sábado, 14 de febrero de 2015

DIOS ACOGE A LOS «IMPUROS»

De forma inesperada, un leproso «se acerca a Jesús». Según la ley, no puede entrar en contacto con nadie. Es un «impuro» y ha de vivir aislado. Tampoco puede entrar en el templo. ¿Cómo va a acoger Dios en su presencia a un ser tan repugnante? Su destino es vivir excluido. Así lo establece la ley.
A pesar de todo, este leproso desesperado se atreve a desafiar todas las normas. Sabe que está obrando mal. Por eso se pone de rodillas. No se arriesga a hablar con Jesús de frente. Desde el suelo, le hace esta súplica: «Si quieres, puedes limpiarme». Sabe que Jesús lo puede curar, pero ¿querrá limpiarlo?, ¿se atreverá a sacarlo de la exclusión a la que está sometido en nombre de Dios?
Sorprende la emoción que le produce a Jesús la cercanía del leproso. No se horroriza ni se echa atrás. Ante la situación de aquel pobre hombre, «se conmueve hasta las entrañas». La ternura lo desborda. ¿Cómo no va a querer limpiarlo él, que solo vive movido por la compasión de Dios hacia sus hijos e hijas más indefensos y despreciados?
Sin dudarlo, «extiende la mano» hacia aquel hombre y «toca» su piel despreciada por los puros. Sabe que está prohibido por la ley y que, con este gesto, está reafirmando la trasgresión iniciada por el leproso. Solo lo mueve la compasión: «Quiero: queda limpio».
Esto es lo que quiere el Dios encarnado en Jesús: limpiar el mundo de exclusiones que van contra su compasión de Padre. No es Dios quien excluye, sino nuestras leyes e instituciones. No es Dios quien margina, sino nosotros. En adelante, todos han de tener claro que a nadie se ha de excluir en nombre de Jesús.
Seguirle a él significa no horrorizarnos ante ningún impuro ni impura. No retirar a ningún «excluido» nuestra acogida. Para Jesús, lo primero es la persona que sufre y no la norma. Poner siempre por delante la norma es la mejor manera de ir perdiendo la sensibilidad de Jesús ante los despreciados y rechazados. La mejor manera de vivir sin compasión.
En pocos lugares es más reconocible el Espíritu de Jesús que en esas personas que ofrecen apoyo y amistad gratuita a prostitutas indefensas, que acompañan a enfermos de sida olvidados por todos, que defienden a homosexuales que no pueden vivir dignamente su condición... Ellos nos recuerdan que en el corazón de Dios caben todos.
Padre José Antonio Pagola

viernes, 13 de febrero de 2015


Hay ocasiones en las que la vida parece luchar batallas difíciles. Algunos las llaman “pruebas”, otros “noche oscura”. Hay quienes les dan el nombre de “trago amargo” y otros, usando las palabras de Jesús, piden que Dios les aparte ese “caliz”. Lo cierto, es que esas duras batallas, deben ser atravesadas con todo el arsenal de recursos que tenemos a nuestro alcance: oración persistente y confiada, silencio interior para poder escuchar la voz divina, conversaciones con personas que pueden aconsejarnos (o al menos escuchar con afecto el clamor de nuestro corazón), y la “paciencia esperanzada”. Ésta, es la que nos dará el sosiego para aguardar la salida del sol, después de la tormenta.
@Ale Vallina

jueves, 12 de febrero de 2015

Hay una alianza que nunca puede derrumbarse ni tiene un final. Es la lealtad que Dios tiene por todos sus hijos. 
Ale Vallina.
La soledad nos da miedo porque en ella caen todas las máscaras... Despierta temor porque la asociamos al vacío y a la tristeza. Transitar la soledad es un aprendizaje para descubrir el interior habitado y fecundo desde el que somos y vivimos.
Xavier Quinzà Lleó sj

miércoles, 11 de febrero de 2015

Si el amor nos hiciera poner
hombro con hombro,
fatiga con fatiga
y lágrima con lágrima.
Si nos hiciéramos unos.
Unos con otros.
Unos junto a otros.
Por encima del oro y de la nieve,
aún más allá del oro y de la espada.
Si hiciéramos un bloque sin fisura
con los seis mil millones
de rojos corazones que nos laten...
¡qué hermosa arquitectura
se alzaría del lodo!
Ángela Figuera Aymerich

martes, 10 de febrero de 2015


El poder necesita del amor para no convertirse en una compulsión opresora o una defensividad inabordable. Cuando el poder y el amor en sus diferentes lenguajes van juntos, la experiencia del poder no solo no deteriorará al ser humano, sino que encauzará sus diferentes desarrollo. José Antonio García-Monge, SJ

lunes, 9 de febrero de 2015


A todos los hombres y mujeres nos alcanza la "gracia" de Dios. El tema, luego, es permanecer abiertos y receptivos a ella. Recordemos las palabras de la santa de Ávila, Teresa de Jesús: "Todo es gracia"... Que esta certeza nos acompañe durante todo el día de hoy.
¿Qué gracia necesitas pedirle hoy al Señor?
@Ale Vallina

domingo, 8 de febrero de 2015


Jesús salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. 
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. 
El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos. 
Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, 
y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. 
Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él. 
Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. 
Simón salió a buscarlo con sus compañeros, 
y cuando lo encontraron, le dijeron: "Todos te andan buscando". 
El les respondió: "Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido". 
Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios. 

