sábado, 20 de septiembre de 2014

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda. 
La paciencia
Todo lo alcanza; 
Quien a Dios tiene 
Nada le falta: 
Sólo Dios basta.
Eleva el pensamiento,
Al cielo sube, 
Por nada te acongojes,
Nada te turbe.
A Jesucristo sigue
Con pecho grande,
Y, venga lo que venga,
Nada te espante.
¿Ves la gloria del mundo
Es gloria vana; 
Nada tiene de estable,
Todo se pasa.
Aspira a lo celeste,
Que siempre dura;
Fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.
Ámala cual merece
Bondad inmensa; 
Pero no hay amor fino
Sin la paciencia.
Confianza y fe viva
Mantenga el alma,
Que quien cree y espera
Todo lo alcanza.
Del infierno acosado
Aunque se viere,
Burlará sus furores
Quien a Dios tiene.
Vénganle desamparos, 
Cruces, desgracias; 
Siendo Dios su tesoro, 
Nada le falta.
Id, pues, bienes del mundo; 
Id, dichas vanas; 
Aunque todo lo pierda,
Sólo Dios basta.
SANTA TERESA DE JESÚS

jueves, 18 de septiembre de 2014

No es raro que Jesús de Nazaret sea Dios; raro sería Dios si no fuera Jesús de Nazaret.
P. José Miguel Ibáñez Langlois
Siento la voz divina de tu boca,
acariciar mi oído tiernamente,
tu aliento embriagarme, y en mi frente
la mano que ilumina cuanto toca.
Mi antiguo corazón de amarga roca
ha brotado divina, oculta fuente,
y una armonía dulce y sorprendente
a su celeste amor, fiel me convoca.
La soledad, la noche en que vivía,
el hondo desamparo y desconsuelo,
la triste esclavitud que me perdía,
son ahora, presencia, luz sin velo,
son amor, son verdad, son alegría,
¡son libertad en Ti, Señor, son cielo!
Bartolomé Llorens


miércoles, 17 de septiembre de 2014

El Amor de Dios es incondicional. A tal punto lo es, que jamás lo podemos perder, ni siquiera por nuestras malas obras. Cuesta entenderlo, cuesta aceptarlo. Los hombres tenemos amores más mezquinos, más limitados. Nos damos a medias…
El de Dios es un amor inmenso e inagotable, que no tiene gestación porque es desde siempre y para siempre. Un amor eterno, perenne, constante.  
Lo maravilloso de este gran Amor es que nos acepta como somos, no como creemos que deberíamos ser. Podemos cerrarle las puertas y las ventanas pero permanecerá a la vera del camino, como un mendigo, como un pordiosero buscándonos, deseoso de que lo reconozcamos y de que no nos apartemos nunca de Él.
Muchas veces cuando las tormentas arrecian dudamos de este Amor. Creemos que ha desaparecido, que nos ha abandonado…sin embargo permanece más firme que nunca, cual una roca inamovible.
El Evangelista Juan nos dice: “Vean qué amor singular nos ha dado el Padre: que no solamente nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos”. 1 Jn 3, 1.
Hoy tus hijos te alabamos Padre… por darte de este modo.

@Ale Vallina

martes, 16 de septiembre de 2014

Las personas gozosas no necesitan contar chistes, reírse a carcajadas, ni siquiera sonreírse. No son necesariamente personas con una visión optimista de la vista, capaces de relativizar siempre la seriedad de un momento o de un hecho. No, las personas gozosas ven con los ojos abiertos la dura realidad de la existencia humana, pero no se sienten prisioneras de ella. No se hacen ilusiones acerca de los poderes del mal que rondan a nuestro alrededor <<buscando a quien devorar>> (1 Pe 5, 8), pero también saben que la muerte no es el final de todo. Sufren con los que sufren, pero no se quedan anclados en el sufrimiento. Apuntan, por encima de esa realidad, hacia un gozo eterno.
Henri J. M. Nouwen
Cuentan de un jesuita que solía subir solo a la montaña para escuchar el silencio. Pero de vez en cuando le gustaba hacer cima con algún compañero. Y cuando llegaba arriba, miraba al horizonte. Hacía un momento de silencio, cogía aire y, con lágrimas en los ojos, le pasaba suavemente la mano por encima del hombro. Con un hilo de voz se le escuchaba decir: “Y todo esto Dios lo ha creado por ti”.
Pues sí. Hay gente que tiene una sensibilidad especial para escuchar las entrañas de la creación y ver en ellas la mano tierna de Dios. Ese Dios que, para Ignacio, “trabaja y labora por mí en todas cosas criadas sobre la haz de la tierra […], así como en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc.” (Ejercicios Espirituales, 236).
Y en ti, ¿dónde puedes dejar trabajar a Dios?


