sábado, 16 de agosto de 2014

«Tres aspectos de una conversión»



39 En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá;  40 entró en casa de Zacarías y saludó a Elisabet.  41 Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre, y Elisabet, llena del Espíritu Santo,  42 exclamó a gran voz: -- Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.  43 ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?,  44 porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.  45 Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.  46 Entonces María dijo: "Engrandece mi alma al Señor  47 y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador,  48 porque ha mirado la bajeza de su sierva, pues desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones,  49 porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso. ¡Santo es su nombre,  50 y su misericordia es de generación en generación a los que le temen!  51 Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.  52 Quitó de los tronos a los poderosos y exaltó a los humildes.  53 A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos envió vacíos.  54 Socorrió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia  55 -- de la cual habló a nuestros padres -- para con Abraham y su descendencia para siempre".  56 Se quedó María con ella como tres meses; después se volvió a su casa.

Lc 1, 39-56   

Hemos oído hablar muchas veces de la “conversión” espiritual o religiosa de las personas. Historias en las que se relata la manera particular de transformación de sus vidas a partir del encuentro personal con Dios.
Pero no solamente en nuestra fe cristiana existen alusiones a la intervención divina que transforma la vida humana. Fuera del cristianismo se habla de la iluminación o del nirvana que es el estado de liberación que alcanza el ser humano al finalizar su búsqueda.  Independiente de cómo lo llamemos, lo cierto es que los seres humanos hemos tenido y tenemos experiencia de los trascendente. Para nosotros, los cristianos, Dios “se ha metido” en la historia haciéndose hombre. Y en la actualidad sigue presente… De manera especial  en la eucaristía  pero también lo encontramos en la oración, en la lectura de la Palabra de Dios, en los sacramentos…y en los hermanos.
  En pocas palabras los seres humanos tenemos posibilidad de un encuentro personal con Dios. Él lo ha querido así. Dios se hizo hombre para compartir con nosotros su amistad. Él ha tomado la iniciativa de salir a nuestro encuentro para que podamos entablar una relación filial y amorosa.
Ahora bien, ¿cómo vivimos los cristianos esa posibilidad del encuentro personal con Dios? ¿Qué ha significado para nosotros esa revelación de Dios en el transcurso de la historia? ¿Podemos decir que en la raíz del encuentro o conocimiento de Dios hay conversión?
María es el ejemplo de la novedad que hay en nuestra vida cuando nos encontramos con Dios y dejamos que sus palabras aniden en nuestro corazón. Luego de aquel encuentro de la Virgen con el ángel, al enterarse que  Isabel estaba embarazada «fue deprisa» a la casa de su prima.
A partir del gesto amoroso y servicial de Maria quisiera resaltar tres elementos que están presentes en el corazón de quienes se dejan transformar por Dios. La Virgen es el modelo de respuesta genuina y generosa al Amor primero. La «prisa» que muestra por ir a la casa de su pariente es reflejo de quien funda su vida en la gratuidad de Dios.
El primer elemento que da cuenta de una transformación interior es una «escucha atenta». Cuando nuestro corazón «ha tocado el misterio» se vuelve más prudente y atento. No separa los buenos de los malos como lo hacen los mundanos que miran el mundo según su propio juicio y quieren imponer su razón. Quien tiene una escucha atenta no sólo tiene en cuenta lo que se dice sino también lo que se calla. Contempla la realidad con ojos de niño, asombrándose de lo que acontece sin volcar sobre ello el juicio adulto. La escucha atenta es una actitud que se cultiva.
Esta fue la primera actitud de María en el momento en que escuchó decir al ángel que su prima Isabel estaba embarazada. Comprendió que debía estar con ella para cuidarla porque en su vejez había concebido un hijo.
Escuchar atentamente es esencial si queremos cuidar de los que amamos. Al hacerlo somos empáticos con ellos. Podemos percibir lo que están viviendo y sintiendo como si estuviéramos en su lugar.
El segundo elemento que da cuenta de una sincera conversión es el «Reconocimiento y aceptación humilde de lo que somos». El Magnificat de María no es un canto de vanidad ni de orgullo, sino un gesto de reconocimiento amoroso de su fragilidad. Quien aprende a mirar su propia condición natural, frágil y débil, con bondad, reconoce más fácilmente el poder de Dios. María reconoce que será llamada «bienaventurada» no porque crea que es el título que mejor le viene por haber sido elegida para ser madre del Salvador, sino porque la humanidad entera reconocerá que Dios escoge lo frágil y débil para hacerse presente con fuerza y poder.
Cuando somos conscientes de nuestras propias fragilidades no hay lugar para el orgullo ni la vanidad. Porque todo bien que desciende de arriba se cultiva en el caldo de la aceptación amorosa de todo lo que somos. Y sólo entonces somos fuertes en nuestra debilidad porque Dios nos sostiene. 
Por eso me resulta “extraño” que quienes dicen haber tenido un encuentro profundo con Dios vayan por el mundo deseando ser tratados con pleitesía.
Y el tercer elemento que forma parte de un corazón transformado es «El servicio genuino» que no busca el aplauso fácil y adulador. El servicio es genuino cuando crea comunión con los demás  no cuando los espanta o segrega. Es sorprendente encontrarse con personas que no son capaces de darse cuenta de que el “servicio” que realizan por “puro amor de Dios” genera discordia, malestar  y  división con los demás. En nuestras Iglesias abundan los “servidores compulsivos” que no son capaces de reconocer la viga que llevan en su ojo porque están obsesionados por quitar la pelusa del ojo ajeno. Se proponen como modelo de servicio desinteresado cuando en realidad lo que buscan es no perder un milímetro de espacio en las baldosas de las sacristías.  
¡No servimos para tener poder! Sino que el «poder es servicio» como insiste tanto el Papa Francisco.
María se puso al servicio de su prima Isabel no para ganar poder, sino porque del corazón humilde nace el servicio genuino.
Pidamos a Nuestra Madre, que nos enseñe a vivir atentos y despiertos, conscientes de quienes tenemos cerca de nosotros. No podemos vivir como extraños debajo de un mismo techo. Pidamos también que nos ayude a aceptar nuestras fragilidades y a confiar que Dios se hace fuerte en quienes saben reconocer su poder. Y finalmente, que nos ayude a examinar seriamente el servicio que ofrecemos a los demás para que nazca de corazones reconciliados y no «revanchistas».