Mc 1, 29-39


El relato del evangelio de hoy es continuación del que escuchábamos el domingo pasado. Nos encontramos casi en el mismo escenario. La misma población: Cafarnaún. Es el mismo día: el sábado. La misma temática: la acción curadora, sanadora, salvadora de Jesús. Entonces fue con el hombre poseído por el espíritu inmundo. Ahora es con la suegra de Pedro y con los enfermos que se le agolpaban a la puerta. Cambia el lugar. Entonces fue en un lugar sagrado: la sinagoga. Ahora es un lugar profano: en torno a la casa de sus amigos. Primera enseñanza, que se nos olvida con frecuencia y que no tenemos de dejar de subrayar: todo tiempo y todo lugar es propicio para la salvación que nos trae Jesús. Todo tiempo y todo lugar. Todo.
Al enterarse de que la suegra de Pedro está enferma, lo primero que hace Jesús es acercarse. Se hace cercano físicamente. Muy interesante para estos tiempos nuestros en que las relaciones son cada vez más virtuales. Una mirada a los ojos de la otra persona nunca la podrán sustituir un millón de fotos digitales. Un abrazo no sustituirán todos los saludos posibles enviados a través de todas las redes sociales. La cercanía física nos permite contemplar la humanidad de la otra persona, y la nuestra en referencia a ella.
Para acercarse físicamente, Jesús tuvo que hacerse cercano emocionalmente. No se hizo el despistado ante ella. Escucha que hay una persona enferma y se interesa por ella. Jesús muestra cercanía física y emocional. Cuantas veces solemos distinguir entre los médicos que son buenos profesionales, porque son certeros en el diagnóstico, lo cual siempre es de agradecer, pero que les falta un plus de humanidad. Personas frías a las que les percibimos más relacionándose con la enfermedad que con el enfermo que la soporta. El hecho de ser tratados como personas, el ser atendidos en lo que somos, más que en lo que tenemos (una enfermedad), en muchos casos es ya principio de sanación. Buena lección para las personas que, también en el ámbito pastoral, nos relacionamos con las personas: hacerlo con cercanía y empatía.
Jesús se acerca y le coge de la mano. Se implica vitalmente con aquella mujer. En una mentalidad en la que la enfermedad se vinculaba a estar bajo el poder del mal y del pecado, Jesús quiere compartir la suerte de aquella mujer. No hay comunicación oral, no media la palabra, como en otras ocasiones: sólo hay un lenguaje corporal. Sabemos que hay ocasiones en que el silencio es lo más elocuente y que hay gestos que valen más que mil palabras.
Seguro que hemos tenido la experiencia, en más de una ocasión, de habernos encontrado con alguna persona a la que, por la situación en la que se encontraba, lo único que hemos podido hacer es darle un abrazo, sin necesidad de pronunciar palabras. Es más toda palabra podría ser inadecuada, porque con frecuencia salen de nuestra cabeza, y lo que se necesita es un abrazo que salga del corazón. Ese gesto es suficiente para saber que esas personas se hacen cercanas, comparten algo. Es más, tenemos la seguridad de que querrían, si pudieran, cargar con algo de nuestro dolo. Personas que se hacen solidarias con el dolor y sufrimiento ajeno.
Seguro que todavía retemos en nuestra memoria y en nuestro corazón la imagen del Papa abrazando a Glyzelle Palomar, niña filipina que le preguntó por qué Dios permite que sucedan cosas por las que han tenido que pasar muchas niñas y niños de la calle en su país (¡y en tanto otros!, tendríamos que añadir). El Papa dejó el discurso preparado y le abrazó, acogió su dolor. Después vinieron las palabras, las que salieron del corazón, no de los papeles: “Cuando nos hagan la pregunta de por qué sufren los niños, entonces nuestra respuesta sea o el silencio o las palabras que nacen de las lágrimas… ciertas realidades de la vida se ven sólo con los ojos limpiados por las lágrimas… si ustedes no aprenden a llorar no son buenos cristianos.
Esta es otra actitud que tenemos que cultivar, también los que nos dedicamos a la pastoral: más que muchas palabras y muchos discursos, que con frecuencia se dirigen a la cabeza (y que terminan por aburrir si no conectan con la vida), gestos concretos que hablen de Aquel por quien nos sentimos enviados. El “éxito pastoral”, si es que se puede hablar en estos términos, del Papa Francisco no está tanto en su doctrina, que es la de siempre. Es más, podríamos afirmar que es la de siempre siempre. Su éxito radica en las palabras sencillas y ¡¡en los gestos!! Cada uno de ellos es en sí mismo una catequesis.
Se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Éste es el tercer movimiento de Jesús: levantarla. Jesús tuvo que hacer un esfuerzo para sacar a aquella mujer de la situación de postración en que se encontraba, quebrantando nuevamente el sábado, el tiempo sagrado del descanso.
Es curiosa la reacción de la mujer: una vez sanada, se pone a servirles. Se podría decir que es la primera diaconisa. La suegra de Pedro no ha necesitado oír de labios de Jesús muchos discursos ni muchas parábolas para saber cómo tiene que actuar alguien que quiere ser como Jesús, tener su mismo sentir y modo de actuar. Ha aprendido como los niños pequeños, por imitación. Discípula aplicada. Repite lo que ha hecho Jesús: el servicio pasa por encima del sábado.

Nosotros también estamos invitados a aprender de Jesús, a tener su mismo sentir y su mismo modo de actuar. Si no sabemos cómo, tenemos en donde consultar: en el Evangelio. Se conjugan verbos: acercarse, coger de la mano, levantar… y la vida, desde la Vida, se hace servicio.
P. Angel Mª Ipiña Garmendia, csv

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