De: Espiritualidad Ignaciana

lunes, 15 de septiembre de 2014


Aquello que pesa más de todas las cosas es la falta de amor. Pesa no recibir una sonrisa, no ser recibidos. Pesan ciertos silencios. A veces, también en familia, entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos. Sin amor, el esfuerzo se hace más pesado, intolerable. 
Francisco. Encuentro de Familias en Roma en octubre del 2013

domingo, 14 de septiembre de 2014

«Las cruces que construimos»


«En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él».

Jn 3, 13-17
  En esta tarde, Cristo del Calvario, 
vine a rogarte por mi carne enferma; 
pero, al verte, mis ojos van y vienen 
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
¿Cómo quejarme de mis pies cansados, 
cuando veo los tuyos destrozados? 
¿Cómo mostrarte mis manos vacías, 
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad, 
cuando en la cruz alzado y solo estás? 



¿Cómo explicarte que no tengo amor, 
cuando tienes rasgado el corazón?
Ahora ya no me acuerdo de nada, 
huyeron de mí todas mis dolencias.
 
El ímpetu del ruego que traía
 
se me ahoga en la boca pedigüeña.
Y sólo pido no pedirte nada, 
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
 
ir aprendiendo que el dolor es sólo
 
la llave santa de tu santa puerta.
Amén.

Gabriela Mistral


Es precioso comprobar que vamos aprendiendo a compadecernos y acompañar el dolor y las cruces de los demás. Es alentador darnos cuenta de que estamos cultivando una conciencia más solidaria y comunitaria. Que nos arriesgamos a salir de nosotros mismos hacia el encuentro del dolor ajeno para ayudar a sobrellevarlo o a disminuirlo en cuanto nos sea posible.
Sin embargo, ni hemos terminado de “fabricar cruces”, propias o ajenas, ni hemos dejado de colgar en ellas a personas inocentes.
 Habituados a ver la cruz de los demás y a convertirnos en verdaderos y generosos “Cireneos” no nos hemos detenido lo suficiente ante la cruz de Cristo. Ante ella deberíamos  reflexionar para darnos cuenta de si seguimos generando cruces por doquier y condenando a personas a permanecer allí…
Gabriela Mistral, en forma magnífica, nos sitúa ante la cruz para mirar al crucificado y para mirarnos a nosotros mismos en Él. En la acción de ir y venir de Jesús a nosotros y de nosotros a Él espera que nuestra consciencia despierte y que nuestro espíritu se nutra de la gracia que desciende de allí.
Nos hace contemplar nuestros pies cansados y ver los de Jesús destrozados. Nos invita a mirar nuestras manos vacías para ver luego las suyas clavadas. Quiere que tomemos conciencia de nuestras propia soledad para ver luego la soledad en la que se encuentra Jesús. Nos desafía a que miremos nuestro corazón y su capacidad de amar para que luego contemplemos el corazón rasgado del crucificado. En definitiva, nos invita a contemplar sus dolencias para que se acallen nuestros reclamos.
En la cruz hay luz, claridad, revelación, toma de conciencia. Del crucificado desciende una verdad que sólo es audible para quienes saben acallar su “boca pedigüeña”.
Nuestras maneras de proceder o de actuar, de hablar, y de  relacionarnos con los demás pueden condenar a personas inocentes a cargar con cruces difíciles de sobrellevar.
No basta con abrirnos a acoger el dolor ajeno, debemos dejar de fabricar crucificados. Necesitamos darnos cuenta de que la solidaridad no significa solamente atender y socorrer al pobre y desvalido, al que carece de lo necesario, con espíritu evangélico, sino dejar de generar dolor y pobreza en los demás.
Dolor y pobreza las hay de todo tipo y para todas las clases sociales. Al igual que hay solidaridad y caridad también para los que sólo tienen dinero… La avaricia de los que más tienen es la responsable de generar más pobreza y dolor entre los inocentes.
Cada uno de nosotros es responsable, en el ámbito en el que vive, de cesar de fabricar cruces y destinar a inocentes a subirse a ellas. Hemos de prestar más atención a nuestra manera de proceder para darnos cuenta si el modo de vivir que tenemos no está generando crucificados.
Al contemplar a Jesús en la cruz nos damos cuenta del dolor que podemos generar en los demás y cuán profundo es el amor que Dios nos tiene.
Si nos detuviéramos más a menudo a contemplar  la cruz para ver los brazos abiertos y las manos y pies clavados de Jesús, comprenderíamos con mayor profundidad cuánto necesita de nosotros para que el amor del Padre llegue a los demás.
Dios no envío a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve. Al contemplar al crucificado tenemos que descubrir que el camino que nos conduce al Padre no pasa por  generar cruces para colgar de ellas a los hermanos, sino  de dejar de fabricarlas.   

 P. Javier  Rojas sj

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