domingo, 22 de febrero de 2015

LOS SÍMBOLOS EN LA CUARESMA
La ceniza: “Convertíos a mí de todo corazón” (Jl 2,12).
• Expresa la conversión, el deseo de liberarnos del mal: la desunión, la violencia, la insolidaridad, la indiferencia, que hay en nosotros y ponernos en el camino hacia la Pascua.
• Es un gesto de verdad y de súplica ante el Dios de la Vida. Es un signo de comienzo. Con la ceniza comenzamos el camino hacia la Pascua.
• Un signo pedagógico que nos recuerda nuestra condición débil y caduca. Nos pone delante nuestra fragilidad y nuestro pecado para que dejemos a Dios actuar en nosotros, incorporarnos a la resurrección de su Hijo y lavarnos con el agua bautismal de la Pascua.
• Es símbolo de que participamos de la cruz de Cristo, para con El pasar a la Vida. En la vida hay cruz, muerte, renuncia; pero a la vez nos asegura que el camino pascual es dejarse alcanzar por la Vida nueva y Gloriosa del Señor Jesús. De las cenizas Dios saca vida, como el grano de trigo que se hunde en la tierra.
• Un acto que despierta la conciencia de que ser cristiano supone una lucha contra el mal que siempre está al acecho para robarnos la alegría de vivir resucitados.
La Cruz: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo” (Lc 9, 23).
• Símbolo predilecto para representar a Cristo y su misterio de salvación. Símbolo de la nueva alianza realizada en la Pascua de Jesús.
• Ilumina nuestra vida. Nos da esperanza. Nos enseña el camino. Nos asegura la victoria de Cristo. Nos compromete a seguir el mismo estilo de vida de Jesús para llegar a la nueva existencia del resucitado. En la cruz está concentrada la Buena Noticia del Evangelio.
• La señal de la Cruz. Gesto sencillo lleno de significado. Esta señal de la Cruz es una verdadera confesión de nuestra fe: Dios nos ha salvado en la Cruz de Cristo. Es un signo de pertenencia: al hacer sobre nuestra persona esta señal es como si dijéramos: estoy bautizado, pertenezco a Cristo, El es mi Salvador, la Cruz de Cristo es el origen y la razón de ser de mi existencia cristiana. Desde el bautismo estamos signados con la Cruz de Cristo como señal de pertenencia, con el compromiso de conocerle y seguirle y como prueba de que Cristo nos fortalece con la señal de su victoria
• Una vida según la Cruz. Cuando colocamos una Cruz en nuestras casas, o la vemos en la Iglesia, o nos hacemos la señal de la Cruz al empezar el día, al salir de casa, al empezar la Eucaristía o al recibir la bendición final, deberíamos dar a nuestro gesto su auténtico sentido. Debería ser un signo de nuestra alegría por sentirnos salvados por Cristo, por pertenecerle desde el Bautismo. Un signo de victoria y de gloria: como cristianos nos “gloriamos en la Cruz de Nuestro Señor Jesús” (Ga 6,14). Y nos dejamos abarcar, consagrar y bendecir por ella. La imagen o señal de la Cruz repetida quiere ser un compromiso: indicarnos el camino “pascual” de muerte y resurrección, que recorrió ya Cristo, y que nos invita ahora a nosotros a recorrer.
• Nos invita a escuchar y asimilar un mensaje de salvación y esperanza, de muerte y resurrección, de vida cristiana entendida como servicio.
• Nos recuerda a todos los que sufren en nuestro mundo. Cristo en la Cruz es como el portavoz de todos los que lloran y sufren, a la vez que es la garantía y la proclama de victoria para todos.
El Ayuno solidario: “Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán” (Mt 9, 15).
• Es una voz profética para recordarnos que todo es bueno, pero relativo, que los valores materiales no son absolutos, que los valores sobrenaturales hay que cuidarlos.
• Nos hace libres. Optar en contra de la espiral consumística que la sociedad de hoy nos está imponiendo. Nos enseña a sentir en nosotros mismos la debilidad de los que se ven obligados a ayunar por necesidad todo el año.
