miércoles, 8 de julio de 2015

Si estimamos hablar de María nos  faltarán las palabras apropiadas e incluso  no podremos hacer una descripción que abarque tanta belleza  y tanta pequeña-grandeza.  Podemos decir  de ella que fue y es la colaboradora incondicional de Jesús, la mediadora de  todas las gracias, y la Madre de Dios y de cuanto humano (creyentes o no), que caminó y camina este mundo.
Su repuesta  fue siempre el servicio silencioso y generoso y su  único deseo “que hagamos lo que nos dice su Hijo”.
No hay Madre más humanamente perfecta. Con ese don para aparecer en el momento indicado, cuando más nuestro espíritu la necesita. Ella es cobijo y hogar, abrazo y discreción. Es, sin lugar a dudas, la co-redentora con el Redentor.
La del corazón rebosante de amor…
Ninguno de nosotros cuando acudimos a ella, nos sentimos defraudados, porque su protección y amparo siempre llegan…
San Ignacio le pedía a menudo a Santa María que “lo pusiera junto a su Hijo”. Y, en sus ejercicios espirituales, cuando se refiere a la resurrección de Jesús, Ignacio nos traslada a una escena que si bien no aparece en ninguno de los cuatro evangelios, es coherente desde todo punto de vista: la primera aparición de Jesús es a su Madre. [299]
Si Jesús se apareció a tantas personas luego de la resurrección, ¿no era más que razonable desde la mirada del amor, que se llegara hasta la casa de su Madre para abrazarla y consolarla?
Contemplemos esa escena con el corazón agradecido. Nos inundará la alegría, la paz y la esperanza.
Que así sea.
@Ale Vallina



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