viernes, 3 de octubre de 2014

Los que han descendido al misterio profundo de sus corazones y han hallado el hogar íntimo donde encuentran a su Señor, llegan al misterioso descubrimiento de que la solidaridad es la otra cara de la moneda de la intimidad. Se hacen conscientes de que la intimidad del hogar de Dios incluye a todos. Empiezan a ver que el hogar que han encontrado en su ser más íntimo es tan amplio que en él cabe toda la humanidad.
Henri NOUWEN


jueves, 2 de octubre de 2014


2 de octubre: día de los ángeles custodios
Juan XXIII, el papa bueno, hoy Santo, solía contar que: "Cuando tengo que hablar con una persona de difícil acceso y con la que nuestra conversación requeriría de un tono más persuasivo, recurro a mi ángel custodio. Le encomiendo el asunto, le pido que intervenga ante el ángel custodio de la otra persona con quien deberé hablar.Una vez establecido el contacto entre los ángeles la conversación del papa con su interlocutor era mucho más fácil."

miércoles, 1 de octubre de 2014

Creer en un Dios, Amigo incondicional, puede ser la experiencia más liberadora que se pueda imaginar... Por el contrario, vivir ante un Dios justiciero y amenazador puede convertirse en la neurosis más peligrosa y destructora de la persona.
José Antonio Pagola

Tenemos que convencernos a nosotros mismo que «tenemos lo suficiente y lo necesario» para vivir felices... Todo lo que necesitamos no radica en lo que poseemos, sino en lo que llevamos dentro. Tu valor no está en lo que posees, sino en lo que eres. Si no confías en ti y en Dios  jamás descubrirás tus capacidades. Creer que para conseguir mucho hay que tener mucho, en no valorarse lo suficiente.

P. Javier Rojas sj
1 de octubre: Santa Teresa del Niño Jesús
"Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, en la caridad descubrí mi vocación. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.
Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé:
Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor."
Historia de un Alma de Santa Teresa del Niño Jesús

martes, 30 de septiembre de 2014


Discurso del papa Francisco en la celebración de las Vísperas con motivo del bicentenario de la restauración de la Compañía de Jesús (Iglesia del "Gesù", Roma, 27 de septiembre de 2014) 

La Compañía distinguida con el nombre de Jesús ha vivido tiempos difíciles, de persecución. Durante el generalato del padre Lorenzo Ricci "los enemigos de la Iglesia llegaron a obtener la supresión de la Compañía" (Juan Pablo II, Mensaje al p. Kolvenbach, 31 de julio de 1990) por parte de mi predecesor Clemente XIV. Hoy, recordando su reconstitución, estamos llamados a recuperar nuestra memoria, recordando los beneficios recibidos y los dones particulares (cf Ejercicios Espirituales, 234). Hoy quiero hacerlo aquí con ustedes. 

En tiempos de tribulaciones y turbación se levanta siempre una polvareda de dudas y de sufrimientos, y no es fácil seguir adelante, proseguir el camino. Sobre todo en los tiempos difíciles y de crisis llegan tantas tentaciones: detenerse a discutir las ideas, a dejarse llevar por la desolación, concentrarse en el hecho de ser perseguidos y no ver nada más. 

Leyendo las cartas del padre Ricci me impactó una cosa: su capacidad para no dejarse sujetar por estas tentaciones y de proponer a los jesuitas, en el tiempo de la tribulación, una visión de las cosas que los arraigaba aún más a la espiritualidad de la Compañía. 

El padre General Ricci, que escribía a los jesuitas de entonces, viendo las nubes que se espesaban en el horizonte, los fortalecía en su pertenencia al cuerpo de la Compañía y a su misión. He aquí: en un tiempo de confusión y turbación hizo discernimiento. No perdió el tiempo para discutir ideas y quejarse, sino que se hizo cargo de la vocación de la Compañía. 

Y esta actitud llevó a los jesuitas a experimentar la muerte y resurrección del Señor. Antes de la pérdida de todo, incluso de su identidad pública, no opusieron resistencia a la voluntad de Dios, no opusieron resistencia al conflicto, tratando de salvarse a sí mismos. 

La Compañía -y esto es hermoso- vivió el conflicto hasta el final, sin reducirlo: vivió la humillación con Cristo humillado, obedeció. Nunca se salva uno del conflicto con la astucia y con estratagemas para resistir. En la confusión y ante la humillación, la Compañía prefirió vivir el discernimiento de la voluntad de Dios, sin buscar una salida al conflicto de modo aparentemente tranquilo. 

