miércoles, 15 de abril de 2015

Para el ‘hombre viejo’, todo es viejo. Él lo ha visto todo, o piensa que lo ha visto todo. Ha perdido la esperanza en cualquier cosa nueva. Lo que a él le gusta es ‘lo viejo’, a lo que se aferra, temiendo perderlo, aunque por otra parte esto no lo hace feliz. De este modo, él mismo se mantiene ‘viejo’ y no puede cambiar. No se muestra abierto a ninguna novedad. Su vida está estancada y es vana. Sin embargo, puede moverse mucho de un lado para otro aunque se trata de cambios que no llevan a ninguna parte…(Mientras más cambia la cosa, más es la misma cosa).
Para el ‘hombre nuevo’ todo es nuevo. Incluso lo viejo es transformado en el Espíritu Santo y se conserva siempre nuevo. No hay nada a lo que aferrarse. No hay nada que esperar de lo que ya forma parte del pasado...El hombre nuevo es aquel que es capaz de encontrar realidad donde ésta no es visible con los ojos de la carne, donde no lo es todavía, donde la realidad se hace presente en el momento en que él la ve. Y donde la realidad no existiría (al menos para él), si él no la viese.
El hombre nuevo vive en un mundo que siempre está en proceso de creación y renovación. Vive en este ambiente de renovación y creación. Vive en la vida.
Thomas Merton

Es importante considerar que tras la oración de petición, quizás las cosas no devengan según nuestras expectativas. No siempre obtendremos lo que pedimos porque la oración de petición no es una acción extraordinaria que complace de inmediato nuestros deseos. Aquí no hay mago que tras un “abracadabra” saque un conejo de la galera…
En la oración de petición hay un tanto de confianza y otro tanto de abandono en la Providencia Divina. Pero de lo que tenemos que estar completamente seguros es de que el Señor no descuida a ninguno de sus hijos, ni deja sin respuestas a los cientos de interrogantes que nublan nuestra percepción ante los dolores e incomodidades de esta vida.
Luego de la oración confiada y persistente SIEMPRE nos llega la PAZ de Dios. En medio del silencio una dulce sensación de cobijo y de sosiego, aún en medio de las contrariedades, envuelve nuestro corazón…
¿Lo has experimentado?
Demos gracias a Dios por eso.
@Ale Vallina

martes, 14 de abril de 2015

La prisa miente, engaña y falsea la realidad. Nos hace creer que “todo” es posible si “nos apuramos”. Un claro ejemplo de ello es que “estamos aquí” pero en realidad “estamos allá” y cuando llegamos “allá” nos proyectamos “un poco más allá”.  No estamos donde nuestros pies pisan el suelo, sino donde nuestra mente proyecta. Esta desconexión es tan grande que ha escindido el espíritu del hombre y amenaza con convertirlo en una generación 3D que cree formar parte de otra realidad, cuando en verdad contempla la vida sentado en la butaca, mirando…
¿Por qué tanta prisa? ¿Tenemos claro a dónde queremos llegar? ¿Sabes que harás cuando llegues al destino al que vas con tanta prisa? ¿Qué te hace creer que cuando llegues descansarás y disfrutarás de lo conquistado? Y este lugar en que estás ahora, que ayer fue tu futuro y hoy es tu presente ¿los disfrutas? ¿Disfrutas y gozas con lo que has alcanzado hoy? ¿Vives en este presente?
Por eso el Evangelio es siempre Buena Noticia, porque nos ayuda a orientar la vida y a disipar las mentiras y los engaños. Las parábolas dejan al descubierto las trampas ocultas sin condenar a nadie. Buscan extirpar el mal, como los buenos cirujanos, sin dañar al hombre. 
Javier Rojas sj
Vivir una vida espiritual significa llevar todo mi ser a la morada que le pertenece. Mi tarea espiritual verdadera consiste en dejarme ser amado, plena y completamente y creer que en este amor llegaré al cumplimiento de mi vocación. Sigo intentando llevar mi ser errante, inquieto y ansioso a su hogar para que pueda descansar en el abrazo del Amor.
Henri NOUWEN

lunes, 13 de abril de 2015




Nicodemo preguntó a Jesús: “¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y volver a nacer?” Jesús le respondió: "El que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: ‘Ustedes tienen que renacer de lo alto’. (Cfr. Juan 3, 1-8).
Yo ya estoy bautizado
¿cómo vivo mi nuevo nacimiento en la muerte y resurrección de Jesús?
Renovados por la gracia de la Pascua, te pedimos, Dios todopoderoso, que quienes hemos perdido la semejanza divina con que fueron creados nuestros primeros padres, seamos devueltos a la imagen de nuestro Creador.
Guillermo Ortiz sj

domingo, 12 de abril de 2015



Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". 
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. 
Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". 
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. 
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan". 
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. 
Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". El les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré". 
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". 
Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe". 
Tomas respondió: "¡Señor mío y Dios mío!". 
Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!". 
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. 
Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre. 
 Juan 20,19-31. 


