domingo, 31 de mayo de 2015

«El amor es un misterio»

« En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
Mt 28, 16-20


 Seguramente coincidimos en que el «amor es un misterio». Misterio que escapa a toda lógica y comprensión humanas. Realidad que parece guardar su secreto celosamente. ¿De dónde nos viene esa necesidad de amar? ¿Por qué el amor, cuando nos falta parece como si nos faltara el alma? ¿A qué se debe que podemos llegar a amar a alguien hasta perdernos a nosotros mismos? ¿Qué tiene el amor que puede cambiar nuestra vida por completo? ¿Por qué no podemos explicar el amor que sentimos por otra persona?
Escucho con frecuencia decir «no puedo explicar por qué amo a esta persona». Es verdad que no podemos afirmar que en todos los casos un hecho como este sea sano o saludable, pero en su mayoría el amor auténtico que podemos tener por alguien en algún momento pierde la lógica. Por eso no resulta extraño oír que alguien está «loco de amor» o «enloqueció de amor».
La Santísima Trinidad es un misterio de amor que nos ayuda a reflexionar y profundizar en el misterio del amor que nos tenemos unos a otros. Existen tres dimensiones en el corazón humano que pueden ayudarnos a comprender el amor que existe en la Santísima Trinidad.
La primera dimensión del amor en el corazón humano nace de la certeza de sentirnos amados. El amor, en primer lugar, «se recibe». No existe realidad más fundante en nosotros que sabernos y sentirnos amados. Jesús, se sentía amado por su Padre.  «Como el Padre me amó así  yo los he amado ». (Jn 15, 9). La experiencia de ser amado por otro es un signo de generosidad. Sentirse querido, amado, deseado por otro es una de las experiencias más fuertes y significativas que estructuran incluso el psiquismo humano. El amor es un don de Dios que llega a nosotros sin mérito de nuestra parte. Aun cuando nuestro comportamiento pareciera rechazar ese amor, Dios lo seguirá entregando infinitamente. Porque así como experimentamos el amor de otros sin que lo hayamos cultivado antes, de la misma manera, Dios está “empecinado” en amarnos hasta el fin. El amor que se recibe gratuitamente es de una calidad y profundidad superior al que pretendemos ganar o comprar por medio de nuestros méritos. El amor «comprado» es agua en nuestras manos, que se escurre lentamente y desaparece. No podemos obligar a los demás a que nos amen sino aceptar o rechazar el amor que nos pueden dar.
La segunda dimensión es que el amor «nos hace vivir». Esta es la primera y gran conquista que el hombre debe alcanzar. Vivir en el amor es estar unificado internamente. Significa amarse a sí mismo, que no tiene nada de egocéntrico. Y amar a los demás. Amarse a uno mismo es aceptar la condición humana frágil y limitada. Cuando el amor reposa primero en nosotros, vivimos con paz interior y sólo entonces podemos amar a los demás. Amor, es aceptación y no resignación. Amar lo que somos significa reconocer nuestra condición de hijos de Dios. Amar como somos es reconciliar la propia historia de fragilidad y pecado y comenzar un camino de conversión. Si no vivimos primero el amor hacia nosotros mismos difícilmente podamos vivirlo fuera de nosotros. No podremos amar en verdad a los demás, si antes no hemos aprendido a ser comprensivos y compasivos con nosotros mismos.
Y la tercera dimensión es que el amor «se ofrece». “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Jn 15, 13). Cuando sentimos que podemos amar y entregar amor a otros, es porque primero estamos en paz con nosotros mismos, y hemos experimentado profundamente la aceptación y el amor de los demás. Cuando nos reconciliamos con nosotros mismos podemos ofrecer amor a otros. Tenemos que liberarnos de la pretensión de que el amor del otro colme todas nuestras necesidades afectivas y llene todos nuestros vacíos. Porque el amor humano es limitado. No seremos felices porque recibamos amor, necesitamos también dar amor. Ofrecer amor a otros de manera gratuita. Ahí se completa el dinamismo amoroso y saludable. Quien pretenda que el otro «me ame» como yo quiero no encontrará paz y como consecuencia, no sabrá gustar del amor que el otro puede dar.
En la Santísima Trinidad existe un dinamismo amoroso que nos ayuda a orientar el amor humano: sentirnos amados para vivir en el amor y ofrecer el amor que hemos recibido,
Pidamos a Dios la gracia de entender la magnitud de su mensaje y de asumir con responsabilidad, que nuestra vida cobra sentido cuando podemos disfrutar del amor libremente.

 P. Javier  Rojas sj

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