sábado, 23 de mayo de 2015

Solemnidad de Pentecostés

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí.
Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio.
Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora.
Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.
El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.
Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: 'Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes'."

 Juan 15,26-27.16,12-15.


No dejan de maravillarme las historias personales. Este último tiempo he escuchado historias preciosas, duras, sacrificadas y sorprendentes. La vida es un misterio y el corazón del hombre el lugar donde guardamos celosamente.
Cuando ingresé a la Compañía de Jesús creí que las personas contaban sus historias a otras sobre todo porque eran religiosas o personas de fe. Cuando me ordené como sacerdote me pareció normal que buscaran a un cura para contar sus historias, pero  con el tiempo me di cuenta  de que en realidad no es así.
No abrimos el corazón a una persona por su fe o porque sea religiosa. Ni siquiera porque se trata de un  sacerdote. Lo hacemos cuando nos sentimos libres ante ellas. Cuando no percibimos amenaza o condena. Estamos dispuestos a hablar con otros cuando nos sentimos comprendidos y sobre todo amados, más allá de “todo lo que hayamos hecho”.
En realidad, todos buscamos a alguien con quien compartir nuestra vida. Generalmente no preferimos a aquellos que se pasan todo el tiempo dando consejos o fórmulas mágicas sobre cómo resolver los problemas. Me inclino a pensar que quienes dan consejos todo el tiempo tienen más horas de lectura que de encuentros personales…
Creo que estamos dispuestos a revelar el misterio que somos cuando comprobamos que la persona que está delante de nosotros puede sostener su mirada de ternura, sus labios sellados y su corazón dispuesto a recibir el misterio que somos. Nos animamos a expresarnos como el «misterio que somos» cuando encontramos un compañero de camino, un amigo en el Señor. No necesitamos ángeles saltando a nuestro alrededor sino personas que sean más humanas.
Pentecostés es el acontecimiento de la comunión por excelencia: la fiesta del encuentro. Dios nos entrega su Espíritu de comunión. Al soplar sobre los discípulos les infunde los dones que se derraman en sus corazones. No es casual, que al soplar sobre ellos, les hable de perdonar los pecados, de desatar y de la responsabilidad que tienen como discípulos y apóstoles.
Cuando nos situamos ante el misterio del ser humano con un corazón comprensivo, cuando estamos más dispuestos a «salvar la proposición del prójimo que a condenarla» [EE 22], vivimos bajo la acción del Espíritu de Dios. Ya existe demasiada división en el mundo como para no comenzar a construir la comunión. En nuestro propio corazón nos sentimos con frecuencia tironeados entre el bien común y el provecho personal. Entre lo que sabemos que tenemos que hacer y el deseo de seguir postergando una decisión.
El Espíritu de Dios nos hace más humanos. Nos ayuda a profundizar en el misterio que somos para descubrir la imagen y semejanza de Dios, que llevamos impresa en nosotros. Nos hace comprender que la fragilidad no es impedimento para seguirlo. Que la incoherencia entre la fe que profesamos y la manera que tenemos de vivir es el reflejo del camino que nos queda por recorrer.
Cuando los demás encuentran en nuestro corazón un lugar donde descansar de la exigencia,  pueden ser ellos mismos sin miedo de perder el amor...entonces encuentran paz. La paz es presencia de Espíritu de Dios.  Se sienten amadas, perdonadas, invitadas a ser mejores personas.
 Hay muchos que antes de encontrarse con Dios personalmente han pasado por un corazón humano y compasivo, pero también existen muchos que aún no conocen al Dios verdadero lamentablemente porque no han encontrado a nadie que les hable de Él como Padre de amor y bondad.
Pidamos a Dios que la efusión de su Espíritu sobre nosotros nos haga más humanos entre nosotros para que podamos ser más hermanos.