No es jamás la aparente tranquilidad la que satisface nuestros corazones, sino la verdadera paz que es un don de Dios. Nunca se debe buscar la "negociación de compromiso" fácil, ni se deben practicar fáciles "irenismos". 

Sólo el discernimiento nos salva del verdadero desarraigo, de la verdadera "supresión" del corazón, que es el egoísmo, la mundanidad, la pérdida de nuestro horizonte, de nuestra esperanza, que es Jesús, que es sólo Jesús. Y así el padre Ricci y la Compañía en fase de supresión privilegió la historia, en lugar de una posible "historieta" gris, sabiendo que es el amor el que juzga la historia y que la esperanza - aun en la oscuridad - es más grande que nuestras expectativas. 

El discernimiento debe hacerse con intención recta, con ojo simple. Por esta razón, el padre Ricci llega, precisamente en esta ocasión de confusión y desconcierto, a hablar de los pecados de los jesuitas. No se defiende sintiéndose una víctima de la historia, sino que se reconoce pecador. Mirarse a sí mismos reconociéndose pecadores evita ponerse en condiciones de considerarse víctimas ante un verdugo. Reconocerse como pecadores; reconocerse realmente pecadores significa ponerse en la actitud justa para recibir consuelo. 

Podemos volver a recorrer brevemente este camino de discernimiento y de servicio que el padre General señaló a la Compañía. Cuando en 1759 los decretos de Pombal destruyeron las provincias portuguesas de la Compañía, el Padre Ricci vivió el conflicto sin lamentarse y sin dejarse llevar a la desolación, sino invitando a la oración para pedir el espíritu bueno, el verdadero espíritu sobrenatural de la vocación, la perfecta docilidad a la gracia de Dios. 

Cuando en 1761 la tormenta avanzaba en Francia, el padre General pidió poner toda la confianza en Dios. Quería que se aprovecharan las pruebas sufridas para una mayor purificación interior: éstas nos conducen a Dios y pueden servir para su mayor gloria; a continuación, recomienda la oración, la santidad de la vida, la humildad y el espíritu de obediencia. 

En 1760, después de la expulsión de los jesuitas españoles, sigue llamando a la oración. Y, por último, el 21 de febrero de 1773, apenas seis meses antes de la firma del Breve Dominus ac Redemptor, ante la absoluta falta de ayuda humana, ve la mano de la misericordia de Dios, que invita a los que somete a la prueba a no confiar en otro que no sea sólo Él. La confianza debe crecer precisamente cuando las circunstancias nos derrumban. Lo importante para el padre Ricci es que la Compañía sea fiel hasta el último al espíritu de su vocación, que es la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas. 

La Compañía, incluso ante su propio final, se mantuvo fiel a la finalidad para la que fue fundada. Por ello, Ricci concluye con una exhortación a mantener vivo el espíritu de caridad, de unión, de obediencia, de paciencia, de sencillez evangélica, de verdadera amistad con Dios. Todo lo demás es mundanidad. Que la llama de la mayor gloria de Dios nos atraviese también hoy, quemando toda complacencia y envolviéndonos en una llama que llevamos dentro, que nos concentra y nos expande, nos engrandece y nos hace pequeños. 

Así la Compañía vivió la prueba suprema del sacrificio que injustamente se le pedía, haciendo propio el ruego de Tobit, que con el alma llena de aflicción, suspira, llora y luego reza: "Tú eres justo, Señor, y todas tus obras son justas. Todos tus caminos son fidelidad y verdad, y eres tú el que juzgas al mundo. Y ahora, Señor, acuérdate de mí y mírame; no me castigues por mis pecados y mis errores, ni por los que mis padres cometieron delante de ti. 

Ellos desoyeron tus mandamientos y tú nos entregaste al saqueo, al cautiverio y a la muerte, exponiéndonos a las burlas, a las habladurías y al escarnio de las naciones donde nos has dispersado". Y concluye con el ruego más importante: "No apartes de mí tu rostro, Señor". (Tb 3,1-4.6d). 

Y el Señor respondió enviando a Rafael para quitar las manchas blancas de los ojos de Tobit, para que volviera a ver la luz de Dios. Dios es misericordioso, Dios corona de misericordia. Dios nos ama y nos salva. A veces el camino que lleva a la vida es estrecho y angosto, pero la tribulación, si se vive a la luz de la misericordia, nos purifica como el fuego, nos da tanta consolación e inflama nuestro corazón aficionándolo a la oración. Nuestros hermanos jesuitas en la supresión fueron fervientes en el espíritu y en el servicio del Señor, gozosos en la esperanza, constantes en la tribulación, perseverantes en la oración (cf. Rom 12:13). Y ello dio honor a la Compañía, no ciertamente los encomios de sus méritos. Así será siempre. 

