sábado, 4 de abril de 2015


«La razón de que nada cambie es que el centro de todo sigue en mí: mis fallos, mis remordimientos, mi desaliento, mi esfuerzo…El amor exige dejar todo esto atrás, toda mi preocupación por mi persona y todos mis esfuerzos obcecados. El amor no puede ser mero resultado de la disciplina y la decisión, sino que debe fluir del corazón. Prescindiendo de la cantidad de amor que de manera natural tiendo a tener en mi corazón, no basta con eso. El amor que preciso es el amor de Dios cuando su amor se hace mío. La conversión cristiana no consiste meramente en encontrarse con el amor, ni en desarrollar nuevas ideas o valores acerca del amor, ni en comprometerse en tratar de amar; la conversión cristiana implica hacerse amor. […] La cruz nos invita a asumir el riesgo de perder nuestra vida para poder encontrarla verdaderamente (Mc 8, 35). Cristo nos enseña que el amor es dejar a un lado nuestra vida por el otro. Así es como amaba él a Dios. Preferir la voluntad del Padre a la suya para preferir la vida del Padre a la suya, era creer que su realización no procedería de buscar su felicidad, sino la voluntad de Dios. Esto es lo que Jesús creía y lo que vivió. […] El amor, y únicamente el amor, es capaz de hacer que una persona esté dispuesta a entregar su vida amando a los demás». David G. Benner, ENTREGARSE AL AMOR

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