sábado, 17 de enero de 2015


Desaprender es una decisión de nuestra libertad modesta y real. Supone no el cambio por el cambio, sino el cambio por el maduro intercambio con la realidad de dentro y fuera de nuestra persona. Conlleva un dialogo serio, escuchador, analítico que pondere, reflexione, sienta y consienta. Supone un aprendizaje continuo, una "formación permanente. (…) La flexibilidad versus el dogmatismo, nos recuerda aquella recomendación de Pablo en la sabiduría cristiana: "Examinad todo, quedaros con lo bueno" (1Tes 5, 21)

José A. García-Monge, SJ


viernes, 16 de enero de 2015


Creo firmemente que viviríamos mejor el evangelio si pudiésemos comprender profundamente que todo lo hacemos por los demás, los sacrificios que realizamos, las renuncias que asumimos es respuesta al amor que hemos recibido de Dios. El amor de Dios no se compra, se recibe, se asimila y mientras lo vivimos lo comunicamos también a los demás. Esto es así, siempre.
 No sirve la ayuda que se da para verme como mejor cristiano. 
Jesús no ayudó a los pobres para tranquilizar su conciencia ni para demostrar a los demás su poder, sino que los ayudo porque se compadeció del hambre, de la sed, de la desnudez, y de la esclavitud en la que se encontraban.
Dios se ha compadecido de nosotros. Ha volcado sobre nosotros un amor tal que no renunció a entregar su vida para rescatar la nuestra.
Dios ha colmado nuestro hambre de amor y aceptación, sació la sed de esperanza y paz, nos vistió de dignidad y no nos abandonó en los momentos de dolor y soledad ¿No deberíamos estar agradecidos con Él por tanto bien recibido?
Creo que la imagen de un Dios que juzga en el amor y por el amor puede ayudarnos a limpiar la mala imagen que tenemos de Él. La imagen de un Dios que nos ama puede ayudarnos de una vez por todas a vivir como hermanos entre nosotros.




P. Javier  Rojas sj

miércoles, 14 de enero de 2015

Son pobres y sufrientes del gran continente asiático los que mueven hoy a Francisco a desinstalarse para salir y encontrarse con ellos, en el séptimo viaje apostólico, ahora en Sri Lanka y Filipinas.
Sri Lanka es un país profundamente ensangrentado y herido por una larguísima guerra civil de 30 años. Aunque en Sri Lanka los cristianos católicos son minoría, la Iglesia tiene un rol fundamental en el proceso de reconciliación, porque entre los católicos hay tanto de la etnia tamil como de la etnia cingalesa protagonistas del conflicto. En este marco el encuentro interreligioso con el Papa, con presencia de representantes de las mayorías budistas e hinduistas del país, como también de las minorías islámicas y cristianas, resulta fundamental para el diálogo, la reconciliación y la reconstrucción necesarias. El Vicario de Cristo afirmó que las religiones deben condenar la violencia, que “por el bien de la paz, no se debe permitir que las creencias religiosas sean abusadas por causa de la violencia y de la guerra”. Y pidió acercarse “con el bálsamo curativo de la solidaridad fraterna” a cuantos anhelan una palabra de consuelo y esperanza, pensando en «tantas familias que han siguen llorando a sus seres queridos».
Por otra parte, en esta salida misionera Francisco responde a la insistencia de los obispos desde Filipinas -el gran país católico del Asia- de ser confortados por el mismo Papa, a un año del enorme y trágico tifón Yolanda, considerado uno de los peores de la historia, que dejo más de 8 mil muertos, 500 mil casas destruidas y 15 millones de damnificados. Se prevé aquí un fuerte llamado del Papa a la cercanía y servicio a los pobres.
La reedición del Evangelio que el Obispo de Roma realiza en la plaza de San Pedro, haciendo presente a Jesucristo y la ternura de su misericordia con sus gestos de cercanía y sus palabras de esperanza, se desplaza en estos días a Sri Lanka y Filipinas, donde el Papa continúa invitando a los sufrientes a la alegría del encuentro con Jesús, tocándolo en la carne herida del hermano que está peor que yo. Es un mensaje del Pastor también para vos y para mí, a hacer lo mismo por los que sufren, para el encuentro, la reconciliación, la paz, la alegría, ahí donde cada uno está.
Guillermo Ortiz SJ (de RADIO VATICANA)

lunes, 12 de enero de 2015


Todo lo que eres hoy, se lo debes a tu pasado. No reniegues de él. Recién cuando lo aceptas, lo asumes, lo superas y lo integras a tu presente, logras disfrutar de la verdadera libertad. Esa, que te hace ver la vida con ojos renovados, limpios y maduros.
@Ale Vallina

domingo, 11 de enero de 2015

Juan predicaba, diciendo:
"Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias.
Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo".
En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma;
y una voz desde el cielo dijo: "Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección." 
Mc 1,7-11



¿Quién dice que el cristianismo es aburrido? ¿Quién dice que los cristianos no sabemos gozar de vida? ¿Quién dice que la Iglesia es enemiga de las fiestas? ¡Al contrario, lo hacemos todo a lo grande!

