viernes, 12 de junio de 2015




Vengan a mí los que están cansados
 y agobiados, y yo los aliviaré.»
Mt. 11, 28.


Si algo nos agobia es no tener un lugar tranquilo  donde descansar y percibirnos amados gratuitamente. Con frecuencia nos sentimos cansados y exigidos. Luchamos diariamente yendo de un lugar a otro para lograr nuestras metas, pero no tenemos un espacio sencillo y cálido adonde ir a  descansar y a recuperar las fuerzas. El agobio puede ser aún mayor si, además, no contamos con un corazón dispuesto a recibirnos tal y como somos.
¿Qué agobia al hombre y a la mujer de hoy? El estrés, sin dudas. Correr de aquí para allá nos enferma silenciosamente. Mayor agobio aun, nos produce estar perdiendo la capacidad de amar y de sentirnos amados gratuitamente.
No hay mejor lugar donde hallar la paz y el descanso que el alma necesita, que el corazón de Jesús. Ese corazón es nuestro remanso, nuestro bálsamo, nuestro cobijo seguro.
Con frecuencia nos sentimos agobiados, preocupados y estresados por demás. Malogramos nuestra salud física, mental y espiritual corriendo tras objetivos que ni siquiera son los que ansiamos. Perseguimos éxitos irreales. Buscamos ser apreciados por lo que tenemos o lo que podemos lograr. Nos evadimos, corremos velozmente, no respetamos nuestro ritmo…Pero lo que en verdad necesitamos, es que nos amen gratuitamente por lo que somos. Sin pretender que seamos otro distinto, mejor o peor.
El Sagrado Corazón de Jesús nos introduce en el misterio del amor de Dios. Amor gratuito e incondicional que sana. Amor perfecto e infinito que cura los corazones agobiados y tristes. No hay mayor seguridad que el Corazón de Jesús. Y sin embargo, tantas veces buscamos valor y seguridad en  las cosas externas, vanidosamente pobres.
Una de las consecuencias de vivir agobiados es que perdemos la capacidad de disfrutar y de amar gratuitamente, volviéndonos interesados y mezquinos.
¿Acaso es posible que nuestro amor se haya enfermado? Cuando el amor es sano enciende la vida de quienes están cerca. Es un amor que revitaliza y reanima. Por el contrario,  cuando está enfermo daña todas las relaciones personales comenzando por las relaciones con los  más cercanos.  Identificamos amor con actitudes, gestos y formas que no son más que síntomas de que el verdadero amor no está…Porque si posee una característica el amor sano, es que siempre ofrece descanso y amparo. El amor verdadero tiene una fuerza tal, que puede transformar una vida por completo. Una poesía hecha canción lo explica de modo perfecto: “Solo el amor, engendra la maravilla. Solo el amor convierte en milagro el barro”.
El amor que une, cobija y sana nunca tiene «dobles intenciones». Es el amor «insano» el que no considera a los demás como personas únicas e irrepetibles. Generalmente las utiliza para cubrir «soledades” y genera culpas en los destinatario. Esclaviza con dádivas y se presenta como «indispensable» para vivir.
La paradoja de las personas que padecen un amor «insano» es que por debajo de esa máscara de generosidad esconden un profundo anhelo de amor gratuito. Exigen y reclaman tanto, que terminan siendo abandonadas al pretender que un amor humano, frágil y limitado satisfaga plenamente su necesidad de afecto.
Jesús, es el médico del corazón cansado y agobiado. En su corazón sanamos nuestra capacidad de amar y de amarnos.
Hay tres características fundamentales del amor que deseamos exponer:
1.- El amor sano sostiene: Esta es una característica del amor sano. Cuando amamos a los demás estamos dispuestos a no juzgarlos, sino por el contrario deseamos ayudarlos a caminar, pero al propio ritmo, sin empujar, apurar o detener. El amor sano sostiene al otro en su individualidad,  respeta su libertad e invita al despliegue de lo mejor de cada uno.
Jesús nos invita a caminar junto a Él. De este modo vamos seguros y confiados. Él estuvo frente a quienes eran acusados y despreciados por los demás, y supo ver más allá de las apariencias. Supo «penetrar la corteza de la apatía y de la indolencia» que cubría el corazón de muchos de ellos. Ese amor gratuito transformó la vida de aquellas personas para siempre.
2.- El amor sano propone: El amor verdadero no busca tener siempre la razón sino encontrar juntos la verdad. Un amor es genuino cuando busca la verdad. El amor sano no alardea de lo que sabe, no manda desde una supuesta excelencia, sobre lo que “hay que hacer”, sino que ofrece herramientas para que cada persona encuentre la verdad dentro de ella misma.
El amor sano ayuda a cada uno al encuentro consigo mismo. Y es en ese encuentro secreto, donde logramos escuchar  la voz de Dios. Jesús en el evangelio ayudó a que sus oyentes encontraran a Dios en su corazón haciéndoles preguntas o contándoles parábolas. Dios nos habla en el silencio del corazón. En lo secreto, en lo profundo.
3.- El amor se ofrece: El amor genuino es generoso.  Siempre espera hacer el bien y lo que es bueno para los demás. El amor que no espera nada no es amor. El amor cuando se ofrece de verdad tiene una sola intención –no dobles intenciones- “busca el bien mayor”. El amor sano está dispuesto a renunciar a lo propios intereses por el bien de los demás.
Jesús al ofrecer su vida nos dio la vida eterna. Así selló, de una vez y para siempre, un vínculo de amor entre Dios y los hombres.
En toda persona habita el deseo de amar y de ser amada. Pero sólo cuando hemos experimentado el amor incondicional y gratuito de Dios comprendemos qué significa amar de verdad.
Jesús fue muy claro y contundente cuando aconseja a sus discípulos. Consejo, por otra parte, con el cual pretende que todos los hombres podamos sanarnos, en lugar de enfermarnos: «Ámense los unos a los otros, como yo los he amado».
El suyo es un  amor que se ofrece, que sostiene al débil y que sobre todo busca la verdad.

