viernes, 24 de julio de 2015


Ha llegado el momento decisivo de crear. De “crearte” un nuevo futuro. Más armónico, más cálido, más luminoso. De entender con la razón y con el corazón que lo que construiste en el pasado, todo aquello que te ocurrió, hace la persona que hoy eres.
¿Enojarse con el pasado? De ninguna manera. Has llegado hasta este hoy, gracias a tu ayer. Nada que reclamar, nada que  exigir.
Tienes la hermosa oportunidad de dar nuevos pasos, de fluir con la vida que se te regala a cada instante. De hoy depende tu mañana.
¿Te vas a quedar inmóvil o en el lamento inútil? ¡No! A caminar se ha dicho…hay que construir futuro.
Vamos todos juntos. En caravana.

@Ale Vallina
Tú nos diste la vida para convivir
y nosotros lo llevamos todo a la muerte, a la guerra,
a la competencia, a la indiferencia.
Tú nos diste árboles y bosques
y nosotros estamos talándolos.
Tú nos diste la primavera a los pájaros y ríos a los peces
y nosotros no hacemos más que contaminarlos
con los residuos de las industrias.
La primavera se hace amoría
y los ríos quedan vacíos y el aire se corrompe.
Tú nos diste el equilibrio de la creación
y nosotros la hemos desequilibrado
y nos encaminamos al fracaso.
Nuestro tiempo pasa, Señor.
Danos tu tiempo para que podamos vivir.
Danos el valor de servir a la vida y no a la muerte.
Danos tu futuro a nosotros
y a nuestros hijos.
Jürgen Moltmann

jueves, 23 de julio de 2015


La espiritualidad tiene que ver con la vida y con nuestra forma de vivirla. Tiene que ver con el ánimo con el que nos levantamos todos los días para ir a trabajar, con la manera de afrontar los problemas de los hijos o con nuestras relaciones con el vecino del quinto. Tiene que ver con nuestra reacción cuando, delante del espejo, las arrugas nos indican que vamos envejeciendo; tiene que ver con las páginas que visitamos en Google, con nuestro tiempo libre, o con el espíritu con el que sobrellevamos la enfermedad, nuestra o de un ser querido. Y tiene que ver, por supuesto con lo que las personas creyentes llamamos Dios y con esa experiencia que cambia la vida hasta el punto de querer desvivirse por los demás.
La espiritualidad ignaciana no consiste en sumar a todo lo que hacemos otras actividades "más espirituales". No se trata de "...y ahora, además de lo que haces, apártate de todo y ponte a rezar". La espiritualidad ignaciana intenta ayudar a vivir la vida de una forma integrada. Integrar es marcar un horizonte claro en el proyecto personal de vida: un horizonte que da un plus de calidad y sentido a lo que se va haciendo, que ayuda a vivir reconciliado con uno mismo, con lo demás y con la creación.
La espiritualidad ignaciana es un camino para mirar la vida de una manera nueva, agradecida, con ojos compasivos y comprometidos, con dosis de humor, de sentido común, de apoyo en los demás, de una lectura sabia de nuestro pasado para no tomarnos trágicamente el presente y vivir inspirando futuros. Esa es, en definitiva, la mirada de Jesús de Nazaret.

Fuente: Jesuitas Loyola

miércoles, 22 de julio de 2015


Los ojos del santo de Loyola miraron, observaron y percibieron muchas cosas durante su vida. Como él mismo cuenta en su autobiografía, hasta los 26 años "fue un hombre dado a las vanidades de este mundo". Soldado enérgico y hombre de su tiempo, solía vivir preocupado por su apariencia exterior: peinado, ropajes y estampa.
El deseo de reconocimiento y su carácter un tanto altivo y presuntuoso fueron las características más sobresalientes de la primera etapa de su vida. Batallas, fiestas suntuosas, fabulosos paisajes y bellas mujeres deben haber sido los destinos de sus ojos durante sus primeros años de vida.
Sin embrago su búsqueda de Dios a partir de los hechos de Pamplona, la conversión  que le fue regalada por  gracia divina y su profundo amor a Jesús cambiaron  totalmente su forma de mirar el mundo. También cambió la dirección de su mirada; fueron los pobres, los enfermos y sus ansias de ayudar "a la salvación de las almas" los nuevos rumbos de su corazón y de sus ojos...
A Ignacio le fue regalado lo que se conoce como “el don de lágrimas”.  No se trata de lágrimas vertidas por tristeza, dolor o descontento. Tampoco son lágrimas de felicidad. El “don de lágrimas” tiene más que ver con la profunda unión de su alma con la Divinidad. Es un verdadero encuentro de enamorados…
Cuentan sus amigos, los que lo conocieron y convivieron con él, que solía llorar casi todos los días. En ocasiones, incluso, cuatro o cinco veces diarias. Pero sobre todo, era en la misa cuando más profusamente lloraba. Era tanta la exaltación de su alma en presencia del Señor que no podía contener sus sollozos. También solía verter abundantes lágrimas cuando recordaba las veces que la Trinidad, Jesús o Nuestra Señora se habían aparecido ante Él.
Si a nosotros, muchas veces, nos conmueve profundamente, hasta llorar, una honda experiencia de Dios o un encuentro trascendente con Él…cuánto más a este hombre que solía pedir a diario se le concediera este don. 
Ignacio fue un hombre totalmente abierto y entregado a la voluntad de Dios. De ese Dios que él tanto sentía lo había perdonado y amado. Las lágrimas de amor, de éxtasis y de misticismo acompañaron al santo de Loyola hasta su muerte.
@Ale Vallina
«Esfuérzate por entrar en el tesoro de tu corazón, y verás el tesoro del cielo. Ya que el uno y el otro son una misma cosa. Considera que los dos tienen la misma entrada»
San Isaac el Sirio

El amor está constantemente en movimiento, no puede permanecer estático. Si el corazón humano no progresa, retrocede; si no se abre cada vez más, se cierra y entra en un proceso de muerte espiritual.
La vida llama a la vida.
Jean Vanier

martes, 21 de julio de 2015


"...el Espíritu sólo le es dado a quienes esperan; a quienes día tras día, abren sus corazones a Dios y a su palabra en la oración, a quienes invierten horas y horas en lo que, para nuestras mentes obsesionadas por la productividad y el rendimiento, parece una simple pérdida de tiempo".
Anthony de Mello S.J.

domingo, 19 de julio de 2015

Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. 
El les dijo: "Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco". Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. 
Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. 
Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos. 
Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.
Marcos 6,30-34. 

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