• Nos enseña misericordia. Nos convierte en más transparentes y disponibles para los demás, menos llenos de nosotros. Nos educa el egoísmo y la autosuficiencia y a abrirnos más a Dios y a los hermanos.
• Signo sacramental de nuestra entrada en la Vida de Pascua. El misterio que celebramos es Muerte y Resurrección. Por eso nuestra sintonía con él es también muerte, renuncia, ayuno, sacrificio, y resurrección, aceptación de la nueva vida. Se convierte en signo exterior de nuestra conversión, símbolo de nuestra lucha contra el mal y el pecado, de nuestra aceptación a incorporarnos a la Cruz de Cristo y a su Vida Pascual.
• Ayunar con alegría. Muchas personas ayunan por distintos motivos: para estar en forma, por prescripción médica, por sugerencias de espiritualidades orientales, para dar a conocer la decisión de conseguir un objetivo, porque no tienen qué comer.
• Los cristianos realizamos este gesto del ayuno para expresar nuestra voluntad de conversión a la Pascua de Cristo. En medio de una sociedad que estimula al gasto y a la satisfacción de todo tipo, los cristianos hacemos un gesto profético de protesta: el ayuno. Que no consiste tanto en un ejercicio corporal de ascética, sino que quiere ser el lenguaje simbólico de una actitud interior.
• Lo realizamos con alegría, sin alardes de virtud, sin buscar el aplauso y la admiración de los hombres: “cuando ayunéis no os pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan” (Mt 6,16).
• Lo hacemos con una dimensión comunitaria: toda una comunidad parroquial, apostólica, religiosa, o familiar asume un compromiso colectivo de ayuno con consecuencias económicas de ayuda a los más necesitados. Es un gesto que siempre seguirá siendo educador y pedagógico: que a la vez nos ayuda a expresar nuestro control sobre nosotros mismos y a abrirnos a Dios y a nuestros hermanos.
• Ayuno grato a los ojos de Dios. Tiende la mano a tu enemigo. Mantén una atmósfera de paz en tu trabajo y en tu familia. Ten valentía y confiesa tu fe en Cristo cuando sea necesario. Descubre las necesidades de los más próximos. Libérate de algún capricho: alcohol, tabaco, T.V. Busca el silencio.
El camino: “Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: “Sígueme” (Lc 5,27).
• La vida cristiana es seguir a Jesús, es hacer camino. Los primeros cristianos identificaron con frecuencia la fe con el camino (Hch 9,2). Pablo habla de la carrera de un cristiano (Ga 2,2; 5,7; 1 Co 9,24-26).
• La Iglesia peregrina en la tierra, la Iglesia en marcha (LG 9) es la expresión simbólica de un pueblo que persigue una meta y para ello se pone en camino. Como Israel en el A.T. caminó como pueblo hacia la libertad, la Iglesia está siempre en marcha. Las diversas clases de procesiones, peregrinaciones y desplazamientos dentro de las celebraciones en la Cuaresma, son como un símbolo de esta realidad.
• La comunidad: “Sale” de un lugar, abandona una situación y un estilo de vida, se convierte, “camina en unión”, unos con otros en fraternidad, subrayando así la comunitariedad de su camino. Hacia una “meta”, que puede ser un santuario, una iglesia, o el altar para la comunión: siempre un lugar simbólico del misterio cristiano, en un proceso de identificación con lo que éste requiere significar.
• El “marchar”, el caminar en la vida cristiana y más en la celebración, viene a ser una parábola de la Iglesia en camino. Una comunidad escatológica que en cierto modo se trasciende a sí misma y avanza hacia la meta propuesta. Que se siente peregrina, sin afincarse excesivamente ni en un lugar ni en una situación.
• El “Caminar es una expresión de que viajamos con esperanza, con los pies en el “hoy y aquí” y convencidos de la presencia de Cristo en medio de nosotros, compañero de camino, como en Emaús: Cristo es el camino.
Gentileza: CENTRO DE INICIATIVAS DE PASTORAL DE ESPIRITUALIDAD

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