Javier  Rojas sj y Alejandra Vallina

jueves, 11 de junio de 2015

Cada acto, cada pensamiento, cada palabra dicha o pensada van creando nuestra existencia. No hay un libro escrito con todo lo que ha de pasar cada día de nuestra vida, como tampoco hay un camino hecho. Vamos “haciéndonos” mientras vivimos ya que somos artífices construyendo realidad en cada momento.
Hacemos camino mientras andamos paso a paso, y aun cuando sentimos que retrocedemos, o que  nos perdemos en alguno de los tramos del sendero, hemos de entender que eso también es parte del viaje.

Si concebimos en nuestra mente un mundo más bello es más que posible que la belleza nos sorprenda  a cada minuto.
@Ale Vallina 

miércoles, 10 de junio de 2015

No tenemos que conseguir la justificación de nuestra vida con nuestros logros; nuestra vida nos ha sido concedida de modo inmerecido y gratuito.
Piet van Breemen sj
Si alguno amara la pobreza, mas no quisiera sentir penuria, ni séquito de ella, sería un pobre demasiado delicado y sin duda mostraría amar más el título que la posesión de ella, o amarla más de palabra que de corazón.
Ignacio de Loyola, Carta a los PP. y HH. de Padua, 7 de agosto de 1547

martes, 9 de junio de 2015

Pidamos a la Virgen que nos dé su corazón, su corazón tan bello, tan alegre, tan lleno de amor y de humildad, de manera que nos haga capaces de recibir a Jesús en el Pan de Vida, de amarlo como ella lo amó, y de amarlo bajo el aspecto adolorido del más pobre entre los pobres.
Beata Teresa de Calcuta

lunes, 8 de junio de 2015


Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. 
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: 
"Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. 
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. 
Felices los afligidos, porque serán consolados. 
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. 
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. 
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. 
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. 
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. 
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. 
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron." 
Mt 5,1-12. 

domingo, 7 de junio de 2015


Jesús te amo. Tu compañía es para mí lo más importante y el bálsamo ante las circunstancias de la vida. Cuesta seguirte, y creo que cuando me suelto de tu mano es cuando comienzan los tropezones y las caídas. Sin estar sostenido en Ti no es posible seguirte ni hacer en la vida lo mejor para uno. Eso es hacer tu voluntad. Bendíceme, Señor, para que esta semana me mantenga firmemente asido a tu mano. Te lo pido Jesús.
Hernán Opazo Delpiano

Corpus Christi: recordatorio del amor entregado.

El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?".
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: "Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo,
y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: '¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?'.
El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario".
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen, esto es mi Cuerpo".
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.
Y les dijo: "Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.
Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios".
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. 

Marcos 14,12-16.22-26. 


