domingo, 26 de abril de 2015

Cuidar es custodiar


11 Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas.  12 Pero el que es un asalariado y no un pastor, que no es el dueño de las ovejas, ve venir al lobo, y abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa.  13 Él huye porque sólo trabaja por el pago y no le importan las ovejas.  14 Yo soy el buen pastor,  y conozco mis ovejas y las mías me conocen,  15 de igual manera que el Padre me conoce y yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas.  16 Tengo otras ovejas que no son de este redil; a ésas también me es necesario traerlas, y oirán mi voz, y serán un rebaño con un solo pastor.  17 Por eso el Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo.  18 Nadie me la quita, sino que yo la doy de mi propia voluntad. Tengo autoridad para darla, y tengo autoridad para tomarla de nuevo. Este mandamiento recibí de mi Padre.

Jn 10, 11-18


Cuidar a otros y ayudarlos a crecer, escucharlos, curar sus heridas, atender sus dolores y penas, es una tarea difícil pero también, maravillosa.

Se requiere estar atentos en un tiempo en que vivimos muy dispersos y distraídos. Invertimos tiempo preocupándonos de muchas cosas que en su mayoría son superfluas. Pero a la vez, es maravilloso. Es precioso cuidar y ayudar a otros. Ver crecer y madurar al que tienes cerca. Ser testigo de sus luchas, de sus derrotas y triunfos. Estar atentos y cuidar de los demás nos hace más humanos, y de este modo perfeccionamos la humanidad entera: mejoramos la especie humana.

 Los animales también cuidan de sus crías, las alimentan y defienden, pero sólo el ser humano comprende el valor de lo que significa amar y ser amado, cuidar y ser cuidado, sentirse seguro porque sabe en quién ha depositado su confianza.

No nacemos aprendiendo a cuidar a otros, más bien venimos al mundo desprovisto de todo, y por eso, nos aferramos a la seguridad y protección de quién puede brindarnos contención. No existe poder más destructor para el ser humano que el desamparo y abandono. Negar a alguien seguridad, contención, comprensión, es sinónimo de abandonarlo. Es negarle la vida.

El relato del Buen Pastor nos sitúa en el corazón del evangelio. Nos ubica para comprender mejor la misión que tenemos como discípulos de Jesucristo. El mensaje central de Jesús no es una teoría sobre Dios, sino la manera que tiene Dios de cuidar. Jesús encarnó aquello que el pueblo de Israel cantaba en sus salmos «Es mi fuerza y mi escudo» (Sal 28, 7), «el baluarte donde estamos a salvo» (Sal 18, 2), «es nuestro amparo y fortaleza» (Sal 46, 1).

Es posible que existan en nuestra historia momentos de abandono, rechazo y descuido de parte de quienes debieron darnos cobijo y refugio. Pero Dios, nunca nos ha dejado a la suerte ni nos ha abandonado. Esto es precisamente lo que celebramos hoy: el amor y el cuidado del Buen Pastor. En Jesús reconocemos el corazón de Dios que late diciéndonos «Te conozco, sé quién eres, estoy contigo».

En nuestra vida atravesamos por «quebradas muy oscuras» pero su bastón nos protege (Sal 23), por «áridos valles» que luego se convierten en oasis (Sal 83). Dios cuida de nosotros, de ti y de mí. Estamos al «amparo de sus alas» y nos protege (Sal 91). ¡Dejemos a Dios ser nuestro Pastor!

Cuidar, es custodiar la vida de otro. Asumir con responsabilidad la tarea de enseñar, educar, transmitir valores y principios. Cargar sobre los hombros, como lo hace Buen Pastor con la debilidad de los demás significa haber comprendido profundamente el mensaje del evangelio.

Pidamos a Dios, imitar el corazón del Buen Pastor para no comportarnos como asalariados que ante la dificultad de educar a los demás en el arte de vivir, amar y servir, abandonan la tarea.

  
P. Javier  Rojas sj

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