“A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos”. Así le decían los sacerdotes y los escribas a Jesús, en el evangelio de la Pasión que escuchamos el domingo de Ramos, final de la cuaresma y comienzo de la semana grande de los cristianos. “A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar”. En la negación iba la confesión. Lo que les pasó a los sacerdotes y a los escribas la tarde de la crucifixión, les pasaba a los apóstoles después de la resurrección. Eran testigos de que Jesús había salvado-sanado a mucha gente. Pero también eran testigos de que todo había acabado en la cruz: incapaz de salvarse a sí mismo. Eso es lo que habían visto y lo que se les había quedado grabado en la memoria, a pesar de que algunas mujeres y algunos del grupo decían que le habían visto. Pero la garantía era lo que habían visto sus ojos, lo que habían experimentado en aquel atardecer del viernes santo: que no se había podido salvar a sí mismo. Experiencia radicalmente humana y confesión creyente: no nos podemos salvar a nosotros mismos. No sé si podemos salvar a los demás, pero lo cierto es que cuando contemplamos nuestra vida, tenemos que confesar agradecidos que la salvación la tenemos que acoger como don: el don que los demás son para nosotros; el don que, sin saberlo, hemos sido para los demás. Eso es lo que nos salva. Así aconteció en Jesús: él se empeñó en salvar a los demás, y Dios se empeñó en salvarle a Él. La experiencia del atardecer del viernes santo, en el que el servicio, la bondad y la justicia habían sido crucificadas, les sumió en la oscuridad y la noche a los seguidores de Jesús. A las y los seguidores de Jesús también se les iba apagando la fe, la esperanza, la luz que había supuesto Jesús en sus vidas. Se apoderó de ellos el miedo y la tristeza. No es extraño que el evangelio que hemos escuchado hoy comience diciendo: “Al anochecer de aquel día…”. Tal vez hubiera sido mejor decir, “En aquel día en que todo era anochecer…”. Lo primero que hace Jesús es ofrecerles su Paz. Una paz que renueva la fe. Una paz que sostiene la esperanza debilitada. Una paz que ilumina la oscuridad de la noche. Una paz que les hace salir del miedo que les había encerrado en sí mismos. Una paz que disipa toda tristeza. Una paz que resucita la alegría: “se llenaron de alegría al ver al Señor”. Es la paz que nos sigue ofreciendo Dios, a ti y a mí, a través de Jesucristo Resucitado. Es la alegría que se nos sigue comunicando y que debemos compartir con los demás. Enviados a ser misioneros y testigos de la alegría. Como lo fueron los discípulos con Tomás. Ante la incredulidad de Tomás se pueden hacer por lo menos tres lecturas: 
Desde el aspecto comunitario de la fe. Dicho brevemente: no se puede ser creyente por libre. Vemos las dificultades que hay para creer incluso con el testimonio de toda la comunidad. Traducido: no se puede creer al margen de la estructura comunitaria, al margen de la Iglesia, porque se abandona la fe o se hace un Dios a la medida de cada cual. Desde la perspectiva de la personalización de la fe. Aunque haya que correr el riesgo de la exaltación de la subjetividad, algo que empalma con la modernidad, solo se puede creer desde la propia experiencia, más en una cultura en la que Dios no es evidente, como lo podía ser hace unas décadas, y donde nuestra fe está confrontada con los avances de las ciencias, sean naturales o humanas, y, en ocasiones, hasta de las propuestas exotéricas de moda.
Continuidad Jesús histórico-Cristo de la fe. Lo que pide Tomás es más que una verificación empírica, es mucho más que simplemente ver a Jesús: quiere meter el dedo en el agujero de los clavos y la mano en su costado. Tomás quiere comprobar que el Resucitado es el Crucificado. Tomás quiere estar seguro de que la vida de Jesús no ha sido inútil, que su opción por los pecadores, por los enfermos y los marginados,… que su manera de entender el Reino ha sido acogido por Dios. A Tomás no le vale cualquier resucitado. Tomás quiere estar seguro de que Dios apuesta por la bondad frente a la maldad de todos los sistemas, sean civiles o religiosos, sean conservadores o revolucionarios, porque no debemos olvidar que Jesús fue condenado por el Templo y la autoridad civil, pero que también les resultaba molesto a los que defendían la violencia como medio de transformación política. Tomás quiere estar seguro de que las víctimas de todos los tiempos son rehabilitadas por Dios en el Resucitado injustamente crucificado. Tomás quiso dar por bueno el viernes santo: Jesús no se pudo salvar a sí mismo, pero ha sido salvado por el Padre. Ante esta evidencia no puede menos que exclamar agradecido: “¡Señor mío y Dios mío!”. 
Nosotros, como Tomás, compartiendo la experiencia de fe de la comunidad, estamos invitados a ser misioneros y testigos de la alegría. 

P. Angel Mª Ipiña, csv

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