Recordemos nuestra historia: a la Compañía "se le dio la gracia no sólo de creer en el Señor, sino también sufrir por Él" (Filipenses 1,29). Nos hace bien recordar esto. 

La nave de la Compañía fue zarandeada por las olas y ello no debe sorprender. También la barca de Pedro lo puede ser hoy. La noche y el poder de las tinieblas están siempre cerca. Es fatigoso remar. Los jesuitas deben ser "expertos y valerosos remeros" (Pío VII, Sollecitudo omnium Ecclesiarum): ¡remen entonces! ¡Remen, sean fuertes, incluso con el viento en contra! ¡Rememos al servicio de la Iglesia! ¡Rememos juntos! Pero mientras remamos -todos remamos, también el Papa rema en la barca de Pedro- debemos orar tanto: "¡Señor, sálvanos!", "¡Señor salva a tu pueblo ". El Señor, aun si somos hombres de poca fe nos salvará. ¡Esperemos siempre en el Señor! ¡Esperemos siempre en el Señor! 

La Compañía reconstituida por mi predecesor Pío VII estaba integrada por hombres valientes y humildes en su testimonio de esperanza, de amor y de creatividad apostólica, la del Espíritu. Pío VII escribió que quería reconstituir la compañía para "socorrer oportunamente las necesidades espirituales del mundo cristiano sin distinción de pueblos y de naciones" (ibid). Por ello dio la autorización a los jesuitas, que todavía existían aquí y allí, gracias a un soberano luterano y a una soberana ortodoxa, a "permanecer unidos en un solo cuerpo." ¡Que la Compañía permanezca unida en un solo cuerpo! 

Y la Compañía fue enseguida misionera y se puso a disposición de la Sede Apostólica, comprometiéndose generosamente "bajo el estandarte de la cruz por el Señor y su Vicario en la tierra" (Fórmula Instituti, 1). La Compañía reanudó su actividad apostólica con la predicación y la enseñanza, los ministerios espirituales, la investigación científica y la acción social, las misiones y la atención a los pobres, a los que sufren y los marginados. 

Hoy la Compañía afronta con inteligencia y laboriosidad también el trágico problema de los refugiados y de los prófugos; y se esfuerza con discernimiento en integrar el servicio de la fe y la promoción de la justicia, en conformidad con el Evangelio. 

Confirmo hoy lo que Pablo VI nos dijo en nuestra trigésimo segunda Congregación General y que yo mismo escuché con mis propios oídos: "Por doquier en la Iglesia, incluso en los campos más difíciles y extremos, en las encrucijadas de las ideologías, en las trincheras sociales, ha habido y hay confrontación entre las exigencias ardientes del hombre y el mensaje perenne del Evangelio, allí han estado y están los jesuitas". 

En 1814, en el momento de la reconstitución, los jesuitas eran un pequeño rebaño, una "mínima Compañía", que sin embargo se sentía investido, después de la prueba de la cruz, con la gran misión de llevar la luz del Evangelio hasta los confines de la tierra. Así debemos sentirnos nosotros hoy, por lo tanto: en salida, en misión. La identidad jesuita es la de un hombre que adora sólo a Dios y ama y sirve a sus hermanos, mostrando con el ejemplo, no sólo en qué cree, sino también en qué espera y quién es Aquel en quien ha puesto su confianza (cf. 2 Tim 1, 12). El jesuita quiere ser un compañero de Jesús, uno que tiene los mismos sentimientos de Jesús. 

La Bula de Pío VII que reconstituyó la Compañía fue firmada el 7 de agosto de 1814 en la Basílica de Santa María la Mayor, donde nuestro santo padre Ignacio celebró su primera Eucaristía, en la Nochebuena de 1538. María, Nuestra Señora, Madre de la Compañía, estará conmovida por nuestros esfuerzos por estar al servicio de su Hijo. Ella nos custodie y nos proteja siempre. (Trad.RV) 

Franscico

domingo, 28 de septiembre de 2014


« En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: ‘Voy, Señor’, y no fue. »¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en Él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en Él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en Él».