P. Javier Rojas sj

viernes, 15 de agosto de 2014



«La oración de María se revela en toda su fuerza cuando pone su pie y su vida en juego, en situaciones de conflicto y peligro inminente. Su prontitud para la entrega sin reservas ni elucubraciones, hablar de una oración valiente, disponible. El Espíritu de Dios conduce a María fiada sólo en Él como una pobre de Yahvé, a situaciones límites, sin dar paso atrás, aparcando las fuerzas propias no atenidas, audaz en el poder de Dios todopoderoso, que ha cubierto su vida entera con la frescura de su sombra desde el inicio. La oración de María no se reduce a sólo Dios y ella. Reproduce la belleza y entrega de Dios Trinidad, que se manifiesta dándose, regalándose, “perdiéndose” en el Hijo» (Miguel Márquez, El riesgo de la confianza. Cómo descubrir a Dio sin huir de mí mismo)

miércoles, 13 de agosto de 2014


Los místicos nos dicen que la creación es apta para llevarnos al conocimiento y contemplación de Dios. Lo contrario es igualmente verdadero: el conocimiento y la experiencia de Dios nos lleva a redescubrir la creación en todo su espesor, en todo su significado y en todo su encanto.
P. Segundo Galilea

martes, 12 de agosto de 2014

Amar a alguien es tener siempre esperanza en él. Desde el momento en que comenzamos a juzgar a alguien, limitamos nuestra confianza en él; desde el momento en que lo identificamos con lo que sabemos de él y, por tanto, lo reducimos a ello, dejamos de amarlo y él deja de ser capaz para mejorar. Deberíamos esperarlo todo de todos. Debemos atrevernos a ser amor en un mundo que no sabe cómo amar.
Charles de Foucauld

"La autoestima es importante porque posibilita y condiciona el altruismo y la solidaridad. La autoestima es un arte que hay que aprender no sólo para el bien del individuo sino también de la sociedad. Sin un fundamento de respeto, aprecio y aceptación de uno mismo, el amor al prójimo fácilmente degenera en manipulación del prójimo por el ansia de satisfacer las propias necesidades básicas insatisfechas. De ahí que la autoestima auténtica es como la columna vertebral del crecimiento personal. El respeto hacia nosotros mismos y la fundada confianza en nosotros mismos nos mantiene firmes y erguidos en la lucha cotidiana por una existencia digna y el esfuerzo diario por crecer como personas. Una autoestima sana suele ser uno de los componentes de la persona feliz, pues se sentirá razonablemente contenta de ser quien es y de ser como es. Y una sana autoestima filtra todas nuestras percepciones de nosotros mismo, de los demás, y del mundo que nos rodea; percibe su mundo con más realismo”


J.V. Bonet 

domingo, 10 de agosto de 2014

«Las tres dudas de Pedro»


« 22 Enseguida Jesús hizo que los discípulos subieran a la barca y fueran delante de El a la otra orilla, mientras El despedía a la multitud.  23 Después de despedir a la multitud, subió al monte a solas para orar; y al anochecer, estaba allí solo.  24 Pero la barca ya estaba muy lejos de tierra, y era azotada por las olas, porque el viento era contrario.  25 A la cuarta vigilia de la noche  26 Y los discípulos, al ver a Jesús andar sobre el mar, se turbaron, y decían:``¡Es un fantasma!" Y de miedo, se pusieron a gritar.  27 Pero enseguida Jesús les dijo:` `Tengan ánimo, soy Yo; no teman."  28 Y Pedro Le respondió:` `Señor, si eres Tú, mándame que vaya a Ti sobre las aguas."  29 ``Ven," le dijo Jesús. Y descendiendo Pedro de la barca, caminó sobre las aguas, y fue hacia Jesús.  30 Pero viendo la fuerza del viento tuvo miedo, y empezando a hundirse gritó:``¡Señor, sálvame!"  31 Al instante Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo: ``Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?"  32 Cuando ellos subieron a la barca, el viento se calmó. 33 Entonces los que estaban en la barca Lo adoraron, diciendo:` `En verdad eres Hijo de Dios».

