viernes, 10 de julio de 2015

En una carta que enviara Ignacio de Loyola a Margarita de Austria en 1543, el santo le expresaba que “no había obra espiritual más grande que la de consolar a las almas tristes y atribuladas”.
Consolar, acompañar los duelos, estar presente en los momentos más tristes de las personas -cuando hasta los que se dicen amigos, muchas veces emigran- es sin lugar a dudas, amar hasta el extremo.
En nuestro mundo tan saturado de caras sonrientes en todas las publicidades -donde parece que “usar” determinado producto o beber “esa” bebida nos aseguran una vida plena de logros y felicidad- donde muchas personas exhiben sus éxitos más para el afuera que lo que logran disfrutarlos para el adentro…permanecer junto al que llora y sufre es, como decía el santo de Loyola, un acto de la más profunda misericordia,
Sería bueno que hoy reflexionáramos acerca del don de consolar y nos dejáramos impregnar por el Espíritu de Dios que no abandona al que está afligido y angustiado.
¿Estoy presente cuando a mis amigos y familiares los visita el dolor?
¿Me acerco a los sufrientes desconocidos que habitan mi pueblo, ciudad y barrio?
¿Me reconozco a mí mismo/a como una persona necesitada del abrazo y del consuelo de los demás?
@Ale Vallina

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