Mt 21, 28-32


“Obedecer” y “amar” son dos verbos que hemos escuchado conjugar desde que somos muy pequeños. Y aprendimos su significado al mismo tiempo que comprendimos  el miedo al castigo y al abandono. Es decir, nuestro universo conceptual fue tomando densidad significativa a medida que fuimos sumando experiencias. O dicho de otra manera, vamos comprendiendo el significado de las cosas a medida que vivimos o padecemos.
Pero ¿hemos aprendido bien el sentido de lo que significa obedecer y amar?
  Es común oír decir a los padres « ¡Quiero que seas obediente!», « ¡Cuando te pido algo quiero que lo hagas inmediatamente!», « ¡No quiero repetirte las cosas dos veces!»; « ¡Eres muy desobediente, no te quiero así!»; « ¡A mamá/papá no le gustan los niños desobedientes!», «A los que son desobedientes se los lleva…!»; «¡Nadie te va a querer si eres desobediente!»
¿Cuántas veces hacemos referencia, directa o indirectamente, a la obediencia en el diálogo con los hijos? ¿Cuántas de esas veces van acompañadas, sutil o groseramente, de una amenaza? ¿Cuántas veces la desobediencia se corrige con castigos?
 Y del amor ¿hablas? ¿En tus diálogos expresas el amor hablas de él? Y si la desobediencia se corrige con el castigo, el amor ¿tiene premio? ¿Eres lo suficientemente adulto para saber que lo bueno se afianza mejor en los demás cuando vienen acompañados de un reconocimiento, de una palabra de ánimo, de un gesto de comprensión?
Es más que evidente que acabamos entendiendo que es más importante conjugar el verbo “obedecer” que “amar”. Tanto se nos ha insistido en obedecer que tal vez, seamos más obedientes, pero sin lugar a dudas que no somos más “amantes”… Es posible que hayas logrado que tus hijos te obedezcan, pero eso no significa que te amen. Puedes obligar a otro a obedecer, pero no a amar….Amar es un acto de nuestra libertad, nadie nos puede obligar a ello…
El miedo al castigo o al abandono ha logrado que aprendamos a reprimir nuestros sentimientos cuando son contrarios a lo que se nos pide.  Sin embargo esto no ha engrandecido necesariamente nuestro corazón para amar... Desde que se divorciaron en nuestro lenguaje el amor de la obediencia hemos aprendido a acatar los mandatos y a respetar las prohibiciones, pero no hemos aprendido a amar.
Y esto que sucede en el seno de muchas familias acontece también en la Iglesia. Tanto se nos ha inculcado  obedecer, respetar, cumplir que tal vez seamos más obedientes, pero ¿amamos en realidad?
 Se nos ha reiterado tanto  que el castigo de Dios viene sobre aquellos que no le obedecen, que cumplimos lo que se nos pide por miedo y no por amor…Acatamos órdenes, cumplimos reglas, pero nuestros corazones, en muchas ocasiones, siguen con la dureza de una piedra. Aquí se nos impone una pregunta, que debemos respondernos con toda sinceridad: ¿nos relacionamos con Dios más por miedo a su castigo que por su amor?
Los publicanos y las prostitutas, a los que hace referencia Jesús en su evangelio, representan a aquellos a quienes el castigo de Dios nunca les importó. No dejaron de ser lo que eran por miedo al castigo. Sus cambios de conducta llegaron  por agradecimiento a Su amor. No fue el miedo a Dios lo que hizo que transformaran sus vidas o eligieran un nuevo camino, sino el amor incondicional que experimentaron… El agradecimiento al amor nos hace obedientes.
Cuando Jesús dice « En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes que vosotros al Reino de Dios », no está diciendo que la obediencia a sus mandatos no sea importante, sino que en el Reino del Amor entran primero los que aprendieron a amar. El Reino de Dios, es el país de la Ley del amor y no del miedo al castigo.
La Iglesia no debe convertirse en el “Club de los Reprimidos”, sino en el lugar donde se aprende lo que significa amar con todas las letras. Abundan los que llenan las Iglesias y recurren a Dios no porque lo amen, sino porque le temen. Temen su castigo, temen su abandono, temen su condena eterna… ¡Cuándo comprenderemos que somos amados por nosotros mismos o, más exactamente, a pesar de nosotros mismos, por ese Dios que sólo conjuga el verbo amar con sus hijos...!
No eduquemos en la obediencia, por miedo al castigo…sino en el  amor que nos hace agradecidos.
Pidamos a Dios la gracia de saber relacionarnos con Él y con los demás desde el amor y el agradecimiento y no desde el «temor al castigo».



P. Javier  Rojas sj

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