                   Mt 14, 22-33

Este pasaje del evangelio cobra mayor densidad si recordamos que los discípulos acababan de ser testigos de la multiplicación de los panes y peces que alimentó a «cinco mil hombres sin contar a las mujeres y los niños»» (Mt 14, 21). ¿Podemos imaginar lo que significó para los discípulos aquel momento?. Recordemos que Jesús todavía no les preguntó directamente «¿Quién dicen ustedes que soy yo? (Mt. 16, 15) ni se ha transfigurado delante de Pedro, Santiago y Juan (Mt. 17, 1-13) donde escucharán la voz que dice «Este es mi hijo amado, escúchenlo». 
Jesús ya ha realizado varios milagros: Curó al paralítico, calmo la tempestad, resucitó a la hija de Jairo delante de Pedro, Santiago y Juan. Es decir, los discípulos ya eran testigos  del poder con el que Jesús obraba milagros y por medio de ellos iban comprobando que era el Mesías. ¿Qué paso entonces con Pedro cuando caminaba sobre las aguas? ¿Cuál fue la duda que Jesús le reclamó? ¿Por qué se hundió siendo que avanzaba hacia Jesús caminando sobre las aguas?
Hay autores que opinan que «la fe inmadura de Pedro lo hace un hombre aferrado a los milagros, a lo fantástico, a lo espectacular.  Él necesita palpar el misterio, tocarlo con la mano. Pedro, es el hombre que necesita fortalecer su fe, pero deposita su confianza en cosas externas»
Quiero reflexionar sobre «las dudas de Pedro». El plantea tres dudas a Jesús, pero sólo dos de ellas pueden ser disipadas, porque la tercera depende enteramente del discípulo.
La primera duda es sobre la identidad de Jesús; Pedro y los demás discípulos confunden a Jesús con un fantasma. El miedo que les provoca la tempestad los hace «gritar» cuando lo ven pero Él responde a esta duda diciendo «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» 
La segunda duda viene luego de decir « Señor, si eres Tú, mándame que vaya a Ti sobre las aguas.» Es la duda sobre el poder de Dios. Sólo Dios puede hacer que camine sobre el agua. Jesús, nuevamente vuelve a conceder a Pedro lo que le pide para erradicar la duda. Y dice el evangelio que Pedro bajo de la barca y caminó hacia Jesús, pero cuando vio la «fuerza del viento tuvo miedo» comenzó a hundirse.
¿Qué le paso a Pedro? ¿Cuál fue la duda que no pudo quitar?. Es la duda sobre uno mismo. Pedro había visto hacer milagros en otros pero ésta era la primera vez que él era sujeto de milagro. No creyó en el poder de Dios en él. Fueron más fuertes sus dudas sobre sí mismo que la seguridad que Jesús tenía en él.  
En la escena de Pedro caminando hacia Jesús está representada la humanidad entera. 
Pedro es el cristiano de hoy que se siente inseguro de sí mismo. A quién le cuesta creer que Dios pueda tener con él detalles. Jesús cree en Pedro, cree que puede caminar sobre las aguas, pero es el discípulo el que no cree en sí mismo. En definitiva, no cree en lo que Jesús cree. 
Al igual que el discípulo, también nosotros buscamos confirmaciones y necesitamos por momentos que Dios se haga presente de una manera «más concreta», si vale la expresión. Pero, a la vez, nos damos cuenta que no depende sólo de que Dios responda a nuestros pedidos de confirmación, sino que también depende que nosotros creamos que podemos hacer lo que Jesús nos pide.  
La pregunta que hace Jesús a Pedro, « ¿Por qué dudaste?» resuena en nuestro corazón cuando no creemos en lo que Dios puede hacer en cada uno de nosotros. No es un reproche lo que hace Jesús a Pedro, sino una constatación. Pedro, sigue dudando de sí mismo. Sigue sin creer que su vida se puede transformar y que es posible vivir con la confianza puesta en Jesús. 
Necesitamos recuperar la seguridad interior que nos da la fe y la confianza en Dios. Esta seguridad es fruto de la aceptación de lo que somos y del poder de Dios.  Si podemos confiar en lo que Dios hace en nosotros, podremos confiar también en lo que puede hacer en los demás. 
Pidamos a Dios la gracia de creer en lo que Jesús cree. Si Jesús nos ha llamado a estar en su compañía es porque está seguro de que podemos permanecer junto a Él. Sólo si somos capaces de confiar en nosotros mismos podremos depositar la confianza en Dios.


P. Javier  Rojas sj

Blogroll