniciamos un proceso de crecimiento que nos libera primero de los caprichos y nos abre así a escuchar al otro. Escucha que no significa renunciar a la propia identidad, sino a aprender a aceptar la diferencia.  
Este proceso de amar desde la perspectiva del evangelio es una tarea que puede durar toda la vida. Amar a alguien es siempre un proceso humano que nos saca del egoísmo y nos abre a la diferencia y la aceptación del otro.
El verdadero amor es gratuidad.  No porque entreguemos amor sin “esperar” nada, sino porque recibimos el amor del otro que en ocasiones es muy distinto a nuestras expectativas. Sólo puede amar aquel que se abre a lo diferente sin miedo de perder.  Amar es aceptar al otro y madurar juntos en un camino de libertad.
El amor que entrega Dios en su Hijo no se entiende desde la perspectiva humana porque muchas veces nuestro amor es egoísta, no respeta la diferencia y prefiere respuestas según el propio capricho.
Cuando se acepta y se entrega el amor desde el “tanto” del evangelio, se vislumbra su esencia incontable, insospechada, infinita. Y desde la incomprensibilidad del “Tanto amor” se es capaz de amar, de aceptar y de vivir.
Entonces, ¡sí que tiene sentido la expresión de san Juan!, “…tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Único…”, porque si dejamos que ese mismo amor, imposible de contar, realice en nosotros gestos de amor, es signo de que hemos escapado de la trampa maliciosa del “dar para recibir”.
Pidamos a Dios que nos eduque en el amor y que podamos despertar de la dañina fantasía de creer que amor es  lograr que “los demás me quieran como yo quiero”.

P. Javier  Rojas sj

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