Casi tres semanas llevamos de celebración, desde aquel 24 de diciembre del año pasado en que empezábamos a celebrar la Nochebuena hasta hoy, día del bautismo del Señor, con el que concluimos el tiempo de Navidad. Durante este tiempo hemos proclamado a los cuatro vientos que Dios en Jesús se hacía uno de nuestra Historia, que el Mesías esperado había nacido. ¡Algo increíble!

Increíble que naciera el Mesías. Increíble que lo hiciera fuera de la ciudad, porque no había posada para él. Increíble que los primeros destinatarios de tal acontecimiento fueran los pastores, personas marginadas por su propio oficio. Increíble, más increíble todavía, lo que en aquella noche santa se nos decía en la carta del apóstol San Pablo a Tito: “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”. Para todos. Sin excepción. El Mesías-salvador lo iba a ser para toda la Humanidad. Para todos los pueblos, sin distinción. Así lo recordábamos hace unos pocos días en la celebración de la Epifanía, la manifestación del Señor a todos los pueblos de la tierra, representados en los magos venidos de oriente.  En Jesús todos somos pueblo elegido, todos somos salvados. Tú eres salvada. Yo soy salvado.

Durante este tiempo, a cada celebración litúrgica le ha ido acompañando la celebración en la vida ordinaria. En cada celebración de la vida ordinaria hemos ido renovando nuestro deseo de una vida más reconciliada, más fraterna más pacificada, más solidaria,… más humana. Lo hemos celebrado entrañablemente en familia y también en el bullicio de las calles. Lo hemos celebrando echando de menos a seres queridos y embobados viendo la ilusión de los niños ante todo lo navideño.

Todo eso lo ha suscitando el nacimiento de un Niño que nos recuerda que Dios ha querido habitar nuestra historia. Al decir “nuestra historia” es la historia colectiva de la Humanidad, pero lo es, principalmente, la historia personal de cada uno de nosotros: tu historia y la mía. Estás habitada por Dios. Estoy habitado por Dios. El Espíritu Santo ha descendido sobre nosotros como lo hizo sobre Jesús en las aguas del Jordán.

Con el bautismo del Señor damos por finalizadas las fiestas de Navidad. Comienza nuestro seguimiento en la vida ordinaria. Hoy se nos revela solemnemente cuál es la verdadera identidad de ese Niño que hemos contemplado en Belén: el Hijo amado de Dios, su predilecto. En él, en Jesús, también se nos revela nuestra identidad.

Llama poderosamente la sobriedad de la escena narrada por Marcos, sin muchos detalles ni estridencia de ninguna clase, con un único efecto especial: la puesta en escena de la Santísima Trinidad: la presencia del Espíritu Santo en el Hijo y la voz del Padre. No cabe ninguna duda: Jesús es el Hijo de Dios.

Enseguida nos asaltan las preguntas: si es el Hijo de Dios, ¿qué sentido tiene que se sumerja en las aguas del Jordán? Si es el Hijo de Dios, ¿por qué recibir el bautismo de los pecadores el que es el manantial de la gracia? La respuesta no la encontramos en nuestra cabeza, sino en entrar con el corazón en la lógica de Dios. La respuesta la descubrimos en la cueva de Belén, en el modo que Dios eligió para entrar a formar parte de la Historia de la humanidad. La respuesta la encontramos en tantos años de vida oculta en Nazaret. La respuesta la encontramos a lo largo de todo el Evangelio, en el modo que ha elegido Dios de estar y de permanecer en la Historia de la Humanidad. La respuesta la encontramos en su fidelidad inquebrantable a Dios y a la Humanidad.

Jesús a la cola, como un pecador más para recibir el bautismo de Juan. Jesús abajándose para recibir el agua purificadora, como un pecador más. No es la primera vez que se abaja Jesús. Tampoco será la última. Lo hará muchas veces a lo largo del evangelio, y por eso será considerado un pecador más. El abajamiento fue el único modo posible que tuvo Jesús para poder levantar a las personas a las que la vida ha dejado tiradas en los caminos. El abajamiento definitivo será bajo el peso de la cruz, y colgado en ella será considerado maldito, un pecador más. Hasta que, como en el Jordán, se rasgue el cielo y en el sepulcro Dios proclame su Palabra de Vida que confirma: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. Dios no abandona en la muerte a quien ha sido capaz de vivir entregando la vida.

Esa es la voz definitiva del Padre, que libra de todo pecado, de toda esclavitud y servidumbre. Esa es la voz definitiva que alcanza a Cristo y a todos los que en su nombre hemos sido bautizados. La vida definitiva de Jesucristo manifestada en la resurrección la recibimos los cristianos en nuestro bautismo. La recibimos a modo de semilla que debemos cuidar para que crezca y fructifique. La semilla la recibimos como don, cuidarla es nuestra responsabilidad. ¿Qué hacemos con el don del bautismo?

Con el bautismo se nos abren las puertas para una vida plena. Si éstas se cierran son siempre desde el lado de la tierra y no desde el lado del cielo, desde nosotros y no desde Dios. Porque él nos sigue diciendo a cada uno de nosotros: “Tú eres mi hija amada, mi hijo amado”. Ese “tú” eres tú. Cada uno de nosotros somos el “tú” de Dios.
P. Ángel María Ipiña csv

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