P. Javier  Rojas sj
Hay pastores y pastores con "olor a oveja". Monseñor Romero fue de estos últimos. Siempre entre su gente pobre y campesina vivió como predicó. Sin dobles discursos llevó a todos el mensaje del Reino de Dios y su justicia.
No sólo predicó el evangelio desde un púlpito, sino que vivió el evangelio hasta sus últimas consecuencias, entregando su vida hasta morir defendiendo a su pueblo.
Era de esos hombres a los que uno admira apenas conoce su historia. Defendió a los indefensos sin arengar nunca a la violencia. Jamás se quedó callado, sino que denunció cada atropello con ahínco, convirtiéndose en la voz de los "sin voz".
Hoy, este hombre justo, no resucita solamente en el pueblo salvadoreño. Toda la Iglesia universal se arrodilla frente él para pedirle que interceda ante el Padre en la construcción de un mundo más solidario, justo y amoroso. Un mundo como el que él soñaba y por el que fue martirizado...
Gloria a Dios.
@Ale Vallina.

viernes, 22 de mayo de 2015

El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea la semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad.
Monseñor Romero

“Nuestra fe en Jesús no es fe en que Cristo, el Hijo de Dios, vivió hace mucho tiempo, obró grandes milagros, ofreció sabias enseñanzas, murió en una cruz y resucitó de una tumba. En primer lugar, significa que aceptamos plenamente la verdad de que Jesús vive en nosotros y cumple su ministerio divino en nosotros y mediante nosotros. Esta conciencia espiritual de Cristo viviendo en nosotros es lo que nos permite afirmar rotundamente el misterio de la encarnación, la muerte y la resurrección como hechos históricos. Es Cristo en nosotros el que revela al Cristo en la Historia.”
HENRI NOUWEN

jueves, 21 de mayo de 2015




"Se dice que los pobres le enseñaron a monseñor Romero a leer y entender el Evangelio, cuyo significado profundo había estado oculto para él tras las gruesas paredes de los seminarios, las parroquias y los cargos eclesiásticos. Sus ovejas nunca le abandonaron, pero él tampoco las abandonó a ellas: en pro-seguimiento de Jesús, se convirtió en su pastor en todo su sentido, ya que las protegió de sus depredadores hasta dar su vida por su pueblo. Se convirtió en voz de los sin voz, como reza el libro de la UCA publicado tras su muerte (uno de los editores, Ignacio Martín-Baró, es también mártir tras la matanza ocurrida en la universidad en 1989). Con monseñor la palabra de los salvadoreños subió hasta Dios, cumpliéndose así el texto: he escuchado el clamor de mi pueblo, he visto la opresión con que le oprimen”. Este 23 de mayo Mons. Romero será beatificado. 
Ángel García Forcada

martes, 19 de mayo de 2015


Vivir con fe en este tiempo es un signo de abandono y confianza. Hoy cuando más que nunca están de moda las “previsiones” de todo tipo, tener fe es sinónimo de locura. Confiar en Dios y tener fe en Él cuando la realidad que vivimos parece contradecir todas sus promesas es un gesto inmenso de amor y confianza en su providencia. Tener fe en Dios es entregarle mi confianza. Es ofrecerle mi vida y la de los que quiero para que bajo su protección marchemos hacia adelante aún y en medio de las dificultades. Confiar en Dios no significa que desaparecerán las luchas y las pruebas... Es confiar en que me sostendrá en la tempestad, y, si caigo, me levantará.  En definitiva tener fe es fundamentar mi vida en una única certeza que «somos amados desde lo alto de los cielos y desde lo ancho de la tierra.» 
P. Javier Rojas sj
Espíritu Santo sopla en mi vida. Sopla con fuerza. Muéveme a tu ritmo perfecto, infinito, admirable. 
Sopla sobre mis miserias y mezquindades. Regálame tus dones porque mi pobreza los necesita para vivir.
Obra dándome sabiduría e inteligencia. Hazme vibrar con tu piedad y paciencia. Llámame al sano temor de Dios que me impulse a buscar el bien. Espíritu de Dios bríndame la gracia de la ciencia y ayúdame a ser dócil al don del consejo. Despierta en mí lo bueno y lo santo. Toma posesión de mi vida y no me dejes caer ni en la vanidad ni en el orgullo ni en la hipocresía. Espíritu Santo, ven. Sopla con fuerza y lléname con tu amor. Esparce tu perfume en mi vida y no permitas que me aleje de tu luz. Amén.
@Ale Vallina

