viernes, 10 de abril de 2015

“Cristo glorioso; influencia secretamente difundida en el seno de la Materia y centro deslumbrador en el que se centran las innumerables fibras de lo múltiple; potencia implacable como el Mundo y cálida como la Vida; Tú, cuya frente es de nieve, cuyos ojos son de fuego, cuyos pies son más centelleantes que el oro en fusión; Tú, cuyas manos aprisionan las estrellas; Tú que eres el primero y el último, el vivo, el muerto y el resucitado; Tú, que concentras en tu unidad exuberante todos los encantos, todos los gustos, todas las fuerzas, todos los estados; a Ti era a quien llamaba mi ser con una ansia tan amplia como el Universo. ¡Tú eres realmente mi Señor y mi Dios!”
Pierre Teilhard de Chardin S.J. en “Himno del Universo”

Un día como hoy, pero de hace 60 años, fallecía el célebre jesuita francés Teilhard de Chardin. Sacerdote, científico, escritor, místico...
En estos tiempos de tanta violencia de "unos contra otros" nos quedamos con esta frase del jesuita. Dios quiera nos ayude a meditar sobre el amor de "todos por todos", el amor universal.

jueves, 9 de abril de 2015

La esperanza de que somos portadores se basa en la humilde convicción de la radical limitación, en nuestra falta de esperanza en medios meramente humanos y naturales, para poder ofrecer
una solución global y duradera a los problemas de hoy. Esto no significa, sin embargo, que rechacemos sencillamente o condenemos en bloque los valores naturales y humanos, la cultura y el progreso como inútiles; sino más bien, que somos profundamente conscientes de su importancia limitada y relativa, de la necesidad de integrarlos en el plan redentor de Dios de manera que iluminados, vivificados y elevados por el Espíritu, puedan convertirse para el hombre en auténticos signos y motivos de cristiana esperanza.
Los hombres hoy buscan la verdad en que poder cimentar su esperanza, no en huecas palabras o razonamientos abstractos, sino en la vida de alguien como ellos: gente que encarna y personaliza las auténticas verdades en que dicen creer. Hoy se necesita un testimonio cristiano, no sólo de individuos aislados, sino también de grupos y de comunidades, que, a través de sus vidas, puedan marcar a la humanidad el rumbo que deben seguir para recuperar sus esperanzas y encontrar su salvación. Como
los primeros cristianos de los que decía Philon “su fraternidad supera toda descripción”, o hacian exclamar a Flavio Josefo “tienen un espíritu maravilloso de comunidad”. No seremos portadores de esperanza más que cuando poseamos la verdad que salva y además, como Cristo, nuestras vidas sean
tales que muestren el camino hacia la verdad e induzcan a los otros a seguirlo. Esa es la meta hacia la que debemos avanzar. Estoy convencido de una cosa: sin una conversión personal profunda no seremos capaces de hacer frente al reto que tenemos planteado hoy.
Pero si logramos derribar las barreras dentro de nosotros mismos, tendremos la nueva experiencia de que Dios irrumpe en nosotros y conoceremos qué significa ser cristiano hoy. ¿Por qué no hemos de lograrlo?.
Si podemos hacer frente a este desafío, los signos de desesperación se transformarán pronto en señales de esperanza y diremos con san Pablo: “Precisamente nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia, la paciencia virtud probada, esperanza, y la
esperanza no falle”.
La Iglesia portadora de esperanza para los hombres – 25.08.77
Pedro Arrupe SJ
Lo que Dios quiere donarnos con la resurrección es una vida más grande que aquella a la que nos vamos acostumbrado, una vida más plena que la que nos damos a nosotros mismos, una vida más rica que la que decoramos con dinero, una vida más honda que la que apenas rozamos con nuestro corazón, una vida más entera que la que se nos fragmenta con el estrés, una vida más alta que la propuesta por la cultura, una vida más musical que ruidosa, más carnal que sensual, más espiritual que boba, una vida más llena de él en los hermanos y menos del propio ego, una vida más libre y menos esclava, una vida más luchada y menos fácil, una vida cada vez más amplia y generosa llena de rostros, una vida más divina, y por tanto más humana. Como la del Resucitado.
Emmanuel Sicre SJ

domingo, 5 de abril de 2015


«La tranquilizadora sonrisa del Resucitado contagió de manera indeleble aquellos rostros turbados primero por el dolor y por el miedo (Lc 24, 36-42). Esta sonrisa de felicidad inauguró el anuncio cristiano capaz de incendiar el mundo con el fuego de la alegría y de la esperanza. Esta sonrisa sigue estallando en cada una de las vigilias pascuales, cuando resuena el grito cristiano: «¡Cristo ha resucitado!». Desde entonces, la Pascua se ha convertido en la mayor fiesta de la alegría cristiana, en la madre de todas las fiestas. Aquella sonrisa pascual que se encendió en el cenáculo, ya había destellado en el corazón de los dos discípulos de Emaús, que despertaron de su letargo espiritual al contemplar el gesto habitual de Jesús de partir el pan. El rostro del maestro desconocido con el que se habían encontrado a lo largo del camino, tuvo que abrirse en una amplia y luminosa sonrisa aquella tarde, en la casa de Cleofás en Emaús, la sonrisa de quien vuelve a ver a un amigo, una sonrisa que iluminó el corazón y despejo la mente de los discípulos peregrinos de la fe: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?. Tras aquella luz, esos discípulos se confesaron mutuamente el cambio que se había producido en sus corazones. Habían pasado del dolor y del desaliento al consuelo gozoso (Lc 24, 32).» O. Battaglia, EL DIOS QUE SONRIE.

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