Desde el punto de vista litúrgico el tiempo pascual finalizó hace dos semanas, con la celebración de Pentecostés. Sin embargo, parece como que tanto la Solemnidad de la Santísima Trinidad como, sobre todo, la Solemnidad del Corpus quisieran prolongar, a modo de recordatorio, el espíritu de ese tiempo. No estaría nada mal que el llamado tiempo ordinario lo viviéramos desde las claves que nos dan ambas celebraciones: el Dios en el que creemos y la misión que se nos ha encomendado. Por otro lado, la solemnidad del Corpus nos recuerda el Jueves Santo, inicio del Triduo Pascual. Es interesante el juego que hace la liturgia al proponer los pasajes evangélicos de ambos días. El jueves santo, en el contexto de la densidad de la entrega de Jesús, como signo eucarístico se nos presenta el lavatorio de los pies. Eucaristía vinculada al servicio a y de la comunidad. El Corpus, sin embargo, se nos presenta el relato de la institución de la eucaristía. Para que no se nos olvide, a modo de recordatorio, este día se suele celebrar el “Día de la Caridad”. Tal vez alguien se pregunte, ¿y qué tiene que ver esto con las procesiones del Corpus? Todo, si atendemos a la historia de la Comunidad cristiana, que no nace con cada uno de nosotros, sino que cada uno de nosotros nos incorporamos a ella. Nada, si solo nos quedamos en las procesiones entendidas como mero folclore o reclamo turístico. Para cuando se instituyó la fiesta del Corpus Christi, en el siglo XIII, una nueva piedad eucarística se había extendido en la Iglesia europea: la contemplación del Santísimo Sacramento. La adoración de la presencia real de Cristo en el pan eucarístico constituía el centro de esa piedad. ¡Qué bueno que se siga celebrando solemnemente en muchos pueblos y que siga vivificando la fe de muchas personas creyentes! ¿Nos cuesta creer en la presencia real de Cristo en el pan y el vino? Pues es tan fácil, o tan difícil, como creer en su presencia en nuestro mundo o en la Iglesia. El evangelio del domingo pasado terminaba con estas palabras: “sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Promesa cumplida en Pentecostés. La Iglesia y nuestro mundo están habitados por el Espíritu del Nazareno, el Espíritu del Resucitado, el Espíritu Santo. ¿Nos lo creemos? ¿Me apoyo en mi fe o también en la fe de la Iglesia, a la que confesamos como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo? Todo signo es ambiguo. También lo fue la celebración del Corpus. Vehiculó una piedad poco cristiana: se adoraba al Santísimo, pero no se le comía (la invitación de Jesús es "Tomad y comed… Tomad y bebed”). De ahí el “mandamiento de la Iglesia” de comulgar por lo menos una vez al año, en Pascua florida. A pesar de haber pasado medio siglo desde la celebración del Concilio Vaticano II, ésta ha sido una praxis que se ha cumplido a rajatabla, sobre todo entre los varones, “comulgar una vez al año, en pascua”. Nada más. Tal vez habíamos presentado una religión para santos, perfectos, puros,… sin darnos cuenta de que necesitamos del alimento que nos proporciona Cristo precisamente porque no somos nada de todo eso. Son de agradecer las palabras del Papa Francisco, dichas este mismo jueves, en la celebración del Corpus: “la Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles; para los pecadores es el perdón, el viático que nos ayuda a andar, a caminar”. Corpus es el recordatorio del amor entregado. No está mal que adoremos a Jesús sacramentado en el sagrario. Otros meditan mirando a una pared. No está mal que celebremos la Eucaristía en el templo, sobre todo si es expresión de la fe personal vivida en comunidad. Pero no se nos tiene que olvidar que el cuerpo y la sangre de Jesús son “Cuerpo compartido” y “Sangre derramada”. La adoración de Cristo sacramentado en el sagrario nos ha de llevar a la adoración del hermano en la vida. Culto y vida tienen que estar íntimamente relacionados: servicio a Dios y servicio al hermano. Ojalá seamos capaces de descubrir el rostro del Señor en la presencia real de la eucaristía y en la presencia real del “sacramento del hermano”. Es un día muy adecuado para recordar las palabras de san Juan Crisóstomo: “Y no pensemos que basta para nuestra salvación presentar al altar un cáliz de oro y de pedrería después de haber despojado a viudas y huérfanos… ¿Queréis de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consistáis que esté desnudo. No le honréis aquí con vestidos de seda y fuera le dejéis perecer de frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: Esto es mi cuerpo, y con su palabra afirmó nuestra fe, ese mismo dijo también: Me visteis hambriento y no me disteis de comer… El sacramento no necesita preciosos manteles, sino un alma pura; los pobres, sin embargo, sí requieren mucho cuidado. Aprendamos, pues, a honrar a Cristo como él quiere ser honrado”. 
P. Miguel Ángel Ipiña

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