lunes, 18 de mayo de 2015

Una nueva santa Carmelita Descalza para la Iglesia:
La hermana María de Jesús Crucificado, (Mariam Baouardy, 1846 – 1878), “la arabita”, como la llamaban, o “la pequeña nada”, como ella misma se llamaba, hermana conversa del Carmelo Descalzo de Belén, fue inmensamente enriquecida por el Señor con virtudes heroicas, gracias místicas y fenómenos extraordinarios al punto de ser reconocida bellamente en la expresión del escritor francés Maurice Barrès como “un alma en un cuerpo de asunción, incapaz de vértigos al momento de ser elevada al cielo”.
Después de la muerte prematura de doce hermanitos, Mariam fue el fruto de un voto hecho por sus padres a la Virgen María. Ella entra al mundo el cinco de enero de 1846 en Abellin (cerca de Nazareth) y fue bautizada según el rito greco-católico.
Su infancia y su adolescencia conocieron innombrables peripecias. Después de ser conducida de Alejandría a Jerusalén, de Jerusalén a Beirut, la Mano de Dios la llevó hacia los campos de Francia en Marsella. En junio de 1867, entró al Carmelo de Pau.
Aun novicia, en 1870, fue enviada a colaborar en la Fundación del primer monasterio de Carmelitas en la India. El 21 de Noviembre de 1871, ella hace la profesión de sus votos: De la primera profesión de una hermana carmelita en la India.
Después de muchas dificultades regresa a Pau en noviembre de 1872. Pero, en 1875 ella parte para su Tierra natal, con un grupo de religiosas, con el fin de fundar un Monasterio en Belén, la ciudad de David y de Jesús. El 21 de noviembre de 1876, inauguraron el nuevo Carmelo dedicado al Niño Jesús. Víctima de una caída, mientras cumplía con un acto de caridad hacia los obreros del Monasterio, se fracturó el brazo izquierdo. Esta lesión fue la causa de la gangrena que, en tres días la llevó al cielo, entregando su alma a Dios el 26 de agosto de 1878, a la edad de 32 años, 6 meses y 21 días.
María de Jesús Crucificado dejó en todos aquellos que la conocieron: religiosos, eclesiásticos, laicos, católicos, ortodoxos y musulmanes, una impresión inefable y una reputación plena de luminosa santidad.
Gentileza: Mariam del Corazón de Jesús. Carmelo de Lima, Perú

domingo, 17 de mayo de 2015

Ascensión del Señor.

Entonces les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación." 
El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. 
Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; 
podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán". 
Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. 
Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban. 
Mc 16,15-20. 



Celebramos la Ascensión del Señor. Los evangelios de estos domingos de Pascua nos han ido trayendo poco a poco hasta este momento.

Los primeros relatos pascuales nos comunicaron la necesidad que tuvieron los primeros seguidores de Jesús en ser fortalecidos en su fe. No terminaban de dar crédito a la apuesta definitiva que Dios Padre había hecho resucitando a Jesús de entre los muertos. Aquel crucificado, víctima inocente de los sistemas políticos y religiosos, que en fidelidad a la misión encomendada por el Padre había pasado haciendo el bien, había sido devuelto a la vida plena y definitiva. No les resultó fácil creer, como no nos resulta fácil a nosotros.

Estos últimos domingos se nos ha venido insistiendo en la importancia de permanecer unidos a Jesús, como el sarmiento a la vid, para poder dar fruto y que éste dure. De eso se trata ahora, de dar fruto, de proseguir con la misión iniciada por Jesús. La misión de Jesús es nuestra misión.

En Navidad, ¡dónde queda!, celebramos el Misterio de la Encarnación: Jesús asume nuestra condición humana y nuestra historia. Ahora, después de haber cumplido en obediencia su misión, retorna al Padre: eso es la Ascensión. Jesús vuelve a su origen. También nosotros, una vez cumplida nuestra misión, volveremos a nuestro origen, volveremos a Dios: eso es el Cielo. En Navidad comenzó la misión de Jesús. Con su Ascensión a los cielos comienza la nuestra: es la hora de la Iglesia. La misión de Jesús es nuestra misión

La misión de Jesús es nuestra misión, pero nos puede pasar como a los primeros apóstoles, que nos quedemos plantados mirando al cielo y nos olvidemos de encargo recibido: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

Evadirnos de la historia es una tentación permanente. Lo podemos hacer por diferentes motivos. Intimidados por lo que nos parece un “mundo poderoso y hostil”, como también lo era el que les tocó vivir a los primeros apóstoles, podemos quedarnos encerrados en nosotros mismos. Nos viene bien un tuit reciente del Papa Francisco: “Es mejor una Iglesia herida, pero que hace camino, que una Iglesia enferma porque se cierra en sí misma”. No es la primera vez que lo dice. Por algo insistirá el Papa de la “Iglesia en salida”.

Nadie nos ha pedido que nos batamos en duelo con el mundo, sólo se nos ha pedido que le ofrezcamos el Evangelio. No estamos solos en esta tarea. Nos acompaña el Espíritu del Resucitado. La fuerza de Dios, el Espíritu Santo prometido por Jesús, sostiene nuestra fe y nos impulsa a vivir y a predicar el Evangelio de Jesucristo a todas las gentes, cumpliendo así nuestra misión.

La misión de Jesús es nuestra misión. Misión según el estilo sugerido por Jesús. Por eso, no está de más que nos preguntemos qué significa hoy para nosotros: “expulsar demonios”, “hablar lenguas nuevas”, “ser inmunes contra el veneno de las serpientes”, “imponer las manos y sanar enfermos”. Podemos poner algunos ejemplos que no agotan todos los posibles.

Hoy tendríamos que expulsar de nuestra sociedad el demonio de la insolidaridad, el egoísmo, el “primero los nuestros”, por no hablar de la acumulación injusta, la especulación económica, la corrupción política que termina desmoralizando a la sociedad,…

Hoy tendríamos que aprender la lengua nueva del diálogo, tan necesario en tantos ámbitos de nuestra sociedad, empezando por la familia, pero también en el ámbito político y social… sin olvidarnos del diálogo, siempre necesario, pero no siempre ejercitado, en el seno de la propia comunidad cristiana.

Hoy el veneno del que nos tenemos que inmunizar es el de la xenofobia, el indiferentismo (social o eclesial),…

Hoy, a pesar de los avances científicos y médicos, sigue siendo necesario “imponer las manos y sanar enfermos”. Es decir, hacernos cercanos a la gente. No se puede imponer las manos si media la distancia física. También hemos de hacernos cercanos en lo relacional. La relación cercana, como lo hizo Jesús, es el mejor medio para que la gente pueda escuchar y acoger el Evangelio que les tenemos que comunicar. El Evangelio siempre ha de ser sanador, salvador… o no es el Evangelio de Jesús. Evangelio que tiene que ser Buena Noticia para nosotros, porque también nosotros experimentamos que es sanador-salvador para nosotros.


Nos sabemos ciudadanos del cielo, caminamos hacia la casa del Padre. Nuestro destino último es el de Jesús, pero mientras peregrinamos en la historia tenemos una misión: la misión de Jesús es nuestra misión.
P. Angel Mª Ipiña, csv

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